lunes, 10 de agosto de 2015

AGATHA CHRISTIE - LA PUERTA DE BAGDAD






"La puerta de Bagdad es la historia que traigo para hoy, escrita por supuesto por Agatha Christie, a leer...











Cuatro grandes puertas tiene la ciudad de Damasco... Mister Parker Pyne repitió en voz baja los versos de Flecker:



«Puerta del destino, puerta del desierto, caverna del desastre, fuerte del temor.

Portal de Bagdad soy, la entrada de Diar-bekir.»



Se encontraba en las calles de Damasco y, arrimado al Hotel Oriental, vio uno de los grandes autocares de seis ruedas que, a la mañana siguiente, saldría para llevarle con otras once personas hasta Bagdad, a través del desierto.



«No pases por debajo, oh caravana, o pasa sin cantar.

»¿Has oído ese silencio en que, muertas las aves, aún parece que se oye el piar de un pájaro?

»¡Pasa por debajo, oh caravana destinada a morir! ¡Pasa, oh caravana de la muerte.»



No era pequeño el contraste.

En otros tiempos, la puerta de Bagdad había sido realmente la puerta de la Muerte. La caravana tenía que atravesar cuatrocientas millas de desierto. Largos meses de viaje. Hoy, los monstruos ubicuos que se alimentan de gasolina lo hacen en treinta y seis horas.

—¿Qué decía usted, mister Parker Pyne?

Era la voz impaciente de miss Netta Pryce, la más joven y encantadora representante de la raza de los turistas. Aunque llevando el estorbo de una tía austera que tenía una barba rudimentaria y estaba sedienta de ciencia bíblica, Netta se arreglaba para divertirse de varias frívolas maneras, que es posible que no hubieran merecido la aprobación de la mayor de las señoritas Pryce.

Mister Parker Pyne le repitió los versos de Flecker.

—¡Qué emocionante! —dijo Netta.

Tres hombres con el uniforme de las Fuerzas Aéreas que estaban cerca la oyeron y uno de ellos, que la admiraba, contemplándola extasiado, intervino en el diálogo diciendo:

—Todavía puede uno encontrar emociones en el viaje. Aún en estos tiempos, los bandidos atacan de vez en cuando a los convoyes. Además, puede uno perderse... esto ocurre algunas veces. Y nos envían a nosotros para que los encontremos. Un individuo estuvo cinco días perdido en el desierto. Afortunadamente, tenía una buena provisión de agua. Además, están los baches. ¡Y qué baches! Un hombre se mató de este modo. ¡Les digo a ustedes la pura verdad! Iba durmiendo y su cabeza chocó con el techo del coche y murió en el acto.

—¿En el autocar de seis ruedas, mister O'Rourke? —preguntó la mayor de las señoritas Pryce.

—No... no era un autocar de seis ruedas —admitió el joven.

—¡Pero bueno: tenemos que ver algunas cosas! —exclamó Netta.

Su tía sacó entonces una guía.

Netta se apartó, ladeándose.

—Yo sé que quiere ver algún lugar donde San Pablo fue bajado por una ventana —murmuró—. Y yo tengo tantas ganas de ver los bazares...

O'Rourke contestó prestamente:

—Venga conmigo. Empezaremos por la calle llamada Strait...

Y se alejaron.

Mister Parker Pyne se volvió hacia un hombre de maneras tranquilas, llamado Hensley, que estaba junto a él. Pertenecía al Departamento de Obras Públicas de Bagdad.

—Damasco desilusiona un poco cuando uno lo ve por primera vez —dijo en tono de excusa—. Un poco civilizada. Tranvías y casas modernas y tiendas.

Hensley hizo un gesto afirmativo. Era un hombre de pocas palabras.

—No ha ido... por el otro lado. Espere usted a haberlo hecho.

Se acercó por allí otro hombre, un joven rubio con la antigua corbata de Eton. Su rostro era amable, pero de expresión ligeramente distraída, y en aquel momento parecía hallarse inquieto. Estaba en el mismo departamento que Hensley.

