viernes, 3 de junio de 2016

AGATHA CHRISTIE - ASESINATO EN EL CAMPO DE GOLF (PARTE 1)





La sección dedicada a leer a Agatha Christie continua. Hoy leemos "Asesinato en el campo de Golf" así que prepare tu café (vino, té o lo que prefieras) y siéntate a degustar de esta historia. Comencemos...







DRAMATIS PERSONAE



francisca arrichet: Antigua   ama   de   llaves   de   la familia Renauld.
augusto: Viejo jardinero.
lucien bex: Comisario de la Policía francesa.
conneau: Amante   que   fue   de   madame Daubreuil.
daubreuil: Hermosa   mujer,   amiga   íntima de monsieur Renauld.
marta daubreuil: Hija de la anterior.
durand: Médico forense.
bella duveen: Una artista de variedades.
giraud: De la Sûreté de París.
hastings: Capitán   retirado   del   Ejército, amigo y colaborador de Poirot y cronista de esta novela.
hautet: Juez de instrucción.
japp: Inspector de Scotland Yard.
marchaud: Agente de Policía.
masters: Chófer de los Renauld.
dionisia y leonia oulard: Dos jóvenes hermanas, camareras de la familia Renauld.
hércules poirot: El  genial   detective  belga  que protagoniza esta obra.
eloísa renauld: Esposa de Renauld, asesinado.
pablo renauld: Un millonario de enigmático pasado.
gabriel stonor: Secretario del anterior.



CAPITULO UNO


UNA COMPAÑERA DE VIAJE


Creo que existe una anécdota famosa según la cual un joven escritor, resuelto a dar a su narración un principio bastante enérgico y original para alcanzar y retener la atención del más hastiado de los editores, escribió lo siguiente:
—¡Demonio! —exclamó la duquesa.
Por extraño que parezca, la presente narración mía comienza de un modo muy parecido, salvo que la dama que lanza la exclamación no es duquesa.
Era en un día de principios de junio. Había despachado yo algunos asuntos en París y tomado el tren de la mañana para regresar a Londres, donde seguía compartiendo un alojamiento con mi antiguo amigo el ex detective Hércules Poirot.
Eran muy escasos los viajeros en el expreso de Calais: en realidad sólo venía otro en mi propio departamento. Yo había salido del hotel con alguna precipitación y estaba ocupado en el recuento de mis bártulos cuando arrancó el tren. Hasta aquel momento apenas me había dado cuenta de la presencia de mi compañera; pero ahora me hallé violentamente llamado a reconocer su existencia. Levantándose de su asiento de un salto, bajó el cristal de la ventanilla y sacó fuera la cabeza, retirándola al cabo de un momento con la breve y enérgica exclamación:
—¡Demonio!
Ahora bien: yo soy un hombre algo anticuado. Para mí, una mujer debe ser femenina. ¡No puedo soportar a la neurótica muchacha moderna que se entrega al jazz de la mañana a la noche, fuma como una chimenea y usa un lenguaje que haría sonrojarse a una pescadera de Billingsgate!
Levanté la cabeza con el ceño ligeramente fruncido y me hallé ante un rostro bonito, de expresión descarada y bajo un disparatado sombrerito rojo. Las orejas estaban ocultas tras espesas matas de rizos negros. Me pareció que tenía poco más de diecisiete años, pero su cara estaba cubierta de polvos y los labios eran de matiz escarlata enteramente imposible.
Sin desconcertarse poco ni mucho, sostuvo mi mirada y ejecutó una expresiva mueca.
—¡Pobre de mí! ¡He escandalizado al buen caballero! —observó, dirigiéndose a un imaginado auditorio—. ¡Ofrezco mis excusas por mi lenguaje! Muy impropio de una señorita, etcétera, etcétera. Pero, Dios mío, ¡qué razón tenía para usarlo! ¿Sabe usted que he perdido a mi única hermana?
—¿De veras? —dije cortésmente—. ¡Qué desgracia!
—Me desaprueba —observó la dama—. Me desaprueba por completo, a mí y a mi hermana... Y esto último no está bien, ¡porque no la ha visto!
Abrí la boca, pero ella se me adelantó.
—¡No diga nada más! ¡Nadie me quiere! ¡Me iré al jardín y comeré gusanos! ¡Buujuú! ¡Estoy aplastada!
Y se escondió tras un gran periódico cómico francés. Al cabo de uno o dos minutos vi cómo me observaban sus ojos disimuladamente por encima del periódico. Me sonreí a mi pesar, y un minuto más tarde la muchacha había tirado el periódico y estallado en una alegre carcajada.
—Ya sabía que no era usted tan majadero como parecía —exclamó.
Y era su risa tan contagiosa que no pude menos que reír también, aunque no me había gustado mucho la palabra «majadero».
—¡Vaya! ¡Ahora ya somos amigos! —declaró la gran picara—. Diga que siente lo de mi hermana...
—¡Estoy desconsolado!
—Es usted un buen muchacho.
—Pero déjeme acabar. Iba a añadir que, aunque esté desconsolado, puedo conformarme con su ausencia perfectamente —y le hice una pequeña reverencia.
Pero aquella extraña mocita arrugó la frente y movió la cabeza.
—Basta de esto. Prefiero la postura de «digna desaprobación». Y la cara que ha puesto, como si dijera: «No es de los nuestros.» ¡Y en esto tenía usted razón..., aunque fíjese bien: es muy difícil saberlo en nuestros tiempos. No todo el mundo sabe distinguir entre una fulanita y una duquesa. ¡Vaya! ¡Creo que he vuelto a escandalizarle! Le han traído a usted de Zululandia, de veras. No es que esto me importe. Podríamos aguantar a unos cuantos de su clase. Lo que no soporto es un individuo que se propasa. Me ponen furiosa.
Y movió la cabeza vigorosamente.
—¿Qué parece usted cuando se pone furiosa? —le pregunté con una sonrisa.
—¡Un pequeño demonio! No me importa lo que digo, ¡ni lo que hago tampoco! Una vez casi maté a un buen mozo. Sí; verdaderamente. Y bien merecido se lo tenía.
—Bueno —le supliqué—. No se ponga furiosa conmigo.
—No me pondré. Me ha sido usted simpático... desde el primer momento en que le he visto. Sólo que parecía desaprobarme de tal modo que creí que nunca seríamos amigos.
—Pues bien: ya lo somos. Dígame algo de usted misma.
—Soy actriz. No...; no del género que usted imagina. Estoy en el escenario desde la edad de seis años..., doy volteretas.
—¿Dice usted...? —pregunté, desorientado.
—¿No ha visto nunca niños acróbatas?
—¡Oh, comprendo!
—Nací en América, pero me he pasado la mayor parte de la vida en Inglaterra. Tenemos ahora un número nuevo...
—¿Tenemos?
—Mi hermana y yo. Algo de canto y danza y un poco de pataleo y otro poco de lo de costumbre. Es una idea enteramente nueva y siempre les cae en gracia. Vamos a sacar dinero de ella...
Mi nueva amiga se inclinó hacia adelante y charló volublemente, aunque muchas de sus palabras eran incomprensibles para mí. Sentí, no obstante, que crecía mi interés por ella. Parecía ser una curiosa mezcla de niña y mujer. Aunque perfectamente informada de lo que es el mundo y, tal como lo decía, capaz de guardarse, su sencilla actitud frente a la vida y su resuelta determinación de «portarse bien», tenía un carácter curiosamente ingenuo.
Pasamos por Amiens. Este nombre despertó en mí muchos recuerdos. Mi compañera parecía tener un conocimiento intuitivo de lo que se agitaba en mi conciencia.
—¿Piensa en la guerra?
Hice una seña afirmativa.
—¿Tomó parte en ella, supongo?
—Bastante. Fui herido una vez, y después del Somme me licenciaron por inválido. Soy ahora una especie de secretario particular de un miembro del Parlamento.
—¡Toma! ¡Se necesitan sesos para esto!
—No se necesitan sesos. Realmente, hay muy poco que hacer. Por lo general, con un par de horas diarias estoy listo. Y el trabajo es aburrido. La verdad es que no sé lo que sería de mí si no tuviera otra cosa en qué ocuparme.
—¡No me diga que colecciona bichos!
—No. Comparto mi alojamiento con un hombre muy interesante. Es un belga..., un antiguo detective. Se ha establecido en Londres como detective privado y le va extraordinariamente bien. Es en realidad un hombrecillo maravilloso. Ha acertado varias veces en casos en los que había fracasado la Policía oficial.
Mi compañera me escuchaba con los ojos abiertos.
—¿No es esto interesante? A mí me entusiasman los crímenes, sencillamente. Voy a ver todas las películas de misterio. Y cuando hay un asesinato, devoro los periódicos.
—¿Recuerda el caso Styles? —le pregunté.
—Déjeme ver. ¿Era el de la anciana que fue envenenada en alguna parte, en Essex?
Hice una seña afirmativa y contesté:
—Éste fue el primer caso importante de Poirot. No hay duda de que, a no ser por él, el asesino hubiera escapado impune. Fue una muestra admirable de labor detectivesca.
Llevado por mi entusiasmo, mencioné los rasgos generales del caso hasta su triunfante e inesperado desenlace. La muchacha me escuchaba muda de asombro. Y lo cierto es que estábamos los dos tan absortos, que el tren llegó a la estación de Calais sin que nos hubiésemos dado cuenta de ello.
Me aseguré el concurso de un par de mozos de estación y bajamos al andén. Mi compañera me tendió la mano.
—Adiós, y de ahora en adelante pondré más atención en el lenguaje que empleo.
—¡Oh!, pero, seguramente, me permitirá que la acompañe hasta el barco.
—Puede ser que no me embarque. Tengo que ver si mi hermana consiguió por fin tomar el tren en alguna parte. Gracias, de todos modos.
—Pero volveremos a vernos, ¿no es verdad? ¿Y no va a decirme cómo se llama? —le grité, cuando ya se retiraba.
Ella volvió la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Cenicienta —gritó, y se echó a reír.
Pero poco sospechaba yo cuándo y dónde había de volver a ver a Cenicienta.



CAPÍTULO DOS


UNA DEMANDA DE SOCORRO


Eran las nueve y cinco de la mañana siguiente cuando entré en nuestra sala común para desayunarme. Con su puntualidad acostumbrada, mi amigo Poirot estaba rompiendo la cáscara de su segundo huevo.
Me miró con expresión radiante.
—¿Ha dormido bien? ¿Se ha repuesto de esa travesía tan terrible? Es maravilloso que no se haya retrasado nada esta mañana. Pardon, pero su corbata no está simétrica. Permítame que se la corrija
En otra parte he descrito a Hércules Poirot. ¡Un hombrecillo extraordinario! Estatura de un metro sesenta y dos centímetros, cabeza ovalada que inclinaba un poco a un lado, ojos que brillaban con un matiz verde cuando se excitaba, tieso bigote militar, ¡expresión de dignidad inmensa! Su aspecto era limpio y elegante. Sentía una pasión absoluta por la limpieza en todos los órdenes. Ver un adorno torcido, o una partícula de polvo, o un ligero desarreglo en la indumentaria de una persona era una tortura para el hombrecillo hasta que podía tranquilizarse poniendo remedio al mal. El «orden» y el «método» eran sus dioses. Las pruebas tangibles, tales como las huellas de pisadas y la ceniza de cigarrillos, le inspiraban un cierto desdén, y sostenía que, por sí mismas, no permitirían nunca a un detective resolver un problema. Y en seguida se daba en su cabeza oval, con absurda complacencia, y observaba muy satisfecho:
«El verdadero trabajo se hace desde dentro. Las pequeñas células grises..., recuerde siempre las pequeñas células grises, mon ami»
Ocupé mi asiento y observé con calma, en contestación al saludo de Poirot, que una hora de travesía, de Calais a Dover, apenas podía ser dignificada por el epíteto «terrible».
—¿Ha traído el correo algo interesante? —pregunté.
Poirot movió la cabeza con expresión de desagrado.
—Todavía no he examinado las cartas, pero no llega en estos tiempos nada interesante. Los grandes criminales, los criminales metódicos, ya no existen.
Y mientras movía la cabeza, descorazonado, yo solté una carcajada.
—Anímese, Poirot; va a cambiar la suerte. Abra sus cartas. Usted no sabe si hay algún gran caso a punto de asomarse por el horizonte.
Poirot sonrió y, cogiendo el pequeño y pulido cortapapeles con que abría la correspondencia, rasgó el lado superior de los varios sobres que contenía la bandeja.
—Una factura. Otra factura. Esto es que me vuelvo caprichoso en la vejez. ¡Aja! Una nota de Japp.
—¡Ah!, ¿sí? —y apliqué el oído. Más de una vez el inspector de Scotland Yard nos había dado acceso a un caso interesante.
—Se limita a darme las gracias (a su modo) por un pequeño detalle del caso Aberystwyth, en el que pude orientarle. Me encanta haberle sido útil.
Y, plácidamente, Poirot continuó la lectura de su correspondencia.
—Una idea sobre la que debería dar una conferencia a nuestros boy-scouts locales. La condesa de Forfanock me agradecerá que vaya a visitarla. ¡Otro perrillo faldero, sin duda! Y ahora la última. ¡Ah!...
Levanté la cabeza vivamente al advertir su cambio de tono. Poirot estaba leyendo con atención. Al cabo de un minuto, me echó el pliego.
—Esto se aparta de lo ordinario, amigo mío. Léalo usted mismo. La carta estaba escrita en un papel de marca extranjera y en letra característicamente atrevida. Decía así:


  VILLA GENEVIEVE
Merlinville - Sur - Mer

france


«Muy señor mío: Necesito los servicios de un detective y, por razones que le comunicaré más tarde, no deseo llamar a la Policía oficial. He tenido noticias de usted, de diversas procedencias, y todos los informes coinciden en la afirmación de que es usted un hombre decididamente hábil y que sabe, además, ser discreto. No quiero confiar detalles al correo, pero, por razón de un secreto que poseo, temo diariamente por mi vida. Estoy convencido de que el peligro es inminente y, en consecuencia, le ruego que venga a Francia sin perder un momento. Enviaré un coche que le recoja en Calais si quiere telegrafiarme cuándo llega. Le quedaré muy agradecido si consiente dejar todos los casos que tenga entre manos para dedicarse exclusivamente a mis intereses. Estoy dispuesto a abonarle cualquier retribución necesaria. Probablemente habré de requerir sus servicios por un período de tiempo considerable, pues puede ser preciso que vaya usted a Santiago, donde he vivido por espacio de algunos años. Me complacerá que me indique sus honorarios.
Asegurándole una vez más que el asunto es urgente, queda de usted s. s.,
P. T. Renauld.»

Bajo la firma había sido garabateada una línea casi ilegible: «¡Venga, por amor de Dios!»
Le devolví la carta con el pulso agitado.
—iPor fin! —dije—. Aquí hay algo distinto de lo ordinario.
—Sí, verdaderamente —añadió Poirot, con aire reflexivo.
—Irá usted, por supuesto.
Poirot hizo una seña afirmativa. Estaba absorto en sus pensamientos. Por fin, pareció haber tomado su partido y levantó la mirada hasta el reloj. La expresión de su rostro era muy grave.
—Vea, amigo mío, que no hay tiempo que perder. El Expreso Continental sale de Victoria a las once. No se agite. Queda tiempo suficiente. Podemos permitirnos diez minutos de discusión. Usted me acompaña, ¿no es verdad?
—Hombre...
—Usted mismo me dijo que su principal no le necesita durante las próximas semanas.
—¡Oh!, así es. Pero este monsieur Renauld indica con toda claridad que su asunto es privado.
—Ta..., ta..., ta. Yo me encargo de monsieur Renauld. A propósito, ¿no parece que conocemos este nombre?
—Hay un millonario sudamericano famoso que se llama Renauld. No sé si podría ser el mismo.
—Sin duda. Esto explica la mención de Santiago. Santiago está en Chile, ¡y Chile está en América del Sur! ¡Ah, el caso es que vamos adelantando! ¿Se ha fijado en la posdata? ¿Qué efecto le ha causado?
Reflexioné.
—Es claro que escribió la carta dominándose, pero al final perdió los estribos y, siguiendo el impulso del momento, garabateó esas palabras desesperadas.
Pero mi amigo movió la cabeza con un gesto enérgico.
—Está usted en un error. Fíjese en que si bien la tinta de la firma es casi negra, la de la posdata es enteramente pálida...
—¿Y qué más? —pregunté, desconcertado.
—¡Por Dios, amigo mío! ¡Utilice sus pequeñas células grises! ¿No está claro? Monsieur Renauld escribió la carta. Sin secarla, la releyó cuidadosamente. Luego, no por impulso, sino con deliberación, añadió esas últimas palabras y pasó por ellas el papel secante.
—Pero ¿por qué?
Parbleu! Para que me produjesen a mí el efecto que le han producido a usted.
—¡Cómo!
—Ni más ni menos..., ¡para asegurarse de mi venida! Releyó la carta y no quedó contento de ella. ¡No era bastante fuerte!
Se detuvo y añadió luego en tono moderado, mientras se iluminaban sus ojos con el reflejo verde que siempre revelaba su excitación interior:
—Y así, amigo mío, puesto que la posdata fue puesta no por impulso, sino serenamente, a sangre fría, el caso es en realidad urgente y debemos estar a su lado tan pronto como sea posible.
—Merlinville —murmuré pensativo—. Creo que lo he oído nombrar.
Poirot afirmó con la cabeza.
—Es un lugar pequeño y tranquilo..., pero ¡elegante! Está situado hacia la mitad del camino de Boulogne a Calais. Creo que monsieur Renauld tiene una casa en Inglaterra.
—Sí; en Rutland Gate, si no recuerdo mal. Y también una gran residencia en el campo en alguna parte, en el Hertfordshire. Pero, en realidad, sé muy poca cosa de él. Su vida social no es muy activa. Creo que tiene en la City grandes intereses sudamericanos y que se ha pasado la mayor parte de la vida en Chile y en la Argentina.
—Bien; él mismo nos dará todos los detalles. Vamos a preparar el equipaje. Una maleta pequeña cada uno, y luego un taxi a la estación Victoria.


