lunes, 6 de junio de 2016

AGATHA CHRISTIE - ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (PARTE 2)






Llegamos a la segunda y última parte de este fascinante texto, sigamos...








VII

Declaración del conde y la condesa Andrenyi


El conde y la condesa Andrenyi fueron llamados a continuación. No obstante, fue únicamente el conde quien se presentó en el coche comedor.
Visto de cerca, no había duda de que era un hombre arrogante. Medía un metro ochenta, por lo menos, con anchas espaldas y enjutas caderas. Iba vestido con un traje de magnífico corte inglés, y se le hubiera tomado por un hijo de la Gran Bretaña, de no haber sido por la longitud de su bigote y por cierta particularidad de la línea de sus pómulos.
—Bien, señores —dijo—, ¿en qué puedo servirles?
—Comprenderá usted, caballero —contestó Poirot—, que, en vista de lo sucedido, me veo obligado a hacer ciertas preguntas a todos los viajeros.
—Perfectamente, perfectamente —dijo el conde con amabilidad—. Me doy exacta cuenta de su situación. Pero mucho me temo que mi esposa y yo podamos ayudarle en poco. Estábamos dormidos y no oímos nada en absoluto.
—¿Está usted enterado de la identidad del muerto, señor?
—Tengo entendido que se trata de un norteamericano..., un individuo con un rostro decididamente desagradable. Se sentaba en aquella mesa a la hora de las comidas.
El conde indicó con un movimiento de cabeza la mesa.
—Sí, sí, no se equivoca usted, señor, pero yo le pregunto si conoce usted el nombre del individuo.
—No —El conde parecía completamente desconcertado por las preguntas de Poirot—. Si quiere usted saberlo —añadió— seguramente estará en su pasaporte.
—El nombre que figura en su pasaporte es Ratchett —repuso Poirot—. Pero ése no es su verdadero nombre. El verdadero es Cassetti, responsable de un famoso secuestro cometido en Estados Unidos.
Poirot observaba atentamente al conde mientras hablaba, pero éste no pareció afectarse por la sensacional noticia y se limitó a abrir un poco más los ojos.
—¡Ah! —dijo—. Ciertamente que el detalle no dejará de arrojar luz sobre el asunto. Extraordinario país, Estados Unidos.
—¿El señor conde ha estado quizás allí?
—Estuve un año en Washington.
—¿Conoció usted a la familia Armstrong?
—Armstrong... Armstrong... Es difícil recordar. Conoce uno a tanta gente...
Sonrió y se encogió de hombros.
—Pero volvamos al asunto que les interesa, caballeros —dijo—. ¿En qué otra cosa puedo servirles?
—¿A qué hora se retiró usted a descansar, señor conde?
Poirot lanzó una mirada de refilón a su plano. El conde y la condesa Andrenyi ocupaban las cabinas señaladas con los números doce y trece.
—Hicimos que nos prepararan la cama de uno de los dos compartimientos mientras estábamos en el coche comedor. Al volver nos sentamos un rato en el otro.
—¿En cuál?
—En el número trece. Jugamos a cientos. A eso de las once mi esposa se retiró a descansar. El encargado hizo mi cama también y me acosté. Dormí profundamente hasta la mañana.
—¿Se dio usted cuenta de la detención del tren?
—No me enteré hasta esta mañana.
—¿Y su esposa?
El conde sonrió.
—Mi esposa siempre toma un somnífero cuando viaja. Y anoche tomó su acostumbrada dosis de Trional.
Hizo una pausa.
—Siento no poder ayudarles de algún modo.
Poirot le pasó una hoja de papel y una pluma.
—Gracias, señor conde. Es una mera formalidad. ¿Tendrá usted la amabilidad de dejarme su nombre y dirección?
El conde los escribió lenta y cuidadosamente sin titubeos.
—Ha hecho usted bien en obligarme a que los escriba —dijo en tono humorístico—. La ortografía de mi país es un poco difícil para los que no están familiarizados con el idioma.
Entregó la hoja de papel a Poirot y se puso en pie.
—Considero completamente innecesario que mi esposa venga aquí —dijo—. No podría agregar gran cosa a lo dicho por mí.
Se avivó ligeramente la mirada de Poirot.
—Indudable, indudable —dijo—. Pero me agradará cambiar unas palabras con la señora condesa.
—Le aseguro a usted que es completamente innecesario.
Su voz adquirió un tono autoritario. Poirot sonrió amablemente.
—Será una mera formalidad —explicó—. Usted comprenderá que es necesario para mi informe.
—Como usted guste.
El conde cedió de mala gana. Hizo una pequeña reverencia y abandonó el salón.
Poirot echó mano a un pasaporte. Anotó los títulos y nombres del conde.
Acompañado por su esposa —decían los otros detalles—. Nombre de pila: Elena María. Apellido de soltera: Goldenberg. Edad: veinte años. Un funcionario descuidado había dejado caer una mancha de grasa en el documento.
—Un pasaporte diplomático —dijo monsieur Bouc—. Tenemos que llevar cuidado en no molestarles, amigo mío. Esta gente no puede tener nada que ver con el asesinato.
—Pierda cuidado, mon vieux; obraré con el tacto más exquisito. Es una mera formalidad.
Bajó la voz al entrar la condesa Andrenyi en el coche. Parecía tímida y extremadamente encantadora.
—¿Desean ustedes hablarme, caballeros?
—Una mera formalidad, señora condesa —dijo Poirot, levantándose galantemente e indicándole el asiento frente a él—. Es sólo para preguntarle si vio u oyó usted la noche pasada algo que pueda arrojar alguna luz sobre el asunto.
—Nada en absoluto, señor. Estuve dormida.
—¿No oyó usted, por ejemplo, un alboroto en el compartimiento inmediato al suyo? La señora norteamericana que lo ocupa tuvo un ataque de nervios y tocó el timbre, llamando insistentemente al encargado.
—No oí nada, señor. Había tomado un somnífero.
—¡Ah! Comprendo. Bien, no necesito detenerla más... Un momento —añadió apresuradamente al ver que ella se ponía en pie—. Estos datos de su nombre, edad y demás, ¿están bien?
—Completamente, señor.
—¿Tendrá usted la amabilidad de firmar esta nota a ese efecto? La condesa firmó rápidamente, con una graciosa letra: «Elena Andrenyi».
—¿Acompañó usted a su marido a Estados Unidos, madame?
—No, señor —sonrió ella, enrojeciendo ligeramente—. No estábamos casados entonces; llevamos casados solamente un año.
—Muchas gracias, madame. Una pregunta incidental: ¿fuma su marido?
—Sí.
—¿En pipa?
—No. Cigarrillos y cigarros.
—¡Ah! Gracias.
Ella se detuvo y sus ojos le observaron con curiosidad. Ojos adorables, de forma de almendra, con largas pestañas que rozaban la exquisita palidez de sus mejillas. Sus labios, pintados en color escarlata, a la moda extranjera, estaban ligeramente entreabiertos. Tenía una belleza exótica.
—¿Por qué pregunta eso?
—Los detectives hacemos toda clase de preguntas, señora —sonrió Poirot—. ¿Quiere usted decirme, por ejemplo, el color de su bata?
Ella se le quedó mirando. Luego se echó a reír.
—Es de gasa color marfil. ¿Es realmente importante?
—Importantísimo, señora.
—¿De verdad es usted un detective? —preguntó ella con curiosidad.
—A su servicio, señora.
—Yo creía que no teníamos detectives en el tren mientras pasábamos por Yugoslavia hasta... llegar a Italia.
—Yo no soy un detective yugoslavo, madame. Soy un detective internacional.
—¿Pertenece usted a la Sociedad de Naciones?
—Pertenezco al mundo, madame —contestó dramáticamente Poirot—. Trabajo principalmente en Londres. ¿Habla usted inglés? —preguntó en aquel idioma.
—Sí, un poco.
Su acento era encantador.
Poirot se inclinó de nuevo.
—No la detendremos a usted más, madame. Como usted ha visto, no ha sido tan terrible el interrogatorio.
Ella sonrió, inclinó la cabeza y echó a andar.
Elle est une jolie femme —suspiró monsieur Bouc—. Pero no nos ha dicho gran cosa.
—No —convino Poirot—; son dos personas que no han visto ni oído nada.
—¿Llamamos ahora al italiano?
Poirot no contestó por el momento. Estaba observando una mancha de grasa en un pasaporte diplomático húngaro.


VIII

Declaración del coronel Arbuthnot


Poirot salió de su abstracción con un ligero sobresalto. Sus ojos parpadearon un poco al encontrarse con la ávida mirada de monsieur Bouc.
—¡ Ah, mi querido amigo! —dijo—. Me he hecho eso que llaman snob. Opino que debe atenderse a la primera clase antes que a la segunda. Interroguemos, pues, a continuación al apuesto coronel Arbuthnot.
Como el francés del coronel era bastante limitado, Poirot decidió conducir el interrogatorio en inglés.
Quedaron anotados el nombre, edad, dirección y graduación militar, y Poirot prosiguió:
—¿Regresa usted de la India con lo que llaman licencia... y nosotros llamamos en permission?
El coronel Arbuthnot contestó, con verdadero laconismo británico:
Sí.
—Pero, ¿no está usted obligado a viajar en un barco oficial?
—No. He preferido viajar por tierra por razones completamente particulares. —«Y de las que no tengo que dar cuenta a ningún gaznápiro», pareció añadir el tono de su voz.
—¿Viene usted directamente de la India?
—Me detuve una noche en Ur y durante tres días en Bagdad con un coronel amigo mío —contestó el coronel Arbuthnot, secamente.
—Se detuvo tres días en Bagdad. Tengo entendido que la joven inglesa, miss Debenham, viene también de Bagdad.
—No. La vi por primera vez como compañera de coche en el trayecto de Kirkuk a Nissibin.
Poirot se inclinó hacia delante, y su acento se hizo más persuasivo y extranjerizado de lo necesario.
—Señor, voy a suplicarle una cosa. Usted y miss Debenham son los únicos ingleses que hay en todo el tren. Me interesaría saber la opinión que cada uno de ustedes tienen del otro.
—La pregunta me parece altamente impertinente —dijo el coronel con frialdad.
—No lo crea. Considere que el crimen fue, según todas las probabilidades, cometido por una mujer. Hasta el mismo jefe de tren dijo en seguida: «Es una mujer». ¿Cuál debe ser entonces mi primera tarea? Dar a todas las mujeres que viajan en el coche Estambul-Calais lo que los norteamericanos llaman «un vistazo». Pero juzgar a una inglesa es difícil. Son muy reservados los ingleses. Por eso acudo a usted, señor, en interés de la justicia. ¿Qué clase de persona es miss Debenham? ¿Qué sabe usted de ella?
—Miss Debenham —dijo el coronel con cierto entusiasmo— es una dama.
—¡Ah! —exclamó Poirot, fingiendo gran satisfacción—. ¿Así que usted no cree que esté complicada en el crimen?
—La idea es absurda —replicó Arbuthnot—. El individuo era un perfecto desconocido..., ella no le había visto jamás.
—¿Se lo dijo ella así?
—En efecto. Estuvimos hablando de su aspecto desagradable. Si está complicada una mujer, como usted parece creer (a mi juicio sin fundamento alguno), puedo asegurarle que no será miss Debenham.
—Habla usted del asunto con mucho interés —dijo Poirot con una sonrisa.
El coronel Arbuthnot le lanzó una fría mirada.
—Realmente no sé lo que quiere usted decir.
La mirada pareció acobardar a Poirot. Bajó los ojos y empezó a revolver los papeles que tenía delante.
—Todo esto carece de importancia —dijo—. Seamos prácticos y volvamos a los hechos. Tenemos razones para creer que el crimen se perpetró a la una y cuarto de la pasada noche. Forma parte de la necesaria rutina preguntar a todos los viajeros qué estaban haciendo a aquella hora.
—A la una y cuarto, si mal no recuerdo, yo estaba hablando con el joven norteamericano..., el secretario del hombre muerto.
—¡Ah! ¿Estuvo usted en su compartimiento, o él en el de usted?
—Yo estuve en el suyo.
—¿En el del joven que se llama MacQueen?
Sí.
—¿Era amigo o conocido de usted?
—No. Nunca le había visto antes de este viaje. Entablamos ayer una conversación casual y ambos nos sentimos interesados. A mí, por lo general, no me agradan los norteamericanos..., no estoy acostumbrado a ellos...
Poirot sonrió al recordar la opinión de MacQueen sobre los británicos.
—... pero me fue simpático este joven. Sus ideas sobre la situación de la India son completamente erróneas; esto es lo peor que tienen los norteamericanos... son demasiado sentimentales e idealistas. Bien, como iba diciendo, le interesó mucho lo que yo decía. Tengo casi treinta años de experiencia en el país. Y a mí me interesaba lo que él tenía que decirme sobre la situación financiera de Estados Unidos. Después hablamos de política mundial. Cuando miré el reloj me sorprendió ver que eran las dos menos cuarto.
—¿Fue ésa la hora en que interrumpieron ustedes su conversación?
Sí.
—¿Qué hizo usted después?
—Me dirigí a la cabina y me acosté.
—¿Estaba ya hecha su cama?
—Sí.
—¿Es el compartimiento..., veamos..., número quince..., el penúltimo en el extremo contrario del coche comedor?
—Sí.
—¿Dónde estaba el encargado cuando usted se dirigía a él?
—Sentado al final del pasillo. Por cierto que MacQueen le llamó cuando yo entraba en mi cabina.
—¿Para qué le llamó?
—Supongo que para que le hiciera la cama. La cabina no estaba preparada para pasar la noche.
—Muy bien, coronel Arbuthnot; le ruego ahora que trate de recordar con el mayor cuidado. Durante el tiempo que estuvo usted hablando con mister MacQueen, ¿pasó alguien por el pasillo?
—Supongo que mucha gente, pero no me fijé.
—¡Ah!, pero yo me refiero a..., pongamos durante la última hora y media de su conversación. ¿Bajaron ustedes en Vincovci?
—Sí, pero solamente unos minutos. Había ventisca y el frío era algo espantoso. Deseaba uno volver al coche, aunque opino que es escandalosa la manera que tienen de calentar estos trenes.
Monsieur Bouc suspiró.
—Es muy difícil complacer a todo el mundo —dijo—. Los ingleses lo abren todo, luego llegan otros y lo cierran. Es muy difícil.
Ni Poirot ni el coronel Arbuthnot le prestaron la menor atención.
—Ahora, señor, haga retroceder su imaginación —dijo animosamente Poirot—. Hacía frío fuera. Ustedes habían regresado al tren. Volvieron a sentarse. Se pusieron a fumar. ¿Quizá cigarrillos, quizás una pipa?
Hizo una pausa de una fracción de segundo.
—Yo, una pipa. MacQueen, cigarrillos —aclaró el coronel.
—El tren reanudó la marcha. Usted fumaba su pipa. Hablaron del estado de Europa..., del mundo. Era tarde ya. La mayoría de la gente se había retirado a descansar. Alguien pasó por delante de la puerta..., ¿recuerda?
Arbuthnot frunció el entrecejo en su esfuerzo por recordar.
—Es difícil —murmuró—. Mi atención estaba distraída en aquel momento.
—Pero usted tiene para los detalles las dotes de observación del soldado. Usted observa sin observar, por así decirlo.
El coronel volvió a reflexionar, pero sin mejor resultado.
—No recuerdo —dijo— que nadie pasase por el pasillo, excepto el encargado. Espere un momento..., me parece que también hubo una mujer.
—¿La vio usted? ¿Era vieja..., joven?
—No la vi. No estaba mirando en aquella dirección. Sólo recuerdo un roce y una especie de olor a perfume.
—¿A perfume? ¿Un buen perfume?
—Más bien uno de esos que huelen a cien metros. Pero no olvide usted —añadió el coronel apresuradamente— que esto pudo ser a hora más temprana de la noche. Fue, como usted acaba de decir, una de esas cosas que se observan sin observarlas. Yo me diría a cierta hora de aquella noche: «Mujer..., perfume..., ¡qué aroma más fuerte!». Pero no puedo estar seguro de cuándo fue, sólo puedo decir que... ¡Oh, sí! Tuvo que ser después de Vincovci.
—¿Por qué?
—Porque recuerdo que percibí el aroma cuando estábamos hablando del completo derrumbamiento del Plan Quinquenal de Stalin. Ahora sé que la idea «mujer» me trajo a la imaginación la situación de las mujeres en Rusia. Y sé también que no abordamos el tema de Rusia hasta casi al final de nuestra conversación.
—¿No puede usted concretar más?
—No..., no. Debió de ser dentro de la última media hora.
—¿Fue después de detenerse el tren?
—Sí, estoy casi seguro.
—Bien, dejemos eso. ¿Ha estado alguna vez en Estados Unidos, coronel Arbuthnot?
—Nunca. No quise ir.
—¿Conoció usted en alguna ocasión al coronel Armstrong?
—Armstrong... Armstrong... He conocido dos o tres Armstrong. Había un Tommy Armstrong en el sesenta. ¿Se refiere usted a él? Y Salby Armstrong... que fue muerto en el Somme.
—Me refiero al coronel Armstrong, que se casó con una norteamericana y cuya hija única fue secuestrada y asesinada.
—¡Ah, sí! Recuerdo haber leído eso. Feo asunto. Al coronel no llegué a conocerle, pero he oído hablar de él. Tommy Armstrong. Buen muchacho. Todos le querían. Tenía una carrera muy distinguida. Ganó la Cruz de la Guerra.
—El hombre asesinado anoche era el responsable del asesinato de la hijita del coronel Armstrong.
El rostro de Arbuthnot se ensombreció.
—Entonces, en mi opinión, el miserable merecía lo que le sucedió. Aunque yo hubiera preferido verle ahorcado, o electrocutado como se estila allí.
—¿Es que prefiere usted la ley y el orden a la venganza privada?
—Lo que sé es que no es posible andar apuñalándonos unos a otros como corsos o como la Mafia. Dígase lo que se quiera, el juicio por jurados es un buen sistema.
Poirot le miró unos minutos pensativo.
—Sí —dijo—. Estaba seguro de que ése sería su punto de vista. Bien, coronel Arbuthnot, me parece que no tengo nada más que preguntarle. ¿No recuerda usted nada que le llamase anoche la atención de algún modo... o que, pensándolo bien, le parezca ahora sospechoso?
Arbuthnot reflexionó unos momentos.
—No —dijo—. Nada en absoluto. A menos que...
—Continúe, se lo ruego.
—No es nada, realmente. Sólo un mero detalle. Al volver a mi cabina me di cuenta de que la siguiente a la mía, la del final...
—Sí, la dieciséis...
—Bien, pues no tenía la puerta completamente cerrada. Y el individuo que estaba dentro miraba de una manera furtiva por la rendija. Luego cerró la puerta rápidamente. Sé que no tiene nada de particular, pero me pareció algo extraño. Quiero decir que es completamente normal abrir una puerta y asomar la cabeza para ver algo, pero fue el modo furtivo lo que me llamó la atención.
—Es natural —dijo Poirot, no muy convencido.
—Ya le dije que es un detalle insignificante —repitió Arbuthnot, disculpándose—. Pero ya sabe usted que en las primeras horas de la mañana todo está muy silencioso... y el detalle tenía un aspecto siniestro... como en una historia de detectives. Una tontería, realmente.
Se puso en pie dispuesto a marcharse y, decidido, dijo:
—Bien, si no me necesitan para nada más...
—Gracias, coronel Arbuthnot; nada más por ahora.
El coronel titubeó un momento. Su natural repugnancia a ser interrogado por extranjeros se había evaporado.
—En cuanto a miss Debenham —dijo con cierta timidez—, pueden ustedes creerme que es toda una dama. Respondo de ella. Es una pukka sahib.
El coronel enrojeció ligeramente y se retiró.
—¿Qué es una pukka sahib?preguntó el doctor Constantine con interés.
—Significa —dijo Poirot— que el padre y los hermanos de miss Debenham se educaron en la misma escuela que el coronel Arbuthnot.
—¡Oh! —exclamó el doctor Constantine, decepcionado—. Entonces no tiene nada que ver con el crimen.
—En absoluto —dijo Poirot.
Quedó abstraído, tamborileando ligeramente sobre la mesa. Luego levantó la mirada.
—El coronel Arbuthnot fuma en pipa —dijo—. En el compartimiento de mister Ratchett yo encontré un limpiapipas. Mister Ratchett fumaba solamente cigarros.
—¿Cree usted que...?
—Es el único que ha confesado hasta ahora que fuma en pipa. Y ha oído hablar del coronel Armstrong. Quizá realmente le conocía, aunque no quiere confesarlo.
—¿Así que cree usted posible...?
Poirot movió violentamente la cabeza.
—Lo contrario, precisamente... que es imposible... completamente imposible que un inglés, honorable y ligeramente necio, apuñale a un enemigo doce veces con un cuchillo. ¿No comprenden ustedes, amigos míos, lo imposible que es esto?
—Eso es psicología —rió monsieur Bouc.
—Y hay que respetar la psicología. Este crimen tiene una firma y no ciertamente la del coronel Arbuthnot. Pero vamos ahora a nuestro siguiente interrogatorio.
Esta vez monsieur Bouc no mencionó al italiano. Pero se acordó de él.