—Hola, Smethrust —dijo su amigo—. ¿Has perdido algo?

El capitán Smethrust movió la cabeza. Era un joven de inteligencia algo lenta.

—Sólo estoy dando una vuelta por ahí —dijo vagamente. Luego pareció despertarse—. Podríamos tomar unas copas esta noche. ¿Qué me dices a eso?

Los dos amigos se alejaron juntos. Mister Parker Pyne compró un periódico local en francés.

No lo encontró muy interesante. Las noticias locales no tenían significación alguna para él, y no parecía que ocurriese nada importante en ninguna parte. Vio luego algunos párrafos bajo el título de Londres.

El primero se refería a asuntos financieros. El segundo trataba del supuesto destino de mister Samuel Long, el financiero autor de varios desfalcos que ascendían a tres millones y que, según los rumores que circulaban, había llegado a América del Sur.

—No es poco para un hombre que acaba de cumplir treinta años —declaró mister Parker Pyne.

—¿Decía usted?

Al volverse, Parker Pyne se halló ante un italiano que había hecho con él la travesía de Brindisi a Beirut.

Mister Parker Pyne explicó su observación. El italiano, mister Poli, afirmó varias veces con la cabeza.

—Este hombre es un gran criminal —dijo el segundo—. En la misma Italia ha cometido fechorías. Inspiraba confianza a todo el mundo. Es más, es un hombre muy bien educado, según dicen.

—Bien, estudió en Eton y en Oxford —observó mister Parker Pyne con cautela.

—¿Cree usted que lo cogerán?

—Eso depende de la delantera que haya tomado. Puede estar aún en Inglaterra. Puede estar... en cualquier parte.

—¿Aquí, con nosotros? —dijo el italiano riendo.

—Es posible —y mister Parker Pyne permaneció serio—. Por todo lo que usted sabe, podría ser yo mismo.

Mister Poli le dirigió una mirada de sobresalto. Después, su rostro aceitunado se dilató con una sonrisa de comprensión.

—¡Oh! Ésta es muy buena... muy buena, de verdad. Pero usted...

Sus ojos descendieron desde la cara de mister Parker Pyne.

Mister Parker Pyne interpretó aquella mirada con acierto.

—No debe usted juzgar por las apariencias —dijo—. Una... gordura puede disimularse y sirve para ponerle más años al interesado.

Y añadió con expresión soñadora:

—Puede teñirse el cabello, por supuesto, y cambiarse el color de la cara, y hasta cambiar de nacionalidad.

Poli se retiró con actitud dudosa. Nunca podía saber hasta qué punto eran serios los ingleses.

Mister Parker Pyne se divirtió aquella noche en el cine. Después se dirigió a un «Palacio nocturno de alegrías». No le pareció que fuese un palacio ni que fuese alegre. Varias damas bailaban allí con una manifiesta falta de entusiasmo. Y los aplausos fueron lánguidos.

De repente descubrió la presencia de Smethrust. El joven estaba sentado solo en una mesa. Tenía el rostro encendido y a mister Parker Pyne se le ocurrió que habría bebido más de la cuenta. Cruzando la sala, fue a reunirse con él.

—Es vergonzoso el modo que tienen esas muchachas de tratarlo a uno —dijo el capitán Smethrust tristemente—. Le hago servir dos bebidas, tres bebidas, un montón de bebidas... Y luego se va riendo con algún muchacho moreno. A esto lo llamo yo algo vergonzoso. He tomado un poco de araq al llegar —dijo Smethrust—. Esto le anima a uno. Pruébelo.

Mister Parker Pyne sabía algo acerca de las propiedades del araq. Y procedió con tacto. No obstante, Smethrust movió la cabeza.

—Estoy metido en un enredo —dijo—. Tengo que animarme. No sé qué haría usted en mi lugar. No me gusta descubrir a un compañero, ¿cómo? Quiero decir... y sin embargo, ¿qué va uno a hacer?

Y estudió a mister Parker Pyne como si lo viese entonces por primera vez.

—¿Quién es usted? —preguntó bajo el perentorio efecto de su bebida—. ¿A qué se dedica?