De ella partimos a las once, camino de Dover. Antes de emprender el viaje, Poirot había enviado un telegrama a monsieur Renauld comunicándole la hora de nuestra llegada a Calais.
Durante la travesía tuve buen cuidado de no turbar la soledad de mi amigo. El tiempo era espléndido y el mar estaba tan tranquilo como el lago proverbial, por lo que no me sorprendió ver acercarse a mí un Poirot sonriente al desembarcar en Calais. Una contrariedad nos esperaba allí, pues no se había enviado ningún coche que nos recogiese; pero Poirot lo atribuyó a algún retraso que se había producido al cursar el telegrama.
—Alquilaremos otro —dijo animadamente.
Y pocos minutos después estábamos saltando, entre crujidos, en el más desvencijado de los automóviles de alquiler que hayan corrido en dirección a Merlinville.
Por mi parte, me hallaba muy animado también, pero mi amigo estaba observándome con expresión grave.
—Está usted lo que el pueblo escocés llama fey, Hastings. Esto presagia desastre.
—¡Oh, oh, oh! En todo caso, usted no comparte mis sentimientos.
—No; pero estoy asustado.
—Asustado, ¿de qué?
—No lo sé. Pero tengo un presentimiento..., un je ne sais quoi!
Y había hablado con tan grave acento que, a mi pesar, me sentí impresionado.
—Tengo la sensación —añadió lentamente— de que éste va a ser un caso grande..., un problema largo y penoso, que no será fácil resolver.
Hubiera querido dirigirle otras preguntas, pero acabábamos de entrar en la pequeña población de Merlinville, y moderamos la marcha para averiguar cuál era el camino de la Villa Geneviéve.
—Sigan por aquí, cruzando la población. La Villa Geneviéve está a cosa de un kilómetro al otro lado. No pueden confundirla. Una villa grande que mira al mar.
Dimos las gracias a nuestro informador y seguimos adelante, cruzando la población. Una bifurcación de la carretera nos obligó a detenernos de nuevo. Un campesino venía hacia nosotros y esperamos a que llegase para pedir nuestra dirección. Había una villa diminuta junto al mismo camino, pero era demasiado pequeña y ruinosa para ser la que buscábamos. Mientras aguardábamos se abrió su puerta y apareció en ella una muchacha.
El campesino pasaba ahora por nuestro lado y el conductor se inclinó fuera de su asiento y le pidió nuestra dirección.
—¿La Villa Geneviéve? Sólo unos cuantos pasos más allá, por este camino, a la derecha. Podría usted verla desde aquí a no ser por la curva.
El chófer le dio las gracias y el coche reanudó la marcha. Mis ojos quedaron fascinados por la muchacha, que continuaba allí, con una mano en la puerta, observándonos. Soy un admirador de la belleza y allí había un ejemplar que nadie hubiera podido pasar por alto. Muy alta, con las proporciones de una joven diosa y la cabellera de oro de su cabeza descubierta brillando al sol. Juré para mí mismo que aquélla era una de las muchachas más hermosas que había visto nunca. Al continuar por el áspero camino, volví la cabeza para seguir viéndola.
—¡Por Júpiter, Poirot! —exclamé—. ¿Ha visto usted esta divinidad?
Poirot levantó las cejas.
—Esto empieza —murmuró—. ¡Ya ha visto usted una diosa!
—Déjese de historias. ¿No lo era, acaso?
—Es posible; no lo he advertido.
—Pero, sin duda, la ha visto usted...
—Amigo mío: dos personas distintas rara vez ven la misma cosa. Usted, por ejemplo, ha visto una diosa. Yo... —vaciló.
—¿Qué más?
—Yo sólo he visto una muchacha de ojos acongojados —dijo Poirot gravemente.
Pero en aquel momento llegamos ante una gran puerta verde, y los dos lanzamos una exclamación al mismo tiempo. Delante de la puerta estaba un descomunal sergent de ville, que levantó la mano para detenernos.
—No pueden ustedes pasar, señores.
—Pero es que deseamos ver a monsieur Renauld —exclamé—. Estamos citados, y ésta es su villa, ¿no es verdad?
—Sí, señor; pero...
Poirot se inclinó hacia adelante.
—Pero ¿qué?
—Monsieur Renauld ha sido asesinado esta mañana.



CAPÍTULO TRES


EN LA VILLE GENEVIÉVE


Al cabo de un momento, Poirot había saltado del coche con los ojos brillantes de excitación.
—¿Qué dice usted? ¿Asesinado? ¿Cuándo? ¿Cómo?
El agente de Policía se enderezó.
—No puedo contestar ninguna pregunta, caballero.
—Cierto. Comprendo —y Poirot añadió tras un momento de reflexión—: ¿Sin duda está aquí el comisario de Policía?
—Sí, señor.
Poirot sacó una tarjeta y escribió en ella algunas palabras.
Voilá. ¿Quiere tener la bondad de procurar que entreguen esta tarjeta al comisario en seguida?
El agente la tomó y silbó por encima del hombro. A los pocos segundos apareció un compañero que se encargó del mensaje de Poirot. Hubo algunos minutos de espera y acudió precipitadamente a la puerta exterior un hombre bajo y grueso, con un espeso bigote. El agente de Policía saludó y se hizo a un lado.
—¡Mi querido monsieur Poirot! —exclamó el recién venido—. Estoy muy contento de verle. Su llegada es muy oportuna.
El rostro de Poirot se animó.
—¡Monsieur Bex! Tengo una verdadera satisfacción —y se volvió hacia mí—. El señor es un amigo inglés, el capitán Hastings... Monsieur Lucien Bex.
El comisario y yo nos saludamos inclinándonos ceremoniosamente.
—Querido amigo —dijo aquél—. No nos habíamos visto desde mil novecientos nueve, en aquella ocasión, en Ostende. ¿Trae usted información que pueda ayudarnos?
—Es posible que ya la conozca usted. ¿Sabía que me habían enviado a buscar?
—No. ¿Quién?
—El muerto. Parece que sabía que se iba a atentar contra su vida. Por desgracia, me ha llamado demasiado tarde.
Sacre tonnerre! —exclamó el francés—. Es decir, que previó su propio asesinato. ¡Esto trastorna considerablemente nuestras ideas! Pero venga al interior.
Diciendo esto, mantuvo la puerta abierta y empezamos a caminar hacia la casa. Bex continuó hablando:
—Hay que informar de esto inmediatamente al juez de instrucción, Hautet. Acaba ahora de examinar el lugar del crimen y va a comenzar sus interrogatorios.
—¿Cuándo se cometió el crimen? —preguntó Poirot.
—El cadáver fue descubierto esta mañana, hacia las nueve. La declaración de madame Renauld y la de los doctores vienen a demostrar que la muerte debe de haber ocurrido alrededor de las dos de la madrugada. Pero le ruego que entre.
Habíamos llegado a los peldaños que conducían a la puerta delantera de la villa. En el vestíbulo estaba sentado otro agente, que se levantó al ver al comisario.
—¿Dónde está ahora monsieur Hautet? —preguntó éste.
—En el salón, señor.
Bex abrió una puerta a la izquierda del vestíbulo y entramos. Hautet y su oficial de secretaría estaban sentados a una gran mesa redonda. Al entrar nosotros levantaron la cabeza. El comisario nos presentó y explicó la razón de nuestra llegada.


El juez de instrucción, Hautet, era un hombre alto y flaco, de ojos oscuros y penetrantes y barba gris bien recortada, que tenía la costumbre de acariciar cuando estaba hablando. En pie, junto a la repisa de la chimenea, había un hombre de alguna edad y hombros algo cargados, que nos fue presentado bajo el nombre de doctor Durand.
—¡Es verdaderamente extraordinario! —observó Hautet cuando el comisario hubo terminado su explicación—. ¿Tiene usted aquí la carta, señor mío?
Poirot se la entregó y el magistrado la leyó.
—¡Hum! Habla de un secreto. ¡Qué lástima que no sea más explícito! Tenemos una gran deuda contraída con usted, monsieur Poirot. Espero que nos hará el honor de ayudarnos en nuestras investigaciones. ¿O es que se encuentra obligado a regresar a Londres?
—Señor juez, me propongo quedarme. No he llegado a tiempo para evitar la muerte de mi cliente, pero mi honor me obliga a descubrir al asesino.
El magistrado se inclinó.
—Estos sentimientos le honran. Por otra parte, madame Renauld querrá, creo yo, retener sus servicios. De un momento a otro estamos esperando la llegada de monsieur Giraud, de la Sûreté de París, e, indudablemente, usted y él podrán prestarse mutua asistencia en sus investigaciones. Entre tanto, espero que me concederá el honor de estar presente en mis interrogatorios, y apenas necesito decirle que si de algún modo podemos serle útiles, estamos a su disposición.
—Muy agradecido. Comprenderá usted que, en el momento presente, estoy enteramente a oscuras. No sé nada del caso en absoluto.
Hautet hizo una seña al comisario, y éste resumió los hechos en la forma siguiente:
—Esta mañana, al bajar para comenzar sus tareas, la antigua sirvienta, Francisca, ha encontrado entreabierta la puerta delantera. Momentáneamente alarmada por el temor de los ladrones, se ha asomado al comedor; pero viendo que el servicio de plata estaba intacto, ha supuesto que su amo se habría levantado temprano y habría salido a dar un paseo.
—Perdone que le interrumpa; pero ¿tenía su amo esta costumbre?
—No, no la tenía; pero la vieja Francisca adopta la idea corriente en lo que se refiere a los ingleses: ¡que están locos y son capaces de hacer en cualquier momento las cosas más extravagantes! Al ir a despertar a su ama, como de costumbre, la joven doncella, Leonia, ha descubierto horrorizada que madame Renauld estaba amordazada y sujeta con cuerdas, y, casi al mismo tiempo, ha llegado la noticia de que había sido hallado monsieur Renauld muerto de una cuchillada en la espalda.
—¿Dónde?
—Éste es uno de los detalles más extraordinarios del caso, monsieur Poirot: el cadáver estaba echado boca abajo en una sepultura abierta.
¡Cómo!
—Sí; el hoyo es reciente..., sólo a unos cuantos metros mas allá del límite del terreno de la villa.
—Y estaba muerto... ¿desde cuándo?
El doctor Durand contestó esta pregunta.
—He examinado el cadáver esta mañana a las diez. La muerte debió de tener lugar por lo menos siete o quizá diez horas antes.
—¡Hum! Esto la fija entre medianoche y las tres de la madrugada.
—Exactamente, y la declaración de madame Renauld la coloca después de las dos, lo que estrecha más aún el campo de las suposiciones. La muerte debió de ser instantánea, y, como es natural, no cabe pensar que se la diese él mismo.
Poirot hizo una seña afirmativa y el comisario reanudó su relato.
—Madame Renauld fue prestamente libertada de sus cuerdas por la horrorizada servidumbre. Se hallaba en un estado de extrema debilidad y casi inconsciente del dolor causado por aquellas ligaduras. Parece que entraron en el dormitorio dos hombres enmascarados que, después de haberla amordazado y atado, se llevaron de allí por la fuerza a su marido. Esto lo sabemos indirectamente, por los servidores. Al conocer la trágica noticia, ella cayó en un estado de agitación alarmante. A su llegada, el doctor Durand prescribió un calmante, y no hemos podido interrogarla aún. Pero, sin duda, despertará más tranquila y podrá soportar la fatiga del interrogatorio.
El comisario hizo una pausa.
—¿Y los que viven en la casa?
—Está la vieja Francisca, que es el ama de llaves y vivió muchos años con los anteriores dueños de la Villa Geneviéve. Hay además dos muchachas hermanas, Dionisia y Leonia Oulard, que nacieron en Merlinville, de padres muy respetables. Está también el chófer, que monsieur Renauld trajo con él de Inglaterra; pero éste está fuera, de vacaciones. Y, por último, madame Renauld y su hijo, monsieur Jack Renauld, que así mismo se encuentra ahora fuera de casa.
Poirot bajó la cabeza. Hautet llamó:
—¡Marchaud! Apareció el agente.
—Traiga a la vieja Francisca.
El hombre saludó y salió, volviendo poco después con la asustada ama de llaves.
—¿Se llama usted Francisca Arrichet?
—Sí, señor.
—¿Ha servido mucho tiempo en Villa Geneviéve?
—Once años con la señora vizcondesa. Luego, cuando vendió la villa, esta primavera, consentí en quedarme con el milord inglés. Nunca hubiera imaginado...
El magistrado la detuvo en seco.
—Sin duda, sin duda. Vamos a ver, Francisca: en este asunto de la puerta delantera, ¿quién se encarga de cerrarla por la noche?
—Yo, señor. Siempre cuido de esto yo misma.
—¿Y en la noche pasada?
—La cerré como de costumbre.
—¿Está segura de esto?
—Lo juro por los santos del cielo, señor.
—¿Qué hora debería ser?
—La de costumbre; las diez y media, señor.
—¿Y qué me dice de los demás? ¿Se habían ido arriba a descansar?
—La señora se había retirado hacía ya un rato. Dionisia y Leonia subieron conmigo. El señor estaba aún en su despacho.
—Entonces, si alguien abrió la puerta después, ¿tenía que ser el mismo monsieur Renauld?
Francisca encogió sus anchos hombros.
—¿Por qué había de hacerlo? —replicó—. ¡Pasando por ahí a cada momento ladrones y asesinos! ¡Vaya una idea! El señor no era tonto. Bien; tenía que dejar salir a la señora...
El magistrado la interrumpió con viveza.
—¿A la señora? ¿A qué señora se refiere?
—¡Cómo! A la señora que vino a verle.
—¿Vino a verle una señora esta noche?
—Vaya si vino, señor..., y otras muchas noches también.
—¿Quién era? ¿La conocía usted?
Por el rostro de la mujer se esparció una expresión maliciosa.
—¿Cómo podía saber quién era? —gruñó—. Yo no le abrí la puerta anoche.
—¡Aja! —gritó el juez de instrucción dando un manotazo sobre la mesa—. Le gusta a usted jugar con la Policía, ¿no es verdad? Le pido que me diga inmediatamente el nombre de esta mujer que venía a visitar a monsieur Renauld por las noches.
—¡La Policía, la Policía! —gruñó Francisca—. Nunca pensé que hubiese de tener nada que ver con la Policía. Pero sé muy bien quién era: era madame Daubreuil.
El comisario lanzó una exclamación y se inclinó hacia adelante, como si se hallase sobrecogido por un extraño asombro.
—¿Madame Daubreuil..., de la Villa Marguerite, ahí junto al camino?
—Eso es lo que he dicho, señor. ¡Oh!, es una buena pieza.
Y echó atrás la cabeza, con expresión desdeñosa.
—Madame Daubreuil —murmuró el comisario—. Imposible.
Voilá —gruñó de nuevo Francisca—. Esto es todo lo que una saca por decir la verdad.
—Nada de esto —dijo el magistrado con acento conciliador—. Nos ha causado sorpresa y nada más. En este caso, ¿serían madame Daubreuil y monsieur Renauld...? —y se detuvo con delicadeza—. ¿Eh? ¿Era esto, sin duda?
—¿Cómo puedo yo saberlo? Pero ¿qué quiere usted? El señor era un milord inglés muy rico..., y madame Daubreuil era pobre... y muy chic, aunque vive tan calladamente, con su hija. ¡No hay duda de que tiene su historia! Ya no es joven, pero, ma foi!, yo que le estoy hablando he visto a muchos hombres volver la cabeza para mirarla cuando va por la calle. Además, últimamente ha tenido más dinero para gastar..., todo el mundo lo sabe. Las pequeñas economías se han acabado —y Francisca movió la cabeza con una expresión de resuelta certidumbre.
Hautet se acarició la barba con aire reflexivo.
—¿Y madame Renauld? —preguntó luego—. ¿Cómo toma esta... amistad?
Francisca encogió los hombros.
—Madame Renauld es siempre muy amable..., muy cortés. Una diría que no sospecha nada. Pero, de todos modos, ¿no es así como sufre el corazón, señor? Día tras día he observado cómo la señora palidecía y adelgazaba. No era la misma mujer que llegó aquí hace un mes. El señor ha cambiado también. Tiene así mismo sus penas. Podía verse que estaba a punto de sufrir un ataque nervioso. ¿Y quién había de extrañarlo con una intriga conducida de este modo? Sin reticencia ni discreción. ¡Al estilo inglés, sin duda!
Indignado, di un salto en mi asiento; pero el juez de instrucción continuaba sus preguntas sin dejarse distraer por las consecuencias laterales.
—¿Dice usted que monsieur Renauld no había acompañado fuera a madame Daubreuil? ¿Esta señora se retiró, entonces?
—Sí, señor. Los oí salir del despacho y dirigirse a la puerta. El señor dio las buenas noches y cerró la puerta tras ella.
—¿A qué hora fue esto?
—Hacia las diez y veinticinco, señor.
—¿Sabe cuándo se retiró a descansar monsieur Renauld?
—Le oí subir unos diez minutos después que nosotras. La escalera cruje de tal modo que una oye a todos los que suben o bajan.
—¿Y es esto todo? ¿No oyó sonidos de movimiento alguno durante la noche?
—Nada en absoluto, señor.
—¿Cuál de las sirvientas ha bajado primero esta mañana?
—Yo, señor. Y he visto en seguida que la puerta estaba abierta.
—¿Y las otras ventanas de la planta baja? ¿Estaban todas cerradas?
—Absolutamente todas. No había nada sospechoso ni fuera de su sitio.
—Está bien, Francisca. Puede retirarse.
La anciana se encaminó a la puerta arrastrando los pies. Llegada al umbral, se volvió.
—Le diré una cosa, señor. ¡Que madame Daubreuil es una mala persona! ¡Oh!, sí: una mujer conoce a otra. Es una mala persona; recuerde usted esto.
Y Francisca salió de la habitación moviendo la cabeza con actitud sentenciosa.
—Leonia Oulard —llamó el magistrado.
Leonia apareció llorando a mares y a un paso del histerismo. Hautet la trató con habilidad. Su declaración se refería principalmente al descubrimiento de su dueña amordazada y sujeta, escena que describió con alguna exageración. Lo mismo que Francisca, no había oído nada durante la noche.
La siguió su hermana Dionisia, que confirmó que el amo había cambiado bastante últimamente.
—Cada día se ponía más triste. Cada día comía menos. Siempre estaba deprimido —pero Dionisia tenía su opinión personal—. Sin duda, era la Mafia que le seguía los pasos. Dos hombres enmascarados..., ¿qué otra cosa podría ser? ¡Una sociedad secreta terrible!
—Por supuesto, es posible —cedió el magistrado con suavidad—. Vamos a ver, hija mía, ¿fue usted quien abrió la puerta a madame Daubreuil la noche pasada?
—No la noche pasada, señor, sino la noche anterior.
—Pero Francisca acaba de decirnos que madame Daubreuil estuvo aquí ayer noche.
—No, señor. Es verdad que ayer noche vino una señora a ver a monsieur Renauld. Pero no era madame Daubreuil.
El magistrado, sorprendido, insistió, pero la muchacha se mantuvo firme. Conocía de vista, perfectamente, a madame Daubreuil. La dama que había venido tenía también el cabello oscuro, pero era más baja, y mucho más joven. Y fue inútil todo intento de apartarla de esta declaración.
—¿La había visto ya antes?
—Nunca, señor —y añadió luego con cierta timidez—: Pero me parece que es inglesa.
—¿Inglesa?
—Sí, señor. Preguntó por monsieur Renauld en muy buen francés, pero el acento... por ligero que sea, se conoce siempre. Además, cuando salieron del despacho, hablaban en inglés.
—¿Oyó lo que decían? Quiero decir, ¿pudo entenderlo?
—Yo hablo el inglés muy bien —contestó Dionisia con orgullo—. La dama hablaba demasiado deprisa para que pudiese coger lo que decía, pero oí las últimas palabras del señor, cuando le abrió la puerta —y, después de detenerse, pronunció en inglés cuidadosa y laboriosamente—: «Sí..., sí...; pero, por amor de Dios, ¡váyase ahora!».
—«Sí, sí; pero, por amor de Dios, ¡váyase ahora!» —repitió el magistrado.
Despidió entonces a Dionisia y, tras unos momentos, por consideración, llamó de nuevo a Francisca. A ésta le expuso el problema de si no se habría equivocado al fijar la noche de la visita de madame Daubreuil. No obstante, Francisca dio muestras de una inesperada obstinación. Era en la noche anterior cuando había venido madame Daubreuil. Sin duda ninguna, era ella. Dionisia había querido hacerse interesante: voilá tout! Había preparado esa bonita historia de una dama extranjera. ¡Había querido, además, hacer ostentación de su conocimiento de la lengua inglesa! Probablemente, el señor no había pronunciado siquiera esa frase en inglés, y aunque la hubiese pronunciado, esto no demostraba nada, porque madame Daubreuil hablaba el inglés perfectamente y, por lo general, usaba esta lengua cuando conversaba con monsieur y madame Renauld.
—Ya lo ve usted —concluyó—; Jack, el hijo del señor, solía estar aquí y habla muy mal el francés.
El magistrado no insistió. En lugar de esto, preguntó por el chófer, y supo que en el mismo día anterior Renauld había dicho que no era probable que necesitase el coche, y que Masters podía perfectamente tomarse unas vacaciones.
En la frente de Poirot había empezado a formarse una expresión de duda.
—¿Qué es ello? —le pregunté en voz baja.
Pero él movió la cabeza con impaciencia y, a su vez, hizo una pregunta:
—Perdone, Bex; pero, sin duda, monsieur Renauld sabía conducir el coche...
El comisario miró a Francisca, que contestó prestamente:
—No; el señor no conducía el coche personalmente.
El ceño de Poirot se acentuó.
—Quisiera que me dijese qué le inquieta —le dije, sin poder esperar más.
—¿No lo ve usted? En su carta, monsieur Renauld habla de enviar el coche a Calais para recogerme.
—Quizá se refería a un coche de alquiler —le indiqué.
—Debe de ser así. Pero ¿por qué alquilar un coche cuando se tiene uno propio? ¿Por qué elegir el día de ayer para darle al chófer las vacaciones... tan repentinamente, sin previo aviso? ¿Tenía alguna razón para apartarle de aquí antes que nosotros llegásemos?