IX

Declaración de mister Hardman


El último de los viajeros de primera clase que debía pasar el interrogatorio era mister Hardman, el corpulento y extravagante norteamericano que había compartido la mesa con el italiano y el criado.
Vestía un terno muy llamativo, una camisa rosa, un alfiler de corbata deslumbrante y daba vueltas a algo en la boca cuando entró en el coche comedor. Tenía su rostro mofletudo y una expresión jovial.
—Buenos días, señores —saludó—. ¿En qué puedo servirles?
—Le supongo a usted enterado del asesinato ocurrido, mister... Hardman.
—Ciertamente —contestó el norteamericano, removiendo la goma de mascar.
—Tenemos necesidad de interrogar a todos los viajeros del tren.
—Me parece perfecto. Es el único modo de aclarar el asunto.
Poirot consultó el pasaporte que tenía delante.
—Usted es Cyrus Bentham Hardman, súbdito de los Estados Unidos, de cuarenta y un años de edad, viajante, vendedor de cintas para máquinas de escribir.
—Exacto, ése soy yo.
—¿Se dirige usted de Estambul a París?
—Así es.
—¿Motivos?
—Negocios.
—¿Viaja usted siempre en primera clase, mister Hardman?
—Sí, señor. La casa me paga los gastos.
—Ahora, mister Hardman, hablemos de los acontecimientos de la noche pasada.
El norteamericano asintió. Acomodóse frente a Poirot.
—¿Qué puede usted decirnos sobre el asunto?
—Exactamente nada.
—Es una lástima. Quizá quiera usted explicarnos, también exactamente, qué hizo la noche pasada a partir de la hora de la cena.
Por primera vez el norteamericano pareció no tener pronta la respuesta.
—Perdónenme, caballeros —contestó al fin—; pero, ¿quiénes son ustedes? Quisiera saberlo.
—Le presento a usted a monsieur Bouc, director de la Compagnie Internationale des Wagons Lits. Este otro caballero es el doctor que examinó el cadáver.
—¿Y usted?
—Yo soy Hércules Poirot. Estoy designado por la Compañía para investigar este asunto.
—He oído hablar de usted —dijo mister Hardman. Luego reflexionó durante unos minutos—. Creo —dijo al fin— que lo mejor será que hable claro.
—Me parece, en efecto, muy conveniente para usted —dijo secamente Poirot.
—Habría usted dicho una gran verdad si hubiese algo que yo supiese. Pero no sé nada en absoluto, como dije antes. No obstante, yo tendría que saber algo. Esto es lo que me tiene disgustado. Tendría que saber algo.
—Tenga la bondad de explicarse, mister Hardman.
Mister Hardman suspiró, se sacó el chicle de la boca y se lo guardó en el bolsillo. Al mismo tiempo toda su personalidad pareció sufrir un cambio, se transformó en un personaje menos cómico y más real. Las resonancias nasales de su voz se modificaron también profundamente.
—Ese pasaporte está un poco alterado —dijo—. He aquí quien realmente soy:

Mister cyrus B. hardman
Agencia de detectives McNeil
Nueva York

Poirot conocía el nombre. Era una de las más conocidas y afamadas agencias de detectives particulares de Nueva York.
—Sepamos ahora lo que esto significa, mister Hardman —dijo Poirot.
—Es muy sencillo. He venido a Europa siguiendo la pista de una pareja de estafadores que nada tiene que ver con este asunto. La caza terminó en Estambul. Telegrafié al jefe y recibí sus instrucciones para el regreso, y me encontraría en camino para mi querida Nueva York si no hubiera recibido esto.
Entregó a Poirot una carta.
Llevaba el membrete del hotel Tokatlian.

Muy señor mío: Me ha sido usted indicado como miembro de la agencia de detectives McNeil. Tenga la bondad de venir a mis habitaciones esta tarde, a las cuatro.

Estaba firmada: S. E. Ratchett.
—Eh bien!
—Me presenté a la hora indicada y mister Ratchett me informó de la situación. Me enseñó un par de cartas que había recibido.
—¿Estaba alarmado?
—Fingía no estarlo, pero se le adivinaba. Me hizo una proposición. Yo debía viajar en el mismo tren que él hasta París y cuidar de que nadie le agrediese. Y eso hice, caballeros: viajé en el mismo tren y, a pesar mío, alguien le mató. Esto es lo que me tiene disgustado. No he desempeñado un lucido papel, ciertamente.
—¿Le dio a usted alguna indicación de lo que debía hacer?
—Ya lo creo. Lo tenía todo estudiado. Su idea era que yo viajase en el compartimiento inmediato al suyo..., pero no pudo ser. Lo único que logré conseguir fue la cabina número dieciséis y me costó bastante trabajo. Sospecho que el encargado se la reservaba para sacarle provecho. Pero no tiene importancia. A mí me pareció que la cabina dieciséis ocupaba una excelente posición estratégica. Teníamos solamente el coche comedor delante del coche cama de Estambul, y la puerta de comunicación de la plataforma anterior estaba cerrada por la noche. El único sitio por donde podía entrar un asesino era la puerta trasera de la plataforma o por la parte posterior del tren, y en uno u otro caso tenía que pasar por delante de mi compartimiento.
—Supongo que no tendría usted idea de la identidad del posible asaltante.
—Conocía su aspecto. Mister Ratchett me lo había descrito.
—¿Cómo?
Los tres hombres se inclinaron ávidamente hacia delante.
Hardman prosiguió:
—Un individuo pequeño, moreno, con voz atiplada..., así me lo describió el viejo. Dijo también que no creía que sucediera nada la primera noche. Era más probable que se decidiera a dar el golpe en la segunda o tercera.
—Sabía algo —comentó monsieur Bouc.
—Ciertamente que sabía más de lo que dijo a su secretario —confirmó pensativo Poirot—. ¿Le contó a usted algo de su enemigo? ¿Le dijo, por ejemplo, por qué estaba amenazada su vida?
—No; más bien se mostró reticente en ese punto. Dijo únicamente que el individuo estaba decidido a matarle y que no dejaría de intentarlo.
—Un individuo bajo, moreno, con una voz atiplada —repitió Poirot.
Luego, lanzando a Hardman una penetrante mirada, prosiguió:
—Usted, por supuesto, sabía quién era.
—¿Quién, señor?
—Ratchett. ¿Le reconoció usted?
—No le comprendo.
—Ratchett era Cassetti, el asesino del caso Armstrong.
Mister Hardman lanzó un prolongado silbido.
—¡Eso es ciertamente una sorpresa! —exclamó—. ¡Y de las grandes! No, no le reconocí. Yo estaba en el oeste cuando ocurrió aquel suceso. Supongo que vería fotos de él en los periódicos, pero yo no reconocería a mi propia madre en un retrato de la prensa.
—¿Conoce usted a alguien relacionado con el caso Armstrong, que responda a esa descripción: bajo, moreno, con voz atiplada?
Hardman reflexionó unos momentos.
—Es difícil de contestar. Casi todos los relacionados con aquel caso han muerto.
—Recuerde la muchacha aquella que se arrojó por la ventana...
—La recuerdo. Era extranjera..., de no sé dónde. Quizá tuviese origen italiano. Pero usted tiene también que recordar que hubo otros casos además del de Armstrong. Cassetti llevaba explotando algún tiempo el negocio de los secuestros. Usted no puede fijarse en el caso de la familia Armstrong solamente.
—¡Ah! Pero es que tenemos razones para creer que este crimen está relacionado con él.
—Pues no puedo recordar a nadie con esas señas complicado en el caso Armstrong—dijo el norteamericano lentamente—. Claro que no intervine en él y no estoy muy enterado.
—Bien, continúe usted su relato, mister Hardman.
—Queda poco por decir. Yo dormía durante el día y permanecía despierto por la noche, vigilando. Nada sospechoso sucedió la primera noche. La pasada tampoco noté nada anormal, y eso que tenía mi puerta entreabierta para observar. No pasó ningún desconocido por allí.
—¿Está usted seguro de eso, mister Hardman?
—Completamente seguro. Nadie subió al tren desde el exterior y nadie atravesó el pasillo procedente de los coches de atrás. Eso puedo jurarlo.
—¿Podía usted ver al encargado desde su puesto de observación?
—Sí. Estaba sentado en aquella pequeña banqueta, casi junto a mi puerta.
—¿Abandonó alguna vez aquel asiento desde que se detuvo el tren en Vincovci?
—¿Fue ésta la última estación? ¡Oh, sí! Contestó a un par de llamadas, casi inmediatamente después de detenerse el tren. Luego pasó por delante de mí para dirigirse al coche posterior y estuvo en él como cosa de un cuarto de hora. Sonaba furiosamente el timbre y acudió corriendo. Yo salí al pasillo para ver de qué se trataba, pues me sentía un poco nervioso, pero era solamente una dama norteamericana. La buena señora armó un escándalo a propósito de no sé qué. El conductor se dirigió después a otra cabina y fue a buscar una botella de agua mineral para alguien. Luego volvió a ocupar su asiento hasta que le llamaron del otro extremo para hacer la cama a no sé quién. No creo que se moviese ya hasta las cinco de la mañana.
—¿Se quedó dormido?
—No lo sé. Quizá sí.
Poirot jugaba automáticamente con los papeles que tenía en la mesa. Sus manos cogieron una vez más la tarjeta de Hardman.
—Tenga la bondad de poner aquí su dirección —dijo—. Supongo que no habrá nadie que pueda confirmar la historia de su identidad.
—¿Aquí en el tren? Creo que no. A menos que se preste a ello el joven MacQueen. Yo le conozco bastante, porque le he visto en la oficina de su padre, en Nueva York, pero no sé si él me recordará. Lo más seguro, monsieur Poirot, es que tenga que cablegrafiar a Nueva York cuando lo permita la nieve. Pero esté tranquilo. No le he mentido en nada. Bien, caballeros, hasta la vista. Encantado de haberle conocido, monsieur Poirot.
Poirot sacó su pitillera.
—Quizá prefiera una pipa —dijo, ofreciéndosela.
—No fumo en pipa —contestó el norteamericano. Aceptó el cigarrillo y abandonó el salón.
Los tres hombres se miraron unos a otros.
—¿Cree usted que ha sido sincero? —preguntó el doctor Constantine.
—Sí, sí. Conozco al tipo. Además, es una historia que será fácil de comprobar.
—Un individuo bajo, moreno, con voz atiplada —repitió pensativo monsieur Bouc.
—Descripción que no se amolda a ninguno de los viajeros del tren —dijo pensativo Poirot.


X

Declaración del italiano


—Y ahora —dijo Poirot, haciendo un guiño— alegraremos el corazón a monsieur Bouc y llamaremos al italiano.
Antonio Foscarelli entró en el coche comedor con paso rápido y felino. Tenía un típico rostro italiano, carilleno y moreno. Hablaba bien el francés, con sólo un ligero acento.
—¿Su nombre es Antonio Foscarelli?
—Sí, señor.
—Tengo entendido que está usted naturalizado ciudadano norteamericano.
—Sí, señor. Es mejor para mi negocio.
—¿Es usted vendedor de la Ford?
—Sí, verá usted...
Siguió una voluble exposición, al final de la cual los tres hombres quedaron enterados de los procedimientos de venta de Foscarelli, de sus viajes, de sus ingresos y de su opinión sobre los Estados Unidos. Los demás países europeos le parecían un factor casi despreciable. No había que sacarle las palabras a la fuerza; las vomitaba a chorros voluntariamente.
Su rostro bonachón e infantil resplandecía de satisfacción cuando, con un último gesto elocuente, hizo una pausa y se enjugó la frente con un pañuelo.
—Ya ven ustedes —dijo— que mi negocio es floreciente. Soy un hombre moderno. ¡No hay secretos para mí en cuestión de ventas!
—¿Lleva usted entonces en los Estados Unidos algo más de diez años?
—Sí, señor. ¡Ah, cómo recuerdo el día en que me embarqué para América, que me parecía tan lejos! Mi madre, mi hermanita...
Poirot le cortó la oleada de recuerdos, para preguntarle:
—Durante su estancia en los Estados Unidos, ¿tropezó alguna vez con el difunto?
—Nunca. Pero conozco el tipo. ¡Oh, sí! —añadió chasqueando expresivamente los dedos—. Muy respetable, muy bien trajeado, pero por dentro todo está podrido. O mucho me engaño o éste era un gran pillo. Le doy a usted mi opinión por lo que valga.
—Su opinión es muy acertada —dijo Poirot lacónicamente—. Ratchett era Cassetti, el secuestrador.
—¿Qué le dije a usted? He aprendido a ser muy perspicaz..., a leer las caras. Es necesario. Solamente en Estados Unidos le enseñan a uno la manera cómo hay que vender.
—¿Recuerda usted el caso Armstrong?
—No del todo. Me parece que secuestraron a una chiquilla, una criaturita..., ¿no es eso?
—Sí, un caso muy trágico.
—Esas cosas sólo suceden en las grandes civilizaciones como Estados Unidos...
Poirot le atajó:
—¿Conoció usted a algún miembro de la familia Armstrong?
—No, no lo creo. Aunque es posible, porque trata uno con tanta gente... Le daré a usted algunas cifras. Solamente el último año vendí...
—Señor, tenga la bondad de ceñirse al asunto.
Las manos del italiano se agitaron en gesto de disculpa.
—Mil perdones.
—Dígame usted qué hizo la noche pasada, a partir de la hora de la cena.
—Con mucho gusto. Permanecí en el comedor todo el tiempo que pude. Es muy divertido. Hablé con el señor norteamericano, compañero de mesa. Vende cintas para máquinas de escribir. Después volví a mi compartimiento. Estaba vacío. El desgraciado «John Bull» que lo comparte conmigo había ido a atender a su amo. Al fin regresó... con la cara muy larga, como de costumbre. Casi nunca me habla; sólo dice que sí y no. Raza extravagante la de los ingleses... y poco simpático. Se sentó en un rincón, muy tieso, leyendo un libro. Luego entró el encargado y nos hizo las camas.
—Números cuatro y cinco —murmuró Poirot.
—Exactamente..., el último compartimiento. La mía es la litera de arriba. Me acosté, fumé y leí. El inglesito tenía, según creo, dolor de muelas. Sacó un frasco de un líquido que olía muy fuerte. Luego se echó en la cama y gimió. Yo me quedé completamente dormido. Cuando me desperté, aún seguía gimiendo.
—¿Sabe usted si abandonó la cabina durante la noche?
—No lo creo. Lo tendría que haber oído. En cuanto entra la luz del pasillo, se despierta uno automáticamente, pensando que es el registro de aduanas de alguna frontera.
—¿Habla alguna vez de su amo? ¿Se expresa a veces ominosamente contra él?
—Le digo a usted que no habla. No es simpático. Un verdadero hueso.
—Dice usted que estuvo fumando. ¿Pipa, cigarrillo o cigarros?
—Solamente cigarrillos.
Poirot le ofreció uno, que aceptó.
—¿Ha estado alguna vez en Chicago? —inquirió monsieur Bouc.
—¡Oh, sí...! Una hermosa ciudad..., pero conozco mejor Nueva York,
Washington, Detroit. ¿Ha estado usted en los Estados Unidos? ¿No? Debe usted ir...
Poirot empujó hacia él una hoja de papel.
—Tenga la bondad de firmar esto y poner su dirección permanente.
El italiano lo hizo así. Luego se puso en pie, sonriendo como siempre.
—¿Esto es todo? ¿No me necesitan para nada? Buenos días, señores. A ver si salimos pronto de la nieve. Tengo una cita en Milán... Perderé el negocio.
Se alejó.
Poirot miró a su amigo.
—Lleva mucho tiempo en Estados Unidos —dijo monsieur Bouc— y es italiano, ¡y los italianos manejan el cuchillo! ¡Y son muy embusteros! No me gustan los italianos.
—Ya se ve —dijo Poirot, con una sonrisa—. Bien, quizá tenga usted razón, pero debo hacerle observar, amigo mío, que no hay absolutamente ningún indicio contra ese hombre.
—¿Y qué hay de la psicología? ¿No acuchillan los italianos?
—Sin duda —dijo Poirot—. Especialmente en el calor de una disputa. Pero éste... éste es un crimen muy diferente. Tengo, amigo mío, una pequeña idea de que es un crimen cuidadosamente planeado y ejecutado. No es..., ¿cómo diría yo?, un crimen latino. Es un crimen que indica un cerebro frío, resuelto, lleno de recursos..., un cerebro anglosajón.
Recogió los dos últimos pasaportes.
—Veamos ahora —añadió— a miss Mary Debenham.