—Juego a las confidencias —contestó mister Parker Pyne con suavidad.

Smethrust lo miró con vivo interés.

—¿Cómo? ¿Usted también?

Mister Parker Pyne sacó de su cartera un recorte y lo dejó sobre la mesa, delante de Smethrust: 


¿Es usted feliz? Si no lo es, consulte a mister Parker Pyne.



Smethrust concentró la vista en él con alguna dificultad.

—Bueno, que me condene —exclamó—. ¿Quiere usted decirme que viene la gente a contarle a usted sus cosas?

—Confían en mí, sí.

—Un rebaño de mujeres idiotas, me figuro.

—Muchas mujeres —admitió mister Parker Pyne—. Pero los hombres también. ¿Qué le pasa a usted, mi joven amigo? ¿Necesita algún consejo en este momento?

—Cierre esa condenada boca —-dijo el capitán Smethrust—. A nadie le importa... a nadie más que a mí. ¿Dónde está ese condenado araq?

Mister Parker Pyne movió la cabeza tristemente.

Y abandonó al capitán Smethrust como a un caso imposible.







El convoy con destino Bagdad se puso en marcha a las siete de la mañana. Estaba formado por mister Parker Pyne y mister Poli, las señoritas Pryce (tía y sobrina), tres oficiales de las Fuerzas Aéreas, Smethrust y Hensley, y una madre y un hijo armenios llamados Pentremian.

El viaje comenzó sin incidentes. Pronto quedaron atrás los árboles frutales de Damasco. El cielo estaba cubierto y el joven conductor lo miró una o dos veces con expresión de duda. Y cambió algunas observaciones con Hensley.

—Ha llovido bastante al otro lado del Rutba. Espero que no vayamos a atascarnos.

A mediodía hicieron una parada y se repartieron las cajas de cartón cuadradas que contenían el almuerzo. Los dos conductores hicieron un té que fue servido en tazas de papel. Y continuaron la marcha a través de una llanura interminable.

Mister Parker Pyne se acordó de las lentas caravanas y de las semanas de viaje...

Se ponía el sol cuando llegaron al fuerte del desierto de Rutba. Las grandes puertas fueron desatrancadas y el vehículo las cruzó, penetrando en el patio interior del fuerte.

—Esto resulta emocionante —dijo Netta.

Después de lavarse un poco, manifestó el deseo de dar un paseíto. El teniente de aviación O'Rourke y mister Parker Pyne se ofrecieron a darle escolta. Cuando iban a partir, se les acercó el administrador para rogarles que no se alejasen, pues podrían tener dificultades para encontrar el camino de regreso después de haber oscurecido.

—Sólo una pequeña distancia —prometió O'Rourke.

El paseo no era en realidad muy interesante a causa de la monotonía de los alrededores.

Una vez, mister Parker Pyne se inclinó para recoger algo.

—¿Qué es esto? —preguntó Netta Pryce con curiosidad.

Él se lo mostró.

—Una piedra prehistórica, miss Pryce: un horadador.

—¿Se mataban unos a otros con esto?

—No, esto tenía un empleo más pacífico. Pero supongo que hubieran podido también utilizarlo para matarse. La intención de matar es lo que importa, no el mero instrumento. Algo puede encontrarse siempre por estos parajes.

Iba oscureciendo y se apresuraron a regresar al fuerte.

Después de una comida con muchas conservas, se quedaron fumando. A las doce, el autocar de seis ruedas debía reanudar la marcha.

El conductor parecía hallarse inquieto.

—Hay algunas charcas por aquí cerca —dijo—. Podríamos atascarnos.

Todos subieron al autocar y se acomodaron en él. Miss Pryce estaba molesta por no tener a su alcance una de las maletas.

—Me hubiera gustado ponerme las zapatillas de noche —dijo.

—Es más fácil que necesite sus botas de agua —contestó Smethrust— A juzgar por las apariencias, vamos a hundirnos en un mar de lodo.

—Y ni siquiera tengo a mano un par de medias para cambiarme —dijo Netta.