CAPÍTULO CUATRO


LA CARTA FIRMADA «BELLA»


Francisca había salido de la habitación. El magistrado tecleaba sobre la mesa con expresión pensativa.
—Monsieur Bex —informó al fin—, aquí tenemos testimonios directamente contradictorios. ¿Cuál vamos a creer, el de Francisca o el de Dionisia?
—El de Dionisia —contestó el comisario sin vacilación—. Ésta fue quien admitió a la visitante. Francisca es vieja y tozuda y, evidentemente, mira con antipatía a madame Daubreuil. Por otra parte, nuestra propia información tiende a mostrar que Renauld tenía una intriga con otra mujer.
Tiens! —exclamó Hautet—; nos hemos olvidado de enterar de esto a monsieur Poirot —y después de buscar entre los papeles que tenía sobre la mesa entregó uno a mi amigo—. Esta carta, monsieur Poirot, la encontramos en el bolsillo del sobretodo del muerto.
Poirot la tomó y desdobló. Estaba algo manoseada y arrugada, y escrita en inglés por una mano que no parecía muy diestra. Decía así:

«Querido mío: ¿Por qué has dejado pasar tanto tiempo sin escribirme? Todavía me quieres, ¿no es verdad? Han sido tus últimas cartas tan diferentes, tan frías y extrañas, y, ahora, este largo silencio... Esto me asusta. ¡Si fueras a dejar de quererme! Pero es imposible... ¡qué niña más tonta soy!..., ¡siempre imaginando cosas! Pero si ya no me quisieras, no sé lo que haría... ¡matarme, quizá! No podría vivir sin ti.
A veces imagino que se interpone otra mujer entre nosotros. Que se ande con cuidado; no te digo más...; ¡y tú también! ¡Te mataría antes que dejar que fueses de ella! Lo digo en serio.
Pero estoy escribiendo tonterías presuntuosas. Tú me quieres y yo te quiero..., si: ¡te quiero, te quiero, te quiero!
Tuya y que te adora,
Bella.»


No tenía dirección ni fecha. Poirot la devolvió con rostro grave.
—¿Y la suposición es...?
El juez de instrucción encogió los hombros.
—Evidentemente, monsieur Renauld estaba enredado con esta inglesa... ¡Bella! Viene aquí, conoce a madame Daubreuil y empieza una intriga con ella. Se enfría con la otra, que, por su parte, sospecha algo inmediatamente. Esta carta contiene una clara amenaza. Monsieur Poirot, a primera vista, el caso parece sencillísimo: ¡Celos! El hecho de haber sido monsieur Renauld acuchillado por la espalda indica directamente que se trata del crimen de una mujer.
Poirot hizo una seña afirmativa.
—La cuchillada en la espalda, sí...; pero ¡no la sepultura! Éste fue un trabajo laborioso y pesado... Ninguna mujer ha abierto esta sepultura, señor juez. Ésta ha sido obra de un hombre.
El comisario exclamó con excitación:
—Sí, sí; es verdad. No habíamos pensado en esto.
—Como le he dicho —continuó Hautet—, a primera vista, el caso parece sencillo, pero los hombres enmascarados y la carta que usted recibió de monsieur Renauld complican las cosas. Aquí parecemos encontrarnos ante un caso enteramente distinto de circunstancias, sin que haya relación entre éste y el anterior. En lo que se refiere a la carta dirigida a usted, ¿le parece posible que tenga alguna relación con esta «Bella» y sus amenazas?
Poirot movió la cabeza.
—Difícilmente. Un hombre como monsieur Renauld, que ha llevado una vida de aventuras en lugares remotos, no era fácil que pidiese protección contra una mujer.
El juez de instrucción hizo una expresiva seña afirmativa.
—Este es exactamente mi punto de vista. Debemos, entonces, buscar la explicación de la carta...
—En Santiago de Chile —terminó el comisario—; voy a cablegrafiar sin demora a la Policía de esta ciudad pidiendo una información detallada de la vida que llevó el hombre asesinado, en aquella ciudad, sus amores, sus negocios, sus amistades y sus posibles enemistades. Sería extraño que, después de esto, no tuviésemos una pista para hallar la solución de este crimen misterioso.
El comisario miró a su alrededor en busca de alguna señal o gesto de asentimiento.
—¡Excelente! —dijo Poirot con sincero acento. Y preguntó en seguida—: ¿No han encontrado ustedes otras cartas de esta Bella entre los papeles de monsieur Renauld?
—No. Naturalmente, una de nuestras primeras diligencias ha sido registrar entre los documentos particulares en su despacho. Pero no hemos encontrado nada de interés. Todo parecía claro y manifiesto. La única cosa que se aparta de lo corriente es su testamento. Aquí está.
—Bien: un legado de mil libras a monsieur Stonor...; y a propósito, ¿quién es?
—El secretario de monsieur Renauld. Se quedó en Inglaterra; pero ha venido aquí una o dos veces a pasar el fin de semana.
—Y todo lo demás se lo deja a su querida esposa Eloísa a sus libres voluntades. La redacción es sencilla, pero perfectamente legal. Testigos son las dos sirvientas Dionisia y Francisca. Nada muy desacostumbrado en todo ello.
Y lo devolvió.
—Quizá —empezó a decir Bex— no ha advertido usted...
—¿La fecha? —continuó Poirot, parpadeando—. Sí, la he advertido. Una quincena atrás. Es posible que esto señale la primera alarma. Muchos hombres ricos mueren intestados por no haber tomado en consideración la probabilidad de su fallecimiento. Pero es peligroso sacar conclusiones prematuramente. Esto indica, no obstante, que sentía simpatía y afecto sincero por su esposa, a pesar de sus aventuras amorosas.
—Sí —dijo Hautet con aire de duda—. Pero es posible que resulte un poco injusto para su hijo, pues deja a éste enteramente a la merced de su madre. Si esta señora volviera a casarse y su segundo esposo ejerciese influencia moral sobre ella, el muchacho podría no tocar nunca un penique del dinero de su padre.
Poirot encogió los hombros.
—El hombre es un animal vanidoso. Sin duda, monsieur Renauld imaginaba que su viuda no contraería nunca nuevo matrimonio. En cuanto al hijo, puede haber sido una prudente precaución dejar el dinero en manos de su madre. Los hijos de los hombres ricos son proverbialmente atolondrados.
—Puede ser como usted lo dice. Vamos a ver, monsieur Poirot; sin duda le gustaría visitar el lugar del crimen. Siento que hayan retirado ya el cadáver, pero, por supuesto, se han tomado fotografías desde todos los puntos imaginables y estarán a su disposición tan pronto como queden listas.
—Le doy las gracias por su cortesía.
El comisario se levantó.
—Vengan conmigo, señores.
Abriendo la puerta, se inclinó ceremoniosamente para invitar a Poirot a que le precediese. Con la misma cortesía, Poirot se echó hacia atrás y se inclinó ante el comisario.
—Monsieur...
—Monsieur...
Por último salieron al zaguán.
—Esta habitación de ahí, ¿es el despacho? —preguntó Poirot de pronto, indicando con la cabeza la puerta de enfrente.
—Si ¿Desea verlo? —dijo el comisario, abriendo la puerta; y entramos en él.
La habitación que Renauld había elegido para su uso particular era pequeña, pero confortable y amueblada con mucho gusto. Junto a la ventana se veía una mesa escritorio de hombre de negocios, con multitud de casillas. Había, además, frente a la chimenea, dos amplios sillones de cuero y, entre ellos, una mesa redonda cubierta con los últimos libros y revistas.
Poirot se detuvo un momento, y echando una ojeada por la habitación, entró luego en ella, pasó una mano ligeramente por los respaldos de los sillones de cuero, recogió una revista de la mesa y, con sumo cuidado, recorrió con un dedo la superficie del tablero de roble. Su rostro expresó una completa aprobación.
—¿No hay polvo? —le pregunté con una sonrisa. Y me dirigió una mirada radiante, apreciando mi conocimiento de sus particularidades.
—Ni una partícula, amigo mío. Y, por esta vez, quizá es una lástima.
La mirada aguda de sus ojos pasaba con viveza de un objeto a otro.
—¡Ah! —observó de pronto, con una entonación de alivio—. La estera de frente a la chimenea está arrugada —y se inclinó para alisarla.
De repente lanzó una exclamación y se puso en pie. Tenía en la mano un pequeño fragmento de papel de color de rosa.
—En Francia, como en Inglaterra —observó—, los criados se olvidan de barrer bajo las esteras.
Bex tomó el fragmento y me acerqué para examinarlo.
—Lo reconoce..., ¿eh, Hastings?
Moví la cabeza, perplejo..., y, no obstante, aquel matiz rosado del papel me era muy familiar.
Los procesos mentales del comisario eran más rápidos que los míos.
—Un fragmento de un cheque —exclamó.
El trozo de papel tenía unos cuatro centímetros cuadrados. En él estaba escrita con tinta la palabra «Duveen».
—¡Bien! —dijo Bex—. Este cheque era a la orden de esa persona. O librado por alguien llamado Duveen.
—A la orden, me figuro —dijo Poirot—; pues, si no me equivoco, esta letra es la de monsieur Renauld.
El punto quedó pronto aclarado por comparación con un memorándum tomado del escritorio.
—¡Pobre de mí! —murmuró el comisario con desanimación—. Realmente no puedo imaginarme cómo se me ha pasado esto por alto. Poirot se echó a reír.
—La moraleja es: ¡mirad siempre bajo las esteras! Mi amigo Hastings, aquí presente, le dirá que la más ligera arruga de un objeto es un tormento para mí. Tan pronto como he visto esa estera torcida, me he dicho: «Tiens! Esto lo ha hecho la pata de una silla echada hacia atrás. Es posible que debajo haya algo que la buena Francisca no ha acertado a ver.»
—¿Francisca?
—O Dionisia, o Leonia: la que quiera que sea que haya arreglado esta habitación. Puesto que no hay polvo, esta habitación debe de haber sido limpiada esta mañana. Reconstruyo el incidente de este modo. Ayer, quizá la noche pasada, monsieur Renauld extendió un cheque a la orden de alguien llamado Duveen. El cheque fue, luego, roto y los fragmentos esparcidos por el suelo. Esta mañana...
Pero Bex estaba ya tirando impacientemente del cordón de la campanilla.
Apareció Francisca. Sí: había trozos de papel por el suelo. ¿Qué había hecho con ellos? ¡Los había metido en el horno de la cocina, naturalmente! ¿Qué más?
Con un gesto de desesperación, Bex la despidió. Luego se iluminó su rostro y corrió al escritorio. Al cabo de un minuto estaba examinando el talonario de cheques del muerto. En seguida repitió su gesto anterior: la matriz del último cheque separado estaba en blanco.
—¡Ánimo! —exclamó Poirot, dándole una palmada en la espalda—. Si duda, madame Renauld podrá darnos una información completa acerca de esta persona misteriosa llamada Duveen.
El rostro del comisario se despejó.
—Es verdad —dijo—. Continuemos.
Al volvernos para salir de la habitación, observó Poirot en tono casual:
—Aquí fue donde Renauld recibió a su visitante de la noche pasada, ¿eh?
—Aquí..., pero ¿cómo lo sabía usted?
—Por esto. Lo he encontrado en el respaldo del sillón de cuero —y mostró, sosteniéndolo entre el índice y el pulgar, un largo cabello negro... ¡un cabello de mujer!


Bex nos llevó, por la parte posterior de la casa, a un lugar en el que había una pequeña dependencia con tejadillo en forma de cobertizo, que se apoyaba en la pared del edificio. Sacando una llave del bolsillo, lo abrió.
—El cadáver está aquí. Lo retiramos del lugar del crimen un momento antes de la llegada de ustedes, cuando hubieron terminado los fotógrafos.
Abrió la puerta y pasamos al interior. El hombre asesinado yacía en el suelo, cubierto por una sábana que Bex retiró diestramente. Renauld era un hombre de mediana estatura, de cuerpo y rostro delgados. Representaba unos cincuenta años de edad y su cabello oscuro estaba copiosamente estriado de gris. Iba bien afeitado; la nariz era larga y fina y los ojos más bien juntos; su piel tenía el tono fuertemente bronceado de las personas que han pasado la mayor parte de la vida bajo los cielos tropicales. Los labios estaban apartados de los dientes, y en sus lívidos rasgos aparecía estampada una expresión de sorpresa y terror.
—Puede uno ver, por el gesto de la cara, que fue acuchillado por la espalda —observó Poirot.
Con gran suavidad volvió del otro lado al muerto. Entre los omóplatos veíase una mancha redonda y oscura sobre el ligero abrigo de color de cervato. En el centro de la misma, la ropa mostraba un corte. Poirot lo examinó de cerca.
—¿Tiene usted alguna idea del arma con que se cometió el crimen?
—Quedó en la herida.
El comisario la sacó de un gran jarro de cristal. Era un objeto pequeño que más parecía un cortapapeles que otra cosa. Tenía un mango negro y una hoja estrecha y brillante. Su longitud total no excedía de veinte centímetros. Poirot probó la descolorida punta aplicando con cautela el extremo del dedo.
—¡Vaya si está afilada! ¡Una preciosa herramienta para asesinar!
—Por desgracia no hemos podido encontrar en ella impresiones dactilares —dijo Bex con sentimiento—. El asesino se habrá puesto guantes.
—¡Claro que se los ha puesto! —contestó Poirot con desdén—. Aun en Santiago saben bastante de esto; lo sabe el más humilde aficionado inglés gracias a la publicidad que la Prensa ha dado al sistema Bertillon. En todo caso, me interesa mucho que no haya impresiones dactilares. ¡Es tan fácil dejar las de otra persona! Y entonces la Policía se felicita —y movió la cabeza—. Me temo mucho que nuestro criminal no sea un hombre metódico... O esto o andaba escaso de tiempo. Pero ya veremos.
Y volvió el cadáver a su posición original.
—Sólo llevaba ropa interior bajo el sobretodo —observó.
—Sí; el juez de instrucción cree que éste es un detalle curioso.
En aquel momento se oyó un golpe contra la puerta que Bex había dejado cerrada. El comisario se adelantó para abrirla y allí estaba Francisca procurando, con curiosidad de vampiresa, ver el interior.
—Bien... ¿qué pasa? —preguntó Bex con impaciencia.
—La señora me encarga que les comunique que se encuentra mucho mejor y está dispuesta a recibir al señor juez de instrucción.
—Muy bien —dijo Bex muy animadamente—. Avise a monsieur Hautet y diga que vamos en seguida.
Poirot se detuvo un momento para volver a mirar el cadáver. Por un instante, pensé que iba a dirigirse al muerto y declarar a gritos que estaba dispuesto a no descansar hasta que hubiese descubierto al asesino. Pero cuando habló lo hizo con voz moderada y expresión incierta, y su comentario resultó risiblemente desproporcionado a la solemnidad del momento.
—Llevaba un sobretodo muy largo —dijo, como si hablase por fuerza.