XI

Declaración de miss Debenham


Cuando Mary Debenham entró en el comedor, confirmó el juicio que Poirot se había formado de ella.
Iba correctamente vestida con una falda negra y una blusa gris de gusto francés; las ondas de sus oscuros cabellos parecían hechas a molde, sin un solo pelo rebelde, y sus modales, tranquilos e imperturbables, estaban a tono con sus cabellos.
Se sentó frente a Poirot y monsieur Bouc y los miró interrogativamente.
—¿Se llama usted Mary Hermione Debenham, de veintiséis años de edad? —empezó preguntando Poirot.
—Sí.
—¿Inglesa?
—Sí.
—¿Tiene la bondad de escribir su dirección permanente en este pedazo de papel?
Miss Debenham lo hizo así. Su letra era clara y legible.
—Y ahora, señorita, ¿qué tiene usted que decirnos de lo ocurrido anoche?
—Lamento no poder decirles nada. Me fui a dormir.
—¿Le disgusta que se haya cometido un crimen en este tren?
La pregunta era claramente inesperada. Los grises ojos de la joven mostraron su extrañeza.
—No acabo de comprenderle a usted.
—Sin embargo, mi pregunta ha sido sencillísima, señorita. La repetiré. ¿Está usted muy disgustada porque se haya cometido un crimen en este tren?
—Realmente, no había pensado en él desde ese punto de vista. La verdad es que no puedo decir que estoy afligida ni disgustada.
—¿Considera usted un crimen como una cosa corriente?
—Es, naturalmente, algo desagradable que ocurre de vez en cuando —dijo Mary Debenham, con toda tranquilidad.
—Es usted muy anglosajona, señorita. Desconoce usted lo que es emoción.
La joven sonrió ligeramente.
—Lo que pasa es que carezco de histerismo para demostrar mi sensibilidad. Por otra parte, la gente muere todos los días.
—Muere, sí. Pero el asesinato es un poco más raro.
—¡Oh, claro!
—¿Conocía usted al hombre muerto?
—Le vi por primera vez cuando comimos ayer aquí.
—¿Y qué le pareció a usted?
—Apenas me fijé en él.
—¿No le impresionó a usted como un personaje siniestro y repulsivo? La joven se encogió ligeramente de hombros.
—Realmente, no me impresionó de ninguna manera.
Poirot le lanzó una penetrante mirada.
—Me parece que siente usted cierto desprecio por el modo que tengo de llevar mis investigaciones —dijo sonriendo—. No es así, piensa usted, como las llevaría un inglés. Un inglés se atendría únicamente a los hechos, y procedería ordenada y metódicamente como si se tratase de un negocio. Pero yo tengo mis pequeñas originalidades, señorita. Primero miro a mi sujeto, procuro formarme una idea de su carácter y formulo mis preguntas de acuerdo con él. Hace apenas un minuto interrogué a un caballero que quería exponerme sus ideas sobre todos los asuntos. Bien, pues le hice ceñirse estrictamente a un solo punto. Le obligué a contestar sí o no, esto o aquello. Luego se ha presentado usted y en seguida me he dado cuenta de que es ordenada y metódica, de que sus respuestas serían breves y precisas. Pero como la naturaleza humana es perversa, señorita, le he hecho a usted preguntas completamente inesperadas. Necesito saber lo que siente y lo que piensa con certeza. ¿No le agrada a usted este método?
—Si me lo perdona usted, le diré que me parece una pérdida de tiempo. Que a mí me agradase o no el rostro de mister Ratchett no parece que pueda contribuir a descubrir quién lo mató.
—¿Sabe usted quién era realmente mister Ratchett, señorita?
La joven hizo un gesto afirmativo.
—Mistress Hubbard lo anda diciendo a todo el mundo.
—¿Y qué opina usted del asunto Armstrong?
—Fue completamente abominable —dijo enérgicamente la joven.
Poirot la miró pensativo.
—¿Viene usted de Bagdad, miss Debenham?
—Sí.
—¿Va usted a Londres?
—Sí.
—¿En qué se ocupó usted en Bagdad?
—He sido institutriz de dos niños.
—¿Regresará usted a su puesto después de estas vacaciones?
—No estoy segura.
—¿Por qué?
—Bagdad no acaba de agradarme. Preferiría una ocupación en Londres, si encontrase algo que me conviniera.
—Comprendo. Creí que quizá fuese usted a casarse.
Miss Debenham no contestó. Levantó los ojos y miró a Poirot en pleno rostro. Aquella mirada decía con toda claridad: «Es usted un impertinente».
—¿Qué opinión tiene usted sobre la señorita con quien comparte su compartimiento... miss Olhsson?
—Parece una criatura simpática y sencilla.
—¿De qué color es su bata?
Mary Debenham pareció asombrarse.
—Una especie de color café... de lana natural.
—¡Ah! Espero que podré mencionar sin indiscreción que me fijé en el color de su bata de usted en el trayecto de Alepo a Estambul. Un malva pálido, según creo.
—Sí, así es.
—¿Tiene usted alguna otra bata, señorita? ¿Una bata escarlata, por ejemplo?
—No, ésa no es mía —contestó resuelta miss Mary.
Poirot se inclinó como un gato que va a echar la zarpa a un ratón.
—¿De quién, entonces?
La joven se echó un poco hacia atrás, desconcertada.
—No sé lo que quiere usted decir.
—Usted no dice: «no tengo tal cosa». Usted dice: «no es mío», con lo que da a entender que tal cosa pertenece a otra persona. ¿A cuál?
—No lo sé. Esta mañana me desperté a eso de las cinco con la sensación de que el tren llevaba parado largo tiempo. Abrí la puerta y me asomé al pasillo, pensando que quizás estuviéramos en una estación. Entonces vi a alguien con quimono escarlata al otro extremo del pasillo.
—¿Y no sabe quién era? ¿Era una mujer rubia, morena o con los cabellos grises?
—No lo puedo decir. Llevaba puesto un gorrito y sólo vi la parte posterior de su cabeza.
—¿Y la figura?
—Alta y delgada, me pareció, pero no estoy muy segura. El quimono estaba bordado con dragones.
—Sí, sí, eso es, dragones.
Guardó silencio un momento. Luego murmuró para sí:
—No lo comprendo. Nada de esto tiene sentido. No necesito detenerla más, señorita —dijo en voz alta.
La joven se puso en pie pero, ya en la puerta, titubeó un momento y volvió sobre sus pasos.
—La señora sueca... miss Olhsson, ¿sabe?, parece algo preocupada. Dice que usted le dijo que ella fue la última persona que vio vivo a ese hombre. Y cree que usted sospecha de ella por ese motivo. ¿Puedo decirle que está equivocada? Realmente, es una criatura incapaz de hacer daño a una simple mosca.
La joven sonreía débilmente mientras hablaba.
—¿A qué hora fue a buscar la aspirina a la cabina de mistress Hubbard?
—Poco después de las diez y media.
—¿Cuánto tiempo estuvo fuera?
—Unos cinco minutos.
—¿Volvió a abandonar la cabina durante la noche?
—No.
Poirot se volvió al doctor.
—¿Pudo Ratchett ser muerto a esa hora?
El doctor hizo un gesto negativo.
—Entonces creo que puede usted tranquilizar a su amiga, señorita.
—Gracias —sonrió ella de pronto, con sonrisa que invitaba a la simpatía—. Es como una ovejita. Se intranquiliza y bala.
Dicho esto, se volvió y salió.


XII

Declaración de la doncella alemana


Monsieur Bouc miró a su amigo, con curiosidad.
—No le comprendo del todo, mon vieux. ¿Cuál ha sido el objeto de su extraño interrogatorio a miss Debenham?
—He tratado de encontrar una falla.
—¿Una falla?
—Sí..., en la armadura de seriedad de esa joven. Necesitaba quebrantar su sangre fría. ¿Lo logré? No lo sé. Pero de lo que sí estoy convencido es de que ella no esperaba que yo abordase el asunto de aquel modo.
—Sospecha usted de ella —dijo lentamente monsieur Bouc—. Pero, ¿por qué? Parece una joven encantadora... y la última persona del mundo en quien yo pensaría que estuviese complicada en un crimen de esa clase.
—De acuerdo —dijo Constantine—. Es una mujer fría, sin emociones. No apuñalaría a un hombre, pudiéndole demandar ante los tribunales. Poirot suspiró.
—Deben ustedes deshacerse de su obsesión de que éste es un crimen no premeditado e imprevisto. En cuanto a las razones que me hacen sospechar de miss Debenham, existen dos. Una es algo que tuve ocasión de escuchar y que ustedes no conocen todavía.
Poirot contó a sus amigos el curioso intercambio de frases que había sorprendido en su viaje desde Alepo.
—Es curioso, ciertamente —dijo monsieur Bouc, cuando hubo terminado—. Pero necesita explicación. Si significa lo que usted supone, tanto ella como el estirado inglés están complicados en el asunto.
Poirot hizo un gesto de conformidad.
—Pero eso es precisamente lo que los hechos no demuestran de modo alguno —dijo—. Si ambos estuviesen complicados, lo que cabría esperar es que cada uno de ellos proporcionase una coartada al otro. ¿No es así? Pues nada de eso ha sucedido. La coartada de miss Debenham está atestiguada por una mujer sueca a quien ella no ha visto nunca, y la del coronel Arbuthnot lo está por la declaración de MacQueen, el secretario del hombre muerto. No, esa solución que ustedes imaginan es demasiado sencilla.
—Dijo usted que había otra razón para sus sospechas —le recordó monsieur Bouc.
Poirot sonrió.
—¡ Ah! Pero es solamente psicología. Yo me pregunto: ¿es posible que miss Debenham haya planeado este crimen? Estoy convencido de que detrás de este asunto se oculta un cerebro frío, inteligente y fértil en recursos. Miss Debenham responde a esta descripción.
—Creo que está usted equivocado, amigo mío —replicó monsieur Bouc—. No veo motivos para tomar a esa joven inglesa por una criminal.
—Ya veremos —dijo Poirot, recogiendo el último pasaporte—. Vamos ahora con el último nombre de nuestra lista: Hildegarde Schmidt, doncella.
Avisada por un empleado, Hildegarde Schmidt entró en el coche comedor y se quedó en pie, respetuosamente.
Poirot le indicó que se sentase.
La doncella lo hizo así, entrelazó las manos sobre el regazo y esperó plácidamente a que se le preguntase. Parecía una pacífica criatura, exageradamente respetuosa, quizá no muy inteligente.
El método que empleó Poirot con Hildegarde Schmidt estuvo en completo contraste con el que había empleado con Mary Debenham.
Sus palabras cordiales y bondadosas acabaron de tranquilizar a la mujer. Entonces le hizo escribir su nombre y dirección y procedió a interrogarla suavemente.
El interrogatorio tuvo lugar en alemán.
—Deseamos saber todo lo posible acerca de lo ocurrido la pasada noche —dijo—. Comprendemos que no nos podrá usted dar muchos detalles sobre el crimen en sí, pero puede haber visto u oído algo que, sin significar nada para usted, quizá sea valiosísimo para nosotros. ¿Comprende?
No parecía haber comprendido. Su ancho y bondadoso rostro siguió con expresión de plácida estupidez.
—Yo no sé nada, señor —contestó.
—Bien, ¿sabe usted, por ejemplo, que su ama la mandó llamar la noche pasada?
—Eso sí, señor.
—¿Recuerda usted la hora?
—No, señor. Estaba dormida cuando llegó el empleado a llamarme.
—Bien, bien. ¿Está usted acostumbrada a que la llamen de ese modo?
—Sí, señor. Mi señora necesita con frecuencia ayuda por la noche. No duerme bien.
—Quedamos, pues, en que recibió usted la llamada y se levantó. ¿Se puso usted una bata?
—No, señor. Me puse alguna ropa. No me gusta presentarme en bata ante Su Excelencia.
—Y, sin embargo, es una bata muy bonita..., escarlata, ¿no es cierto? Ella le miró asombrada.
—Es una bata de franela, azul oscuro, señor.
—¡Ah, perdone! Ha sido una pequeña confusión por mi parte. Estábamos en que acudió usted a la llamada de madame la princesa. ¿Y qué hizo usted cuando llegó allá?
—Le di un masaje y luego leí un rato en voz alta. No leo muy bien, pero Su Excelencia dice que lo prefiere. Por eso me llama cuando quiere dormir. Y como me había dicho que me retirara cuando estuviese dormida, cerré el libro y regresé a mi cabina.
—¿Sabe usted qué hora era?
—No, señor.
—Bien, ¿cuánto tiempo estuvo usted con madame la princesa?
—Una media hora, señor.
—Bien, continúe.
—Primero llevé a Su Excelencia otra manta de mi compartimiento. Hacía mucho frío a pesar de la calefacción. Le eché una manta encima y ella me dio las buenas noches. Puse a su lado un vaso de agua mineral, apagué la luz y me retiré.
—¿Y después?
—Nada más, señor. Regresé a mi cabina y me acosté.
—¿Y no encontró usted a nadie en el pasillo?
—No, señor.
—¿No vio usted, por ejemplo, a una señora con un quimono escarlata con dragones bordados?
Sus dulzones ojos se le quedaron mirando.
—No, por cierto, señor. No había nadie allí, excepto el empleado. Todo el mundo dormía.
—¿Pero vio usted al encargado?
—Sí, señor.
—¿Qué estaba haciendo?
—Salía de uno de los compartimientos, señor.
—¿Cómo? —Monsieur Bouc se inclinó hacia delante—. ¿De cuál?
Hildegarde Schmidt pareció asustarse y Poirot lanzó una mirada de reproche a su amigo.
—Naturalmente —dijo—. El encargado tiene que contestar a muchas llamadas durante la noche. ¿Recuerda usted de qué compartimiento salía?
—De uno situado hacia la mitad del coche. Dos o tres puertas más allá del de madame la princesa.
—¡Ah! Tenga la bondad de contarnos exactamente cómo fue lo que sucedió.
—Casi tropezó conmigo, señor. Fue cuando yo regresaba de mi cabina a la de mi señora, llevando la manta.
—¿Y él salió de un compartimiento y casi tropezó con usted? ¿En qué dirección marchaba?
—Hacia mí, señor. Murmuró unas palabras de disculpa y siguió por el pasillo hacia el coche comedor. Estaba sonando un timbre, pero no creo que lo contestase. —Hizo una pausa y añadió—: No comprendo. ¿Por qué me pregunta...?
Poirot se apresuró a tranquilizarla.
—Se trata de una mera comprobación de tiempo. Todo es cuestión de rutina. Ese pobre encargado parece haber tenido una noche muy ocupada. Primero tuvo que despertarla a usted, luego que atender a los timbres...
—No era el mismo encargado que me despertó, señor. Era otro.
—¡Ah, otro! ¿Y le había visto alguna otra vez?
—No, señor.
—¿Le reconocería si le volviera a ver?
—Creo que sí, señor.
Poirot murmuró algo al oído de monsieur Bouc. Éste se levantó y se dirigió hacia la puerta para dar una orden.
Poirot continuó su interrogatorio empleando sus maneras más amables.
—¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos, frau Schmidt?
—Nunca, señor. Debe ser un hermoso país.
—¿Se ha enterado usted de quién era realmente el hombre asesinado? Es el responsable de la muerte de una chiquilla.
—Sí, algo he oído, señor. Fue un hecho abominable..., monstruoso. El buen Dios no debía permitir tales cosas. En Alemania no somos tan malvados.
Asomaban lágrimas a los ojos de la mujer. Sus sentimientos maternales se revelaban impetuosos.
—Fue un crimen abominable —dijo gravemente Poirot—. ¿Es suyo este pañuelo, frau Schmidt? —añadió, sacando del bolsillo un cuadradito de batista.
Hubo un momento de silencio mientras la mujer lo examinaba.
—No es mío, señor —dijo al fin, ligeramente arrebolado el rostro.
—Observe usted que tiene bordada la inicial «H». Por eso creí que sería suyo.
—¡Ah, señor!, éste es un pañuelo de gran señora. Un pañuelo muy caro. Está bordado a mano. Seguramente, hecho en París.
—¿No sabe usted de quién es?
—¿Yo? ¡Oh, no, señor!
De los tres hombres que escuchaban, solamente Poirot percibió un ligero titubeo en la contestación de la mujer.
Monsieur Bouc musitó algo en su oído, Poirot asintió y dijo, dirigiéndose a la alemana:
—Van a venir los tres empleados de los coches cama. ¿Tendrá usted la bondad de decirme cuál es el que vio usted la noche pasada cuando volvía con la manta para la princesa?
Entraron los tres hombres. Pierre Michel, el rubio y corpulento encargado del coche Atenas-París, y el no menos corpulento del de Bucarest.
Hildegarde Schmidt los miró e inmediatamente movió la cabeza.
—No, señor —dijo—. Ninguno de estos hombres es el que vi anoche.
—Pues éstos son los únicos encargados del tren. Tiene usted que estar equivocada.
—Estoy completamente segura, señor. Éstos son todos altos y corpulentos. El que yo vi era bajo y moreno. Tenía un pequeño bigote. Y cuando me dijo «Pardon», noté que su voz era como de mujer. Lo recuerdo perfectamente, señor.