—No hay problema. Se quedará quieta. Sólo el sexo fuerte debe salir a moverse.

—Siempre llevo calcetines de recambio —dijo Hensley golpeándose el bolsillo del abrigo—. Nunca sabe uno lo que...

Se apagaron las luces. El voluminoso autocar partió en la oscuridad.

La marcha no era muy buena. No se zarandeaban como lo hubieran hecho en un coche pequeño, pero, no obstante, recibían de vez en cuando algún fuerte coscorrón.

Mister Parker Pyne ocupaba uno de los asientos delanteros. Al otro lado del pasillo se hallaba la dama armenia envuelta en abrigos y chales. Su hijo estaba detrás de ella. Detrás de mister Parker Pyne se encontraban las dos señoritas Pryce. Y en la parte posterior del autocar, Poli, Smethrust, Hensley y los hombres de las Fuerzas Aéreas.

El autocar continuaba corriendo en las tinieblas. A mister Parker Pyne le costaba conciliar el sueño. Se hallaba entumecido por su posición. Los pies de la dama armenia salían, invadiendo su espacio. En todo caso, ella sí descansaba cómodamente.

Todos los demás parecían dormir. Mister Parker Pyne sintió que le invadía una somnolencia cuando una repentina sacudida lo envió contra el techo. De la parte posterior del autocar llegó una soñolienta protesta:

—Cuidado. ¿Queréis que nos rompamos la cabeza conductores?

Luego, mister Parker Pyne volvió a adormecerse. Al cabo de algunos minutos, aunque con un incómodo vaivén del cuello, se quedó profundamente dormido...

Se despertó de repente. El autocar de seis ruedas se había detenido. Algunos de los hombres estaban apeándose. Hensley dijo brevemente:

—Estamos atascados.

Deseoso de ver cuanto pudiera verse, mister Parker Pyne saltó junto al autocar con cuidado. Ahora no llovía. Al contrario, había luna y a su luz podía verse cómo los conductores trabajaban frenéticamente con gatos y piedras para levantar las ruedas. La mayor parte de los hombres ayudaban en la operación. Las tres mujeres estaban mirando desde las ventanillas del autocar: miss Pryce y Netta con interés, la dama armenia con mal disimulado disgusto.

A una orden del conductor, los hombres hicieron un esfuerzo.

—¿Dónde está ese chico armenio? —preguntó O'Rourke—. Que venga aquí también.

—Y también el capitán Smethrust —observó Poli—. No está con nosotros.

—El bribón sigue durmiendo. Miradlo.

Era cierto. Smethrust continuaba en su asiento, con la cabeza inclinada hacia delante y todo el cuerpo hundido.

—Yo lo despertaré —dijo O'Rourke. Y saltó a la portezuela. Reapareció al cabo de un minuto. El timbre de su voz era otro.

—Escuchad: creo que está enfermo o algo así. ¿Dónde está el médico?

El médico jefe de la escuadrilla aérea, el doctor Loftus, un hombre de aspecto tranquilo y cabello canoso, se separó del grupo que se hallaba junto a la rueda.

—¿Qué tiene? —preguntó.

—No... no lo sé.

El doctor entró en el autocar. O'Rourke y Parker Pyne lo siguieron. Se inclinó sobre aquel cuerpo postrado. Una mirada y un contacto fueron suficientes.

—Está muerto —dijo con calma.

Se dispararon las preguntas: «¿Muerto? Pero ¿cómo?». Y Netta exclamó: «¡Oh, qué horrible!»

Loftus miró a su alrededor con gesto de irritación.

—Debe de haberse dado un golpe en la cabeza contra el techo —dijo—. El autocar tuvo una sacudida muy fuerte.

—Seguramente esto no le habrá matado. ¿No hay algo más?

—No puedo decir nada hasta que no lo haya examinado correctamente —dijo Loftus con brevedad. Y miró a su alrededor con expresión de azoramiento. Las mujeres se habían apiñado más cerca de él. Los hombres habían empezado a agruparse en el interior del autocar.