CAPÍTULO CINCO


EL RELATO DE MADAME RENAULD


Encontramos a Hautet esperándonos en el vestíbulo y todos subimos juntos arriba siguiendo a Francisca, que nos indicaba el camino. Poirot lo hizo describiendo un zigzag que me causó extrañeza hasta que, con una mueca, murmuró a mi oído:
—No es extraño que la servidumbre oyese a Renauld cuando subía la escalera; ¡no hay una tabla que no cruja lo bastante fuerte para despertar a un muerto!
Del extremo superior de la escalera partía un pequeño corredor.
—Las habitaciones de los criados —explicó Bex.
Continuamos por el corredor y Francisca llamó a la última puerta de la derecha.
Una voz débil nos invitó a entrar, y nos hallamos en una habitación espaciosa y soleada, con vistas a un mar azul y brillante, a la distancia aproximada de cuatrocientos metros.
Sobre un lecho levantado con almohadones, y asistida por el doctor Durand, yacía una mujer alta y de aspecto majestuoso. Era de mediana edad, y su cabello, en otro tiempo oscuro, aparecía ahora casi enteramente plateado; pero la fuerte vitalidad de su persona se hubiera dejado sentir en todas partes. Desde el primer momento sabía el observador que se hallaba en presencia de lo que llamaban los franceses une maitresse femme.
Nos acogió con una inclinación de cabeza.
—Háganme el favor de sentarse, señores.
Ocupamos varias sillas y el oficial de secretaría del magistrado se instaló en una mesa redonda.
—Espero, señora —empezó a decir Hautet—, que no la afligirá extremadamente contarnos lo que ha ocurrido en la noche pasada...
—De ningún modo, señor. Sé lo que vale el tiempo, si esos miserables asesinos han de ser detenidos y castigados.
—Muy bien, señora. Creo que se fatigará menos si yo le hago las preguntas y usted se limita a contestarlas. ¿A qué hora se retiró a descansar ayer noche?
—A las nueve y media. Me encontraba cansada.
—¿Y su esposo?
—Imagino que cosa de una hora más tarde.
—¿Parecía turbado..., trastornado, de algún modo?
—No; no más de lo de costumbre.
—¿Qué ocurrió entonces?
—Dormimos. A mí me despertó una mano que me apretaba la boca. Intenté gritar, pero la mano me lo impidió. Había dos hombres en la habitación. Los dos enmascarados.
—¿Puede usted describirlos de algún modo, señora?
—Uno era muy alto y tenía una barba larga y negra. El otro era bajo y grueso. Su barba era rojiza. Los dos llevaban sombreros metidos hasta los ojos.
—¡Hum! —apuntó el magistrado con aire pensativo—. Me parecen demasiadas barbas.
—¿Quiere decir que eran postizas?
—Sí, señora. Pero continúe su relato.
—El hombre bajo era el que me sujetaba. Me puso una mordaza y me ató con cuerdas las manos y los pies. El otro se había puesto encima de mi marido. Había tomado del tocador mi pequeña daga cortapapeles, y le retenía sosteniéndola con la punta sobre su corazón. Cuando el hombre bajo hubo terminado conmigo fue a ayudar al otro y los dos obligaron a mi marido a levantarse y acompañarles al cuarto de vestir, en la puerta inmediata. Yo estaba casi desmayada de terror; sin embargo, escuché como desesperada. Hablaban demasiado bajo para que pudiese entender lo que decían. Pero reconocí la lengua, un español alterado, como el que se usa en algunas partes de Sudamérica. Parecían estar pidiéndole algo a mi marido, y luego se irritaron y levantaron un poco las voces. Creo que era el hombre alto el que hablaba al decir: «¡El secreto! ¿Dónde está?» No sé lo que contestó mi esposo, pero el otro replicó enfurecido: «¡Miente! Sabemos que lo tiene usted. ¿Dónde están las llaves?» Luego oí ruido de cajones que se sacaban. En la pared del cuarto de vestir de mi esposo hay una caja de caudales en la que guarda siempre una suma importante de dinero disponible. Leonia me dice que la han registrado y se han llevado el dinero; pero, evidentemente, lo que buscaban no estaba allí, pues oí cómo el hombre alto, con un juramento, ordenaba a mi marido que se vistiese. Poco después de esto, creo que debió de perturbarles algún ruido que oyeron por la casa, pues empujaron a mi marido hasta mi cuarto sólo vestido a medias.
Pardon —interrumpió Poirot—; pero ¿no hay entonces otra salida desde el cuarto de vestir?
—No, señor; sólo la puerta de comunicación con mi cuarto. Le empujaron por ella: el hombre bajo delante, y el alto detrás, con la daga aún en la mano. Pablo intentó apartarse de ellos para venir conmigo. Vi sus ojos llenos de angustia. Volviéndose, les dijo: «Tengo que hablar con ella.» Y añadió, viniendo al lado de la cama: «Todo va bien, Eloísa. No temas. Regresaré antes de la mañana.» Pero, aunque intentó hablar con voz segura, yo pude ver el terror en sus ojos. Luego le sacaron por la puerta, y el hombre alto dijo: «Una palabra, y es usted hombre muerto; recuérdelo». Después de esto —continuó madame Renauld—, debí de desmayarme. Lo primero que recuerdo es a Leonia que me frotaba las muñecas y me daba brandy.
Madame Renauld —dijo el magistrado—, ¿tenía usted alguna idea sobre lo que los asesinos andaban buscando?
—Ninguna en absoluto, señor.
—¿Sabía usted que su esposo temía algo?
—Sí; había notado el cambio en él.
—¿Cuánto tiempo hacía de esto?
Madame Renauld reflexionó.
—Diez días, quizá.
—¿No más tiempo?
—Es posible; pero, en este caso, yo no lo había advertido.
—¿Llegó usted a preguntar a su esposo sobre la causa de este cambio?
—Una vez. Y me contestó con evasivas. No obstante, yo estaba convencida de que sufría alguna terrible inquietud. A pesar de todo, siendo claro que deseaba ocultarme esta causa, intenté fingir que no había advertido nada.
—¿Sabía usted que había pedido los servicios de un detective?
—¿Un detective? —exclamó madame Renauld con viva sorpresa.
—Sí; este caballero..., monsieur Hércules Poirot —el aludido se inclinó—. Ha llegado hoy obedeciendo a una cita de su esposo.
Y, sacando del bolsillo la carta escrita por Renauld, se la entregó a la dama.
Ésta la leyó, al parecer, con sincero asombro.
—No tenía idea de esto. Evidentemente, él conocía bien el peligro que corría.
—Vamos a ver, señora. He de rogarle que sea franca conmigo. ¿Hay algún incidente de la vida pasada de su esposo en América del Sur que pudiera aclarar este asesinato?
Madame Renauld reflexionó profundamente, pero, por fin, movió la cabeza.
—No puedo recordar ninguno. Ciertamente, mi esposo tenía muchos enemigos, gente de la que había sacado provecho en los negocios, en una u otra forma. Pero no puedo recordar ningún caso determinado. No digo que no exista tal incidente; sólo digo que yo no me he dado cuenta de ello.
El magistrado se pasó la mano por la barba desconsoladamente.
—¿Y puede usted fijar la hora de esta agresión?
—Sí, recuerdo perfectamente haber oído dar las dos en el reloj de la chimenea.
E indicó con la cabeza un reloj de viaje, con ocho días de cuerda, que, en su estuche de cuero, ocupaba el centro de la repisa de la chimenea.
Poirot dejó su asiento, examinó el reloj cuidadosamente y expresó su satisfacción con una seña afirmativa.
—Aquí hay también —exclamo Bex— un reloj de pulsera que, sin duda, los asesinos han echado fuera del peinador y hecho trizas. Poco imaginaban que serviría de testimonio contra ellos.
Con sumo cuidado apartó los fragmentos del cristal roto. De pronto, expresó su rostro una completa estupefacción.
Mon dieu! —exclamó.
—¿Qué ocurre?
—¡Las agujas del reloj señalan las siete!
—¡Cómo! —exclamó a su vez el juez de instrucción con asombro. Pero Poirot, hábil como siempre, tomó el objeto roto de manos del atónito comisario y lo acercó a su oído. Luego, sonrió.
—Sí; el cristal está roto, pero la máquina sigue en marcha.
La explicación del misterio fue acogida con una sonrisa de alivio. No obstante, el magistrado se acordó de otro detalle.
—Pero ahora no son las siete...
—No —dijo Poirot suavemente—: son pocos minutos más de las cinco. Quizá adelanta el reloj; ¿es así, señora?
Madame Renauld había fruncido las cejas con cierta confusión.
—Cierto que adelanta —admitió—, pero nunca le he visto adelantar tanto.
Con un gesto de impaciencia, el magistrado dejó el problema del reloj y continuó el interrogatorio.
—Señora, la puerta delantera ha sido hallada abierta esta mañana. Parece casi seguro que los asesinos entraron por allí; sin embargo, no hay señal alguna de que haya sido forzada. ¿Puede usted indicar alguna explicación?
—Es posible que mi marido saliese a dar un paseo anoche y se olvidase de echar el cerrojo al volver.
—¿Es esto probable?
—Muy probable. Mi marido era el hombre más distraído del mundo.
Había hablado con la frente ligeramente arrugada, como si aquel rasgo del carácter del difunto la hubiese mortificado a veces.
—Creo que podríamos hacer una deducción —observó de pronto el comisario—. Puesto que los hombres insistieron en que monsieur Renauld se vistiese, parece como si el lugar a donde le llevaban, el lugar donde estaba oculto «el secreto», se encontrase a alguna distancia.
El magistrado hizo una seña afirmativa.
—Sí; lejos; y, sin embargo, no muy lejos, puesto que él habló de estar de regreso por la mañana.
—¿A qué hora sale de la estación de Merlinville el último tren? —preguntó Poirot.
—A las once cincuenta en una dirección y a las doce diecisiete en la otra; pero es más probable que tuviesen un coche esperando.
—Desde luego —convino Poirot con cierto desánimo.
—En realidad, éste podría ser un buen modo de encontrar su pista —continuó el magistrado, con más viveza—. Un automóvil con dos extranjeros tiene bastantes probabilidades de llamar la atención. Éste es un dato importante, monsieur Bex.
Sonrió para sí mismo y, recobrando luego su anterior gravedad, le dijo a madame Renauld:
—Hay otra pregunta: ¿conoce usted a alguien que se llame «Duveen»?
—¿Duveen? —repitió ella con aire pensativo—. No; de momento no puedo decir que conozca a nadie de este nombre.
—¿No se lo ha oído nunca mencionar a su esposo?
—Nunca.
—¿Conoce usted a alguien cuyo nombre de pila sea «Bella»?
Y mientras hablaba había observado con atención a madame Renauld, en acecho para sorprender cualquier señal de irritación o de conocimiento; pero ella se limitó a mover la cabeza con naturalidad. Hautet continuó las preguntas.
—¿Sabe usted que su esposo recibió una visita anoche?
Esta vez vio cómo subía por sus mejillas un ligero matiz rojizo, pero ella contestó con noble compostura:
—No. ¿Quién era?
—Una señora.
—¿De veras?
Pero, de momento, el magistrado se contentó con esto. No parecía probable que madame Daubreuil tuviese nada que ver con el crimen y no quería trastornar a madame Renauld más de lo necesario.
Hizo una seña al comisario. Éste le contestó con una inclinación de cabeza y, levantándose luego, cruzó la habitación y volvió con el jarro de cristal que habíamos visto en el cobertizo adjunto a la casa. De este jarro tomó la daga.
—Señora —dijo suavemente—, ¿reconoce esto?
Ella lanzó un pequeño grito.
—Sí; es mi cuchillito —luego, al ver la punta manchada, se echó hacia atrás, con los ojos dilatados por el terror—. ¿Es esto... sangre?
—Sí, señora. Su esposo fue muerto con esta arma —y se apresuró a apartarla de su vista—. ¿Está enteramente segura de que es la que tenía anoche en su tocador?
—¡Oh!, sí. Era un regalo de mi hijo. Sirvió en la Aviación durante la guerra. Se atribuyó más edad de la que tenía —añadió con cierto tono de orgullo maternal en la voz—. Está hecho con el cable de uno de los aeroplanos más veloces, y mi hijo me lo entregó como un recuerdo de guerra.
—Ya lo veo, señora. Y esto nos lleva a otra cosa: ¿dónde está ahora su hijo? Es necesario que le telegrafiemos sin demora.
—¿Jack? Está camino de Buenos Aires.
—¡Cómo!
—Sí. Mi esposo le telegrafió ayer. Le había enviado a París por cuestiones de negocios; pero ayer descubrió que sería necesario que continuase sin tardanza hasta América del Sur. Anoche zarpaba de Cherburgo un buque con destino a Buenos Aires y le telegrafió que lo tomase.
—¿Tiene usted alguna idea de lo que era este asunto en Buenos Aires?
—No, señor; ignoro de qué clase de negocio se trata; pero Buenos Aires no era el destino final de mi hijo. Debía de continuar por tierra hasta Santiago de Chile.
Y el magistrado y el comisario exclamaron al unísono:
—¡Santiago! ¡Otra vez Santiago!
En este momento fue, hallándonos todos como atontados por la mención de aquel nombre, cuando Poirot se acercó a madame Renauld. Había permanecido en pie junto a la ventana, como un hombre perdido en sus pensamientos, y dudo que hubiera escuchado por completo todo lo que pasó. Después de saludarla con una inclinación, le dijo:
—Perdone, señora; pero ¿puedo examinar sus muñecas?
Aunque ligeramente sorprendida por la demanda, ella se las tendió. Alrededor de cada una se veía una fuerte señal roja, donde las cuerdas habían mordido en la carne. Al examinarlas, me pareció que desaparecía de los ojos de Poirot el ligero parpadeo de excitación que yo había advertido.
—Deben de causarle mucho dolor —dijo, y, una vez más, me pareció interesado.
Pero el magistrado estaba hablando con excitación.
—Hay que comunicar inmediatamente por el telégrafo con el joven monsieur Renauld. Es del mayor interés que quedemos informados de cuanto él pueda decirnos acerca de este viaje a Santiago —y añadió, después de un momento de vacilación—: Quisiera poder tenerle cerca de nosotros a fin de ahorrarle a usted, señora, un gran dolor.
—¿Se refiere —dijo ella con voz baja— a la identificación de los restos de mi esposo?
El magistrado inclinó la cabeza.
—Soy una mujer fuerte, caballero. Puedo soportar lo que se requiera de mí. Estoy dispuesta... ahora.
—¡Oh!, mañana será aún bastante pronto; le aseguro a usted...
—Prefiero dejarlo terminado —dijo ella en voz baja, mientras cruzaba por su rostro un espasmo de dolor—. Si quiere usted, doctor, tener la bondad de darme su brazo...
El doctor se apresuró a acercarse. Sobre los hombros de madame Renauld se echó una capa, y bajó por la escalera una lenta procesión. Bex tomó la delantera para abrir la puerta del cobertizo. Al cabo de uno o dos minutos apareció en ella madame Renauld. Estaba pálida, pero resuelta, y levantó una mano para cubrirse el rostro.
—Un momento, señores, para darme ánimo.
Retirando la mano, se inclinó y miró al muerto. Y la abandonó el maravilloso dominio de sí misma que había sostenido hasta aquel momento.
—¡Pablo! —gritó—. ¡Esposo mío! ¡Oh, Dios!
Vaciló al inclinarse y cayó sin sentido.
Poirot, que estaba a su lado, le levantó inmediatamente un párpado y le tomó el pulso. Cuando se hubo asegurado de que el desmayo era auténtico, se apartó. Cogiéndome un brazo, me dijo:
—¡Soy un imbécil, amigo mío! Si una voz de mujer ha expresado alguna vez amor y dolor, yo la he oído ahora. Mi pequeña idea era enteramente equivocada. Eh bien! ¡Tengo que volver a empezar!



CAPÍTULO SEIS


EL LUGAR DEL CRIMEN


Entre el doctor y Hautet llevaron a la casa a la mujer inconsciente. El comisario los miraba moviendo la cabeza.
Pauvre femme! —murmuró para sí mismo—. La impresión ha sido excesiva para ella. Pero nosotros no podemos hacer nada. Ahora bien, Poirot: ¿vamos a visitar el lugar en que se cometió el crimen?
—Con su permiso, Bex.
Atravesamos la casa, saliendo por la puerta delantera. Poirot, que había levantado la cabeza para mirar la escalera, al pasar la movió con expresión de descontento.
—Para mí es increíble que la servidumbre no oyese nada. ¡Los crujidos de esa escalera al bajar por ella tres personas hubieran despertado a un muerto!
—Recuerde que era a la mitad de la noche. Estas mujeres debían de estar profundamente dormidas entonces.
No obstante, Poirot continuó moviendo la cabeza como si no aceptase del todo la explicación. Desde la calzada miró hacia la casa, deteniéndose.
—En primer lugar, ¿qué les indujo a mirar si la puerta delantera estaba abierta? Era extremadamente inverosímil que lo estuviese. Y era mucho más probable que tratasen de forzar una ventana.
—Pero todas las ventanas de la planta baja se aseguran con postigos de hierro.
Poirot señaló una ventana del primer piso.
—Ésta es la del dormitorio que acabamos de visitar, ¿no es verdad? Y mire, además hay aquí un árbol por el que sería facilísimo subir.
—Es posible —admitió el otro—. Pero no hubieran podido hacerlo sin dejar huellas de pisadas en el cuadro del jardín.
Comprendí que la observación era acertada. Había dos grandes arriates ovales plantados de geranios de color junto a la puerta delantera. El árbol en cuestión tenía sus raíces en el fondo mismo del macizo y hubiera sido imposible alcanzarlo sin pisar éste.
—Ya lo ve —continuó el comisario—: por efecto de este tiempo seco, las huellas no serían visibles en el camino de los coches o andenes; pero en la tierra blanda del cuadro, el caso hubiera sido muy distinto.
Poirot se acercó al cuadro y lo estudió atentamente. Como lo había dicho Bex, la tierra estaba perfectamente lisa. No había por ninguna parte la más ligera depresión.
Poirot inclinó la cabeza, como si hubiese quedado convencido, y nos apartamos de allí; pero de pronto se lanzó disparado y se puso a examinar el otro cuadro.
—¡Bex! —llamó—. Vea esto. Aquí tiene usted abundantes huellas. El comisario vino a su lado y sonrió.
—Mi querido Poirot: éstas son, sin duda, las de las grandes botas claveteadas del jardinero. En todo caso, no tendrían importancia, puesto que en este lado no tenemos árbol ni, por tanto, el medio de obtener acceso al piso de arriba.
—Cierto —dijo Poirot, evidentemente desanimado—. ¿De modo que usted cree que estas huellas no tienen importancia?
—En absoluto.
Entonces, con gran asombro por mi parte, Poirot pronunció estas palabras:
—No estoy de acuerdo con usted. Tengo una pequeña idea de que estas huellas son la cosa más importante que hemos visto hasta ahora.
Bex no contestó, limitándose a encoger los hombros. Era demasiado cortés para exponer su verdadera opinión. En lugar de esto, dijo:
—¿Vamos a continuar?
—Ciertamente. Puedo dejar para más tarde la investigación de este asunto de las huellas —contestó de buen humor.


En lugar de seguir el camino de los coches, hasta la puerta exterior, Bex tomó un sendero que se bifurcaba en ángulo recto. Formaba una pequeña cuesta alrededor del lado derecho de la casa, y tenía a uno y otro lado una especie de espesura de matorrales: inesperadamente, desembocaba en un pequeño terreno despejado desde el que se podía ver el mar. Allí se había colocado un banco, y no lejos de este se veía un cobertizo algo ruinoso. Algunos pasos más allá, una línea bien marcada de pequeños arbustos señalaba el límite del terreno de la villa. Bex continuó hasta allí y nos hallamos ante un dilatado trecho de dunas despejadas. Miré a mi alrededor y vi algo que me llenó de asombro.
—¡Cómo!... Esto es un campo de golf—exclamé.
Bex hizo una seña afirmativa.
—No está aún terminado —explicó—. Se espera que podrá ser inaugurado en alguna fecha del mes próximo. Algunos de los hombres que trabajan en él fueron los que descubrieron el cadáver esta mañana temprano.
Di una boqueada. Cerca, a mi izquierda, en un lugar que de momento había pasado por alto, había un hoyo largo y estrecho, y junto a él, boca abajo, ¡el cuerpo de un hombre! Mi corazón dio un salto terrible y tuve la loca ocurrencia de que había sido repetida la tragedia. Pero el comisario disipó aquella ilusión adelantándose y exclamando con acento de viva contrariedad:
—¿Qué ha hecho mi policía? ¡Tenían la orden estricta de no permitir que se acercase aquí nadie sin títulos adecuados!
El que estaba en el suelo volvió la cabeza por encima del hombro.
—Pero es que yo tengo títulos adecuados... —observó, poniéndose en pie lentamente.
—¡Mi querido Giraud! —exclamó el comisario—. No tenía idea siquiera de que hubiese llegado. El juez de instrucción le esperaba con la mayor impaciencia.
Mientras hablaba el comisario, yo examinaba al recién llegado con la más viva curiosidad. Me hallaba familiarizado con el nombre del célebre detective de la Sûreté de París, y sentía gran interés por verle en persona. Era un hombre muy alto, de unos treinta años de edad, cabello y bigote pardo rojizo y porte militar. Sus maneras tenían cierto aire arrogante, revelador de que se daba cuenta perfecta de su propia importancia. Bex nos presentó, indicando que Poirot era un colega. El detective de París mostró su interés momentáneo con un ligero parpadeo.
—Le conozco a usted de nombre, monsieur Poirot —dijo—. Ha sido usted un hombre conspicuo en los tiempos pasados, ¿verdad? Pero los métodos son ahora muy distintos.
—No obstante, los crímenes son muy parecidos —observó Poirot con voz suave.
Vi inmediatamente que Giraud estaba dispuesto a mantener una actitud hostil. Le molestaba que el otro se hallase asociado con él, y tuve la sensación de que si descubría alguna pista importante era muy probable que se la guardase para él solo.
—El juez de instrucción... —empezó a decir Bex.
—¡Me tiene sin cuidado el juez de instrucción! La luz es lo que importa en este momento. Para todos los fines prácticos, se habrá acabado dentro de una media hora. Estoy bien informado del caso, y la gente que vive en la residencia puede esperar hasta mañana perfectamente; pero si hemos de encontrar una pista para descubrir a los asesinos, éste es el sitio. ¿Es la Policía de usted la que ha estado paseándose por ahí? Creía que conocían mejor su oficio en los días en que vivimos.
—No hay duda de que lo conocen. Las huellas de que usted se queja las han dejado los trabajadores que descubrieron el cadáver.
El otro dejó oír un gruñido de disgusto.
—Pueden verse los caminos por donde tres de los hombres vinieron a través del seto..., pero eran astutos. Puede usted reconocer en las huellas centrales las de monsieur Renauld; pero las de uno y otro lado han sido borradas cuidadosamente. No es que hubiera, en realidad, mucho que ver en este terreno duro, pero no han querido correr riesgos.
—La señal exterior —dijo Poirot—. Esto es lo que usted busca, ¿verdad?
El otro detective abrió mucho los ojos.
—Naturalmente.
Asomó a los labios de Poirot una débil sonrisa. Parecía a punto de hablar, pero se contuvo. Inclinóse luego sobre el lugar en que había quedado la azada.
Cierto que con esto se ha cavado la sepultura —dijo Giraud—. Pero no sacará nada de ello. Era la propia azada de Renauld, y el hombre que la usó llevaba guantes. Ahí están —e indicó con el pie un par de guantes sucios de tierra y echados por el suelo—. Y también son de Renauld..., o, por lo menos, de su jardinero. Les digo a ustedes que los hombres que proyectaron este crimen se precavieron contra todo. La víctima fue acuchillada con su propia daga y hubiera sido enterrada con su propia azada. ¡Contaban con no dejar ningún indicio! Pero yo los venceré. ¡Siempre queda algo! Y me propongo encontrarlo.
Pero Poirot estaba ahora interesado, al parecer, en otra cosa: un trozo corto de tubería de plomo descolorido, que estaba junto a la azada. Tocándolo delicadamente con el dedo, preguntó:
—Y esto ¿pertenecía también al hombre asesinado? —y me pareció advertir en la pregunta un fino acento de ironía.
Giraud encogió los hombros para indicar que no lo sabía ni le importaba.
—Puede haber estado ahí semanas enteras. De todos modos, no me interesa.
—Yo, en cambio, lo encuentro muy interesante —dijo Poirot con dulzura.
Pensé que estaba molestando al detective de París, y si era así, ciertamente lo consiguió. El otro se volvió bruscamente hacia el lado opuesto, observando que no tenía tiempo que perder, e, inclinándose, reanudó su minucioso examen del suelo.
Poirot, entre tanto, como asaltado por una idea repentina, cruzó el límite del terreno y empujó la puerta del pequeño cobertizo.
—Está cerrada —dijo Giraud por encima del hombro—. Pero no es más que un sitio donde el jardinero guarda sus trastos. La azada no vino de ahí, sino del cobertizo de las herramientas, junto a la casa.
—¡Maravilloso! —murmuró Bex, mirándome con extática expresión—. ¡No hace más de media hora que ha llegado y ya lo sabe todo! No hay duda de que Giraud es el detective más grande de nuestros días.
Aunque a mí me era profundamente antipático, me sentí secretamente impresionado. Aquel hombre parecía irradiar eficacia. Hasta aquel momento no podía evitar esta sensación. Poirot no se había distinguido mucho y esto me molestaba. Parecía estar dirigiendo su atención a todo género de detalles necios y pueriles que no tenían nada que ver con el caso. Y, efectivamente, en aquel momento preguntó de repente:
—Bex, le ruego que me diga qué significa esta línea de yeso que se extiende alrededor de la sepultura. ¿Obedece a algún objeto de la Policía?
—No, Poirot; es cosa del campo de golf. Esto muestra que aquí ha de haber un bunkair, como lo llaman ustedes.
—¿Un bunkair? —repitió Poirot, volviéndose hacia mí—. ¿Es esto el agujero irregular lleno de arena y con margen al lado? Expresé mi conformidad.
—¿Sin duda, Renauld jugaba al golf?
—Sí; le gustaba mucho este deporte. A él y a sus copiosos donativos se debe principalmente el impulso para adelantar esta obra. Ha tomado parte hasta en el proyecto.
Poirot inclinó la cabeza con expresión pensativa.
—No es un lugar muy bien elegido... para enterrar un cadáver. Hubiera sido descubierto tan pronto como los operarios hubiesen empezado a cavar el suelo.
—Ni más ni menos —exclamó Giraud con acento de triunfo—. Y esto demuestra que no eran de este lugar. Es una excelente prueba indirecta.
—Sí —dijo Poirot en tono dudoso—. Nadie bien informado enterraría aquí un cadáver..., a no ser que quisiera que se descubriese. Y esto es sencillamente absurdo, ¿no le parece?
Giraud no se tomó ni siquiera la molestia de contestar.
—Sí —insistió Poirot con voz no muy satisfecha—. Sí..., absurdo, sin duda alguna.