XIII

Resumen de las declaraciones de los viajeros


—Un individuo bajo y moreno, con voz de mujer —repitió monsieur Bouc.
Los tres encargados, así como Hildegarde Schmidt, se habían retirado. Monsieur Bouc hizo un gesto de desesperación.
—¡No comprendo nada..., nada en absoluto! ¡Resulta que el enemigo de que habló Ratchett estuvo en el tren! Pero, ¿dónde está ahora? ¿Cómo puede haberse desvanecido en el aire? Me da vueltas la cabeza. Dígame algo, amigo mío, se lo suplico. ¡Explíqueme cómo puede ser posible lo imposible!
—He aquí una buena frase —dijo Poirot—. Lo imposible no puede haber sucedido; luego lo imposible tiene que ser posible, a pesar de las apariencias.
—Explíqueme entonces brevemente qué sucedió en realidad en el tren.
—No soy brujo, mon cher. Soy, como usted, un hombre desconcertado. Este asunto progresa de una manera muy extraña.
—No progresa en absoluto. Permanece donde estaba.
Poirot hizo un gesto negativo.
—No, eso no es cierto. Hemos avanzado. Sabemos ciertas cosas. Hemos escuchado las declaraciones de los viajeros.
—¿Y qué hemos sacado en limpio? Nada en absoluto.
—Yo no diría eso, amigo mío.
—Exagero, quizás. El norteamericano Hardman y la doncella alemana..., ésos sí que han añadido algo a lo que sabíamos. Es decir, han hecho el asunto más ininteligible de lo que era.
—No, no, no —negó Poirot con energía.
Monsieur Bouc se revolvió contra el optimista Poirot.
—Explíquese, entonces. Oigamos la sabiduría de Hércules Poirot.
—¿No le he dicho que soy, como usted, un hombre desconcertado? Pero al menos podemos enfrentarnos con nuestro problema. Podemos disponer los hechos con orden y método.
—Continúe, señor —dijo Constantine.
Poirot se aclaró la garganta y alisó un pedazo de papel secante.
—Revisemos el caso tal como se encuentra en este momento. En primer lugar, hay ciertos hechos indiscutibles. El individuo llamado Ratchett, o Cassetti, recibió doce puñaladas y murió anoche. Éste es uno de los hechos.
—Se lo concedo, se lo concedo, mon vieux —dijo monsieur Bouc, con un gesto de ironía.
Hércules Poirot no se alteró y continuó tranquilamente:
—Pasaré un momento por alto ciertas peculiaridades que el doctor Constantine y yo hemos discutido ya. Luego me ocuparé de ellas. El segundo hecho de importancia, a mi parecer, es la hora del crimen.
—Ésa es una de las pocas cosas que sabemos —dijo monsieur Bouc—El crimen se cometió a la una y cuarto de la madrugada. Todo demuestra que fue así.
—No todo. Exagera usted. Hay ciertamente bastantes indicios que apoyan ese parecer.
—Celebro que admita usted eso, al menos.
Poirot prosiguió tranquilamente, sin hacer caso a la interrupción.
—Tenemos ante nosotros tres posibilidades. Una: que el crimen fue cometido, como usted dice, a la una y cuarto. Eso está apoyado por el testimonio del reloj, por la declaración de mistress Hubbard y por la de la alemana Hildegarde Schmidt. Y también está de acuerdo con la opinión del doctor Constantine.
»Posibilidad número dos: el crimen fue cometido más tarde y falseado el testimonio del reloj por la misma razón que antes.
»Posibilidad número tres: el crimen fue cometido más temprano y falseado el testimonio del reloj por la misma razón que antes.
»Ahora, si aceptamos la posibilidad número uno como la más probable y mejor apoyada por los indicios, tenemos que aceptar también ciertos hechos que se desprenden de ella, como por ejemplo, si el crimen fue cometido a la una y cuarto, el asesino no pudo abandonar el tren, y surgen estas preguntas: ¿Dónde está? ¿Y quién es?
»Examinemos los hechos cuidadosamente. Nos hemos enterado por primera vez de la existencia del hombre bajo y moreno con voz de mujer por la declaración de Hardman. No hay pruebas que apoyen esto..., tenemos solamente la palabra de Hardman. Examinemos esta cuestión: ¿Es Hardman la persona que dice ser... un miembro de una agencia de detectives de Nueva York?
»Lo que a mí me parece hace más interesante este caso es que carecemos de las facilidades de que suele disponer la policía. No podemos investigar la bona fide de ninguna de estas personas. Tenemos que confiar solamente en la deducción. Eso, como digo, para mí hace el asunto muchísimo más interesante. No es un trabajo rutinario. Todo es cuestión de intelecto. Yo me pregunto: "¿Podemos aceptar lo que dijo Hardman de él mismo?". Sí. Soy de la opinión que podemos aceptar el relato de Hardman.
—¿Usted confía en la intuición..., en lo que los norteamericanos llaman la corazonada? —preguntó el doctor Constantine.
—Nada de eso. Yo tengo en cuenta las probabilidades. Hardman viaja con pasaporte falso... y eso le hace en seguida sospechoso. Lo primero que hará la policía, cuando se presente en escena, es detener a Hardman y cablegrafiar para averiguar lo que hay de cierto en lo que cuenta. En el caso de muchos viajeros será difícil establecer su bona fide; en la mayoría de los casos no se intentará probablemente, ya que no habrá nada que los haga sospechosos. Pero el de Hardman es diferente. O es la persona que él dice, o no lo es. Opino, sin embargo, que resulta lo primero.
—¿Le descarga usted entonces de toda sospecha?
—Nada de eso. No me comprende usted. Cualquier detective norteamericano puede tener sus razones particulares para desear asesinar a Ratchett. Pero lo que yo digo es que creo que podemos aceptar lo que Hardman cuenta de sí mismo. Lo que dice de que Ratchett le buscó y le contrató no tiene nada de inverosímil, y será probablemente verdadero. Y si vamos a aceptarlo como cierto, tenemos que ver si hay algo que lo confirme. Este algo lo encontraremos en un lugar un poco raro... en la declaración de Hildegarde Schmidt. Su descripción del individuo que vio con el uniforme de la Compañía se acomoda perfectamente. ¿Hay alguna otra confirmación de los dos relatos? Las hay. Ahí está el botón encontrado por mistress Hubbard en su compartimiento. Y hay también otro detalle que lo corrobora y en el que quizá no hayan reparado ustedes.
—¿A qué se refiere usted?
—Al hecho de que tanto el coronel Arbuthnot como Héctor MacQueen mencionaron que el encargado pasó por delante de su cabina. Ellos no le concedieron importancia al detalle; pero señores, Pierre Michel ha declarado que no abandonó su asiento, excepto en determinadas ocasiones, ninguna de las cuales le obligó a dirigirse al otro extremo del coche pasando por delante del compartimiento en que Arbuthnot y MacQueen estaban sentados.
»Por lo tanto, esta historia, la historia de un individuo bajo y moreno, con voz afeminada, vestido con el uniforme, descansa en el testimonio, directo o indirecto, de cuatro personas.
—Una pequeña objeción —dijo el doctor Constantine—. Si lo que ha dicho Hildegarde Schmidt es cierto, ¿cómo es que el verdadero encargado no mencionó haberla visto cuando fue a contestar la llamada de mistress Hubbard?
—Eso está explicado. Cuando el encargado acudió a la llamada de mistress Hubbard, la doncella estaba con su señora. Y cuando la doncella regresaba a su cabina, el encargado estaba dentro con mistress Hubbard.
Monsieur Bouc guardó silencio con dificultad hasta que Poirot hubo terminado.
—Sí, sí, amigo mío —dijo entonces impaciente—. Admito su cautela, su método de avanzar paso a paso, pero noto que no ha tocado usted todavía el punto en disputa. Todos estamos de acuerdo en que esa persona existe. Pero la cuestión es... ¿adonde ha ido?
Poirot hizo un gesto de reproche.
—Está usted en un error. Tiende usted a empezar la casa por el tejado. Antes yo me pregunto: ¿Dónde se desvaneció este hombre? Y me pregunto: ¿Existió realmente este hombre? Porque comprenderán ustedes que si el individuo fuese una invención... una entelequia... sería mucho más fácil desaparecer. Así, pues, en primer lugar cabe que tal persona exista realmente en carne y hueso.
—Si es así, ¿dónde se encuentra ahora?
—Hay solamente dos contestaciones a eso, mon cher. O está todavía escondido en el tren, en un lugar extraño que no podemos ni siquiera sospecharlo, o es, por decirlo así, dos personas. Es decir, él mismo, el hombre temido por mister Ratchett, y un viajero del tren tan bien disfrazado que mister Ratchett no le reconoció.
—He aquí una buena idea —dijo monsieur Bouc con el rostro radiante—. Pero hay una objeción.
Poirot le quitó la palabra de la boca.
—La estatura del individuo. ¿Es eso lo que iba usted a decir? Con la excepción del criado de mister Ratchett, todos los viajeros son corpulentos... el italiano, el coronel Arbuthnot, Héctor MacQueen, el conde Andrenyi. Bien, eso nos deja solamente al criado, lo que es una suposición muy probable. Pero hay otra posibilidad. Recuerden la voz afeminada. Eso nos proporciona toda una serie de alternativas. El hombre pudo disfrazarse de mujer, o viceversa, pudo ser realmente una mujer. Una mujer alta vestida con traje de hombre parecería baja.
—Pero seguramente Ratchett lo habría conocido...
—Quizá lo conociese. Quizás esta mujer habría atentado ya contra su vida, vistiendo traje masculino para mejor realizar su propósito. Ratchett pudo sospechar que ella volvería a utilizar el mismo truco y por eso dijo a Hardman que buscase a un hombre. Pero mencionó, no obstante, con voz de mujer.
—Es una posibilidad —convino monsieur Bouc—. Pero...
—Escuche, amigo mío: voy a revelarle ciertas incongruencias advertidas por el doctor Constantine.
Poirot expuso minuciosamente las conclusiones a que él y el doctor habían llegado teniendo en cuenta las heridas del hombre muerto. Monsieur Bouc acogió sus palabras con marcada displicencia.
—Sé lo que siente usted —dijo Poirot con ironía—. Le da vueltas la cabeza, ¿no es cierto?
—Todo eso me parece una fantasía —rezongó monsieur Bouc.
—Exactamente. Es absurdo..., improbable..., no puede ser. Eso me he dicho yo. ¡Y, sin embargo, amigo mío, es! Uno no puede huir de los hechos.
—¡Es una locura!
—Lo es tanto, amigo mío, que a veces me ronda la sensación de que estamos en presencia de algo muy sencillo... Pero ésta es solamente una de mis pequeñas ideas.
—Dos asesinos —gimió monsieur Bouc—. ¡Y en el Orient Express!
La reflexión casi le hizo llorar.
—Y ahora hagamos más fantástica la fantasía —dijo Poirot animadamente—. Anoche hubo en el tren dos misteriosos desconocidos: uno el empleado del coche cama que responde a la descripción dada por mister Hardman, y visto por Hildegarde Schmidt, el coronel Arbuthnot y mister MacQueen. Otro, una mujer con quimono escarlata, alta, esbelta, vista por Pierre Michel, miss Debenham, mister MacQueen y por mí mismo, y olfateada, digámoslo así, por el coronel Arbuthnot. ¿Quién era esa mujer? Nadie en el tren confiesa tener un quimono escarlata. Ella también se ha desvanecido. ¿Formaría una sola y misma persona con el espurio empleado del coche cama? ¿O constituye una personalidad completamente distinta? En todo caso, ¿dónde están los dos?, y a propósito, ¿dónde están el uniforme de empleado y el quimono escarlata?
—Ah, eso es ya algo concreto —dijo monsieur Bouc poniéndose en pie—. Registraremos los equipajes de todos los viajeros.
Monsieur Poirot se levantó también.
—Voy a hacer una profecía —anunció.
—¿Sabe usted dónde están?
—Tengo una pequeña idea.
—¿Dónde, entonces?
—Encontraremos el quimono escarlata en el equipaje de uno de los hombres, y el uniforme de encargado en el de Hildegarde Schmidt.
—¿Hildegarde Schmidt? ¿Cree usted que...?
—No es lo que usted piensa. Me explicaré. Si Hildegarde Schmidt es culpable, el uniforme podría encontrarse en su equipaje, pero si es inocente estará ciertamente allí.
—No comprendo... —empezó a decir monsieur Bouc, pero se detuvo—. ¿Qué ruido es ése? —preguntó—. Parece propiamente el que produce una locomotora en movimiento.
El ruido se oía cada vez más cerca. Se componía de gritos y protestas de una voz femenina. La puerta del otro extremo del coche comedor se abrió violentamente. Y entró mistress Hubbard.
—¡Es demasiado horrible! —exclamó—. En mi esponjera. En mi esponjera. ¡Un gran cuchillo... todo manchado de sangre!
Y, de repente, como agotada, se desmayó pesadamente sobre el hombro de monsieur Bouc.


XIV

El arma


Con más vigor que galantería, monsieur Bouc depositó a la desmayada apoyándole la cabeza sobre una mesa. El doctor Constantine llamó a uno de los camareros del restaurante, quien se apresuró a acudir.
—Sosténgale la cabeza así —dijo—. Si vuelve en sí, déle un poco de coñac. ¿Comprende?
Luego se apresuró a correr tras los otros dos. Su interés se concentraba por completo en el crimen y le tenían sin cuidado los desmayos de las señoras histéricas.
Es posible que mistress Hubbard reviviese con aquel procedimiento más pronto que si se le hubiesen prodigado mayores cuidados. Lo cierto es que a los pocos minutos estaba sentada, paladeando el coñac de un vaso sostenido por el camarero, y sin cesar de hablar.
—¡Qué horrible, señor, qué horrible! Dudo de que nadie en el tren comprenda mis sentimientos. Yo siempre he sido sensible desde chiquilla. La sola vista de la sangre..., ¡oh, aún ahora me horrorizo cuando lo recuerdo!
El camarero volvió a presentarle el vaso.
Encore un peu, madame.
¿Sabe que me siento mejor? Soy abstemia. Nunca bebo alcohol ni vino de ninguna clase. Toda mi familia es abstemia. Sin embargo, como esto es por prescripción facultativa...
Bebió unos sorbos más.
Entretanto, Poirot y monsieur Bouc, seguidos de cerca por el doctor Constantine, avanzaban apresuradamente por el pasillo del coche de Estambul en dirección a la cabina de mistress Hubbard.
Todos los viajeros del tren parecían haberse congregado ante la puerta. El encargado, con una expresión de disgusto en el rostro, los mantenía a distancia.
—¡Pero si no hay nada que ver...! —no cesaba de repetir en diferentes idiomas.
—Permítanme pasar, hagan el favor —dijo monsieur Bouc.
Se abrió paso por entre el grupo de viajeros y entró en el compartimiento, seguido de Poirot.
—Celebro que haya usted venido, señor —dijo el encargado con un suspiro de alivio—. Todos quieren entrar. La señora norteamericana empezó a dar tales gritos que creí que también la habían asesinado, ma foi! Vino corriendo y seguía gritando como una loca y diciendo que quería verle a usted. Luego echó a correr por el pasillo, contándole a todo el mundo, al pasar, lo que había ocurrido. Ahí dentro está, señor —añadió con un gesto de su mano—. No lo he tocado, desde luego.
Colgada del tirador de la puerta del compartimiento inmediato se veía una gran esponjera de goma. Y debajo de ella, en el suelo, en el mismo sitio donde había caído de manos de mistress Hubbard, una daga de estilo oriental con empuñadura repujada y hoja cónica. Esta hoja presentaba unas manchas como de herrumbre.
Poirot la recogió delicadamente.
—Sí —murmuró—. No hay duda. Aquí está el arma que nos faltaba... ¿eh, doctor?
El doctor lo examinó.
—No necesita usted tener cuidado —dijo Poirot—. No habrá más huellas digitales en ella que las dejadas por mistress Hubbard.
El examen del doctor Constantine no duró mucho.
—No hay duda de que es el arma —dijo—. Con ella se causaron todas las heridas.
—Le suplico, amigo mío, que no diga eso —le interrumpió Poirot.
El doctor puso cara de asombro.
—Ya estamos demasiado abrumados por las coincidencias. Dos personas deciden apuñalar a mister Ratchett la noche pasada. Es demasiada casualidad que cada una de ellas eligiera un arma idéntica.
—Es que la coincidencia no es, quizá, tan grande como parece —objetó el doctor—. En los bazares de Constantinopla se venden miles de estas dagas orientales.
—Me consuela usted un poco, pero sólo un poco —repuso Poirot.
Contempló pensativo la puerta que tenía delante, y, quitando la esponjera, probó de hacer girar el tirador. La puerta no se movió. Unos centímetros más arriba estaba el cerrojo. Poirot lo descorrió, pero la puerta siguió obstinadamente resistiendo.
—Recordará usted que la cerramos por el otro lado —objetó el doctor.
—Es cierto —dijo Poirot, distraído. Parecía estar pensando en otra cosa. La expresión de su rostro revelaba perplejidad.
—Se explica todo, ¿verdad? —preguntó monsieur Bouc—. El hombre pasa por esta cabina. Al cerrar la puerta de comunicación palpa la esponjera. Se le ocurre entonces una idea y desliza rápidamente en ella el cuchillo manchado de sangre. Luego, al darse cuenta de que se ha despertado mistress Hubbard, se escurre por la otra puerta que da al pasillo.
—Así debió suceder —-murmuró Poirot.
Pero su rostro no abandonó la expresión de perplejidad.
—¿Qué pasa? —le preguntó el otro—. ¿Hay algo que no le satisface? Poirot le echó una mirada rápida.
—¿No le llama a usted la atención? No, evidentemente, no. Bueno, es un pequeño detalle.
El encargado asomó la cabeza.
—Vuelve la señora norteamericana —anunció.
El doctor Constantine enrojeció ligeramente. Tenía la sensación de que no había tratado muy galantemente a mistress Hubbard. Pero ella no le dirigió el menor reproche. Sus energías se concentraron en otro asunto.
—Tengo que decir una cosa —declaró al llegar al umbral—. ¡Yo no voy más tiempo en esta cabina! ¡No dormiría en ella esta noche aunque me pagasen por ello un millón de dólares!
—Pero, señora...
—¡Ya sé lo que va usted a decir y desde ahora contesto que no lo haré! Prefiero estar de pie toda la noche en el pasillo.
Se echó a llorar.
—¡Oh, si mi hija lo supiera..., si pudiera verme ahora mismo...!
Poirot la interrumpió con voz bondadosa.
—No se preocupe usted, señora. Su petición es muy razonable. Llevarán en seguida su equipaje a otra cabina.
Mistress Hubbard retiró el pañuelo de sus ojos.
—¿De verdad? ¡Oh!, ya me siento más tranquila. Pero seguramente estará todo lleno, a menos que uno de los caballeros...
—Su equipaje será trasladado inmediatamente —la tranquilizó monsieur Bouc—. Tendrá usted una cabina en el coche que fue agregado en Belgrado.
—¡Oh, gracias! No soy una mujer nerviosa, pero dormir en una cabina, pared por medio con un hombre muerto... ¡Acabaría por volverme loca!
—¡Michel! —llamó monsieur Bouc—. Traslade este equipaje a algún compartimiento libre en el coche Atenas-París.
—Sí, señor. El mismo número que éste: el tres.
—No —dijo Poirot antes de que su amigo pudiese contestar—. Creo que sería mejor que le dé a madame un número completamente diferente al que tenía. El doce, por ejemplo.
—Bien, señor.
El encargado cogió el equipaje. Mistress Hubbard expresó a Poirot su agradecimiento.
—Ha sido usted muy bondadoso. No sabe usted lo que le agradezco su delicadeza.
—No tiene importancia, madame. Iremos con usted, para dejarla cómodamente instalada.
Mistress Hubbard fue acompañada por los tres hombres a su nuevo alojamiento. Una vez en él, se sintió completamente feliz.
—¡Oh, es delicioso! —exclamó.
—¿Le gusta, madame? Es, como usted ve, exactamente igual al que acaba de abandonar.
—Es cierto..., sólo que da a otro lado. Pero eso no importa, porque estos trenes tan pronto van en un sentido como en otro. Cuando salí dije a mi hija: «Quiero un coche junto a la máquina», y ella me dijo: «Pero mamá, eso tiene el inconveniente de que te acuestas en un sentido y, cuando te despiertas, el tren va en otro». Y es cierto lo que dijo. Anoche entramos en Belgrado en una dirección y salimos en la contraria.
—De todos modos, señora, ¿está usted contenta?
—No me atrevo a decir tanto. Estamos detenidos por la nieve y nadie hace nada por remediarlo, y mi barco zarpa pasado mañana.
—Señora —repuso monsieur Bouc—, todos nosotros estamos en el mismo caso.
—Bien, es cierto —confesó mistress Hubbard—. Pero nadie más que yo tuvo una cabina que atravesó un asesino en mitad de la noche.
—Lo que todavía me intriga, madame —dijo Poirot—, es cómo el individuo entró en su compartimiento estando cerrada la puerta de comunicación como usted dice. ¿Está usted segura de que fue así?
—La señora sueca lo comprobó ante mis ojos.
—Reconstruyamos la pequeña escena. Usted estaba tendida en su litera..., así..., y no pudo verlo por sí misma. ¿No es cierto?
—No, no pude verlo a causa de la esponjera. ¡Oh!, tendré que comprar una nueva. Me pongo mala cada vez que miro ésta.
Poirot cogió la esponjera y la colgó en el tirador de la puerta de comunicación con el compartimiento inmediato.
—Ahora lo veo —dijo—. El pestillo está precisamente debajo del tirador..., la esponjera lo oculta. Usted no podía ver desde la litera si el pestillo estaba echado o no.
—¡Es lo que le estaba diciendo a usted!
—Y la señora sueca, miss Ohlsson, se encontraba aquí, entre usted y la puerta, y después de empujar ésta le dijo a usted que estaba cerrada.
—Eso es.
—De todos modos, pudo equivocarse, madame. Vea usted lo que quiero decir —Poirot parecía ansioso de explicar el asunto—. El pestillo no es más que un saliente metálico..., esto. Vuelto hacia la derecha, la puerta está cerrada, vuelto a la izquierda no lo está. Posiblemente la dama sueca se limitó a empujar la puerta, y como estaba cerrada por el otro lado pudo suponer que lo estaba por el suyo.
—Bien, pero eso mismo implica cierta estupidez por su parte.
—Señora, los más bondadosos, los más amables, no siempre son los más inteligentes.
—Eso es cierto.
—Y a propósito, madame, ¿viajó usted hasta Esmirna por este itinerario?
—No. Me embarqué directamente para Estambul, y un amigo de mi hija, mister Johnson, un caballero amabilísimo, que me gustaría conociesen, fue a recibirme y me enseñó Estambul, que encontré desagradabilísima como ciudad. Y en cuanto a las mezquitas y a esas grandes pantuflas que se pone uno sobre los zapatos... ¿Qué es lo que estaba yo diciendo?
—Decía usted que mister Johnson la fue a recibir.
—Es verdad, y me condujo a un buque francés de mensajerías que zarpaba para Esmirna, y el marido de mi hija me estaba esperando en el mismo muelle. ¡Qué dirá cuando se entere de todo esto! Mi hija decía que era el viaje más cómodo, seguro y agradable. «No tienes más que sentarte en tu coche», me dijo, «y te llevará directamente a París y allí empalmarás con el American Express.» ¿Y qué haré ahora, sin haber podido cancelar mi pasaje en el vapor? Debí comunicárselo. Posiblemente ya no lo podré hacer. ¡Oh, es demasiado horrible!
Mistress Hubbard dio muestras de ir a echarse a llorar otra vez. Monsieur Poirot, que mostraba ligeros síntomas de impaciencia, aprovechó la oportunidad.
—Ha sufrido usted una gran emoción, madame. Diremos al encargado del restaurante que le traiga un poco de té con algunas pastas.
—No me sienta bien el té —gimoteó mistress Hubbard—. Es más bien una costumbre inglesa.
—Café, entonces, madame. Necesita usted algún estimulante.
—Sí, el café será mejor, porque el coñac me ataca la cabeza.
—Muy bien. Verá usted cómo le vuelven las fuerzas. Y ahora, madame, tratemos una cuestión de mero trámite. ¿Me permite que registre su equipaje?
—¿Para qué?
—Vamos a registrar los de todos los viajeros. No quisiera recordar a usted un detalle tan desagradable, pero ya sabe lo que pasó con la esponjera.
—¡Oh, hace usted bien en recordármelo! No podría resistir otra sorpresa de esta clase.
El registro quedó terminado rápidamente. Mistress Hubbard viajaba con el mínimo de equipaje: una sombrerera, un maletín y una maleta. El contenido de los tres bártulos no reveló nada notable, y el examen no habría llevado más de dos minutos, de no haber insistido mistress Hubbard en que se dedicase alguna atención a las fotografías de su hija y de dos chiquillos feos.
—¿No son encantadores mis nietos? —preguntó embelesada.