Mister Parker Pyne habló al conductor. Éste era un joven fuerte y atlético que, una por una, levantó a las mujeres y las llevó por encima del lodo hasta dejarlas sobre un terreno seco. Pudo hacerlo fácilmente con Mrs. Pentremian y con Netta, pero se tambaleó un poco bajo el peso de la robusta tía de ésta.

El interior del autocar quedó despejado para que el médico pudiera hacer su reconocimiento.

Los hombres reanudaron sus esfuerzos para levantar el vehículo. El sol asomaba ahora por el horizonte. Se anunciaba un día magnífico. El lodo estaba secándose rápidamente, pero el autocar continuaba atascado. Se habían roto tres gatos y hasta entonces no habían dado resultado los esfuerzos realizados. Los conductores se pusieron a preparar un desayuno, abriendo latas de salchichas e hirviendo agua para hacer el té de los expedicionarios.

Un poco apartado, el médico jefe de escuadrilla, Loftus, estaba dando su veredicto.

—No hay señales de herida alguna. Tal como he dicho, debe de haberse dado un golpe en la cabeza contra el techo.

—¿Está usted seguro de que ha sido una muerte natural? —preguntó mister Parker Pyne. Y había algo en su voz que hizo que el médico le dirigiese una viva mirada.

—Queda sólo otra posibilidad.

—¿Cuál es?

—Que alguien le hubiese golpeado la cabeza por detrás con algún objeto parecido a un saco de arena —y su tono era de excusa.

—Esto no es muy probable —dijo Williamson, el otro oficial de las Fuerzas Aéreas, un joven con cara de querubín—. Quiero decir que nadie hubiera podido hacerlo sin que lo viéramos.

—¿Y si estábamos durmiendo? —sugirió el doctor.

—De esto nadie puede estar seguro —indicó el otro—. Subir al autocar y todo lo demás era imposible sin despertar a alguien.

—El único que hubiera podido hacerlo —dijo Poli— hubiera sido alguien que estuviese sentado detrás de él. Así podía escoger el momento sin levantarse ni siquiera del asiento.

—¿Quién iba sentado detrás del capitán Smethrust? —preguntó el médico.

O'Rourke contestó prestamente:

—Hensley, señor, de modo que esto no sirve. Hensley era el mejor amigo de Smethrust.

Hubo un silencio. Luego se elevó la voz de mister Parker Pyne con un tono que demostraba una tranquila certidumbre.

—Creo —dijo— que el teniente de aviación Williamson tiene algo que comunicarnos.

—¿Yo, señor? Yo... bueno...

—Explícate, Williamson —dijo O'Rourke.

—En realidad, no es nada... absolutamente nada.

—Explícate.

—Son sólo unas palabras de una conversación que oí en Rutba. Había vuelto al autocar para recoger mi pitillera y estaba buscándola. Fuera, hablaban dos hombres muy cerca de allí. Uno de ellos era Smethrust. Decía... —y se detuvo.

—Continúa, hombre. Explícate.

—Algo sobre no querer descubrir a un compañero. Parecía tener mucha angustia. Después, dijo: «Me callaré hasta Bagdad, pero ni un minuto más. Tendrás que largarte de prisa.»

—¿Y el otro hombre?

—No lo conozco, señor. Juro que no lo conozco. Era moreno y sólo dijo una o dos palabras que no pude entender.

—¿Quién de ustedes conocía bien a Smethrust?

—No creo que las palabras «un compañero» puedan referirse a nadie mas que a Hensley —dijo O'Rourke lentamente—. Yo conocía a Smethrust, pero de un modo muy ligero. Williamson es nuevo aquí... y lo mismo el médico de la escuadrilla, Loftus. No creo que ninguno de ellos lo hubiese visto antes.

Así lo confirmaron los dos oficiales.

—¿Y usted, Poli?

—No había visto nunca a este joven hasta que atravesamos el Líbano en el mismo autocar, desde Beirut.

—¿Y ese armenio?

—No podía ser un compañero —afirmó O'Rourke con decisión.

—Yo tengo quizás una prueba adicional —dijo mister Parker Pyne.