CAPÍTULO SIETE


LA MISTERIOSA MADAME DAUBREUIL


Al encaminarnos nuevamente a la casa, Bex se excusó por una ausencia momentánea diciendo que debía comunicar inmediatamente al juez de instrucción que había llegado Giraud. Éste, por su parte, había mostrado una satisfacción evidente al oírle declarar a Poirot que había ya observado cuanto deseaba. Al último que vimos al retirarse de allí fue a Giraud a gatas continuando su investigación con una meticulosidad que no pude dejar de admirar. Poirot se figuró lo que pensaba, pues tan pronto como estuvimos solos observó irónicamente:
—Por fin ha visto usted al detective que admira..., ¡al zorro humano! ¿No es así, amigo mío?
—En todo caso, hace alguna cosa —le repliqué con aspereza—. Si hay algo que encontrar, él lo encontrará. Ahora bien: usted...
Eh bien! ¡Yo también he encontrado algo! Un trozo de tubería de plomo.
—¡Hombre, Poirot! Usted sabe muy bien que esto no tiene nada que ver con el caso. Quiero decir con las cosas pequeñas..., con los rastros que pueden conducirnos infaliblemente a donde estén los asesinos.
—Amigo mío, ¡un indicio de sesenta centímetros de longitud vale tanto como otro que mida dos milímetros! Es una idea romántica esa de que todas las pistas importantes deben ser infinitesimales. En cuanto a la falta de relación entre el trozo de tubería y el crimen, lo dice usted porque así se lo ha dicho Giraud. No —continuó al ver que yo iba a interrumpirle con una pregunta—, no hablemos más de esto. Deje a Giraud con su investigación y a mí con mis ideas. El caso parece bastante claro, y, sin embargo..., sin embargo, amigo mío, no estoy seguro! ¿Y sabe por qué? A causa del reloj de pulsera que va adelantado dos horas. Y luego hay, además de éste, otros pequeños y curiosos detalles que no parecen encajar bien. Por ejemplo: si el objeto de los asesinos era la venganza, ¿por qué no acuchillaron a Renauld mientras dormía, para acabar de una vez?
—Querían el «secreto» —le recordé.
Poirot se sacudió de la manga una partícula de polvo con expresión de desagrado.
—Bueno; ¿dónde está este «secreto»? Al parecer, a cierta distancia de aquí, puesto que querían que se vistiese. No obstante, se le encuentra asesinado muy cerca, casi al alcance del oído desde la casa. Además, es mucha casualidad que se encontrase a mano un arma como esa daga.
Poirot se detuvo, con el ceño fruncido, y continuó luego:
—¿Por qué no oyó nada el servicio? ¿Habían tomado un narcótico? ¿Había un cómplice que se encargó de que quedase abierta la puerta delantera? Estoy preguntándome si...
Bruscamente, se detuvo. Habíamos llegado al camino de coches, frente a la casa. De pronto, se volvió hacia mí.
—Amigo mío: voy a darle una sorpresa, ¡una satisfacción! ¡Me han afectado sus reproches! ¡Vamos a examinar algunas huellas de pisadas!
—¿Dónde?
—En ese cuadro de jardín de la derecha. Bex afirma que son las pisadas del jardinero. Vamos a comprobarlo. Mire: por ahí se acerca con su carretilla.
En efecto, un hombre ya viejo estaba entonces cruzando el camino con una carretilla llena de plantas de sementera. Poirot le llamó y él dejó la carretilla y vino, cojeando, hacia nosotros.
—¿Va a pedirle una de las botas para confrontar con las huellas? —le pregunté desalentado.
Mi fe en Poirot resucitó un poco. Puesto que había dicho que las huellas dejadas en ese cuadro del lado derecho eran importantes, podía presumirse que lo eran.
—Exactamente —dijo Poirot.
—Pero ¿no pensará que esto es muy extraño?
—No pensará nada en absoluto.
No pudimos decir más porque el viejo se había acercado.
—¿Tiene algo que mandarme, señor?
—Sí. Hace ya mucho tiempo que cuida de este jardín, ¿verdad?
—Veinticuatro años, señor.
—¿Y se llama usted?
—Augusto, señor.
—Estaba admirando estos magníficos geranios. Son realmente soberbios. ¿Hace mucho tiempo que se plantaron?
—Algún tiempo, señor. Pero, por supuesto, para conservar los cuadros en buena forma tiene uno que ir añadiendo plantas nuevas y retirando las que se pasan, arrancando, además, las flores viejas.
—Colocó ayer algunas plantas nuevas, ¿verdad? Las del centro en éste y también en el otro cuadro.
—El señor tiene la vista fina. Necesitan siempre cosa de un día para «coger». Sí; puse diez plantas nuevas en cada cuadro anoche. Como el señor, sin duda, sabe, no deben ponerse las plantas cuando calienta el sol.
Augusto estaba encantado del interés de Poirot y muy bien dispuesto a charlar.
—Éste es un ejemplar espléndido —elogió Poirot, señalando—. ¿Podría, quizá, llevarme un esqueje?
—Naturalmente, señor —y entrando en el cuadro, el viejo cortó con sumo cuidado un vástago de la planta que Poirot había admirado.
Poirot se lo agradeció profusamente y Augusto se alejó con su carretilla.
—¿Lo ve usted? —dijo Poirot con una sonrisa, al inclinarse sobre el cuadro para examinar la impresión de la bota claveteada del jardinero—. Es muy sencillo.
—No había comprendido...
—¿Que el pie estaría dentro de la bota? No hace usted un uso suficiente de sus cualidades mentales. Bueno: ¿qué me dice de la huella?
Examiné el cuadro minuciosamente.
—Todas las huellas del cuadro han sido hechas por la misma bota —dije, por fin, después de un atento estudio.
—¿Lo cree así? Eh bien! Estoy de acuerdo con usted.
Poirot parecía poco interesado, como si estuviese pensando en otra cosa.
—En todo caso —observé—, habrá dejado de picarle esa mosca.
—¡Dios mío! ¡Vaya una frasecita! ¿Qué quiere decir?
—Lo que he querido decir es que ahora va usted a perder su interés por estas huellas.
Pero, con sorpresa para mí, Poirot movió la cabeza.
—No, no, amigo mío. Por fin estoy en la verdadera pista. Todavía me encuentro a oscuras; pero, como acabo de indicárselo, Hastings, ¡estas huellas son los elementos más importantes e interesantes del caso! Ese pobre Giraud... no me sorprendería que ni siquiera las viese.
En aquel momento se abrió la puerta delantera y Hautet bajó los peldaños acompañado del comisario.
—¡Ah!, Poirot; hemos estado buscándole —dijo el magistrado—. Va haciéndose tarde, pero deseo visitar a madame Daubreuil. Sin duda, estará muy trastornada por la muerte de Renauld, y tendremos mucha suerte si podemos obtener por ella alguna pista. El secreto que él no confió a su esposa es posible lo conozca la mujer cuyo amor le tenía esclavizado. Sabemos por dónde son débiles nuestros Sansones, ¿verdad?
No dijo más, pero ocupó su lugar para ponerse en marcha. Poirot iba a su lado, y el comisario y yo seguíamos a pocos pasos de distancia.
—No hay duda de que el relato de Francisca es, en sustancia, exacto —observó aquél en tono confidencial—. He telefoneado a la Jefatura. Parece que tres veces en el curso de las últimas seis semanas (es decir, desde la llegada a Merlinville de Renauld) madame Daubreuil ha ingresado en billetes en su cuenta corriente importantes cantidades cuyo total asciende ¡a doscientos mil francos!
—¡Válgame Dios!... —exclamé, haciendo un rápido cálculo—. ¡Esto debe de representar algo así como cuatro mil libras!
—Precisamente. Sí; no puede haber duda de que estaba ciegamente ilusionado. Pero falta ver si le confió a ella su secreto. El juez de instrucción así lo espera; por mi parte, estoy lejos de compartir esta opinión.
Hablando así habíamos descendido la callejuela hacia la bifurcación del camino en que nuestro coche se había detenido más temprano, y un momento después me di cuenta de que la Villa Marguerite, residencia de la misteriosa madame Daubreuil, era la casita de donde había salido la hermosa joven.
—Hace muchos años que vive aquí —dijo el comisario, indicando la casa con la cabeza—, muy tranquilamente, sin meterse nunca con nadie. Parece no tener amigos ni otras relaciones que las que ha contraído en Merlinville. Nunca hace referencia al pasado ni a su marido. No sabe uno siquiera si vive o si murió. Hay un misterio acerca de ella, ya comprenderá usted.
Hice una seña afirmativa, sintiéndome más interesado.
—¿Y... la hija? —me aventuré a preguntar.
—Una muchacha portentosamente hermosa: modesta, devota, todo cuanto pudiera pedirse. Es digna de compasión, pues aunque ella puede no saber nada del pasado, el hombre que aspire a su mano debe informarse, necesariamente, y entonces...
El comisario encogió los hombros escépticamente.
—Pero ¡ella no tendría la culpa! —exclamé, con creciente indignación.
—No, pero ¿qué quiere usted? Un hombre es escrupuloso en lo que se refiere a los antecedentes de su esposa.
Nuestra llegada a la casita cortó la discusión. Hautet tocó el timbre. Pasaron algunos minutos, oímos rumores de pasos y se abrió la puerta. En pie en el umbral había aparecido mi joven diosa de aquella tarde. Al vernos se retiró el color de sus mejillas, que quedaron cubiertas de una palidez mortal, mientras se dilataban sus ojos. No cabía la menor duda: ¡estaba atemorizada!
—Mademoiselle Daubreuil —dijo Hautet, quitándose el sombrero—, sentirnos infinitamente causarle esta molestia, pero usted comprenderá las exigencias de la ley. Ofrezca mis saludos a su señora madre y hágame el favor de preguntarle si tendría la bondad de concederme su atención por unos momentos.
Por un instante, la muchacha permaneció inmóvil. Había apretado la mano izquierda contra el costado, como si intentase calmar una agitación repentina e invencible de su corazón. Pero logró dominarse y dijo en voz baja:
—Iré a verlo. Tengan la bondad de pasar.
Entró en una habitación a la izquierda del vestíbulo y oímos el murmullo de su voz. Y entonces otra voz de timbre muy semejante, pero con una inflexión ligeramente más dura, tras su suave resonancia, dijo:
—¡Oh, ciertamente! Ruégales que entren.
Al cabo de otro minuto nos hallábamos frente a frente con la misteriosa madame Daubreuil.
Era algo menos alta que su hija, y las curvas redondeadas de su rostro tenían toda la gracia de la plena madurez. Su cabello, distinto también del de aquélla, era oscuro y dividido por en medio, al estilo de las madonnas. Los ojos, medio ocultos por los párpados que descendían, eran azules. Aunque bien conservada, no era, ciertamente, ya joven, pero la calidad de su encanto era cosa independiente de la edad.
—¿Deseaba usted verme, caballero? —preguntó.
—Sí, señora —contestó Hautet, y aclaró la voz—. Estoy encargado de la investigación de la muerte de monsieur Renauld. Sin duda tiene usted noticia de ella.
Madame Daubreuil inclinó la cabeza sin contestar. Su expresión permaneció invariable.
—Veníamos a preguntarle si podría usted..., en fin..., aclarar de algún modo las circunstancias que la han rodeado.
—¿Yo? —y el acento de sorpresa con que lo dijo fue excelente.
—Si, señora. Tenemos motivos para creer que tenía usted la costumbre de visitar al difunto, en su villa, por las noches. ¿Es así?
Asomó el color a las mejillas pálidas de la dama, que, no obstante, replicó con calma:
—¡Les niego a ustedes el derecho a dirigirme semejante pregunta!
—Madame, estamos investigando un asesinato.
—Bien. ¿Qué importa? Yo no tengo nada que ver con el asesinato.
—Señora, no suponemos tal cosa ni por un momento. Pero usted conocía bien a la víctima. ¿Le había él hecho alguna confidencia acerca de algún peligro que le amenazase?
—Nunca.
—¿Le había hablado alguna vez de su vida en Santiago de Chile, alguna enemistad que pudiera haber contraído allí?
—No.
—¿No puede, entonces, prestarnos ninguna ayuda?
—Me temo que no. No veo, realmente, por qué han de venir ustedes a verme a mí. ¿No puede su esposa decirles lo que quieran saber? —y había en su voz una ligera inflexión de ironía.
—Madame Renauld nos ha dicho todo lo que puede decirnos.
—¡Ah! —dijo madame Daubreuil— Estoy pensando...
—¿Qué está usted pensando, madame?
—Nada.
El juez de instrucción la miró. Se daba cuenta de que estaba sosteniendo un duelo y que su adversaria no era antagonista despreciable.
—¿Persiste usted en su declaración de que monsieur Renauld no le había hecho ninguna confidencia?
—¿Por qué ha de creer usted verosímil que me hiciese confidencias?
—Señora —contestó el magistrado con brutalidad calculada—, porque un hombre le cuenta a su querida lo que no siempre le cuenta a su esposa.
—¡Ah! —estalló ella, saltando hacia adelante y echando fuego por los ojos—. ¡Me insulta usted, caballero! ¡Y en presencia de mi hija! No puedo decir nada. ¡Tengan la bondad de salir de mi casa!
La dama era, sin duda, la que quedaba en posición airosa. Dejamos Villa Marguerite como un hato de colegiales avergonzados. El magistrado mascullaba para sí las más iracundas exclamaciones. Poirot parecía hundido en sus pensamientos. De pronto salió de ellos con un movimiento de sobresalto y le preguntó a Hautet si había algún buen hotel cerca de allí.
—Hay un pequeño establecimiento, el Hotel des Bains, en este lado de la población. A unos cuantos metros de distancia, siguiendo la carretera. Estará a mano para sus investigaciones. Así, ¿espero que le veremos a usted por la mañana?
—Sí; muchas gracias, Hautet.
Nos separamos con recíprocas muestras de cortesía, Poirot y yo, para dirigirnos hacia Merlinville; los demás, para regresar a Villa Geneviéve.


—El sistema policíaco francés es ciertamente maravilloso. La información que poseen de la vida de cada persona, hasta en los detalles más sencillos, es extraordinaria. Aunque sólo hace poco más de seis semanas que está aquí, se encuentran ya perfectamente enterados de los gustos y las ocupaciones de Renauld, y en el plazo más breve, pueden mostrar información sobre la cuenta corriente de madame Daubreuil y sobre las sumas que ha ingresado últimamente! Los autos judiciales son, sin duda, una gran institución. Pero ¿qué es esto? —terminó, volviéndose vivamente.
Por la carretera venía corriendo hacia nosotros una figura femenina, desalada, sin sombrero. Era Marta Daubreuil.
—Les ruego que me dispensen —exclamó, desalentada, cuando nos hubo alcanzado—. No..., no debería hacer esto, bien lo sé. No deben decírselo a mi madre. Pero ¿es verdad lo que dice la gente, que monsieur Renauld llamó a un detective antes de morir y... que éste es usted?
—Sí, señorita —contestó Poirot con tono amable—. Es muy cierto. Pero ¿cómo lo ha sabido usted?
—Francisca se lo dijo a nuestra Amelia —explicó Marta, sonrojándose.
Poirot hizo una mueca.
—¡Es imposible el secreto en un caso de este género! No es que tenga importancia. Bien, mademoiselle, ¿qué desea saber?
La muchacha vaciló. Parecía estar ansiosa y temerosa al mismo tiempo de hablar. Por fin, preguntó, casi en un murmullo:
—¿Se..., se sospecha de alguien?
Poirot la miró con gran atención. Luego contestó evasivamente:
—La sospecha está en el aire en este momento, mademoiselle.
—Sí, ya sé..., pero... ¿de alguien en particular?
—¿Por qué quiere saberlo?
La joven pareció asustada por la pregunta. De pronto acudieron a mi memoria las anteriores palabras de Poirot acerca de ella: «La muchacha de ojos acongojados.»
—Monsieur Renauld fue siempre muy bondadoso para mí —contestó por fin—, y es natural que me sienta interesada.
—Ya lo veo —dijo Poirot—. Pues bien, mademoiselle: la sospecha recae ahora en dos personas.
—¿Dos?
Hubiera jurado que había en su voz un acento de sorpresa y de alivio.
—Se desconocen sus nombres, pero se sospecha que son chilenos, de Santiago. Y ahora, mademoiselle, ¡ya ve usted lo que ocurre cuando una es joven y hermosa! ¡Por complacerla he revelado secretos profesionales!
La muchacha se echó a reír alegremente, y luego, con alguna timidez, le dio las gracias.
—Tengo que volver corriendo. Mamá me encontrará a faltar.
Y dando media vuelta subió por la carretera como una moderna Atlanta. Me quedé mirándola.
—Amigo mío —anunció Poirot con su voz amablemente irónica—, ¿vamos a quedarnos aquí toda la noche... sólo porque ha visto una mujer joven y bonita que le ha trastornado la cabeza?
Me excusé riendo.
—Pero es que realmente es hermosa, Poirot. Cualquiera que perdiese el juicio por ella debería ser perdonado.
Pero, con sorpresa para mí, Poirot movió la cabeza muy expresivamente.
—¡Ah!, amigo mío, no se ilusione por Marta Daubreuil. ¡Ésta no es para usted! ¡Se lo afirma Papá Poirot!
—¡Cómo! —exclamé—. ¡El comisario me aseguró que es tan buena como bella! ¡Un ángel perfecto!
—Algunos de los mayores criminales que he conocido tenían cara de ángel —observó Poirot animadamente—. Una deformación de las células grises puede coincidir perfectamente con un rostro de madonna.
¡Poirot! —exclamé horrorizado—. ¡No puede usted querer decirme que sospecha de una niña inocente como ésta!
—¡Ta, ta, ta! ¡No se excite! No he dicho que sospeche de ella. Pero debe usted admitir que su interés por saber algo del caso es un poco extraño.
—Por esta vez veo más lejos que usted —le repliqué—. Su interés no es por sí misma, sino por su madre.
—Amigo mío —dijo Poirot—, como de costumbre, no ve usted nada en absoluto. Madame Daubreuil es perfectamente capaz de mirar por sí misma sin necesidad de que su hija se inquiete por ella. Reconozco que estaba importunándole a usted hace un momento, pero, de todos modos, repito lo que le he dicho. No se ilusione por esta moza. ¡No le conviene a usted! Yo, Hércules Poirot, lo sé bien. Si sólo pudiese recordar dónde he visto esa cara...
—¿Qué cara? —pregunté sorprendido—. ¿La de la hija?
—No. La de la madre.
Y advirtiendo mi sorpresa afirmó con la cabeza enfáticamente.
—Sí, sí; tal como se lo digo. Hace de esto mucho tiempo, cuando estaba todavía con la Policía en Bélgica. Nunca he visto antes a la mujer misma, pero he visto su retrato..., y en relación con algún caso. Más bien creo...
—¿Qué...?
—Puedo equivocarme; pero ¡más bien creo que era un caso por asesinato!