XV

Los equipajes


Pronunciadas unas palabras tan corteses como insinceras, y prometido a mistress Hubbard que en seguida le llevarían el café, Poirot abandonó la cabina, acompañado de sus dos amigos.
—Bien, hemos empezado con un fracaso —dijo monsieur Bouc—. ¿A quién molestaremos ahora?
—Lo más sencillo será recorrer el tren coche por coche. Lo que significa que empezaremos por la cabina número dieciséis..., la del amable mister Hardman.
Mister Hardman, que estaba fumando un cigarro, les recibió cortésmente.
—Entren, caballeros..., es decir, si es humanamente posible. Esto es un poco pequeño para celebrar una reunión.
Monsieur Bouc explicó el objeto de su visita, y el corpulento detective asintió comprensivamente.
—¡Cierto! Si he de decirle la verdad, ya me extrañaba que no hubiesen ustedes hecho esto antes. Aquí están mis llaves, señores, y si quieren registrarme también los bolsillos, por mí no hay ningún inconveniente. Voy a bajar las maletas.
—El encargado lo hará. ¡Michel!
El contenido de las dos maletas de mister Hardman no ofreció tampoco nada de particular. Se componía, quizá, de una indebida proporción de licores. Mister Hardman hizo un guiño:
—No es frecuente que le registren a uno las maletas en las fronteras... si tiene uno de su parte al encargado. Un puñado de billetes turcos y todo va como una seda.
—¿Y en París?
Mister Hardman repitió el guiño.
—Cuando llegue a París —dijo— lo que quede de este pequeño lote irá a parar a una botella de loción para el cabello.
—Por lo visto no es usted partidario de la prohibición —dijo monsieur Bouc con una sonrisa.
—Puedo decir que la prohibición nunca me molestó gran cosa —rió Hardman.
—El speakeasy, ¿eh? —dijo monsieur Bouc, saboreando la palabra—. Es muy pintoresca y expresiva esa jerga norteamericana.
—Me gustaría mucho ir a Estados Unidos —declaró Poirot.
—Aprendería usted allí muchas cosas —dijo Hardman—. Europa necesita despertar. Está medio dormida.
—Es cierto que Estados Unidos es el país del progreso —convino Poirot—. Admiro a los norteamericanos por muchas cosas. Pero las mujeres norteamericanas... y quizás en esto estoy yo algo anticuado... me parecen menos atractivas que mis compatriotas. A la mujer francesa o belga, coqueta, encantadora... creo que no hay ninguna que la iguale.
Hardman se asomó un instante a la ventanilla para contemplar la nieve.
—Quizá tenga usted razón, monsieur Poirot —dijo—. Pero a cada uno le gustan las mujeres de su país.
Parpadeó como si la nieve le hubiese hecho daño en los ojos.
—Es deslumbrador, ¿verdad? —observó—. Miren, señores, este asunto me ataca los nervios. El asesinato por un lado, la nieve por otro, y aquí nadie hace nada. Todos andan de un lado a otro matando el tiempo. Me gustaría mucho ocuparme en hacer algo; esta inactividad es completamente desesperante.
—El verdadero espíritu pionero del Oeste —comentó Poirot con una sonrisa.
El encargado volvió a colocar las maletas en su sitio y se trasladaron todos al compartimiento inmediato. El coronel Arbuthnot no puso dificultad alguna. Tenía dos pequeñas maletas de cuero.
—El resto de mi equipaje ha ido por mar.
Como la mayoría de los militares, el coronel era un buen empaquetador. El examen de su equipaje ocupó solamente unos pocos minutos. Poirot reparó en un paquete de limpiapipas.
—¿Los usa usted siempre de la misma clase? —quiso saber el detective.
—Generalmente. Si puedo conseguirlos.
Los limpiapipas eran idénticos al encontrado en el suelo de la cabina del hombre muerto.
El doctor Constantine hizo también la observación cuando se encontraron en el pasillo.
Tout de méme —murmuró Poirot—. Me cuesta trabajo creerlo. No está en su carácter y con esto queda dicho todo.
La puerta de la cabina inmediata estaba cerrada. Era la ocupada por la princesa Dragomiroff. Llamaron y contestó desde dentro la profunda voz de la dama:
Entrez.
Monsieur Bouc era el que llevaba la voz cantante. Estuvo muy deferente y cortés al explicar su comisión.
La princesa le escuchó en silencio, su pequeño rostro de sapo completamente impasible.
—Si es necesario, señores —dijo cuando el otro hubo terminado—, aquí está todo lo que hay que registrar. Mi doncella tiene las llaves. Ella se entenderá con ustedes.
—¿Lleva siempre las llaves su doncella, madame? —preguntó Poirot.
—Ciertamente, monsieur.
—¿Y si durante la noche, en una de las fronteras, los oficiales de Aduanas quieren abrir una de sus maletas?
La dama se encogió de hombros.
—Es muy improbable. Pero, en tal caso, el encargado iría a buscar a mi doncella.
—¿Confía usted, entonces, en ella completamente, madame?
—Ya se lo he dicho —contestó la princesa—. No utilizo gente que no me inspire confianza.
—Sí —dijo Poirot, pensativo—. La confianza es ciertamente algo en estos días. Es quizá mejor tener una mujer sencilla en quien poder confiar que no una doncella chic, una linda parisiense, por ejemplo.
Vio que sus inteligentes ojos giraban lentamente para fijarse en su rostro.
—¿Qué quiere usted decir con eso, monsieur Poirot?
—Nada, madame, nada.
—No lo niegue. ¿De verdad que cree usted que debería tener una encantadora francesita para atender mi toilette?
—Sería quizá más natural, madame.
Ella movió la cabeza.
—Schmidt siente adoración por mí —dijo recalcando las palabras—. Y ya sabe usted que esta clase de afecto... c'est impayable.
La alemana llegó con las llaves. La princesa le habló en su propio idioma para decirle que abriese las maletas y ayudase a los señores a hacer el registro. La princesa, entretanto, permaneció en el pasillo contemplando la nieve, y Poirot la acompañó, dejando a monsieur Bouc la tarea de registrar el equipaje.
Ella le miró, sonriendo irónicamente.
—Bien, monsieur, ¿no desea usted ver lo que contienen mis valijas?
—Madame, es una formalidad y nada más.
—¿Está usted seguro?
—En su caso, sí.
—Sin embargo, conocí y amé a Sonia Armstrong. ¿Piensa usted que no sería yo capaz de ensuciarme las manos matando a un canalla como Cassetti? Bien, quizá tenga usted razón.
Guardó silencio unos minutos, y añadió:
—¿Sabe usted lo que me gustaría haber hecho con ese hombre? Habría llamado a mis criados y les habría dicho: «Matadle a palos y arrojadle después al estiércol». Así se hacían estas cosas cuando yo era joven, señor.
Poirot no habló; se limitó a escuchar atentamente.
Ella le miró con repentina impetuosidad.
—No dice usted nada, monsieur Poirot. ¿En qué está usted pensando?
Él le clavó la mirada escrutadora y tras una pausa dijo:
—Pienso, madame, que su fuerza reside en la voluntad..., no en su brazo.
Ella se contempló los escuálidos brazos enfundados en las negras mangas, brazos que terminaban en unas manos amarillentas, como garras, con los dedos cubiertos de valiosas sortijas.
—Es cierto —dijo—. No tengo fuerza en ellos..., ninguna. No sé si alegrarme o deplorarlo.
Se volvió repentinamente y entró en la cabina, donde la doncella se ocupaba ya en guardar las cosas.
La princesa Dragomiroff cortó en seco las disculpas de monsieur Bouc.
—No hay necesidad de que se disculpe, señor —dijo—. Se ha cometido un asesinato. Hay que ejecutar ciertos trámites. Eso es todo.
Vous étes bien aimable, madame.
Ella se inclinó ligeramente para despedirlos.
Las puertas de las cabinas inmediatas estaban cerradas. Monsieur Bouc se detuvo y se rascó la cabeza.
Diable! —exclamó—. Esto sí que va a ser terrible. Son pasaportes diplomáticos. Sus equipajes se hallan exceptuados.
—Lo estarán para la cuestión de Aduana. Pero un asesinato es diferente.
—Lo sé. Así y todo, no queremos tener complicaciones.
—No se preocupe, amigo mío. El conde y la condesa serán razonables. Vea usted lo amable que estuvo la princesa Dragomiroff.
—Es verdaderamente una grande dame. Estos dos son también de la misma posición, pero el conde me da la impresión de tener un carácter algo truculento. No le agradó que insistiese usted en interrogar a su esposa... Y esto le molestará más todavía. Supongamos que prescindimos de ellos. Al fin y al cabo, no pueden tener nada que ver con el asunto. ¿Para qué molestarnos?
—No estoy de acuerdo con usted —replicó Poirot—. Estoy seguro de que el conde Andrenyi será razonable. Intentémoslo, de todos modos.
Y antes de que monsieur Bouc pudiera replicar, llamó vivamente a la puerta número trece.
Entrez —dijo una voz desde dentro.
El conde estaba sentado en el rincón más próximo a la puerta, leyendo un periódico. La condesa, acurrucada en el rincón opuesto, junto a la ventana, tenía la cabeza recostada en una almohada y parecía estar durmiendo.
Pardon, señor conde —empezó diciendo Poirot—. Perdóneme esta intrusión. Estamos registrando todos los equipajes del tren. Se trata de una mera formalidad, pero hay que realizarla. Monsieur Bouc sugiere que, como usted tiene un pasaporte diplomático, podría alegar razonablemente que está exento de tal registro.
El conde reflexionó un momento.
—Gracias —dijo—. Pero no creo que deba hacer una excepción en mi caso. Prefiero que nuestro equipaje sea examinado como el de los demás viajeros.
Se volvió a su mujer y añadió:
—Supongo que no tendrás ningún inconveniente, ¿verdad, Elena?
—En absoluto —contestó la condesa sin titubear.
Siguió un rápido examen, casi superficial. Poirot parecía tratar de ocultar su incomodidad haciendo algunas observaciones insignificantes.
—En este maletín hay una etiqueta todavía húmeda, madame —dijo levantando uno de tafilete con iniciales y una corona.
La condesa no contestó a esta observación. Parecía molesta por aquellos trámites y permaneció todo el tiempo acurrucada en su rincón, contemplando soñadora el paisaje que se divisaba por la ventanilla.
Poirot terminó el registro abriendo el armario colocado sobre el lavabo y echando una rápida ojeada a su contenido: una esponja, cremas, polvos y un frasquito con la etiqueta de Trional.
Luego, con corteses protestas por ambas partes, el grupo se retiró.
Seguían la cabina de mistress Hubbard, la del hombre muerto y la del mismo Poirot.
Continuaron hacia los compartimientos de segunda clase. El primero —literas número diez y once— estaba ocupado por Mary Debenham, que leía un libro, y por Greta Ohlsson, que estaba profundamente dormida, pero que se despertó sobresaltada al entrar los tres hombres.
Poirot repitió su fórmula. La sueca pareció tranquilizarse. Mary Debenham siguió fría e indiferente.
Poirot se dirigió a la viajera sueca.
—Si usted lo permite, mademoiselle, examinaremos primeramente su equipaje y luego el de la señora norteamericana. Tal vez quisiera ir a verla. La hemos hecho trasladarse a uno de los compartimientos del coche siguiente, pero continúa muy nerviosa a consecuencia de su descubrimiento. He ordenado que le lleven café, pero ya sabe usted que es una señora para quien hablar con alguien constituye algo de primera necesidad.
La buena mujer se compadeció instantáneamente. Sí, iría en seguida y llevaría consigo algunas sales de amoníaco por si las necesitaba.
Sus maletas no tardaron en ser examinadas. Contenían muy pocos efectos. La viajera no había notado todavía que faltaban alambres de su sombrerera.
Miss Debenham dejó a un lado su libro. Observaba a Poirot. Cuando éste se las pidió, le entregó sus llaves. Luego, al ver que él mismo bajaba su maleta y la abría inmediatamente, preguntó:
—¿Por qué aleja usted así a mi compañera, monsieur Poirot?
—¿Yo, señorita? Pues para que cuide a la señora norteamericana.
—Un excelente pretexto..., pero pretexto al fin y al cabo.
—No la comprendo, señorita.
—Creo que me comprende usted demasiado bien. Quería usted que me quedase sola, ¿no es eso?
—Está usted poniendo palabras en mi boca, señorita.
—¿Y también ideas en su cabeza? No lo creo. Las ideas están ya ahí. ¿No es cierto?
—Señorita, tenemos un proverbio que dice...
Qui s'excuse, s'acuse; ¿es eso lo que iba usted a decir? Debe atribuirme alguna dosis de observación y sentido común. Por alguna razón que desconozco se ha empeñado usted en que sé algo de este sórdido asunto..., el asesinato de un hombre a quien nunca conocí.
—Se imagina usted cosas, señorita.
—No me imagino nada, monsieur Poirot. Pero estamos malgastando el tiempo por no decir la verdad..., por andarnos por las ramas en vez de ir directamente al asunto.
—Y a usted no le gusta malgastar el tiempo. Es usted partidaria del método directo. Eh bien, la complaceré a usted. Vamos por el método directo. Empezaré por preguntarle el significado de ciertas palabras que sorprendí en el trayecto desde Siria. En la estación de Konya bajé del tren para hacer eso que los ingleses llaman «estirar las piernas». En el silencio de la noche llegaron hasta mí su voz y la del coronel, señorita. Usted le decía: Ahora, no. Ahora, no. Cuando todo haya terminado. Cuando todo quede atrás.
—¿Cree usted que me refería al... asesinato? —dijo la joven tranquilamente.
—Soy yo quien pregunta, señorita.
Ella suspiró y quedó pensativa unos momentos. Luego añadió como si despertase de su abstracción:
—Esas palabras tienen su significado, señor, pero no puedo decírselo. Sólo puedo darle mi solemne palabra de honor que nunca puse los ojos en ese Ratchett hasta que lo vi en este tren.
—¿Se niega usted entonces a explicar esas palabras?
—Sí..., si quiere usted interpretarlo de este modo. Me niego. Se referían a algo... a algo que había emprendido...
—¿A algo que está ahora terminado?
—¿Qué quiere usted decir?
—¿No es cierto que está terminado?
—¿Qué le hace suponerlo?
—Escuche, señorita. Voy a recordarle otro incidente. Este tren sufrió un retraso el día en que debía llegar a Estambul. Estaba usted muy preocupada, señorita. ¡Usted, tan tranquila, tan dueña de sus nervios...! En aquel momento perdió la calma.
—No quería perder mi conexión.
—Eso dijo usted. Pero el Orient Express sale de Estambul todos los días de la semana. Aunque hubiese perdido la conexión, ello sólo habría significado un retraso de veinticuatro horas.
Miss Debenham dio muestras por primera vez de cierto nerviosismo.
—¿No se da usted cuenta de que uno puede tener amigos en Londres esperando su llegada, y que el retraso de un día trastorna planes y origina multitud de molestias?
—¿Es éste su caso? ¿Hay amigos esperando su llegada? ¿No quiere usted causarles molestias?
—Naturalmente.
—Y, sin embargo..., es curioso...
—¿Qué es curioso?
—En este tren... ha vuelto a producirse un retraso. Y esta vez más serio, puesto que no hay posibilidad de enviar un telegrama a sus amigos ni llamarles por teléfono.
Mary Debenham sonrió ligeramente a pesar de sí misma.
—Sí, como usted dice, es extremadamente fastidioso no poder cursar una palabra ni por telégrafo ni por teléfono.
—Y, sin embargo, señorita, esta vez su humor es completamente diferente. No revela usted impaciencia. Está usted tranquila y filosófica.
Mary Debenham enrojeció ligeramente y se mordió el labio. Ya no se sentía inclinada a sonreír.
—¿No contesta usted, señorita?
—Lo siento. No sabía que hubiese nada que contestar.
—La explicación de su cambio de actitud, señorita.
—¿No cree usted, monsieur Poirot, que da usted demasiada importancia a lo que no la tiene?
Poirot extendió las manos en gesto de disculpa.
—Es quizás una falta peculiar de los detectives. Nosotros queremos que la conducta sea siempre consecuente. No consentimos los cambios de humor.
Mary Debenham no contestó.
—¿Conoce usted bien al coronel Arbuthnot, señorita?
La joven pareció reanimarse con el cambio de tema.
—Le vi por primera vez en este viaje.
—¿Tiene usted alguna razón para sospechar que él conocía a Ratchett?
—Estoy completamente segura de que no.
—¿Por qué está usted tan segura?
—Por su manera de expresarse.
—Y, sin embargo, señorita, encontramos un limpiapipas en el suelo de la cabina del muerto. Y el coronel es el único viajero del tren que fuma en pipa.
Poirot observaba a la joven atentamente, pero ella no reveló ni sorpresa ni emoción.
—Tonterías —se limitó a decir—. Es absurdo. El coronel Arbuthnot es la última persona de quien podría sospecharse de haber intervenido en un crimen... especialmente en un crimen tan teatral como éste.
Estaba aquello tan conforme con la opinión de Poirot que estuvo a punto de manifestárselo así. Pero en lugar de eso dijo:
—Debo recordarle que no le conoce usted muy bien, mademoiselle. Ella se encogió de hombros.
—Conozco al tipo lo suficiente.
—¿Sigue usted negándose a decirme el significado de aquellas palabras: «Cuando termine todo»?preguntó Poirot acentuando su amabilidad.
—No tengo más que decir —contestó ella fríamente.
—No importa —repuso él—. Yo lo descubriré.
Se inclinó y abandonó la cabina, cerrando la puerta al salir.
—¿Ha sido eso prudente, amigo mío? —preguntó monsieur Bouc—. La ha puesto usted en guardia... y por ella también al coronel.
Mon ami, si quiere usted coger a un conejo, meta un hurón en la madriguera, y si el conejo está allí, saldrá corriendo. Esto es lo que he hecho.
Entraron en el compartimiento de Hildegarde Schmidt.
La mujer les esperaba en pie, con rostro respetuoso, pero inexpresivo.
Poirot lanzó una rápida mirada al maletín colocado sobre el asiento.
Luego hizo una seña al empleado para que bajase la maleta de la rejilla.
—¿Las llaves? —preguntó.
—No está cerrada, señor.
Poirot hizo saltar los broches y levantó la tapa.
—¡Ah! —exclamó, volviéndose a monsieur Bouc—. ¿Recuerda lo que le dije? ¡Mire aquí un momento!
En la maleta había un uniforme de empleado de coche cama apresuradamente doblado.
La estolidez de la alemana sufrió un repentino cambio.
—¡Oh! —exclamó—. Eso no es mío. Yo no lo puse ahí. No he mirado esa maleta desde que salimos de Estambul. Créanme que es cierto.
Paseaba la mirada de unos a otros, suplicante. Poirot la cogió con mucha suavidad por el brazo y la tranquilizó.
—No, no, todo está bien. La creemos. No se ponga nerviosa. Estoy tan seguro de que usted no escondió ahí ese uniforme como de que es usted una buena cocinera. ¿Verdad que es usted una buena cocinera?
La mujer sonrió, a pesar de su espanto.
—Ciertamente, todas mis señoras lo han dicho así. Yo...
Se calló, con la boca abierta, otra vez asustada.
—No, no —dijo Poirot—. Le aseguro que todo está bien. Voy a decirle cómo sucedió esto. Aquel hombre, el hombre que vio con el uniforme de los coches cama, sale del compartimiento del muerto y tropieza impensadamente con usted. Esto es para él una mala suerte. Esperaba que nadie le viera. ¿Qué hace entonces? Tiene que deshacerse de su uniforme. Ya no es para él una salvaguardia, sino más bien un peligro.
La mirada de Poirot se trasladó a monsieur Bouc y al doctor Constantine, que le escuchaban atentamente.
—Cae la nieve, como ustedes ven. La nieve que trastorna todos sus planes. ¿Dónde ocultar esas ropas? Todas las cabinas están ocupadas. Pasa por delante de una, cuya puerta está abierta, y que muestra estar vacía. Debe de ser la que pertenece a la mujer con quien acaba de tropezar. Se introduce en la cabina, se quita el uniforme y lo mete apresuradamente en la maleta que está en la rejilla. De este modo puede pasar algún tiempo hasta que lo descubran.
—¿Y luego? —preguntó monsieur Bouc, anhelante.
—Eso es lo que tenemos que averiguar —contestó Poirot, dirigiéndole una mirada significativa.
Examinó la chaqueta del uniforme. Le faltaba un botón, el tercero. Metió la mano en el bolsillo y sacó una llave maestra como la que utilizan los encargados para abrir los compartimientos.
—Aquí está la explicación de cómo nuestro hombre pudo pasar por las puertas cerradas —dijo monsieur Bouc—. Sus preguntas a mistress Hubbard fueron innecesarias. Cerrada o no, el hombre pudo franquear fácilmente la puerta de comunicación. Después de todo, si se tiene un uniforme de coche cama, ¿por qué no una llave?
—¿Por qué no, ciertamente? —repitió Poirot.
—Debimos figurárnoslo desde un principio. Recordará usted que Michel dijo que la puerta del compartimiento de mistress Hubbard que da al pasillo estaba cerrada cuando él acudió a contestar a la llamada de la señora. «Así es, señor —nos dijo el encargado—. Por eso creí que la señora había soñado.»
—Pero ahora se explica todo —continuó monsieur Bouc—. Indudablemente el criminal se propuso cerrar también la puerta de comunicación, pero oyó algún movimiento en la cama y se asustó.
—Ahora sólo tenemos que buscar el quimono escarlata —dijo Poirot.
—Cierto. Pero los dos compartimientos que faltan están ocupados por hombres.
—Los registraremos así y todo.
—¡Oh, seguramente! Y recuerdo lo que pronosticó usted.
Héctor MacQueen accedió amablemente al registro.
—Ya me extrañaba a mí que no viniesen —dijo con melancólica sonrisa—. Decididamente soy el viajero más sospechoso del tren. No tienen ustedes más que encontrar un testamento en que el viejo me deje todo su dinero y se aclarará el asunto.
Monsieur Bouc le lanzó una mirada de desconfianza.
—Perdonen la broma —añadió apresuradamente MacQueen—. El viejo no me dejó un céntimo. Yo sólo le era útil por mis conocimientos de idiomas y demás. Quien no sepa hablar más que un buen inglés no está en condiciones de andar por el mundo. Yo no soy lingüista, pero sé ir de compras y entenderme con la gente de los hoteles en francés, italiano y alemán.
Su voz era un poco más premiosa que de ordinario. Era como si se sintiese ligeramente intranquilo por el registro, a pesar de su voluntad.
Poirot levantó la cabeza.
—Nada —dijo—. ¡Ni siquiera un legado comprometedor!
MacQueen suspiró.
—Bien; me he quitado una carga de encima —dijo humorísticamente.
Se trasladaron al compartimiento inmediato. El examen de los equipajes del corpulento italiano y del criado no dio resultado alguno.
Los tres hombres se reunieron al final del coche, mirándose unos a otros.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó monsieur Bouc.
—Volveremos al coche comedor —dijo Poirot—. Sabemos ya todo lo que podemos saber. Tenemos la declaración de los viajeros, el testimonio de sus equipajes, de nuestros ojos. No podemos esperar otra ayuda. Tenemos que utilizar ahora nuestros cerebros.
Se palpó los bolsillos buscando su pitillera. Estaba vacía.
—Volveré dentro de un momento —dijo—. Necesitaré los cigarrillos. Tenemos entre manos un asunto difícil y curioso. ¿Quién llevaba aquel quimono escarlata? ¿Dónde está ahora? Quisiera saberlo. Hay algo en este caso..., algún factor..., que se me escapa. Es difícil porque lo han hecho difícil.
Se alejó apresuradamente por el pasillo hacia su compartimiento. Sabía que tenía provisión de cigarrillos en uno de sus maletines.
Lo bajó de la rejilla y lo abrió, soltando las aldabillas. Quedó perplejo. Cuidadosamente doblado, en la parte superior, había un quimono escarlata con dragones.
Me lo esperaba —murmuró—. Es un desafío. Lo acepto.