Y repitió la conversación que había tenido con Smethrust en el café de Damasco. O'Rourke observó con aire pensativo:

—Usó la frase: «No me gusta descubrir a un compañero», y estaba inquieto.

—¿Nadie tiene nada que añadir? —preguntó mister Parker Pyne.

El doctor tosió y empezó diciendo:

—Puede ser algo que tenga relación con esto...

Se le animó a continuar.

—Sencillamente que oí como Smethrust le decía a Hensley: «Tú no puedes negar que hay una filtración en tu departamento.»

—¿Cuándo fue esto?

—Ayer por la mañana, en el momento en que íbamos a salir de Damasco. Pensé que estaban hablando de algún antiguo asunto. No imaginé... —y se detuvo.

—Amigos míos, esto es interesante —dijo el italiano—. Pieza por pieza van ustedes dando forma a la prueba.

—Habló usted de un saco de arena, doctor —dijo mister Parker Pyne—. ¿Podría un hombre confeccionar un arma así?

—Aquí abunda la arena —contestó el médico secamente, levantando un buen puñado de ella mientras hablaba.

—Poniendo un poco en un calcetín... —empezó a decir O'Rourke, y vaciló.

Todos recordaban dos breves frases pronunciadas por Hensley la noche anterior: «Siempre llevo calcetines de recambio. Nunca sabe uno.»

Hubo un silencio. Luego, mister Parker Pyne dijo con calma:

—Jefe de cuadrilla Loftus, creo que los calcetines de recambio de mister Hensley están en el bolsillo de su abrigo, que se encuentra ahora sin duda alguna en el autocar.

Todas las miradas se dirigieron al instante hacia el lugar por el que paseaba, recortada en el horizonte, una figura taciturna. Hensley se había mantenido apartado desde el descubrimiento de la muerte de Smethrust. Había sido respetado su deseo de permanecer solo, teniendo en cuenta la amistad que había habido entre los dos.

Mister Parker Pyne continuó:

—¿Quiere usted cogerlos y traerlos aquí?

El médico vaciló, murmurando:

—No me gusta... —y volvió a mirar hacia la figura que paseaba—. Parece una vileza.

—Debe usted cogerlos, hágame el favor —dijo mister Parker Pyne—. Las circunstancias son muy raras. Estamos detenidos aquí y tenemos que saber la verdad. Si trae usted esos calcetines, me imagino que estaremos un paso más cerca de ella.

Loftus se alejó obedientemente.

Mister Parker Pyne se llevó a mister Poli un poco aparte.

—Creo que era usted quien estaba en el pasillo, al otro lado del capitán Smethrust.

—Así es.

—¿Se levantó alguien y pasó por allí?

—Sólo la dama inglesa, miss Pryce. Fue al lavabo, en la parte de atrás del autocar.

—¿La vio dar algún tropezón?

—Daba algunos vaivenes con el movimiento de la marcha, naturalmente.

—¿Es ella la única persona que vio usted pasar?

—Sí.

El italiano le dirigió una mirada de curiosidad y dijo:

—Me pregunto quién es usted. Toma el mando y, sin embargo, no es un militar.

—He visto mucho de la vida —contestó mister Parker Pyne.

—Ha viajado, ¿eh?

—No, he estado sentado en un despacho.

Loftus volvió con los calcetines. Mister Parker Pyne los tomó y examinó. Había arena húmeda adherida al interior de uno de ellos.

Mister Parker Pyne hizo entonces una profunda inspiración.

—Ahora ya lo sé —dijo.

Todas las miradas se concentraron en la figura que se paseaba destacándose sobre el fondo del horizonte.

—Si es posible, desearía ver el cadáver —dijo mister Parker Pyne.

Y entró con el médico hasta el sitio en que yacía el cuerpo de Smethrust, cubierto con un trozo de lona que el médico retiró, diciendo:

—No hay nada que ver.

Pero los ojos de mister Parker Pyne se habían fijado en la corbata del muerto.

—Es decir, que Smethrust era un antiguo alumno de la universidad de Eton.

Y entonces mister Parker Pyne le sorprendió todavía más.