CAPÍTULO OCHO


UN ENCUENTRO INESPERADO


A la mañana siguiente, a hora temprana, estábamos ya en la villa. El hombre de guardia en la puerta no nos cerró ahora el paso. En lugar de esto nos saludó respetuosamente, y entramos en la casa. La doncella Leonia acababa de bajar la escalera y no parecía mal dispuesta a charlar un poco.
Poirot preguntó por la salud de madame Renauld.
Leonia movió la cabeza.
—¡La pobre señora está terriblemente trastornada! No quiere córner nada..., pero ¡nada absolutamente! Y está pálida como un espíritu  Viéndola, se parte el corazón. iAh, no sería yo la que me apenaría así por un hombre que me hubiese engañado con otra mujer!
Poirot hizo un gesto afirmativo de simpatía.
—Lo que dice es muy justo; pero ¿qué quiere usted? El corazón de una mujer enamorada perdonará muchas cosas. Seguramente, en los últimos meses debió de haber entre los dos muchas escenas de recriminación...
De nuevo Leonia movió la cabeza.
—Nunca, señor. Nunca he oído a la señora una palabra de protesta... ¡Oh, ni siquiera de reproche! Tenía el temperamento y la disposición de un ángel..., bien diferente del señor.
—¿Monsieur Renauld no tenía el temperamento de un ángel?
—Lejos de esto. Cuando se enfurecía lo sabía la casa entera. El día en que disputó con monsieur Jack... ma foi!, ¡gritaban tan fuerte que hubieran podido oírlos desde la plaza del Mercado!
—¿De veras? —dijo Poirot—. ¿Y cuándo tuvo lugar esta disputa?
—¡Oh, fue cuando monsieur Jack iba a salir para París! Le faltó poco para perder el tren. Salió de la biblioteca y recogió la maleta, que había dejado en el vestíbulo. El automóvil estaba en el taller de reparaciones y tuvo que correr hasta la estación. Yo estaba quitando el polvo del salón y le vi pasar, con una cara blanca..., blanca..., con dos manchas encarnadas. ¡Ah, estaba irritado de veras!
Leonia saboreaba su propia narración.
—¿Y a qué se refería la disputa?
—¡Ah, esto no lo sé!—confesó Leonia—. Es cierto que gritaban, pero eran voces tan fuertes y agudas, y hablaban tan deprisa, que sólo una persona que supiera a fondo el inglés hubiera podido entenderlas. Pero ¡el señor estuvo todo el día hecho una furia! ¡Imposible tenerle contento!
El rumor de una puerta que se cerraba cortó de golpe la locuacidad de Leonia.
—¡Y Francisca que está esperándome!... —exclamó, despertándose tardíamente a la conciencia de sus obligaciones—. Esta vieja riñe siempre.
—Un momento, mademoiselle; ¿dónde está el juez de instrucción?
—Han salido a mirar el automóvil en el garaje. El señor comisario sospechaba que pudo haber sido utilizado en la noche del crimen.
—¡Vaya una idea! —murmuró Poirot al alejarse la muchacha.
—¿Va usted a reunirse con ellos?
—No; esperaré su regreso en el salón. La habitación es fresca en esta mañana calurosa.
Aquel modo plácido de tomarse las cosas no me gustaba mucho.
—Si no tiene inconveniente... —dije, y me detuve, vacilando.
—Ninguno en absoluto. Desea usted también investigar por su propia cuenta, ¿verdad?
—Bien; me gustaría echar una ojeada a Giraud, si es que anda por ahí, y ver en qué se ocupa.
—El zorro humano —murmuró Poirot, recostándose en un cómodo sillón y cerrando los ojos—. Muy bien, amigo mío. Hasta la vista.
Salí por la puerta delantera. Ciertamente, hacía calor. Subí por el sendero que habíamos tomado el día anterior, pues me había propuesto examinar también el lugar del crimen. Sin embargo, no me encaminé allí directamente y me interné por la espesura de arbustos para salir al campo de golf, a unos cien metros de distancia, por la derecha. Esta espesura era allí mucho más densa y hube de sostener una verdadera lucha para abrirme camino. Llegué por fin al campo de deportes por sorpresa y con tal ímpetu que tropecé violentamente con una muchacha que estaba allí en pie, de espalda a los arbustos.
No es, pues, de extrañar que esta joven diese un grito comprimido; pero también yo hube de lanzar una exclamación de sorpresa. Porque no era otra que mi amiga del tren: ¡Cenicienta!
La sorpresa fue recíproca.
—¡Usted! —exclamamos los dos al mismo tiempo.
La muchacha se rehizo la primera.
—¡Válgame mi abuela! —exclamó—. ¿Qué está usted haciendo aquí?
—Si tal es el caso, ¿qué está haciendo usted? —le repliqué.
—La última vez que le vi, es decir, anteayer, estaba usted trotando hacia casa, hacia Inglaterra, como un buen muchachito.
—La última vez que yo la vi a usted —contesté— estaba trotando a casa con su hermana, como una buena muchachita. Y, a propósito, ¿está ya bien su hermana?
Mi recompensa fue el brillo de una blanca dentadura.
—¡Qué amable por preguntármelo! Mi hermana está bien, gracias.
—¿Está aquí con usted?
—Se ha quedado en casa —dijo la picaruela con dignidad.
—No creo que tenga una hermana —le dije riendo—; y si la tiene, ¡se llama Harris![1]
—¿Recuerda cómo me llamo yo? —me preguntó con una sonrisa.
—Cenicienta. Pero ahora va a decirme su verdadero nombre, ¿verdad?
Ella movió la cabeza, con una mirada maligna.
—¿Ni me dirá siquiera por qué está aquí?
—¡Oh, eso! Supongo que ha oído hablar de los miembros de mi profesión que «descansan».
—¿En los balnearios franceses caros?
—Baratísimos, si sabe una escogerlos.
La miré con atención.
—De todos modos, usted no tenía la intención de venir aquí cuando la encontré hace dos días...
—Todos tenemos nuestras desilusiones —dijo sentenciosamente Cenicienta—. Bueno; basta. Le he dicho cuanto le conviene a usted saber. Los niños no deben ser preguntones. Y usted no me ha dicho lo que estaba haciendo aquí.
—¿Recuerda que le hablé de un gran amigo mío detective?
—Siga.
—Y hasta quizá tenga usted noticia del crimen cometido en la Villa Geneviéve...
Fijó en mí la mirada. Elevóse su pecho y se dilataron y redondearon sus ojos.
—¿No querrá usted decir... que interviene en eso?
Hice una seña afirmativa. No había duda de que le llevaba ahora muchos tantos de ventaja. Su emoción era clarísima. Por algunos segundos guardó silencio, sin dejar de mirarme. Luego inclinó la cabeza con énfasis.
—¡Bueno! ¡Si esto no es el trueno gordo!... Lléveme de ahí. Quiero ver todos los horrores.
—¿Qué quiere decir?
—Lo que digo. ¡Caramba con el muchacho! ¿No le comuniqué que me encantan los crímenes? Hace horas que estoy olfateando por ahí. Es una verdadera suerte la que me ha tocado. Vamos, muéstreme todas las vistas.
—Pero escuche..., espere un momento..., no puedo hacer esto. No se permite entrar a nadie. La orden es formal para todos.
—¿No son usted y su amigo los peces gordos?
Me repugnaba la idea de abandonar mi importante posición.
—¿Por qué tiene tanto interés? —le pregunté con débil acento—. ¿Y qué desea ver?
—¡Oh, todo! El lugar donde ocurrió, y el arma, y el cadáver, y todas las impresiones dactilares y demás cosas así. Nunca, hasta ahora, había tenido la suerte de encontrarme metida en un asesinato como éste. Me durará toda la vida.
Me volví a otra parte, mareado. ¿Adonde iban a parar las mujeres de nuestros tiempos? La excitación sanguinaria de la muchacha me daba náuseas.
—Descienda usted de las nubes —me dijo la dama de pronto— y no se dé tanta importancia. Cuando le llamaron para esta faena, ¿levantó usted la nariz y dijo que era un asunto repugnante y que no quería intervenir en el mismo?
—No, pero...
—Si estuviese usted aquí de vacaciones, ¿no se ocuparía en olfatear como yo? Desde luego que lo haría.
—Yo soy un hombre. Usted es una mujer.
—Usted considera a las mujeres como seres que se suben sobre una silla y chillan cuando ven un ratón. Todo eso es prehistórico. Pero me mostrará lo que le pido, ¿verdad? Ya lo ve, esto puede representar para mí una gran diferencia.
—¿En qué sentido?
—Están manteniendo fuera a todos los periodistas. Yo podría adelantar muchas noticias a un periódico. Usted no sabe lo que pagan por un poco de información interior.
Vacilé. Ella deslizó una mano pequeña y suave entre las mías.
—Hágame este favor..., sea usted bueno.
Capitulé. Secretamente, sabía que iba a agradarme el papel de director de escena.
Fuimos primero al lugar en que había sido descubierto el cadáver. Había allí un hombre de guardia que, conociéndome de vista, me saludó respetuosamente y no preguntó nada acerca de mi compañera, considerando, quizá, que yo respondía por ella. Le expliqué a Cenicienta cómo se había hecho el descubrimiento, y ella escuchó con atención, dirigiéndome a veces alguna pregunta inteligente. Luego volvimos nuestros pasos en dirección a la villa. Yo me adelantaba con alguna cautela, pues para decir la verdad no tenía el menor deseo de encontrar a nadie. Llevé a la muchacha a través de los arbustos que daban la vuelta a la parte posterior de la casa, hacia el emplazamiento del pequeño cobertizo. Recordaba que, después de cerrarlo, en la tarde anterior, Bex había dado a guardar la llave al agente de Policía Marchaud, diciéndole: «Para el caso de que monsieur Giraud la pida mientras estamos arriba.» Pensé que era muy probable que, después de usarla, el detective de la Sûreté se la hubiese devuelto a Marchaud. Dejando a la muchacha entre la maleza, en sitio poco visible, entré en la casa. Marchaud estaba de guardia, fuera de la puerta del salón. Llegaba del interior un murmullo de voces.
—¿Desea ver a monsieur Hautet? —me preguntó—. Está dentro, interrogando de nuevo a Francisca.
—No —le contesté apresuradamente—. No le necesito; pero me gustaría mucho tener la llave del cobertizo de ahí fuera, si no va contra el reglamento.
—Desde luego, señor —dijo, sacándola—. Aquí la tiene. Hay órdenes de monsieur Hautet para que se le den a usted todas las facilidades. Tenga únicamente la bondad de devolvérmela cuando haya terminado.
—Naturalmente.
Sentí un estremecimiento de satisfacción al comprobar que, a lo menos a los ojos de Marchaud, tenía yo la misma importancia que Poirot. La muchacha me esperaba y lanzó una exclamación de alegría al ver la llave en mis manos.
—Es decir, ¿que la ha obtenido?
—Por supuesto —dije con frialdad—. Comprenda, de todos modos, que estoy cometiendo una grave irregularidad.
—Se ha portado usted como un ángel y no lo olvidaré. Vamos allá. Desde la casa no pueden vernos, ¿verdad?
—Espere un momento —dije, deteniendo su impaciente impulso—. No voy a oponerme si en realidad quiere entrar allí. Pero ¿quiere entrar? Ha visto la sepultura y el campo de golf y está informada de todos los detalles del caso. ¿No le basta con esto? Ya puede comprender que la escena va a resultar horripilante y... algo desagradable.
Me miró por un momento con una expresión que no pude entender bien. Luego se echó a reír.
—Vengan los horrores —dijo—. Vamos allá.
Llegamos a la puerta del cobertizo en silencio. La abrí y pasé al interior. Me acerque al cadáver y retiré la sábana con cuidado, como lo había hecho Bex en la tarde anterior. De los labios de la muchacha se escapó un pequeño sonido entrecortado, y me volví para mirarla. En su rostro se pintaba ahora el horror, y la alegre animación anterior se había apagado por completo. No había querido escuchar mi consejo y ahora recibía el castigo correspondiente. Me sentí singularmente despiadado con ella. Lentamente, volví el cadáver.
—Ya lo ve —dije—. Fue acuchillado por la espalda.
Su voz apenas sonaba al decir:
—¿Con qué?
Con la cabeza le indiqué el jarro de cristal.
—Con esta daga.
De pronto, la muchacha se tambaleó y cayó al suelo encogida. Corrí a auxiliarla.
—Le faltan fuerzas. Vamos fuera de aquí. Esto ha sido demasiado para usted.
—Agua —murmuró—. Pronto. Agua.
Dejándola, corrí a la casa. Por fortuna, nadie del servicio andaba por allí, y sin ser observado, pude procurarme un vaso de agua, a la que añadí unas cuantas gotas de brandy de un frasco de bolsillo. A los pocos minutos estaba de regreso. La joven continuaba echada como la había dejado, pero algunos sorbos del agua con brandy la hicieron revivir de un modo maravilloso.
—Sáqueme de aquí... ¡Oh, pronto, pronto! —exclamó, estremeciéndose.
Sosteniéndola con un brazo la conduje al aire libre y tiré de la puerta, tras ella. Lanzó entonces un profundo suspiro.
—Esto es mejor. ¡Oh, era horrible! ¿Cómo ha podido dejarme entrar allí?
Encontré estas palabras tan femeninas que no pude evitar una sonrisa. Secretamente, no me desagradaba su colapso. Esto demostraba que no estaba tan endurecida como yo la había creído. Después de todo, era poco más que una niña, y su curiosidad había sido, probablemente, un efecto de pensar poco las cosas.
—Ya sabe que he hecho lo que he podido para detenerla —le dije con suavidad.
—Así lo supongo. Bien; adiós.
—Escuche: no puede usted alejarse de este modo..., enteramente sola. No se encuentra en estado de hacerlo. Insisto en acompañarla hasta Merlinville.
—¡Oh, no, no! Me encuentro ahora perfectamente.
—¿Y si volviese a desmayarse? No; debo acompañarla.
Pero a esto se opuso ella con la mayor energía. No obstante, al final conseguí que me permitiese escoltarla hasta las afueras de la población. Volvimos sobre lo andado en nuestro anterior camino, pasando de nuevo por delante de la tumba y dando un rodeo hacia la carretera. Llegados a las primeras tiendas, ella se detuvo y me tendió la mano.
—Adiós, y muchas gracias por haber venido conmigo.
—¿Está segura de encontrarse ahora bien?
—Enteramente; gracias.  Espero que  no tendrá dificultades por haberme mostrado todas estas cosas.
En tono ligero rechacé la idea.
—Bien; adiós.
—Hasta la vista —repliqué—. Si ahora está aquí, volveremos a vernos.
Me dirigió una sonrisa brillante.
—Eso es. Hasta la vista, entonces.
—Espere un momento. No me ha dado sus señas.
—¡Oh!, me alojo en el Hotel du Phare. Un establecimiento pequeño, pero muy bien atendido. Venga a verme mañana.
—Así lo haré —le contesté con innecesaria vehemencia.
La observé hasta que se perdió de vista, y regresé a la villa. Recordé entonces que no había vuelto a cerrar la puerta del cobertizo. Por fortuna, nadie había advertido el descuido. Di, pues, vuelta a la llave y se la devolví al agente. Cuando lo hacía se me ocurrió de pronto que aunque la Cenicienta me había dado sus señas, yo continuaba sin saber su nombre.