Tercera parte



HÉRCULES POIROT SE RECUESTA Y REFLEXIONA


I

¿Cuál de ellos?


Monsieur Bouc hablaba con el doctor Constantine cuando Poirot entró en el coche comedor. Monsieur Bouc parecía decepcionado.
Le voilá —dijo al ver a Poirot, y añadió mientras se sentaba su amigo—: ¡Si resuelve usted este caso, mon cher, creeré en los milagros!
—¿Tanto le preocupa a usted?
—Naturalmente que me preocupa. Y lo peor es que no le encuentro pies ni cabeza.
El doctor miró a Poirot con interés.
—Si he de ser franco —dijo—, no comprendo lo que puede usted hacer ahora.
—¿No? —dijo Poirot, pensativo.
Sacó su pitillera y encendió uno de sus delgados cigarrillos. Su mirada parecía vagar soñadora por el espacio.
—El interés que tiene este caso para mí —añadió— reside en que se aparta de todos los procedimientos normales. ¿Han dicho la verdad o han mentido las personas a quienes hemos interrogado? No tenemos medio de averiguarlo... excepto los que podamos discernir nosotros mismos. Es un gran ejercicio cerebral el que tenemos que realizar.
—Todo eso está muy bien —repuso monsieur Bouc—. Pero, ¿qué ha adelantado usted hasta ahora?
—Ya se lo dije. Tenemos las declaraciones de los viajeros y el testimonio de nuestros ojos.
—¡Bonitas declaraciones las de los viajeros! No nos han dicho nada... Poirot movió la cabeza. Sonrió, optimista, como siempre.
—No estoy de acuerdo con usted, amigo mío. Las declaraciones de los viajeros nos proporcionaron varios puntos de interés.
—¿De veras? —dijo escépticamente monsieur Bouc—. Yo no me enteré.
—Eso es porque no escuchó usted.
—Bien, dígame lo que me pasó inadvertido.
—Le pondré un solo ejemplo: la primera declaración que escuchamos... la del joven MacQueen. Éste pronunció, a mi parecer, una frase muy significativa.
—¿Sobre las cartas?
—No sobre las cartas. Si no recuerdo mal, estas palabras fueron: «Viajábamos mucho. Mister Ratchett quería ver el mundo. Tropezaba con la dificultad de no conocer Idiomas. Yo actuaba más como intérprete que como secretario».
Trasladó su mirada del rostro del doctor al de monsieur Bouc.
—¿Qué, no lo ven ustedes todavía? Esto es inexcusable... pues volvieron a tener ustedes una segunda oportunidad cuando el joven dijo: «Uno está perdido si no habla más que un buen norteamericano».
Y eso, ¿qué significa?
—Vamos, lo que usted quiere es que se lo den en palabras de una sílaba. ¡Bien, aquí está! ¡Mister Ratchett no hablaba francés! Sin embargo, cuando el encargado acudió a la llamada de su timbre, fue una voz en francés la que le dijo que era una equivocación y que no le necesitaba para nada. Fue, además, una frase perfectamente idiomática la que utilizó, no la que habría elegido un hombre que conociese solamente unas palabras en francés: Ce n'est rien. Je me suis trompé.
Es cierto —convino Constantine, emocionado—. ¡Debimos haberlo visto! Recuerdo perfectamente que usted recalcó las palabras cuando más tarde nos las repitió. Ahora comprendo el porqué de su rechazo a confiar en el testimonio del reloj abollado. Ratchett estaba ya muerto a la una menos veintitrés minutos.
—¡Y fue su asesino quien habló! —murmuró lúgubremente monsieur Bouc.
Poirot levantó una mano.
—No vayamos demasiado de prisa. Y no supongamos más de lo que realmente sabemos. Lo que sí podemos decir es que, a aquella hora, la una menos veintitrés minutos, alguna otra persona estaba en la cabina de Ratchett, y esa persona era francesa o sabía hablar con mucha soltura el idioma francés.
—Es usted muy cauto, mon vieux.
Sólo se debe dar un paso cada vez. No tenemos verdaderas pruebas de que Ratchett estuviese muerto a aquella hora.
—Tenemos también el grito que le despertó a usted.
—Sí, es verdad.
—En cierto modo —dijo pensativo monsieur Bouc— este descubrimiento no cambia mucho las cosas. Usted oyó a alguien que se movía en la puerta de al lado. Aquel alguien no era Ratchett, sino el otro hombre. Indudablemente se estaba limpiando la sangre de las manos, quemando la carta acusadora... Después esperó hasta que todo estuvo tranquilo, y cuando se creyó seguro y con el camino libre, cerró por dentro con pestillo y cadena la puerta de Ratchett, abrió la de comunicación con la cabina de mistress Hubbard y escapó por allí. Es exactamente lo que pensamos... Con la diferencia de que Ratchett fue muerto cosa de media hora más temprano, y el reloj fue puesto a la una y cuarto para justificar una coartada.
—No hay tal famosa coartada —replicó Poirot—. Las manecillas del reloj señalaban la una y quince, la hora exacta en que el intruso abandonó realmente la susodicha escena del crimen.
—Cierto —dijo monsieur Bouc, un poco amoscado—. ¿Qué le sugiere a usted entonces el reloj?
—Si las manecillas fueron alteradas..., observe que digo si..., la hora que quedó marcada tiene que tener un significado. La natural reacción sería sospechar de alguien que tuviese una perfecta coartada para esa hora... en este caso la una y quince.
—Sí, sí —dijo el doctor—. Ese razonamiento es bueno.
—Debemos también dedicar un poco de atención a la hora en que el intruso entró en el compartimiento. ¿Cuándo tuvo la oportunidad de hacerlo? A menos que supongamos la complicidad del verdadero encargado, hubo solamente un momento posible: durante el tiempo que el tren estuvo detenido en Vincovci. Después de que abandona esta localidad, el encargado se sienta en el pasillo, en un sitio donde cualquiera de los viajeros apenas habría reparado en un empleado del coche cama, siendo el verdadero encargado la única persona que podría darse cuenta de la presencia de un impostor. Pero durante la parada de Vincovci el encargado baja al andén y la cosa queda despejada. ¿Comprenden mi razonamiento?
—Perfectamente —dijo monsieur Bouc—. Pero ese intruso no podía ser otro que uno de los viajeros, y volvemos a donde estábamos. ¿Cuál de ellos?
Poirot sonrió.
—He hecho una lista —dijo—. Si quiere usted examinarla, quizá le refresque la memoria.
El doctor y monsieur Bouc se inclinaron sobre la lista. Estaba escrita de un modo metódico, en el orden en que los viajeros habían sido interrogados.

HÉCTOR MACQUEEN: Ciudadano norteamericano, litera número 6, segunda clase.
Móvil: Posiblemente pudiera derivarse de sus relaciones con el hombre muerto.
Coartada: Desde medianoche, a las 2 de la madrugada. Desde medianoche hasta la 1.30, atestiguada por el coronel Arbuthnot, y desde la 1.16 a las 2, atestiguada por el encargado.
Pruebas contra él: Ninguna.
Circunstancias sospechosas: Ninguna.

ENCARGADO DEL COCHE CAMA PIERRE MICHEL. Francés.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde medianoche hasta las 2 de la madrugada. (Visto por Hércules Poirot en el pasillo al mismo tiempo que se oía una voz en el compartimiento de Ratchett a las 12.37. Desde la 1 a la 1.36, confirmada asimismo por otros encargados.)
Pruebas contra él: Ninguna.
Circunstancias sospechosas: El uniforme encontrado es un punto a su favor, puesto que parece estar destinado a hacer recaer las sospechas sobre él.

EDWARD MASTERMAN: Inglés, litera número 1, segunda clase.
Móvil: Posiblemente surge de sus relaciones con el difunto, del que era criado.
Coartada: Desde medianoche hasta las 2 de la madrugada. (Atestiguada por Antonio Foscarelli.)
Pruebas contra él o circunstancias sospechosas: Ninguna, excepto que es el único individuo al que, por su estatura y corpulencia, le sentaría bien el uniforme. Por otra parte, no es probable que hable correctamente el francés, siendo súbdito inglés.

MISTRESS HUBBARD: Ciudadana norteamericana, litera número 3, primera clase.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde medianoche hasta las 2 de la madrugada, ninguna.
Pruebas contra ella o circunstancias sospechosas: La historia del hombre en su cabina está corroborada por la declaración de Hardman y por la de la señora Schmidt.

GRETA OHLSSON: Sueca, litera número 7, segunda clase.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde la medianoche a las 2 de la madrugada. (Atestiguada por Mary Debenham.) Nota: Fue la última persona que vio a Ratchett.

PRINCESA DRAGOMIROFF: Naturalizada ciudadana francesa, litera número 4, primera clase.
Móvil: Estuvo íntimamente relacionada con la familia Armstrong y fue madrina de Sonia Armstrong.
Coartada: Desde medianoche hasta las 2 de la madrugada. (Atestiguada por el encargado y la doncella.)
Pruebas contra ella o circunstancias sospechosas: Ninguna.

CONDE ANDRENYI: Súbdito húngaro, pasaporte diplomático, litera número 13, primera clase.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde medianoche a las 2 de la madrugada. (Atestiguada por el encargado, esto no cubre el período de la 1 a la 1.16.)

CONDESA ANDRENYI: Como el anterior, litera número 12.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde medianoche a las 2 de la madrugada. Tomó Trional y durmió. (Atestiguado por su esposo. El frasco de Trional en su armario.)

CORONEL ARBUTHNOT: Inglés, litera número 15, primera clase.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde medianoche a las 2 de la madrugada. Habló con MacQueen hasta la 1.30. Fue a su compartimiento y ya no lo abandonó. (Corroborado por MacQueen y el conductor.)
Pruebas contra él o circunstancias sospechosas: El limpiapipas.

CIRUS HARDMAN: Norteamericano, litera número 16, primera clase.
Móvil: Ninguno conocido.
Coartada: Desde medianoche a las 2 de la madrugada no abandona ya su compartimiento. (Corroborado por MacQueen y el encargado.)
Pruebas contra él o circunstancias sospechosas: Ninguna.

ANTONIO FOSCARELLI: Ciudadano norteamericano (italiano de nacimiento), litera número 5, segunda clase.
Móvil: Ninguno conocido.
Coartada: Desde medianoche a las 2 de la madrugada. (Atestiguada por Edward Masterman.)
Pruebas contra él o circunstancias sospechosas: Ninguna, excepto que el arma utilizada se adapta a su temperamento. (Véase monsieur Bouc.)

MARY DEBENHAM: Inglesa, litera número 6, segunda clase.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde medianoche a las 2 de la madrugada. (Atestiguada por Greta Ohlsson.)
Pruebas contra ella o circunstancias sospechosas: Conversación sorprendida por Hércules Poirot y que ella se niega a explicar.

HILDEGARDE SCHMIDT: Alemana, litera número 8, segunda clase.
Móvil: Ninguno.
Coartada: Desde medianoche a las 2 de la madrugada. (Atestiguada por el encargado y por la princesa.) Fue a acostarse. La despertó el encargado a las 12.38 aproximadamente y fue a ver a su ama.

Nota: Las declaraciones de los viajeros están apoyadas por las afirmaciones del encargado de que ninguno de ellos entró o salió del compartimiento de mister Ratchett entre la medianoche y la una de la madrugada (hora en que él pasó al coche inmediato) y desde la 1.15 a las 2.

—Este documento, como comprenderán ustedes —aclaró Poirot—, es un mero resumen de las declaraciones que hemos escuchado, ordenadas de este modo para mayor claridad.
Monsieur Bouc le devolvió el papel con una mueca.
—No aclara mucho que digamos —murmuró.
—Quizás encuentre usted éste más de su gusto —repuso Poirot, entregándole una segunda hoja de papel.


II

Diez preguntas


En la hoja estaba escrito lo siguiente:


DIEZ PUNTOS QUE NECESITAN EXPLICACIÓN

1. El pañuelo marcado con la inicial «H», ¿de quién es?
2. El limpiapipas. ¿Lo dejó caer el coronel Arbuthnot? ¿Quién si no?
3. ¿Quién llevaba el quimono escarlata?
4. ¿Quién era el hombre, o la mujer, disfrazado con el uniforme de empleado del coche cama?
5. ¿Por qué señalaban las manecillas del reloj la 1.15?
6. ¿Se cometió el asesinato a esa hora?
7. ¿Se cometió antes?
8. ¿Se cometió después?
9. ¿Podemos estar seguros de que Ratchett fue apuñalado por más de una persona?
10. ¿Qué otra explicación puede haber de sus heridas?