—¿Qué sabe usted del joven Williamson? —le preguntó.

—Nada en absoluto. Lo vi por primera vez en Beirut. Yo había llegado de Egipto. Pero, ¿por qué? Seguramente...

—Bien, fundándonos en sus declaraciones, vamos a colgar a un hombre, ¿no es así? —dijo mister Parker Pyne animadamente—. Uno debe andar con cuidado.

Parecía hallarse aún interesado en la corbata del muerto. Le desabrochó el cuello. Luego lanzó una exclamación:

—¿Ve usted esto?

En el reverso del cuello de la camisa había una mancha de sangre, pequeña y redonda.

Examinó con más atención el cuello puesto al descubierto.

—Este hombre no ha muerto por un golpe en la cabeza, doctor —dijo con animación—. Ha sido herido en la base del cráneo. Puede usted ver aquí el pequeño pinchazo.

—¡Y me ha pasado inadvertido!

—Se guiaba usted por una falsa suposición —dijo mister Parker Pyne a modo de excusa—. La de un golpe en la cabeza. Era bastante fácil no advertir esto, la herida apenas es visible. Un rápido pinchazo con un pequeño instrumento y la muerte es instantánea. La víctima no tiene ni tiempo de gritar.

—¿Cree que con una daga...? ¿Cree que Poli...?

—Los italianos y las dagas van juntos en la fantasía popular... ¡Mire! ¡Ahí viene un coche!

Un turismo acababa de aparecer en el horizonte.

—Bueno —dijo O'Rourke al reunirse con ellos—. Las señoras podrían irse en él.

—¿Y qué hacemos con nuestro asesino? —preguntó mister Parker Pyne—. Yo sé que Hensley es inocente.

—¿Usted? Pero, ¿cómo? Está claro que tenía arena en el calcetín —y O'Rourke abrió mucho los ojos.

—Sé, muchacho —dijo mister Parker Pyne suavemente—, que esto no parece tener sentido, pero lo tiene. Smethrust no se dio un golpe en la cabeza. Ya lo ve usted, recibió un pinchazo.

Y, tras una breve pausa, continuó:

—Haga memoria, nada más, de la conversación de que le hablé, la conversación que tuvimos en el café. Usted recogió una frase que le pareció significativa. Pero la que a mí me llamó la atención fue otra frase. Cuando le dije que me dedicaba a jugar a las confidencias, él dijo: «¡Cómo! ¿Usted también?» ¿No le parece a usted que esto es bastante curioso? No creo que llame usted juego de las confidencias a una serie de desfalcos cometidos en un departamento o negociado. El juego de confidencias es más aplicable a alguien como el fugitivo mister Samuel Long, por ejemplo.

El médico tuvo un sobresalto. O'Rourke dijo:

—Sí... quizá...

—Yo dije en broma que el fugitivo mister Long podía ser uno de nosotros. Suponga que esto es verdad.

—¡Cómo...! ¡Pero es imposible!

—Nada de eso. ¿Qué sabe usted de las personas, aparte de sus pasaportes y de lo que ellas cuentan de sí mismas? ¿Soy yo en realidad mister Parker Pyne? ¿Es verdaderamente italiano mister Poli? ¿Y qué me dice de la masculina Mrs. Pryce, la mayor, que tan claramente necesita que la afeiten?

—Pero él... pero Smethrust no debía conocer a Long.

—Smethrust era un antiguo alumno de Eton. Long estuvo también en aquella universidad. Smethrust pudo haberlo reconocido, aunque no se lo dijese a usted. Pudo haberle reconocido entre nosotros. Y en este caso, ¿qué iba a hacer? Tiene una inteligencia sencilla y el asunto le causa angustia. Por fin decide no decir nada hasta que lleguemos a Bagdad. Pero una vez allí, ya no callará.

—¿Cree usted que uno de nosotros es Long? —dijo O'Rourke aún aturdido. Y añadió tras inspirar profundamente—: Debe de ser el italiano, debe... ¿o que me dice del armenio?