CAPÍTULO NUEVE


GIRAUD ENCUENTRA ALGUNOS INDICIOS


Encontré en el salón a Hautet, muy ocupado en el interrogatorio de Augusto, el viejo jardinero. Poirot y el comisario, que se hallaban presentes, me acogieron, respectivamente, con una sonrisa y una cortés inclinación de cabeza. Sin hacer ruido, fui a sentarme. El magistrado era inteligente y meticuloso en extremo, pero no lograba obtener información alguna importante.
Augusto admitió que eran suyos aquellos guantes de jardinero. Se los ponía cuando tenía que manejar cierta especie de prímula que resultaba venenosa para algunas personas. No podía recordar cuándo los había usado la última vez. Ciertamente, no los había encontrado a faltar. ¿Dónde los guardaba? Unas veces en un sitio y otras veces en otro. La azada se encontraba, por lo general, en el pequeño cobertizo de las herramientas. ¿Estaba cerrado? Naturalmente que estaba cerrado. ¿Dónde se guardaba la llave? Parbleau!, se dejaba en la puerta; eso por supuesto. No había ningún objeto de valor que robar. ¿Quién hubiera esperado una partida de bandidos o asesinos? Tales cosas no ocurrían en los tiempos de la señora vizcondesa.
A una indicación de Hautet de que había terminado con él, el viejo se retiró refunfuñando hasta el último momento. Había recordado yo la inexplicable insistencia de Poirot acerca de las huellas de pisadas en los cuadros del jardín y examinado a Augusto con gran atención mientras contestaba al interrogatorio. O no tenía nada que ver con el crimen o era un actor consumado. De repente, cuando iba ya a atravesar la puerta, se me ocurrió una idea.
—Dispénseme, Hautet —exclamé—; pero ¿me permitiría que le hiciese una pregunta?
—Desde luego, caballero.
Así animado, me volví hacia Augusto.
—¿Dónde guarda usted sus botas?
—En mis pies —gruñó el viejo—. ¿Qué más?
—Pero ¿cuando se va a dormir por la noche?
—Debajo de la cama.
—Pero ¿quién las limpia?
—Nadie. ¿Por qué habían de limpiarlas? ¿Acaso me voy por ahí de paseo, como un muchacho? El domingo me pongo las botas de los domingos, pero fuera de este caso...
Y encogió los hombros.
Moví la cabeza, desalentado.
—Bien, bien —dijo el magistrado—; no adelantamos mucho. Sin duda, estaremos detenidos hasta que nos contesten de Santiago. ¿Ha visto alguien a Giraud? ¡Lo cierto es que no usa mucha cortesía! Tengo grandes tentaciones de enviar a buscarle y...
—No tendrá que enviar muy lejos.
Aquella voz tranquila me sobresaltó. Desde fuera, Giraud estaba mirándonos por la ventana abierta.
De un salto entró en la habitación y se adelantó hasta la mesa.
—Aquí estoy a su servicio. Acepte mis excusas por no haberme presentado antes.
—¡Nada de eso..., nada de eso! —contestó el magistrado, algo confuso.
—Por supuesto, no soy más que un detective —continuó el otro—. No sé nada de interrogatorios. Si yo dirigiese uno de ellos me sentiría inclinado a hacerlo sin tener una ventana abierta. Cualquiera puede desde el otro lado escuchar todo lo que pasa... Pero no importa.
El rostro de Hautet se encendió con expresión iracunda. Evidentemente, no iban a ser cordiales las relaciones entre el juez de instrucción y el detective encargado del caso. Habían chocado el uno con el otro desde el principio. Quizá hubiera ocurrido lo mismo en cualquiera otra circunstancia. Para Giraud, todos los jueces de instrucción estaban locos, y para Hautet, que se lo tomaba así mismo en serio, las maneras despreocupadas del detective de París no podían dejar de ser ofensivas.
Eh bien!, Giraud —dijo el magistrado con cierta dureza—. ¡Sin duda, ha dado usted un empleo maravilloso a su tiempo! Tiene usted ya los nombres de los asesinos, ¿verdad? Y así mismo el lugar exacto en que se encuentran en este momento...
Imperturbable ante aquella ironía replicó:
—Sé, por lo menos, de dónde vinieron.
Y sacó del bolsillo dos pequeños objetos que depositó sobre la mesa. Todos nos apiñamos a su alrededor. Los objetos eran muy sencillos: la colilla de un cigarrillo y una cerilla no encendida. El detective giró sobre sí mismo, poniéndose de cara a Poirot.
—¿Qué ve usted aquí? —preguntó.
Su tono tenía algo de brutal, y me encendió las mejillas. No obstante, Poirot permaneció impasible, y encogió los hombros.
—Un cigarrillo y una cerilla.
—¿Y qué le dice esto a usted?
Poirot extendió las manos.
—No me dice... nada.
—¡Ah! —exclamó Giraud con acento de satisfacción—. No ha estudiado usted estas cosas. No se trata de una cerilla ordinaria..., por lo menos en este país. Es una cerilla bastante corriente en América del Sur. Por fortuna no ha sido encendida. En otro caso, podríamos no haberla reconocido. Evidentemente, uno de los hombres tiró su cigarrillo y encendió otro, habiéndosele escapado una cerilla de la caja al hacerlo.
—¿Y la otra cerilla? —preguntó Poirot.
—¿Qué cerilla?
—La que encendió para el otro cigarrillo. ¿La ha encontrado también?
—No.
—Quizá no ha buscado usted muy a fondo.
—¿Que no he buscado a fondo?... —por un momento pareció como si el detective fuese a estallar, pero con un esfuerzo se dominó—. Veo que le gusta a usted bromear, Poirot. Pero, en todo caso, con cerilla o sin ella, la colilla del cigarrillo basta. Es un cigarrillo sudamericano con papel pectoral de regaliz.
Poirot se inclinó. El comisario tomó la palabra:
—El cigarrillo y la cerilla pueden haber pertenecido a Renauld. Recuerde que no hace más de dos años que volvió de América del Sur.
—No —replicó el otro con acento confiado—. He registrado ya los enseres de Renauld. Los cigarrillos que fumaba y las cerillas que usaba eran enteramente distintos.
—¿No encuentra usted extraño que estos desconocidos viniesen sin un arma, guantes ni azada y que encontrasen todas estas cosas tan oportunamente? —preguntó Hércules Poirot.
—Sin duda, es extraño —contestó Giraud, después de sonreír con expresión de superioridad—. Realmente, sin la hipótesis que yo sostengo, sería inexplicable para todos nosotros.
—¡Ahá! —dijo Hautet—. ¡Un cómplice dentro de casa!
—O fuera de ella —añadió Giraud con una sonrisa peculiar.
—Pero alguien debió de abrirles la puerta. No podemos admitir que, por un golpe de suerte sin igual, la encontrasen entreabierta para darles paso.
—La puerta fue abierta para darles paso; pero también podía abrirse desde fuera por alguien que tuviese una llave.
—Pero ¿quién tenía una llave?
Giraud encogió los hombros.
—En cuanto a esto, nadie que la posea va a admitirlo si lo puede evitar. Pero varias personas podían haberla tenido. Por ejemplo, el hijo, Jack Renauld. Es cierto que está camino de América del Sur, pero podía haberla perdido o podían habérsela robado. Hay también el jardinero..., que vive aquí desde hace muchos años. Una de las sirvientas jóvenes puede tener un novio. Es fácil tomar la impresión de una llave y hacer otra igual. Hay muchas posibilidades. Hay, además, otra persona que me parece tener grandes probabilidades de poseerla.
—¿Quien?
—Madame Daubreuil —contestó el detective.
—iEh, eh! —saltó el magistrado—. Estaba usted informado de esto, ¿verdad?
—Yo estoy informado de todo —contestó Giraud, imperturbable.
—Hay una cosa de la que podría jurar que no está informado —dijo Hautet, encantado de poder hacer gala de un conocimiento superior, y sin más ceremonia detalló la historia de la misteriosa visitante de la noche anterior. Mencionó también el cheque extendido a nombre de «Duveen», y entregó, por último, la carta firmada «Bella».
—Todo muy interesante. Pero esto no afecta a mi hipótesis.
—¿Y su hipótesis es...?
—De momento prefiero no exponerla. Recuerde que no he hecho más que comenzar mis investigaciones.
—Explíqueme una cosa, Giraud —pidió Poirot de repente—. Su hipótesis admite que la puerta fuese hallada abierta. No justifica el hecho de que fuese dejada abierta. ¿No hubiera sido natural que la cerrasen al marcharse? Si un agente de Policía hubiese acertado a pasar por allí, como se hace a veces para ver si todo anda bien, hubieran podido ser descubiertos y acaso detenidos inmediatamente.
—¡Bah! Se olvidaron de cerrarla. Fue un error, y lo reconozco.
Entonces, con sorpresa por mi parte, Poirot pronunció casi las mismas palabras que le había dirigido a Bex en la tarde anterior:
—No estoy de acuerdo con usted. La puerta fue dejada abierta deliberadamente o por necesidad, y cualquier hipótesis que no admita este hecho está destinada a resultar falsa.
Todos miramos al hombrecillo llenos de asombro. La confesión de ignorancia que se le había sacado a propósito del cigarrillo y de la cerilla parecía adecuada para humillarle; pero allí estaba, tan satisfecho de sí mismo como siempre, enseñando su oficio a Giraud sin un temblor.
El detective se retorció el bigote, mirando a mi amigo con expresión zumbona.
—No está de acuerdo conmigo, ¿verdad? Bueno. ¿Qué le llama particularmente la atención en este caso? Déjenos saber su opinión.
—Una cosa me parece significativa. Dígame, Giraud: ¿no le ha sorprendido en este caso algo que le pareciese familiar? ¿No le recuerda nada?
—¿Familiar? ¿Que me recuerde algo? No puedo decirlo de repente. Aunque me parece que no.
—Se equivoca —dijo Poirot tranquilamente—. Se había cometido ya un crimen enteramente parecido.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—iAh!, esto, por desgracia, no puedo recordarlo de momento; pero lo recordaré. Había esperado que usted pudiera ayudarme.
Giraud dejó oír un resoplido de incredulidad.
—Ha habido muchos casos de hombres enmascarados. No puedo recordar los detalles de todos ellos. Todos los crímenes se parecen, más o menos, unos a otros.
—Existe lo que puede llamarse el toque individual —y adoptando de pronto su actitud de conferenciante, Poirot se dirigió a nosotros colectivamente—. Estoy ahora hablándoles a ustedes de la psicología del crimen. Giraud sabe perfectamente que cada criminal tiene su método particular, y que cuando está llamado a investigar, por ejemplo, un caso de robo con escalo, puede la Policía muchas veces figurarse quién es el autor, sencillamente por los métodos que ha usado. (Japp le diría a usted lo mismo, Hastings.) El hombre es un animal sin originalidad. Sin originalidad dentro de la ley de su respetable vida diaria, y sin originalidad fuera de la ley. Si un hombre comete un crimen, cualquier otro crimen que cometa será muy parecido al primero. El asesino inglés que se deshacía de sus sucesivas esposas ahogándolas en sus baños es un ejemplo adecuado. Si hubiese variado sus métodos no habría sido descubierto aún. Pero obedeció a las reglas ordinarias de la naturaleza humana, pensando que lo que le había salido bien una vez le saldría bien otras, y hubo de pagar la pena de su falta de originalidad.
—¿Y la moraleja de todo esto? —preguntó Giraud en son de mofa.
—Que cuando tiene usted dos crímenes enteramente semejantes en cuanto al plan y en cuanto a la ejecución, encuentra el mismo cerebro tras las dos. Estoy buscando este cerebro, Giraud, y lo encontraré. Tenemos aquí una verdadera pista..., una pista psicológica. Usted puede estar muy ilustrado en cuanto a cigarrillos y cerillas, Giraud; pero yo, Hércules Poirot, conozco el entendimiento humano.
Giraud se quedó singularmente impasible.
—Para su gobierno —continuó Poirot— le llamaré la atención sobre un hecho del que puede no estar informado: al día siguiente al de la tragedia, el reloj de pulsera de madame Renauld había adelantado dos horas.
Giraud abrió mucho los ojos.
—¿Acostumbraba adelantarse este reloj?
—En realidad, así me lo dicen.
—Entonces, no hay dificultad.
—Como quiera que sea, dos horas son mucho tiempo —observó Poirot con suavidad—. Hay, además, el detalle de las huellas de pisadas en el arriate del jardín.
Diciendo esto, indicó con la cabeza la ventana abierta. Giraud la alcanzó en dos zancadas y miró hacia fuera.
—No veo esas huellas.
—No —asintió Poirot enderezando un montón de libros sobre la mesa—. No las hay.
Por un momento, una ira homicida oscureció el rostro de Giraud, que dio dos largos pasos en la dirección del hombrecillo que le atormentaba; pero en aquel instante fue abierta la puerta del salón y Marchaud anunció:
—El secretario, monsieur Stonor, acaba de llegar de Inglaterra. ¿Puede pasar?



CAPÍTULO DIEZ


GABRIEL STONOR


El hombre que entró en la habitación ofrecía una figura impresionante. Muy alto, atlético y bien proporcionado y con el rostro y cuello bronceados, dominaba a las personas allí reunidas. A su lado, el mismo Giraud parecía anémico. Cuando le reconocí mejor, me di cuenta de que Gabriel Stonor tenía una personalidad desusada. Era inglés de nacimiento, y había recorrido todo el mundo. Había cazado fieras en África y viajado por Corea; había tenido un rancho en California y comerciado en las islas de los mares del Sur.
Su mirada inefable se fijó en Hautet.
—¿El señor juez de instrucción encargado del caso? Tengo mucho gusto en verle. Es éste un asunto terrible. ¿Cómo está madame Renauld? ¿Lo resiste bien? Esta desgracia habrá causado una horrible impresión.
—Terrible, terrible —accedió Hautet—. Permítame que le presente a monsieur Bex, nuestro comisario de Policía, y a monsieur Giraud, de la Sûreté. Este caballero es monsieur Hércules Poirot. Monsieur Renauld le envió a buscar, pero llegó demasiado tarde para poder hacer algo que evitase la tragedia. Un amigo de monsieur Poirot: el capitán Hastings.
Stonor miró a Poirot con algún interés.
—¿Le envió a buscar?
—Entonces, ¿no sabía usted que monsieur Renauld pensaba en llamar a un detective? —preguntó Bex, interviniendo.
—No, no lo sabía. Pero no me sorprende poco ni mucho.
—¿Por qué?
—Porque el pobre señor estaba azarado. No sé de qué se trataba. No me había hecho ninguna confidencia. No estábamos en estos términos. Pero azarado sí lo estaba..., y de mala manera.
—¡Hum!... —dijo Hautet—. Pero ¿no tiene usted idea de la causa?
—Así acabo de decirlo, señor.
—Excúseme, monsieur Stonor, pero debemos comenzar con algunas formalidades. ¿Se llama usted?
—Gabriel Stonor.
—¿Cuánto tiempo hacía que era usted secretario de monsieur Renauld?
—Unos dos años. Desde que regresó de América del Sur. Le conocí por mediación de un amigo común, y él me ofreció el cargo. Y era un amo extraordinariamente bueno.
—¿Hablaba mucho con usted sobre su vida en América del Sur?
—Sí; bastante.
—¿Sabe si estuvo alguna vez en Santiago de Chile?
—Varias veces, por lo que creo.
—¿No mencionaba nunca algún incidente especial ocurrido allí?... ¿Algo que hubiera podido provocar alguna venganza contra él?
—Nunca.
—¿Habló de algún secreto que hubiera conocido mientras estaba allí?
—No, que yo recuerde. Pero con todo esto, lo cierto es que había algún misterio en su vida. Por ejemplo, nunca le oí hablar de su infancia ni de ningún incidente anterior a su llegada a América del Sur. Creo que era francés, canadiense de nacimiento, pero nunca aludía a su vida en el Canadá. Sabía cerrarse como una almeja, si esto le convenía.
—Es decir, que dentro de lo que usted sabe, no tenía enemigos, y no puede darnos el rastro de ningún secreto por cuya posesión hubiera podido ser asesinado...
—Así es.
—Monsieur Stonor, ¿ha oído usted alguna vez el nombre de Duveen en relación con monsieur Renauld?
—Duveen, Duveen... —pronunció, intentado despertar sus recuerdos—. No creo haberlo oído y, sin embargo, me parece conocerlo.
—¿Conoce usted a una dama, una amiga de monsieur Renauld, cuyo nombre de pila es Bella?
De nuevo movió la cabeza Stonor.
—¿Bella Duveen? ¿Es éste el nombre completo? Es curioso. Estoy seguro de conocerlo. Pero de momento no puedo recordar con qué se relaciona.
El magistrado tosió.
—Usted comprende, monsieur Stonor, que el caso es éste: no debe haber reservas. Podría usted quizá por un sentimiento de consideración a madame Renauld (a la que, según tengo entendido, profesa usted gran estimación y afecto, ¡y en realidad lo merece!) —y Hautet, ligeramente embrollado en su frase, repitió—: No debe haber reservas, en absoluto.
Stonor le miró y apareció en sus ojos un destello de comprensión.
—No le entiendo bien —dijo con tono amable—. ¿Qué tiene que ver con esto madame Renauld? Tengo un inmenso respeto y afecto por esta dama; es un carácter verdaderamente admirable y poco frecuente, pero no acierto a ver cómo pudiera afectarla mi reserva o mi falta de reserva...
—¿Y si esta Bella Duveen resultase haber sido algo más que una amiga para su esposo?
—¡Ah! —saltó Stonor—. Ahora sí le entiendo. Pero apuesto lo que usted quiera a que está equivocado. El buen señor jamás miraba unas enaguas. Adoraba, sencillamente, a su propia esposa. Eran la pareja más unida que he conocido.
Hautet movió la cabeza con suavidad.
—Monsieur Stonor, tenemos una prueba definitiva..., una carta amorosa escrita por esta Bella a monsieur Renauld acusándole de haberse cansado de ella. Además, tenemos otras pruebas de que en la fecha de su muerte sostenía una intriga con una francesa, una tal madame Daubreuil, que tiene arrendada la villa inmediata. Los párpados del secretario se contrajeron.
—Espere, señor juez. Están ustedes ladrando a la luna. Yo conocía bien a Pablo Renauld. Lo que acaba usted de decir es radicalmente imposible. Hay alguna otra explicación.
El magistrado encogió los hombros.
—¿Qué otra explicación puede haber?
—¿Qué le hace a usted pensar que se trata de una intriga amorosa?
—Madame Daubreuil tenía la costumbre de visitarle aquí por las noches. Por otra parte, desde que monsieur Renauld vino a la Villa Geneviéve, madame Daubreuil ha ingresado en el Banco cantidades importantes en billetes. El importe total alcanza a cuatro mil libras de su moneda inglesa.
—Me figuro que esto es verdad —dijo tranquilamente—. Yo le he transmitido estas sumas en billetes por orden suya. Pero esto no era una intriga.
—¿Qué otra cosa podría ser?
—¡Un chantaje! —-declaró Stonor con energía, dando un manotazo sobre la mesa—. Eso era y no otra cosa.
—¡Ah! —exclamó el magistrado, impresionado a su pesar.
—Un chantaje —repitió Stonor—. Estaban sangrando al pobre señor..., y a grandes dosis. Cuatro mil libras en un par de meses. ¡Canastos! Le he dicho hace un momento que había algún misterio en la vida de Renauld. Evidentemente, esta madame Daubreuil lo conocía bastante para apretar el tornillo.
—Es posible —exclamó el comisario, excitado—. Decididamente, es posible.
—¿Posible? —gritó Stonor—. Es seguro. Dígame: ¿han preguntado a madame Renauld acerca de esa aventurilla amorosa de que me hablan?
—No, señor. No queríamos ocasionarle ninguna angustia que razonablemente pudiera evitársele.
—¿Angustia? Pero si se reiría de ustedes... Les digo que ella y Renauld eran la pareja modelo entre cien.
—¡Ah! Esto me recuerda otra cuestión —dijo Hautet—. ¿Le había confiado a usted algo Renauld acerca de las disposiciones tomadas en su testamento?
—Lo conozco bien... Me encargó que se lo llevara a los abogados cuando lo tuvo redactado. Puedo darles los nombres de estos señores, si quieren verlo. Lo tenían allí. Muy sencillo: la mitad de los bienes, a su esposa, en fideicomiso; la otra mitad, a su hijo. Algunos legados. Me parece que a mí me dejaba mil libras.
—¿En qué fecha se hizo este testamento?
—¡Oh!, hace cosa de año y medio.
—¿Le sorprendería a usted mucho, monsieur Stonor, saber que Renauld hizo otro testamento dentro de la pasada quincena?
Era evidente que la noticia sorprendió al secretario.
—No tenía idea de esto. ¿En qué forma?
—Su esposa queda heredera libre de toda su vasta fortuna. No hace mención de su hijo.
Stonor dejó oír un largo silbido.
—Esto me parece algo duro para el muchacho. Su madre le adora, por supuesto; pero, ante el mundo, hace el efecto de falta de confianza por parte de su padre. Resultará humillante para el chico. No obstante, todo ello viene a demostrar lo que les he dicho a ustedes: que Renauld y su esposa vivían en perfecta unión.
—En efecto, en efecto —dijo Hautet—. Es posible que tengamos que revisar nuestras ideas en varios puntos. Ya hemos cablegrafiado a Santiago de Chile y esperamos la contestación de un momento a otro. Es muy probable que todo quede entonces perfectamente aclarado. Por otra parte, si su indicación de chantaje es acertada, madame Daubreuil debe de hallarse en situación de darnos información importante.
Poirot intervino entonces para hacer una observación.
—Monsieur Stonor, ¿hacía tiempo que el chófer inglés, Masters, estaba al servicio de monsieur Renauld?
—Más de un año.
—¿Tiene usted idea de que hubiera estado alguna vez en América del Sur?
—Estoy enteramente seguro de que no. Antes de servir a Renauld estuvo algunos años en Gloucestershire con varias personas a las que conozco.
—¿Podría usted, en realidad, responder de que está por encima de toda sospecha?
—Absolutamente
Poirot pareció algo desanimado.
El magistrado, entre tanto, había llamado a Marchaud.
—Con mis saludos a madame Renauld, dígale que desearía hablar con ella unos minutos. Ruéguele que no se moleste. Yo iré a verla arriba.
Marchaud saludó y desapareció.
Esperamos por espacio de algunos minutos y, con sorpresa de nuestra parte, abrióse la puerta y entró en la habitación madame Renauld, vestida de luto y mortalmente pálida.
Hautet adelantó una silla, formulando enérgicas protestas, y ella le dio las gracias con una sonrisa. Stonor sostenía una de las manos de ella con elocuente expresión de simpatía. Era claro que le faltaban las palabras. Madame Renauld se volvió hacia Hautet.
—¿Deseaba usted preguntarme alguna cosa?
—Con su permiso, señora. Tengo entendido que su esposo era francés canadiense de nacimiento. ¿Puede decirme algo de su juventud y educación?
Ella movió la cabeza.
—Mi esposo fue siempre muy reticente en lo que se refería a sí mismo, señor. Sé que vino del Noroeste, pero me figuro que su infancia fue desgraciada, pues nunca le gustaba hablar de esa época. Hemos vivido nuestra vida enteramente en el presente y en el futuro.
—¿Había algún misterio en su vida pasada?
Madame Renauld sonrió un poco y movió la cabeza.
—Nada que fuese tan romántico, señor juez.
Hautet sonrió también.
—Cierto; no debemos consentir en ponernos melodramáticos. Hay otra cosa... —y vaciló.
Stonor intervino entonces impetuosamente:
—Se han metido en la cabeza una idea extraordinaria, madame Renauld. Imaginan ahora que monsieur Renauld sostenía unos galanteos con madame Daubreuil, que, según parece, vive en la puerta inmediata.
Encendiéronse las mejillas de madame Renauld, que levantó la cabeza, y se mordió luego el labio, con el rostro tembloroso. Lleno de asombro, Stonor se quedó mirándola, pero Bex se inclinó hacia adelante y dijo con tono suave:
—Sentimos causarle pena, señora, pero ¿tiene usted alguna razón para creer que madame Daubreuil era la amiga de su esposo?
Con un sollozo de angustia, madame Renauld se cubrió la cara con las manos. Sus hombros se agitaron convulsivamente. Por fin, levantó la cabeza y dijo con voz entrecortada:
—Puede haberlo sido.
Nunca, en toda mi vida, he visto nada parecido a la estupefacción que se pintó en el rostro de Stonor. El secretario se quedó enteramente desconcertado.