—Bien, veamos lo que puede hacerse —dijo monsieur Bouc, algo más animado ante este desafío a su ingenio—. Empecemos por el pañuelo. Y procedamos ahora ordenada y metódicamente.
—Hagámoslo así —dijo Poirot con aire de satisfacción.
—La inicial «H» —prosiguió monsieur Bouc— sugiere tres personas: mistress Hubbard, miss Debenham, cuyo segundo nombre es Hermoine, y la doncella alemana Hildegarde Schmidt.
—¡Ah! ¿Quién de esas tres?
—Es difícil determinar. Pero yo votaría por miss Debenham. Quizá tenga más costumbre de designarse por su segundo nombre que por el primero. Además, es bastante sospechosa. Aquella conversación que sorprendió usted, mon cher, fue ciertamente un poco extraña, y lo mismo su negativa a explicarla.
—En cuanto a mí, voto por la norteamericana —dijo el doctor Constantine—. El pañuelo es muy costoso, y las norteamericanas, como todo el mundo sabe, no reparan en gastos.
—¿Así, pues, eliminan ustedes a la doncella? —preguntó Poirot.
—Sí. Como ella misma dijo, el pañuelo pertenece a un miembro de la clase alta.
—Vamos con la segunda pregunta: el limpiapipas. ¿Lo dejó caer el coronel Arbuthnot o quién?
—Eso es más difícil. Los ingleses no apuñalan. En eso está usted acertado. Me inclino a creer que alguna otra persona lo dejó caer... y lo hizo para desviar las sospechas hacia el inglés de las piernas largas.
—Como usted dijo, monsieur Poirot —intervino el doctor—, dos rastros son demasiados descuidos. Estoy de acuerdo con monsieur Bouc. El pañuelo fue un verdadero olvido..., por eso nadie reconocerá que es suyo. El limpiapipas es una pista falsa. En apoyo de esta teoría, recordará usted que el coronel Arbuthnot no dio muestras de turbación y confesó libremente que fumaba en pipa y que utilizaba aquel adminículo para limpiarla.
—No razona usted mal —dijo Poirot.
—Pregunta número tres. ¿Quién llevaba el quimono escarlata? —prosiguió monsieur Bouc—. Respecto a eso, confesaré que no tengo la menor idea. ¿Se ha formado usted alguna opinión sobre el asunto, doctor Constantine?
—Ninguna.
—Entonces nos confesaremos los dos derrotados aquí. La pregunta siguiente ya tiene algunas posibilidades. ¿Quién era el hombre o la mujer disfrazado con el uniforme de los coches cama? A eso podemos contestar con certeza que existe un cierto número de personas a quienes no sentaría bien ese uniforme. Hardman, el coronel Arbuthnot, Foscarelli, el conde Andrenyi y Héctor MacQueen. Todos ellos son demasiado altos. Mistress Hubbard, Hildegarde Schmidt y Greta Ohlsson son demasiado gruesas. Nos quedan el criado, miss Debenham, la princesa Dragomiroff, la condesa Andrenyi... ¡y ninguno de ellos parece probable! Greta Ohlsson por una parte y Antonio Foscarelli por otra, juran que miss Debenham y el criado no abandonaron sus compartimientos. Hildegarde Schmidt afirma que la princesa estuvo en el suyo, y el conde Andrenyi nos ha dicho que su esposa tomó un somnífero. Por lo tanto, parece imposible que haya sido alguno de ellos... ¡lo cual es absurdo!
—Como dice nuestro viejo amigo Euclides —murmuró Poirot.
—Pues tiene que ser uno de esos cuatro —dijo el doctor Constantine—. A menos que se trate de alguien de fuera que haya encontrado un escondite... y eso hemos convenido que no puede ser.
Monsieur Bouc pasó a la siguiente pregunta de la lista.
—Número cinco. ¿Por qué señalaban las manecillas del reloj la una y quince? Veo dos explicaciones a esto. O fue hecho por el asesino para establecer una coartada y después se vio imposibilitado de abandonar el compartimiento cuando se lo proponía, al oír ruido de gente, o... ¡Espere! Se me ocurre una idea...
Los otros dos esperaron respetuosamente, mientras monsieur Bouc se debatía en mental agonía.
—Ya lo tengo —dijo al fin—. ¡No fue el asesino quien manipuló el reloj! Fue la persona que hemos llamado el Segundo Asesino..., la persona zurda..., en otras palabras, la mujer del quimono escarlata. Ésta llegó más tarde y movió hacia atrás las manecillas del reloj, para forjarse una coartada.
—¡Bravo! —exclamó el doctor Constantine—. Eso está bien imaginado.
—En efecto —dijo Poirot—. La mujer lo apuñaló en la oscuridad sin darse cuenta de que estaba ya muerto, pero algo le hizo notar que la víctima tenía un reloj en el bolsillo del pijama, y entonces lo sacó, retrasó a ciegas las manecillas y le produjo las abolladuras.
—¿No tiene usted alguna sugerencia mejor que hacernos? —preguntó monsieur Bouc.
—Por el momento... no —contestó Poirot—. Pero es igual. No creo que ninguno de ustedes haya reparado en el punto más importante acerca de ese reloj.
—¿Tiene algo que ver con la pregunta número seis? —preguntó el doctor—. A esa pregunta... «¿fue cometido el asesinato a la una y quince?»... contesto que no.
—Estoy de acuerdo —dijo monsieur Bouc—. «¿Fue antes?», es la pregunta siguiente. A ella contesto que sí. ¿Está usted conforme, doctor?
El doctor asintió.
—Sí, pero la pregunta «¿fue después?» puede contestarse también afirmativamente. Estoy conforme con su teoría, monsieur Bouc, y creo que también monsieur Poirot, aunque no quiere soltar prenda. El Primer Asesino llegó antes de la una y quince, pero el Segundo Asesino se presentó después de esa hora. Y respecto a la pregunta de la mano zurda, ¿no deberíamos realizar algunas gestiones para averiguar cuál de los viajeros es zurdo?
—No he descuidado completamente este punto —contestó Poirot—. Observarían ustedes que hice escribir a cada uno de los viajeros su nombre y dirección. Pero esto no es concluyente, porque algunas personas realizan ciertas acciones con la mano derecha y otras con la izquierda. Juegan, por ejemplo, al golf con ésta y escriben con aquélla. Sin embargo, ya es algo. Todas las personas interrogadas cogieron la pluma con la mano derecha... con excepción de la princesa Dragomiroff, que se negó a escribir.
—La princesa Dragomiroff está fuera de toda sospecha —dijo monsieur Bouc.
—Dudo de que la princesa tenga la fuerza suficiente para haber infligido el golpe que atribuimos a la persona zurda —confirmó el doctor Constantine—. Esa herida en especial fue inferida indefectiblemente con una fuerza considerable.
—¿Con más fuerza de la que una mujer es capaz?
—No quiero decir tanto. Pero sí con más fuerza de la que una anciana podría desplegar, y la contextura física de la princesa Dragomiroff es particularmente débil.
—Pudo ser consecuencia de la influencia del espíritu sobre el cuerpo —repuso Poirot—. La princesa Dragomiroff tiene una gran personalidad y un inmenso poder de voluntad. Pero dejemos esto a un lado por el momento.
—Examinemos, pues, las preguntas nueve y diez. ¿Podemos estar seguros de que Ratchett fue apuñalado por más de una persona, o qué otra explicación puede haber de las heridas? En mi opinión, hablando como médico, no puede haber otra explicación de esas heridas. Carece de sentido sugerir que un hombre golpeó primero débilmente y luego con violencia al principio con la mano derecha y después con la izquierda; y que pasado un intervalo de quizá media hora infligió nuevas heridas al cuerpo muerto.
—No —dijo Poirot—. Eso carece, en efecto, de sentido. ¿Pero cree usted que la hipótesis de los dos asesinos tiene más verosimilitud?
—Como usted mismo ha dicho, ¿qué otra explicación puede haber?
—Eso es lo que me pregunto —dijo Poirot, abstraída la mirada—. No dejo de preguntármelo.
Se retrepó en su asiento.
—De ahora en adelante todo está aquí —añadió golpeándose la frente—. Lo hemos agotado todo. Los hechos están ante nosotros... nítidamente agrupados con orden y método. Los viajeros han desfilado uno tras otro por este salón. Sabemos todo lo que puede saberse... superficialmente.
Dirigió una afectuosa mirada a monsieur Bouc.
—¿Recuerda que bromeamos un poco sobre aquello de recostarse y reflexionar? Bien, pues voy a poner en práctica mi sistema... aquí delante de sus ojos, ustedes dos deben hacer lo mismo. Recostémonos y reflexionemos... Uno o varios viajeros mataron a Ratchett. ¿Cuál de ellos?


III

Algunos puntos sugestivos


Pasó un cuarto de hora antes de que ninguno de ellos hablase.
Monsieur Bouc y el doctor Constantine empezaron por tratar de obedecer las instrucciones de Poirot. Y se habían esforzado por ver, a través de la masa de detalles contradictorios, una solución clara y terminante.
Los pensamientos de monsieur Bouc discurrieron de esta suerte:
«No tengo más remedio que pensar. Pero el caso es que creí tenerlo ya todo pensado... Poirot, evidentemente, opina que la muchacha inglesa está complicada en el asunto. Yo no puedo por menos que creer que eso es en extremo improbable... Los ingleses son extremadamente fríos. Pero ahora no se trata de eso. Parece ser que el italiano no pudo hacerlo. Es una lástima. Supongo que el criado inglés no mintió cuando dijo que el otro no abandonó el compartimiento. ¿Y por qué iba a mentir? No es fácil sobornar a los ingleses. Son tan insobornables... Todo este asunto ha sido desgraciadísimo. No sé cuándo vamos a salir de él. Todavía queda mucho por hacer. Son tan indolentes en estos países... pasan horas antes de que a alguien se le ocurra hacer algo. Y la policía debería ser más activa. No tropiezan con un caso así todos los días. Lo publicarán todos los periódicos.»
Y desde aquí los pensamientos de monsieur Bouc siguieron un camino trillado, que ya habían recorrido centenares de veces.
Los pensamientos del doctor Constantine discurrieron de este modo:
«Este hombrecito extraño. ¿Un genio? ¿O un farsante? ¿Resolverá este misterio? Imposible. Yo no le veo solución. Todo en él es confuso... Todos mienten, quizá... De todos modos, no adelantaríamos nada. Si mienten, es tan desconcertante como si dicen la verdad. Las heridas son muy extrañas. No puedo comprenderlo... Sería más fácil si le hubiesen matado a tiros... Después de todo, la palabra pistolero tiene que significar que se dispara con una pistola. Curioso país, Estados Unidos. Me gustaría ir allá. Es tan avanzado... Cuando vuelva a casa tengo que hablar con Demetrius Zagone... ha estado allí... tiene ideas muy modernas. ¿Qué estará haciendo Zía en este momento? Si mi esposa llega a enterarse...».
Sus pensamientos continuaron ya por el camino del terreno personal.
Hércules Poirot permaneció completamente inmóvil. Cualquiera habría creído que estaba dormido.
Y de pronto, después de un cuarto de hora de completa inmovilidad, sus cejas empezaron a moverse lentamente hacia arriba. Se le escapó un pequeño suspiro. Y murmuró entre dientes:
—Al fin y al cabo, ¿por qué no? Y si fuese así, se explicaría todo.
Abrió los ojos. Eran verdes como los de los gatos.
Eh bien —dijo—. Ya he reflexionado. ¿Y ustedes?
Perdidos en sus reflexiones, ambos hombres se sobresaltaron al oírle.
—Yo también he pensado —dijo monsieur Bouc, con una sombra de culpabilidad—. Pero no he llegado a ninguna conclusión. Su oficio, y no el mío, es aclarar los crímenes, amigo Poirot.
—También yo he reflexionado con gran intensidad —dijo el doctor, enrojeciendo y haciendo regresar sus pensamientos de ciertos detalles pornográficos—. Se me han ocurrido muchas posibles hipótesis, pero no hay ninguna que llegue a satisfacerme.
Poirot asintió amablemente. Su gesto parecía significar: «Perfectamente. No podían decir otra cosa. Me han dado la contestación que esperaba».
Permaneció muy tieso, sacó pecho, se acarició el bigote y habló a la manera de un orador veterano que se dirige a una asamblea.
—Amigos míos, he revisado los hechos en mi imaginación, y me he repetido también las declaraciones de los viajeros... con ciertos resultados. Veo, nebulosamente todavía, una cierta explicación que abarcaría los hechos que conocemos. Es una curiosísima explicación, pero todavía no puedo estar seguro de que sea la verdadera. Para averiguarlo definitivamente, tendré que hacer todavía ciertos experimentos aclaratorios.
»Me gustaría mencionar, en primer lugar, ciertos puntos que parecen muy sugestivos. Empezaremos por una observación que me hizo monsieur Bouc, en este mismo lugar, en ocasión de nuestra primera comida en el tren. Comentaba el hecho de que estuviésemos rodeados de personas de todas clases, edades y nacionalidades. Es un hecho algo raro en esta época del año. Los coches Atenas-París y Bucarest-París, por ejemplo, están casi vacíos. Recuerdo también un pasajero que dejó de presentarse. Es un detalle significativo. Después hay algunos detalles que también me llaman la atención. Por ejemplo, la posición de la esponjera de mistress Hubbard, el nombre de la madre de mistress Armstrong, los métodos detectivescos de mister Hardman, la sugerencia de mister MacQueen de que el mismo Ratchett destruyó la nota que encontramos carbonizada, el nombre de pila de la princesa Dragomiroff y una mancha de grasa en el pasaporte húngaro.
Los dos hombres se le quedaron mirando, desconcertados.
—¿Les sugieren a ustedes algo esos puntos? —preguntó Poirot.
—A mí lo más mínimo —confesó francamente monsieur Bouc.
—¿Y a usted, doctor?
—No comprendo nada de lo que está usted diciendo.
Monsieur Bouc, entretanto, agarrándose a la única cosa tangible que su amigo había mencionado, se puso a revolver los pasaportes. Encontró el del conde y la condesa Andrenyi y los abrió.
—¿Se refiere usted a esta mancha? —preguntó.
—Sí. Es una mancha de grasa relativamente fresca. ¿Observa usted dónde está situada?
—Al principio de la filiación de la esposa del conde..., sobre su nombre de pila, para ser más exacto. Pero confieso que todavía no comprendo lo que quiere usted decir.
—Voy a preguntárselo desde otro ángulo. Volvamos al pañuelo encontrado en la escena del crimen. Según dijimos hace un momento, sólo tres personas están relacionadas con la letra «H»: mistress Hubbard, miss Debenham y la doncella Hildegarde Schmidt. Consideremos ahora ese pañuelo desde otro punto de vista. Es, amigos míos, un pañuelo extremadamente costoso..., un objet de luxe, hecho a mano, bordado en París. ¿Cuál de los viajeros, prescindiendo de la inicial, es probable que poseyese semejante pañuelo? No mistress Hubbard, una digna señora sin pretensiones ni extravagancias en el vestir. No miss Debenham; esta clase de inglesas utilizan pañuelos finos, pero no un pedazo de batista, que habrá costado, quizá, doscientos francos. Y ciertamente no la doncella. Pero hay dos mujeres en el tren que podrían haber poseído tal pañuelo. Veamos si podemos relacionarlas en algún modo con la letra «H». Las dos mujeres a que me refiero son la princesa Dragomiroff...
—Cuyo nombre de pila es Natalia —interrumpió irónicamente monsieur Bouc.
—Exactamente. Nombre de pila, como antes dije, que es decididamente sugestivo. La otra mujer es la condesa Andrenyi. Y en seguida algo nos llama la atención...
—¡Se la llamará a usted!
—Bien; pues a mí. El nombre de pila que figura en su pasaporte está desfigurado por una mancha de grasa. Un mero accidente, diría cualquiera. Pero consideren ese nombre, Elena. Supongamos que, en lugar de Elena, fuese Héléne, con hache. Esa «H» mayúscula pudo ser transformada en una «E», haciéndole cubrir la «e» minúscula siguiente... y luego una mancha de grasa disimuló completamente la alteración.
—¡Helena! —exclamó monsieur Bouc—. ¡No es mala idea!
—¡Ciertamente que no lo es! He buscado a mi alrededor una confirmación de esa idea, por ligera que sea... y la he encontrado. Una de las etiquetas del equipaje de la condesa estaba todavía húmeda. Y da la casualidad que estaba colocada sobre la primera inicial de su maletín. Esta etiqueta había sido arrancada y vuelta a pegar en un lugar diferente con toda seguridad.
—Empieza usted a convencerme —dijo monsieur Bouc—. Pero la condesa Andrenyi...
—Oh, ahora, mon vieux, tiene usted que retroceder y examinar el caso desde un ángulo completamente diferente. ¿Cómo se pensó que apareciera el asesinato ante la gente? No olvide que la nieve ha trastornado todo el plan original del asesino. Imaginemos, por un momento, que no hubo nieve, que el tren siguió su curso normal. ¿Qué habría sucedido entonces?
»El asesinato se habría descubierto con toda probabilidad esta mañana temprano en la frontera italiana. Las pruebas habrían sido encontradas por la policía. Mister MacQueen habría mostrado las cartas amenazadoras, mister Hardman habría contado su historia, mistress Hubbard se habría apresurado a contar cómo un hombre pasó por su compartimiento y cómo encontró un botón sobre la revista. Me imagino que solamente dos cosas habrían sido diferentes. El hombre habría pasado por el compartimiento de mistress Hubbard poco antes de la una... y el uniforme se habría encontrado tirado en uno de los lavabos.
—Lo que significaría...
—Lo que significaría que el asesinato fue planeado para que apareciese como obra de alguien del exterior... Se habría supuesto que el asesino abandonó el tren en Brod, donde tenía que llegar a las cero cincuenta y ocho. Alguien, probablemente, se habría tropezado con un encargado falso en el pasillo. El uniforme habría quedado abandonado en un lugar visible para mostrar claramente cómo se había ejecutado el crimen. Ninguna sospecha habría recaído sobre los viajeros. Así fue, amigos míos, cómo se pensó que el asunto apareciese ante los ojos del mundo.
»Pero el accidente de la nieve lo trastornó todo. Indudablemente, tenemos aquí una razón de por qué el hombre permaneció en el compartimiento tanto tiempo con su víctima. Estaba esperando que el tren reanudase la marcha. Pero al fin se dio cuenta de que el tren no se movía. Había que improvisar un plan diferente. Ya no se podía impedir que se averiguase que el asesino continuaba todavía en el tren.
—Sí, sí —dijo monsieur Bouc, impaciente—. Todo eso lo comprendo. Pero ¿qué tiene que ver el pañuelo con ello?
—Vuelvo a ese asunto por un camino algo tortuoso. Para empezar, tiene usted que darse cuenta de que las cartas amenazadoras eran una especie de pantalla. Probablemente fueron inspiradas por alguna novela detectivesca norteamericana. No eran verdaderas. Están, en efecto, sencillamente destinadas a la policía. Lo que tenemos que preguntarnos nosotros es: «¿Engañaron esas cartas a Ratchett?». En vista de lo que conocemos, la respuesta parece que tiene que ser: «No». Las instrucciones de Ratchett a Hardman indican un determinado enemigo «particular», de cuya identidad estaba perfectamente enterado. Esto, lógicamente, es así si aceptamos el relato de Hardman como verdadero. Pero lo que sí es cierto es que Ratchett recibió una carta de un carácter muy diferente: la que contenía una referencia al baby Armstrong, un fragmento de la cual encontramos en su compartimiento. El primer cuidado del asesino fue destruirla. Ése fue, pues, el segundo tropiezo de sus planes. El primero fue la nieve, el segundo nuestra reconstrucción de aquel fragmento de papel carbonizado.
»Esta nota destruida tan cuidadosamente sólo puede significar una cosa. Tiene que haber en este tren alguien tan íntimamente relacionado con la familia Armstrong, que el hallazgo de esta nota arrojaría inmediatamente las sospechas sobre tal persona.
»Vamos ahora con los otros rastros encontrados. Prescindiremos de momento del limpiapipas. Ya hemos hablado bastante de él. Pasemos al pañuelo. Considerado elementalmente, es un rastro que acusa de un modo directo a alguien cuya inicial es «H», y fue dejado caer involuntariamente por ese alguien.
—Exacto —dijo el doctor Constantine—. Esa persona descubrió que dejó caer el pañuelo e inmediatamente hizo lo necesario para ocultar su nombre de pila.
—Va usted demasiado de prisa. Llega usted a una conclusión mucho antes de lo que yo mismo me permitiría.
—¿Hay alguna otra alternativa?
—Ciertamente que la hay. Supongamos, por ejemplo, que usted ha cometido un crimen y desea que recaigan las sospechas sobre alguna otra persona, y que ésta es una mujer que va en el tren, relacionada íntimamente con la familia Armstrong. Supongamos, pues, que deja usted allí un pañuelo que pertenece a esa mujer... Ella será interrogada, se descubrirá su relación con la familia Armstrong... et voilá. Móvil... y pieza de convicción.
—Pero en tal caso —objetó el doctor—, como la persona indicada es inocente, no hará nada para ocultar su identidad.
—¿Cree usted eso realmente? Ésa sería la opinión de un policía vulgar. Pero yo conozco la naturaleza humana, amigo mío, y le diré que enfrentada de pronto con la posibilidad de ser procesada por asesinato, la persona más inocente pierde la cabeza y hace las cosas más absurdas. No, no; la mancha de grasa y la etiqueta cambiada no prueban definitivamente la culpabilidad..., prueban únicamente que la condesa tiene sumo interés, por alguna razón, en ocultar su verdadera identidad.
—¿Qué relación cree usted que la unirá con la familia Armstrong? Nunca ha estado en Estados Unidos, según dice.
—Exactamente, y habla un mal inglés, y tiene un aire extranjero que exagera. Pero no será difícil averiguar quién es. Mencioné hace poco el nombre de la madre de mistress Armstrong. Era Linda Arden, una célebre actriz, notabilísima intérprete del teatro shakesperiano. Piensen en Como gustéis. Fue en esa comedia donde ella se inspiró para su nombre de batalla. Linda Arden, el nombre con que era conocida en el mundo entero, no era su verdadero nombre. Éste pudo ser Goldenberg... con toda seguridad, tenía sangre centroeuropea en sus venas..., quizá de origen judío. Muchas nacionalidades se amontonan en América. Sugiero a ustedes, señores, que esa joven hermana de mistress Armstrong, poco más que una chiquilla en la época de la tragedia, es Helena Goldenberg, la hija más joven de Linda Arden, y que se casó con el conde Andrenyi seguramente cuando éste estuvo con el cargo de agregado en Washington.
—Pero la princesa Dragomiroff dice que se casó con un inglés.
—¡Cuyo nombre no puede recordar! Y yo les pregunto, amigos míos, ¿es eso realmente probable? La princesa Dragomiroff quería a Linda Arden como las grandes damas quieren a los grandes artistas. Era, además, madrina de una de sus hijas. ¿Iba a olvidar tan rápidamente el nombre de casada de la otra hija? No es probable. Creo que podemos afirmar que la princesa Dragomiroff ha mentido. Sabía que Helena estaba en el tren, la había visto. Y se dio cuenta en seguida, tan pronto como se enteró de quién era realmente Ratchett, de que Helena sería sospechosa. Por eso, cuando la interrogamos sobre la hermana, se apresuró a mentir... no puede recordar, pero «cree que Helena se ha casado con un inglés...», sugerencia que sin duda alguna se aleja todo lo posible de la verdad.
Entró uno de los empleados del restaurante y se dirigió a monsieur Bouc.
—¿Servimos la comida, señor? Hace tiempo que está ya lista.
Monsieur Bouc miró a Poirot y éste asintió.
—Sí, sí; que sirvan la comida.
El empleado desapareció por la puerta del otro extremo. Al cabo de unos instantes se oyó la campanilla y el pregón de su voz.
—Primera clase. La comida está servida. Primera serie.