—Desempeñar el papel de extranjero y obtener un pasaporte como tal es en realidad mucho más difícil que seguir siendo inglés —contestó mister Parker Pyne.

—¿Miss Pryce? —exclamó O'Rourke con acento de incredulidad.

—No —dijo mister Parker Pyne—. ¡Éste es nuestro hombre!

Con gesto casi amistoso, al parecer, había puesto una mano sobre el hombro del que estaba junto a él. Pero su voz no tenía nada de amistosa y sus dedos apretaban aquel hombro como unas tenazas.

—El jefe de escuadrilla Loftus, o mister Samuel Long, no importa el nombre que le dé usted.

—Pero esto es imposible... imposible —balbuceó O'Rourke—. Loftus lleva muchos años de servicio.

—Pero usted no lo había visto nunca ¿no es verdad? Era un extraño para todos ustedes. Naturalmente, éste no es el verdadero Loftus.

Aquel hombre impasible tomó la palabra:

—Ha sido usted hábil para descubrir todo esto. Y, a propósito: ¿cómo lo ha hecho?

—A causa de su ridícula declaración de que Smethrust había muerto de un golpe en la cabeza. Tomó usted esa idea de lo que contó O'Rourke cuando hablábamos ayer, en Damasco. Y pensó: ¡qué sencillo! Era usted el único médico que teníamos. Cualquier cosa que dijese sería aceptada. Tenía en su poder el equipo profesional de Loftus: tenía sus instrumentos. Era fácil elegir una pequeña herramienta adecuada para poner en práctica su idea. Se inclinó para hablar con él y, mientras hablaba, le clavó esta ligera arma. Siguió hablándole uno o dos minutos más. El autocar estaba oscuro. ¿Quién iba a sospecharlo?

»Viene luego el descubrimiento del cadáver. Usted da su dictamen. Se manifiestan algunas dudas y retrocede a una segunda línea de defensa. Williamson repite la conversación que ha oído entre Smethrust y usted. Se da por supuesto que se refiere a Hensley y usted añade una peligrosa invención propia sobre una filtración en el departamento al que pertenecía y, entonces, yo hago una prueba definitiva. Menciono la arena y los calcetines para que podamos saber la verdad. Pero mis palabras tenían un sentido distinto del que usted les dio. Yo ya había examinado los calcetines de Hensley. No había arena en ninguno de ellos. Fue usted quien la puso.

Mister Samuel Long encendió un cigarrillo.

—Me rindo —dijo—. La suerte se ha vuelto contra mí. Bueno, lo he pasado bien mientras ha durado. Iban siguiéndome la pista muy de cerca cuando llegué a Egipto. Tropecé con Loftus, que estaba a punto de partir para ocupar su puesto en Bagdad... y no conocía a nadie en este país. La oportunidad era demasiado buena para dejarla escapar. Lo compré. Me costó veinte mil libras. Pero ¿qué era esto para mí? Luego, la maldita suerte me hizo tropezar con Smethrust, ¡un borrico si los hay! Había sido mi auxiliar adjunto en Eton. En aquellos tiempos, tenía un poco de admiración fanática por mí. No le gustaba la idea de entregarme. Hice lo que pude y, por último, prometió no descubrirme hasta que llegásemos a Bagdad. ¿Qué probabilidades de escapar tendría yo entonces? Absolutamente ninguna. Sólo quedaba un medio: eliminarlo. Pero puedo asegurarles a ustedes que no soy un asesino por naturaleza. Mis aptitudes toman un camino distinto.

Su rostro sufrió un cambio: se contrajo. Osciló y cayó hacia delante.

O'Rourke se inclinó sobre él.

—Probablemente, ácido prúsico en el cigarrillo —dijo mister Parker Pyne—. El jugador ha perdido su última partida.

Miró a su alrededor, hacia el ancho desierto. Sobre él caía la luz del sol. Sólo hacía un día que había salido de Damasco... por la puerta de Bagdad.



«No pases por debajo, oh caravana, o pasa sin cantar.

»¿Has oído ese silencio en que, muertas las aves, aún parece que se oye el piar de un pájaro?»







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