CAPÍTULO ONCE

JACK RENAULD


Me sería imposible decir qué curso hubiera tomado la conversación, pues en aquel momento se abrió la puerta con violencia y se precipitó en la habitación un hombre joven.
Por un breve instante tuve la sensación pavorosa de que había vuelto a la vida el muerto. Luego me di cuenta de que en su oscura cabeza no había ningún reflejo gris, y que, en realidad, no era más que un muchacho el que con tan poca ceremonia se había reunido con nosotros. Este muchacho se dirigió a madame Renauld tan impetuosamente que no prestó atención a la presencia de las otras personas.
—¡Madre!
—¡Jack! —y con un grito, ella le estrechó en sus brazos—. ¡Hijo querido! Pero ¿qué te trae aquí? ¿No debías salir de Cherburgo, en el Anzora, hace dos días? —luego, recordando de pronto la presencia de los demás, se volvió con cierta dignidad—: Mi hijo, señores.
—¡Ahá! —exclamó Hautet, correspondiendo a la reverencia del joven—. ¿Es decir, que no partió usted en el Anzora...
No, señor. Ya iba a explicarlo: el Anzora retrasó su salida veinticuatro horas a causa de una avería de la máquina. Yo iba a salir anoche, en lugar de anteanoche; pero habiendo comprado un diario de la tarde, encontré en él el relato de..., de la horrible tragedia que hemos tenido... —y su voz se quebró, mientras acudían las lágrimas a sus ojos—. ¡Pobre padre mío!... ¡Pobre, pobre padre mío!
Mirándole como una persona que sueña, madame Renauld repitió:
—Es decir, que no partiste... —y con un gesto de fatiga infinita murmuró como para sí misma—: Después de todo, esto no tiene importancia... ahora.
—Siéntese, monsieur Renauld, se lo ruego —dijo Hautet, indicando una silla—. Le doy la seguridad de mi profunda simpatía. Debe usted de haber sufrido una impresión terrible al conocer la noticia de este modo. Sin embargo, ha sido mucha suerte que no pudiera partir. Tengo la esperanza de que podrá darnos la información que necesitamos para aclarar este misterio.
—Estoy a su disposición. Hágame las preguntas que desee.
—Para empezar, tengo entendido que este viaje lo emprendió usted por voluntad de su padre...
—Exactamente, señor. Recibí un telegrama en el que me ordenaba continuar sin demora hasta Buenos Aires y desde allí, por los Andes, a Valparaíso y a Santiago.
—¡Ah! ¿Y el objeto de este viaje?
—No tengo idea.
—¡Cómo!
—No. Vea el telegrama.
El magistrado lo tomó y leyó en voz alta:

«Continúa inmediatamente Cherburgo embarca Anzora zarpa Buenos Aires. Último destino Santiago. Te esperan nuevas instrucciones Buenos Aires. No fracases. Asunto de la mayor importancia. Renauld»

—¿Y no había habido correspondencia anterior sobre el asunto?
Jack Renauld movió la cabeza.
—No tengo más indicio que éste. Sabía, por supuesto, que habiendo vivido allí tanto tiempo, mi padre tenía necesariamente muchos intereses en América del Sur. Pero nunca había hablado de enviarme a mí a aquel país.
—¿Usted habrá pasado, como es natural, mucho tiempo en América del Sur, monsieur Renauld?
—Estuve allí en mi infancia. Pero me eduqué y pasé la mayor parte de mis vacaciones en Inglaterra, de suerte que, en realidad, conozco de América del Sur mucho menos de lo que podría suponerse. Ya lo ven ustedes, cuando empezó la guerra tenía yo diecisiete años.
—Sirvió en la Aviación inglesa, ¿verdad?
—Sí, señor.
Hautet hizo un signo afirmativo y continuó su interrogatorio, ahora conforme a los datos bien conocidos. Contestándolo, Jack Renauld manifestó claramente que no sabía nada de ninguna enemistad que su padre hubiera podido contraer en Santiago ni en ningún otro lugar de aquel continente; que no había advertido últimamente cambio alguno en la manera de conducirse de su padre, ni le había oído nunca referirse a ningún secreto. La misión a América del Sur le había considerado como relacionada con intereses de negocios.
Habiéndose detenido un momento Hautet, intervino la voz tranquila de Giraud:
—Desearía hacer algunas preguntas por mi cuenta, señor juez.
—No hay inconveniente, Giraud, si así lo desea —dijo el magistrado fríamente.
Giraud acercó un poco su silla a la mesa.
—¿Estaba usted en buenos términos con su padre, monsieur Renauld?
—Ciertamente, estaba en buenos términos —contestó el muchacho con altanería.
—¿Afirma esto positivamente?
—Sí.
—Sin pequeñas disputas, ¿verdad?
Jack encogió los hombros.
—Todo el mundo puede tener una diferencia de opinión de cuando en cuando.
—Es claro, es claro. Pero si alguien asegurase que en la víspera de su partida para París tuvo usted una disputa violenta con su padre, ¿mentiría?
No pude menos de admirar la habilidad de Giraud. Su jactancia al decir que estaba informado de todo no había sido vana. Era claro que aquella pregunta había desconcertado a Jack Renauld.
—Tuvimos..., tuvimos una disputa —admitió.
—¡Ah! ¡Una disputa! Y en el curso de esta disputa, ¿no pronunció usted la frase: «Cuando estés muerto podré hacer lo que quiera»?
—Pude haberla pronunciado —murmuró Jack—. No lo sé en realidad.
—Contestando a la cual, ¿no dijo su padre: «Pero no estoy muerto todavía», a lo que usted replicó: «¡Ojalá lo estuvieras!»?
El muchacho no contestó. Sus manos jugaban nerviosamente con los objetos colocados sobre la mesa que tenía enfrente.
—Debo pedir una contestación. Hágame el favor, monsieur Renauld —dijo Giraud con dureza.
Con iracunda exclamación, el muchacho echó fuera de la mesa un pesado cortapapeles.
—¿Qué importa eso? Es igual que lo sepa usted. Sí, tuve una disputa con mi padre. Y me atrevo a afirmar que dije todas estas cosas... ¡Estaba tan irritado que no puedo ni recordar lo que dije! ¡Estaba furioso!... ¡Hubiera casi podido matarle en aquel momento! ¡Tal como lo digo! ¡Piense ahora lo que quiera! —y se recostó en la silla encendido y provocativo.
Giraud sonrió; luego, retirando un poco la silla, dijo:
—Nada más. Sin duda, preferirá usted continuar el interrogatorio, Hautet.
—¡Ah, sí, exactamente! —dijo Hautet—. ¿Y cuál era el motivo de su disputa?
—Esto me abstendré de declararlo.
Hautet se enderezó en su asiento.
—Monsieur Renauld —dijo con voz resonante—, ¡no está permitido jugar con la ley! ¿Cuál fue el motivo de la disputa?
Jack Renauld permaneció callado, con su rostro juvenil malhumorado y sombrío. Pero habló otra voz, imperturbable y tranquila, la voz de Hércules Poirot:
—Yo le informaré si lo desea, señor juez.
—¿Usted lo sabe?
—Ciertamente, lo sé. El motivo de la disputa fue mademoiselle Marta Daubreuil.
Jack se volvió bruscamente, sobresaltado. El magistrado se inclinó hacia adelante.
—¿Es esto, monsieur Renauld?
El joven afirmó con la cabeza.
—Sí. Amo a mademoiselle Daubreuil y deseo casarme con ella. Tan pronto como le informé de esto, mi padre se puso furioso. Naturalmente, no pude soportar los insultos contra la muchacha a la que quiero, y también perdí la serenidad.
Hautet se volvió hacia madame Renauld.
—¿Conocía usted este... afecto, señora?
—Lo temía —contestó ella sencillamente.
—¡Madre! —exclamó el muchacho—. ¿Tú también? Marta es tan buena como hermosa. ¿Qué puedes tener contra ella?
—No tengo nada contra mademoiselle Daubreuil por ningún concepto. Pero hubiera preferido que te casaras con una inglesa, y si era francesa, con otra ¡que no tuviera una madre de antecedentes tan dudosos!
Y el rencor contra aquella madre se manifestó claramente en su voz; y esto me hizo comprender que debió de ser un trago muy amargo para ella el descubrimiento de las inclinaciones amorosas de su hijo hacia la hija de su rival.
Madame Renauld continuó, dirigiéndose al magistrado:
—Quizá hubiera debido hablar de ello a mi esposo, pero esperé que se tratase de una simple galantería entre un joven y una muchacha, que quedaría olvidada, a lo mejor, no concediéndole importancia. Ahora me acuso de mi silencio; pero como se lo he dicho a ustedes, parecía mi esposo tan intranquilo y preocupado que quise, ante todo, evitarle nuevas inquietudes.
Hautet hizo una seña afirmativa. En seguida, continuó:
—Cuando informó usted a su padre de sus intenciones acerca de mademoiselle Daubreuil, ¿se mostró sorprendido?
—Pareció quedar desconcertado. En seguida me ordenó que me quitase semejante idea de la cabeza. Dijo que nunca daría su consentimiento para este enlace. Irritado, le pregunté qué tenía contra mademoiselle Daubreuil. A esto no podía dar una contestación satisfactoria, pero habló en términos desdeñosos del misterio que rodeaba a las vidas de la madre y de la hija. Le repliqué que yo me casaría con Marta y no con sus antecedentes, pero me hizo callar gritándome que se negaba a discutir más el asunto en ninguna forma. Había que darlo por terminado. La injusticia y la arbitrariedad de todo aquello me enloquecieron..., y más aún considerando que él, por su parte, había parecido siempre desvivirse por ser atento con las Daubreuil y hasta propuso que se las invitase a visitar nuestra casa. Perdí la cabeza y tuvimos una seria disputa. Mi padre me recordó que para todo dependía de él, y creo que fue aquí cuando le hice la observación de que, después de su muerte, haría todo lo que me pareciese bien...
Poirot le interrumpió con una rápida pregunta:
—¿Sabía usted entonces lo que su padre disponía en su testamento?
—Sabía que me dejaba a mí la mitad de su fortuna, y la otra mitad a mi madre, en fideicomiso, para que la recibiese yo cuando ella muriese.
—Continúe su relato —dijo el magistrado.
—Después de esto nos gritamos el uno al otro, furiosos, hasta que me di cuenta de pronto de que estaba en peligro de perder el tren de París. Hube de correr a la estación, rabioso todavía. No obstante, una vez lejos de aquí, fui calmándome. Escribí a Marta, contándole lo que había ocurrido, y su contestación acabó de serenarme. Me indicaba en ella que nos bastaría mantenernos firmes y que así toda oposición tendría que ceder al fin. Nuestro mutuo afecto tenía que ser puesto a prueba, y, cuando viesen que no era una ligera ilusión por mi parte, sin duda se mostrarían más benignos con nosotros. Por supuesto, a ella no le había comunicado cuál era la objeción principal de mi padre a nuestra unión. Pronto comprendí que no favorecería mi causa haciendo uso de la violencia.
—Para pasar a otro asunto: ¿conoce usted el apellido Duveen, monsieur Renauld?
—¿Duveen? —dijo Jack—. ¿Duveen? —e inclinándose hacia delante recogió lentamente el cortapapeles que antes había echado fuera de la mesa. Al levantar la cabeza tropezaron sus ojos con la mirada observadora de Giraud—. ¿Duveen? No; no puedo decir que lo conozca.
—¿Quiere leer esta carta, monsieur Renauld, y decirme si tiene idea de quién fue la persona que se la dirigió a su padre?
Jack Renauld tomó la carta y la leyó del principio al fin, subiendo entre tanto el color de su rostro.
—¿Que se la dirigió a mi padre?
Y eran evidentes la emoción e indignación de su tono.
—Sí. La encontramos en el bolsillo de su gabán.
—¿Sabe...? —y vaciló, moviendo los ojos en la dirección de su madre por una fracción de segundo.
El magistrado comprendió.
—Hasta ahora, no. ¿Puede usted darnos algún indicio de la persona que la escribió?
—No tengo la menor idea.
Hautet suspiró.
—Un caso muy misterioso. ¡Ah!, bien: supongo que podemos prescindir ya de la carta por ahora. A ver... ¿Dónde estábamos? ¡Oh!, el arma. Me temo que esto vaya a causarle pena, monsieur Renauld. Tengo entendido que era un presente de usted a su madre. Muy triste..., muy desconsolador...
Jack Renauld se inclinó hacia delante. Su rostro, que se había encendido durante la lectura de la carta, estaba ahora mortalmente pálido.
—¿Quiere usted decir que mi padre fue..., fue muerto con un cortapapeles hecho de cable de aeroplano? Pero ¡esto es imposible! ¡Un objeto tan pequeño!...
—¡Ay, monsieur Renauld, es muy cierto, por desgracia! Me temo que es un pequeño instrumento ideal. Afilado y fácil de manejar.
—¿Dónde está? ¿Puedo verlo? ¿Está aún en el.., en el cuerpo?
—¡Oh!, no. Ha sido retirado. ¿Desea verlo? ¿Para asegurarse? Quizá sería conveniente, aunque la señora lo ha identificado ya. Sin embargo... Bex, ¿puedo molestarle?
—Desde luego. Voy a recogerlo.
—¿No sería mejor acompañar a monsieur Renauld al cobertizo? —propuso Giraud con voz suave—. ¿Sin duda deseará ver los restos de su padre?
El muchacho se estremeció e hizo un gesto negativo, y el magistrado, siempre dispuesto a contrariar a Giraud en cuantas ocasiones se ofreciesen, contestó:
—No...; no, en este momento. Bex tendrá la amabilidad de traernos la daga aquí.
El comisario salió de la habitación. Stonor vino al lado de Jack y le estrechó la mano con fuerza. Poirot se había levantado y se ocupaba de enderezar un par de candeleros que sus ojos expertos le hacían ver en posición ligeramente torcida. El magistrado estaba releyendo la carta amorosa, aferrándose a su primera hipótesis de celos y una cuchillada en la espalda.
De pronto se abrió la puerta con violencia y se precipitó el comisario en la habitación.
—¡Señor juez! ¡Señor juez!
—¡Cómo! ¿Qué pasa?
—¡La daga! ¡No está allí!
—¿Que..., que no está allí?
—No, señor. ¡Ha desaparecido! El jarro de cristal que la contenía está vacío.
—¿Qué dice? —exclamé yo ahora—. Imposible. Pero si esta misma mañana he visto... —y las palabras se apagaron en mi garganta.
Pero ya me había convertido en objeto de la atención general.
—¿Qué decía usted? —exclamó el comisario—. ¿Esta mañana...?
—La he visto allí esta mañana —señalé lentamente—; hace cosa de hora y media, para precisar más.
—¿Ha ido usted al cobertizo entonces? ¿Cómo ha obtenido la llave?
—Se la he pedido al guardia.
—¿Y ha ido allí? ¿Por qué?
Vacilé, pero decidí al fin que lo único que podía hacer era revelarlo todo.
—Hautet —dije—, he cometido una falta grave por la que debo suplicar su indulgencia.
—Continúe usted.
—El caso es —dije, deseando encontrarme en cualquier parte menos donde me encontraba— que he visto a una señorita conocida mía. Esta señorita ha dado muestras de un gran deseo de ver cuanto pudiera verse, y yo...; bien, en una palabra: he cogido la llave para mostrarle el cadáver.
—¡Ah! —exclamó el magistrado con indignación—. Efectivamente es una falta grave la que ha cometido usted, capitán Hastings. Esto es extremadamente irregular. No debiera usted haberse permitido esta locura.
—Lo sé —contesté mansamente—. No puede usted usar palabras demasiado severas, señor juez.
—¿Usted no había invitado a esta dama a venir aquí?
—No, ciertamente. Nuestro encuentro ha sido puramente accidental. Es una joven inglesa que está accidentalmente en Merlinville, aunque yo lo ignoraba, hasta mi inesperado encuentro con ella.
—Bueno, bueno —cortó el magistrado, ablandándose—. Esto era muy irregular, pero la dama es joven y guapa, sin duda. ¡Qué hermosa es la juventud! —y lanzó un suspiro sentimental.
Pero el comisario, menos romántico y más práctico, tomó el hilo de la historia.
—¿Y no ha cerrado usted la puerta con llave al retirarse?
—De esto se trata, precisamente —contesté despacio—; de esto es de lo que me acuso con más severidad. Mi amiga se trastornó ante aquel cuadro y casi se desmayó. Fui, pues, a buscar brandy y un vaso de agua, e insistí en acompañarla hasta la población. En medio de mi excitación, me olvidé de volver a cerrar la puerta, hasta que estuve de regreso en la villa.
—Es decir, que a lo menos por espacio de veinte minutos... —dijo el comisario lentamente, y se detuvo.
—Exactamente —añadí yo.
—Veinte minutos —repitió el comisario, pensativo.
—Es deplorable —dijo Hautet, recobrando su dureza—. Sin precedentes.
De repente se oyó otra voz:
—¿Lo encuentra usted deplorable? —preguntó Giraud.
—Ciertamente, lo encuentro.
—¡Pues yo lo encuentro admirable! —dijo el otro sin inmutarse.
La intervención de aquel aliado inesperado me aturdió.
—¿Admirable, Giraud? —preguntó el magistrado, mirándole con el rabo del ojo.
—Precisamente.
—¿Y por qué?
—Porque ahora sabemos que hace sólo una hora que ha estado cerca de la villa el asesino, o un cómplice del asesino. Sería extraño que, con esta información, no le echásemos el guante muy pronto —dijo con acento de amenaza en la voz; y continuó—: Ha corrido un gran riesgo para apoderarse de esta daga. Quizá temía que se descubriesen en ella impresiones digitales.
Poirot se volvió hacia Bex.
—¿No dijo usted que no las había?
Giraud encogió los hombros.
—Quizá no estuviera seguro.
Poirot le observaba.
—Está usted equivocado, Giraud. El asesino llevaba guantes. Por tanto, debía estar seguro.
—No digo que fuese el mismo asesino. Pudo haber sido un cómplice que no se dio cuenta del hecho.
El oficial de secretaría del magistrado estaba recogiendo los papeles de la mesa. Hautet se dirigió a nosotros:
—Nuestro trabajo aquí ha terminado. Quizá, monsieur Renauld, querrá usted escuchar la lectura de su declaración. A propósito, he mantenido el procedimiento con las menores formalidades posibles. Se ha dicho que mis métodos son originales, pero sostengo que la originalidad tiene muchas ventajas. El caso está ahora en las hábiles manos del famoso monsieur Giraud. Sin duda que va a distinguirse. ¡Realmente, no comprendo cómo no ha echado ya el guante a los asesinos! Señora, una vez más le ofrezco el testimonio de mi sincera simpatía. Señores, les doy a todos ustedes los buenos días.
Y salió acompañado del oficial y del comisario.
Poirot sacó del bolsillo un reloj que parecía un nabo y miró la hora.
—Vamos a regresar al hotel para almorzar, amigo mío —dijo—. Y me contará detalladamente las indiscreciones de esta mañana. Nadie nos observa. No necesitamos despedirnos.
Salimos tranquilamente de la habitación. El juez de instrucción acababa de alejarse en su coche. Estaba yo bajando los peldaños cuando me detuvo la voz de Poirot:
—Un momentito, amigo mío —y diestramente sacó un metro y, con perfecta solemnidad, tomó la medida de un gabán colgado en el vestíbulo, del cuello al borde inferior. Yo no lo había advertido antes y pensé que debía de pertenecer a Stonor o a Jack Renauld.
Luego, con un ligero gruñido de satisfacción, Poirot se guardó de nuevo el metro y me siguió fuera, al aire libre.




[1] Alusión a la «Sra. Harris», amiga imaginaria de la caricaturesca enfermera Sara Gamp, en la novela de Dickens Martin Chuzzlewit, a la que Sara menciona con frecuencia como interlocutora de interminables diálogos. (N. del T.)






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