IV

La mancha de grasa en un pasaporte húngaro


Poirot compartió una mesa con monsieur Bouc y el doctor.
Los viajeros reunidos en el coche comedor hablaban poco. Hasta la locuaz mistress Hubbard se mostraba desacostumbradamente silenciosa. Al sentarse murmuró: «No sé si tendré ánimo para comer». Y luego aceptó todo lo que le ofrecieron, animada por la dama sueca, que parecía considerarla con un interés especial.
Antes de que se sirviese la comida, Poirot cogió al jefe de los camareros por la manga y le murmuró algo al oído. Constantine no tardó en enterarse en qué habían consistido las instrucciones, pues observó que el conde y la condesa Andrenyi eran siempre servidos los últimos y que, al final de la comida, se retrasaron en presentarles la cuenta, con lo que resultó que el conde y la condesa fueron los últimos en abandonar el coche comedor.
Cuando al fin se pusieron en pie y avanzaron en dirección a la puerta, Poirot se levantó también y los siguió.
Pardon, madame —dijo—, ha dejado usted caer su pañuelo. Mostraba a la dama el delicado cuadradito de batista con su monograma.
Ella lo cogió, lo miró y se lo devolvió.
—Se equivoca usted, señor, ese pañuelo no es mío.
—¿No es suyo? ¿Está usted segura?
—Completamente segura, señor.
—Y, sin embargo, madame, tiene su inicial..., la inicial «H».
El conde hizo un movimiento brusco. Poirot fingió no darse cuenta. Su mirada estaba fija en el rostro de la condesa.
—No comprendo, señor —replicó ella, sin inmutarse—. Mis iniciales son E.A.
—Me parece que no. Su nombre es Helena..., no Elena. Helena Goldenberg, la hija más joven de Linda Arden. Helena Goldenberg, hermana de mistress Armstrong.
Durante unos minutos reinó un silencio de muerte. Tanto el conde como la condesa palidecieron intensamente. Poirot añadió en tono más suave:
—Es inútil negarlo. Ésa es la verdad, ¿no es cierto?
—Pregunto, señor, ¿con qué derecho...? —estalló, furioso, el conde. Ella le contuvo, levantando una pequeña mano hacia su boca.
—No, Rudolph. Déjame hablar. Es inútil negar lo que dice este caballero. Mejor sería que nos sentásemos y aclarásemos el asunto.
Su voz había cambiado. Tenía todavía la riqueza del tono meridional, pero se había hecho repentinamente más enérgica e incisiva.
Era, por primera vez, una voz definitivamente norteamericana.
El conde guardó silencio. Obedeció al gesto de su mano y ambos se sentaron frente a Poirot.
—Su afirmación, señor, es completamente cierta —dijo la condesa—. Soy Helena Goldenberg, la hermana más joven de mistress Armstrong.
—Esta mañana no quiso usted ponerme al corriente de ese hecho, señora condesa.
—No..., en efecto.
—Todo lo que usted y su esposo me dijeron fue una sarta de mentiras.
—¡Señor! —saltó airadamente el conde.
—No te enfades, Rudolph. Monsieur Poirot expone los hechos algo brutalmente, pero lo que dice es innegable.
—Celebro que lo reconozca usted tan libremente, madame. ¿Quiere usted decirme ahora las razones que tuvo para hacerlo así, y también para alterar su nombre de pila en el pasaporte?
—Eso fue obra exclusivamente mía —intervino el conde.
—Seguramente, monsieur Poirot, que sospechará usted mis razones... nuestras razones —añadió tranquilamente Helena—. El hombre muerto es el individuo que asesinó a mi sobrinita, el que mató a mi hermana, el que destrozó el corazón de mi cuñado. ¡Tres personas a quienes yo adoraba y que constituían mi hogar..., mi mundo!
Su voz vibró apasionada. Era una digna hija de aquella madre cuya fuerza emocional había arrancado lágrimas a tantos auditorios.
La dama prosiguió, más tranquilamente:
—De todas las personas que ocupan el tren, yo sola tenía probablemente los mejores motivos para matarle.
—¿Y no lo mató usted, madame?
—Le juro a usted, monsieur Poirot..., y mi esposo que lo sabe lo jurará también..., que aunque muchas veces me sentí tentada de hacerlo, jamás levanté una mano contra semejante canalla.
—Así es, caballeros —dijo el conde—. Les doy mi palabra de honor de que Helena no abandonó su compartimiento anoche. Tomó un somnífero, como declaré. Es absoluta y enteramente inocente.
Poirot paseó la mirada de uno a otro.
—Bajo mi palabra de honor —repitió el conde.
—Y, sin embargo —repuso Poirot—, confiesa usted que alteró el nombre del pasaporte.
—Monsieur Poirot —replicó el conde apasionadamente—, considere mi situación. Yo no podía sufrir la idea de que mi esposa se viese complicada en un sórdido caso policíaco. Ella era inocente, yo lo sabía, pero su relación con la familia Armstrong la habría hecho inmediatamente sospechosa. La habrían interrogado, detenido quizá. Puesto que una aciaga casualidad había hecho que viajáramos en el mismo tren que ese Ratchett, no encontré otro camino que la mentira para aminorar el mal. Confieso, señor, que le he mentido en todo... menos en una cosa. Mi mujer no abandonó su cabina la noche pasada.
Hablaba con una ansiedad difícil de fingir.
—No digo que no le crea, señor —dijo lentamente Poirot—. Su familia es, según tengo entendido, de abolengo y orgullosa. Habría sido, ciertamente, duro para usted ver a su esposa complicada en un asunto tan desagradable. Con eso puedo simpatizar. Pero, ¿cómo explica usted, entonces, la presencia del pañuelo de su esposa en la cabina del hombre muerto?
—Ese pañuelo no es mío, señor —dijo la condesa.
—¿A pesar de la inicial «H»?
—A pesar de ella. Tengo pañuelos no muy diferentes de ése, pero ninguno de una hechura exactamente igual. Sé, naturalmente, que no puedo esperar que usted me crea, pero le aseguro que es así. Ese pañuelo no es mío.
—¿Pudo ser colocado allí por alguien que deseaba comprometerla a usted?
—¿Es que quiere usted obligarme a confesar que es mío, después de todo? Pues esté usted seguro, monsieur Poirot, de que no lo es.
—Entonces, ¿por qué, si el pañuelo no es suyo, alteró usted el nombre en el pasaporte?
El conde contestó por su esposa:
—Porque nos enteramos de que habían encontrado un pañuelo con la inicial «H». Hablamos del asunto antes de que se nos interrogase. Hice notar a Helena que si se veía que su nombre de pila empezaba con una «H», sería sometida inmediatamente a un interrogatorio mucho más riguroso. Y la cosa era tan sencilla... Transformar Helena en Elena fue algo realizado perfectamente por mí en un momento.
—Tiene usted, señor conde, las características de un peligroso delincuente —dijo Poirot con sequedad—. Una gran ingenuidad natural y una decisión sin escrúpulos para despistar a la justicia.
—¡Oh, no, monsieur Poirot! —protestó la joven—. Ya le ha explicado lo sucedido. Yo estaba aterrada, muerta de espanto, puede usted creerme. ¡Después de lo que llevo sufrido, verme objeto de sospechas y quizá también encarcelada! ¡Y por causa del miserable asesino que hundió a mi familia en la desesperación! ¿Acaso no lo comprende usted, monsieur Poirot?
Su voz era acariciadora, profunda, rica, suplicante; la voz de la hija de la gran actriz Linda Arden.
Poirot la miró con gravedad.
—Si quiere que la crea, madame, tiene usted que ayudarme.
—¿Ayudarle?
—Sí. El móvil del asesinato reside en el pasado..., en aquella tragedia que destrozó su hogar y entristeció su joven vida. Hágame retroceder
hasta el pasado, madame, para que pueda encontrar en él el eslabón que nos lo explique todo.
—¿Qué puedo decirle, monsieur Poirot? Todos murieron. Todos murieron... —repitió con voz lúgubre—. Robert, Sonia..., ¡mi adorada Daisy de mi alma! Era tan dulce..., tan feliz..., tenía unos rizos tan adorables... ¡Todos estábamos locos con ella!
—Hubo otra víctima, madame. Una víctima indirecta, por decirlo así.
—¿La pobre Susanne? Sí, la había olvidado. La policía la interrogó. Estaba convencida de que tenía algo que ver con el crimen. Quizá fuera así..., pero inocentemente. Creo que había charlado con alguien, dándole informes sobre las horas de salida de Daisy. La pobre muchacha se vio terriblemente comprometida y creyó que la iban a procesar. Desesperada, se arrojó por una ventana. ¡Oh, fue terriblemente horrible!
La dama hundió el rostro entre las manos.
—¿Qué nacionalidad tenía, madame?
—Era francesa.
—¿Y se apellidaba?
—Le parecerá absurdo, pero no lo puedo recordar. Todos la llamábamos Susanne. Era una muchacha simpatiquísima, que adoraba a Daisy.
—¿Era su niñera?
—Sí.
—¿Quién era la nurse?
Una diplomada del hospital. Se apellidaba Stengelberg. También quería mucho a Daisy... y a mi hermana.
—Ahora, madame, necesito que piense cuidadosamente antes de contestar a mi pregunta. ¿Ha visto usted, desde que se encuentra en el tren, a alguna persona que le sea conocida?
La joven hizo un gesto de asombro.
—¿Yo? No, a nadie.
—¿Qué me dice de la princesa Dragomiroff?
—¡Oh!, ¿ella? La conozco, por supuesto. Creí que se refería usted a otra persona..., a alguien de... de aquella época.
—Precisamente, madame. Ahora piense cuidadosamente. Recuerde que han pasado algunos años. La persona puede haber alterado su aspecto.
Helena reflexionó profundamente. Luego dijo:
—No..., estoy segura de que no he visto a nadie.
—En aquella época era usted muy jovencita. ¿No tenía usted a nadie que la guiase en sus estudios o la cuidase?
—¡Oh, sí! Tenía un dragón..., una señora que era institutriz mía y secretaria de Sonia. Era inglesa, o más bien escocesa..., una mujerona de pelo rojizo.
—¿Cómo se llamaba?
—Miss Freebody.
—¿Joven o vieja?
—A mí me parecía espantosamente vieja. Supongo que no tendría más de cuarenta años.
—¿Y no había otras personas en la casa?
—Criados solamente.
—¿Está usted segura, completamente segura, madame, de que no ha reconocido a nadie en el tren?
—A nadie, señor. A nadie en absoluto —contesto la joven sin titubear.


V

El nombre de pila de la princesa Dragomiroff


Cuando el conde y la condesa se retiraron, Poirot se dirigió a sus amigos.
—Como ven, hacemos progresos —dijo.
—¡Excelente trabajo! —le felicitó cordialmente monsieur Bouc—. Por mi parte, nunca se me hubiese ocurrido sospechar del conde y la condesa Andrenyi. Confieso que los consideraba completamente hors de combat. Supongo que no habrá duda de que ella cometió el crimen. Es un poco triste. Sin embargo, no la guillotinarán. Existen circunstancias atenuantes. Unos cuantos años de prisión... eso será todo.
—¿Tan seguro está usted de su culpabilidad?
—¿Es que puede dudarse de ello, mi querido amigo? Yo creí que sus tranquilizadoras maneras eran sólo para arreglar las cosas hasta que salgamos de la nieve y se haga cargo del asunto la policía.
—¿No cree usted la rotunda afirmación del conde... respaldada por su palabra de honor... de que su esposa es inocente?
Mon cher..., naturalmente..., ¿qué otra cosa podía él decir? Adora a su mujer. ¡Quiere salvarla! Dice muy bien sus mentiras... en estilo de gran señor, pero, ¿qué otra cosa pueden ser, sino mentiras?
—Bien, pues yo tenía la absurda idea de que pudieran ser verdades.
—No, no. Recuerde el pañuelo. El pañuelo confirma el asunto.
—¡Oh!, yo no estoy tan seguro sobre eso del pañuelo. Recuerde que siempre le dije que había dos posibilidades respecto del poseedor de esa prenda.
—Así y todo...
Monsieur Bouc se interrumpió. Se había abierto la puerta y la princesa Dragomiroff avanzaba directamente hacia ellos. Los tres hombres se pusieron en pie.
Ella se dirigió a Poirot, prescindiendo de los otros.
—Creo, señor —dijo—, que tiene usted un pañuelo mío.
Poirot lanzó una mirada de triunfo a sus amigos.
—¿Es éste, madame?
Poirot mostró el cuadradito de batista.
—Éste es. Tiene mi inicial en una punta.
—Pero, princesa, esa letra es una «H» —intervino monsieur Bouc—. Su nombre de pila... perdóneme... es Natalia.
Ella le lanzó una fría mirada.
—Es cierto, señor. Mis pañuelos están siempre marcados con caracteres rusos. Esto es una N en ruso.
Monsieur Bouc quedó abochornado. Había algo en aquella indomable anciana que le hacía sentirse sumamente nervioso y aturdido.
—En el interrogatorio de esta mañana no nos dijo usted que este pañuelo fuera suyo —objetó Poirot.
—Usted no me lo preguntó —replicó secamente la princesa rusa.
—Tenga la bondad de sentarse, madame.
La princesa lo hizo con un gesto de impaciencia.
—No creo que debamos prolongar mucho este incidente, señores. Ustedes me van ahora a preguntar por qué se encontraba mi pañuelo junto al cadáver de un hombre asesinado. Mi contestación es que no tengo la menor idea.
—¿De verdad que no la tiene usted?
—En absoluto.
—Excúseme, madame, pero ¿podemos confiar en la sinceridad de sus respuestas?
Poirot pronunció estas palabras suavemente, pero la princesa Dragomiroff contestó de un modo despectivo.
—Supongo que dice usted eso porque no confesé que Helena Andrenyi era la hermana de mistress Armstrong.
—En efecto, usted nos mintió deliberadamente en este punto.
—Ciertamente. Y volvería a hacer lo mismo. Su madre era amiga mía. Creo, señores, en la lealtad a los amigos, a la familia y a la estirpe.
—¿Y no cree usted en lo conveniente que es ayudar hasta el límite los fines de la justicia?
—En este caso creo que se ha hecho justicia... estrictamente justicia. Poirot se inclinó hacia delante.
—Considere usted mi situación, madame. ¿Debo creer a usted en este asunto del pañuelo? ¿O trata usted de encubrir a la hija de su amiga?
—¡Oh! Comprendo lo que quiere usted decir, señor. —Su rostro se iluminó con una débil sonrisa—. Bien, señores, mi afirmación puede probarse fácilmente. Les daré a ustedes la dirección de la casa de París que me confeccionó mis pañuelos. No tienen ustedes más que enseñarles éste y les informarán de que fue hecho por encargo mío hará más de un año. El pañuelo es mío, señores.
Se puso en pie.
—¿Desean preguntarme algo más?
—Su doncella, madame, ¿cómo no reconoció este pañuelo cuando se lo enseñamos esta mañana?
—Debió reconocerlo. ¿Lo vio y no dijo nada? ¡Ah, bien! Eso demuestra indudablemente que también ella puede ser leal.
La dama hizo una ligera inclinación de cabeza y abandonó el coche comedor.
—Así tuvo que ser —murmuró Poirot—. Yo advertí un pequeñísimo titubeo cuando pregunté a la doncella si sabía a quién pertenecía el pañuelo. Dudó un instante sobre confesar o no que era de su ama.
—¡Verdaderamente, es una mujer terrible esa señora! —exclamó monsieur Bouc.
—¿Pudo asesinar a Ratchett? —preguntó Poirot al doctor Constantine.
Éste hizo un gesto negativo.
—Aquellas heridas..., las causadas con tanta fuerza que llegaron hasta el hueso..., no pudieron ser nunca obra de una persona tan débil físicamente.
—¿Y las otras?
—Las otras, las superficiales, sí.
—Estoy pensando —dijo Poirot— en el incidente de esta mañana, cuando dije a la princesa que su fuerza residía más en su voluntad que en su brazo. Aquella observación fue una especie de trampa. Yo quería ver si posaba la mirada en su brazo izquierdo o en el derecho. No miró a ninguno de los dos. Pero me dio una extraña respuesta. «No tengo fuerza alguna en ellos —dijo—. No sé si alegrarme o lamentarlo.» Curiosa observación que confirma mi opinión sobre el crimen.
—Pero no nos aclaró si la dama es zurda.
—No. Y a propósito, ¿se dio usted cuenta de que el conde Andrenyi guarda su pañuelo en el bolsillo del lado derecho del pecho?
Monsieur Bouc hizo gesto negativo. Su imaginación voló a las desconcertadas revelaciones de la pasada media hora.
—Mentiras y más mentiras —murmuró—. Es asombrosa la cantidad de mentiras que hemos escuchado esta mañana.
—Todavía faltan por descubrir algunas —dijo Poirot jovialmente.
—¿Lo cree usted?
—Me decepcionaría mucho que no fuese así.
—Tal duplicidad es terrible. Pero parece que le agrada —dijo monsieur Bouc en tono de reproche.
—Tiene sus ventajas —replicó Poirot—. Si confronta usted con la verdad a alguien que ha mentido, generalmente lo confesará... si se le coge de sorpresa. No se necesita más que obrar acertadamente para producir ese efecto.
»Es la única manera de llevar este caso. Yo considero a los viajeros uno tras otro, examino sus declaraciones y me digo: "Si tal y tal cosa es mentira, ¿en qué punto mienten y cuál es la razón de mentir?". Y me contestó que si mienten... y observen que hablo en condicional... sólo puede ser por tal razón y en determinado punto. Lo hemos hecho una vez con feliz resultado con la condesa Andrenyi. Vamos a ensayar ahora el mismo método con otras diversas personas.
—Pero cabe la posibilidad, amigo mío, de que sus conjeturas sean erróneas.
—En ese caso, una persona, al menos, estará libre de sospecha.
—¡Ah! Un proceso de eliminación.
—Exactamente.
—¿A quién probaremos primero?
—Al coronel Arbuthnot.


VI

Una segunda entrevista con el coronel Arbuthnot


El coronel Arbuthnot dio claras muestras de disgusto al ser llamado por segunda vez al coche comedor. La expresión de su rostro tampoco la pudo ocultar.
Eh bien? —preguntó, tomando asiento.
—Admita usted mis disculpas por molestarle por segunda vez —dijo Poirot—. Pero existen todavía ciertos detalles que creo podrá usted aclarar.
—¿De veras? Me resisto a creerlo.
—Empecemos. ¿Ve usted este limpiapipas?
—Sí.
—¿Le pertenece?
—No lo sé. Como usted comprenderá, no pongo una marca particular en cada uno de ellos.
—¿Está usted enterado, coronel Arbuthnot, de que es usted el único viajero del coche Estambul-Calais que fuma en pipa?
—En este caso, es probable que sea mío.
—¿Sabe usted dónde fue encontrado?
—No tengo la menor idea.
—Fue encontrado junto al cuerpo del hombre asesinado.
El coronel Arbuthnot enarcó las cejas.
—¿Puede usted decirnos, coronel Arbuthnot, cómo cree que llegó hasta allí?
—Lo único que puedo decir con certeza, es que yo no lo dejé caer.
—¿Entró usted en el compartimiento de mister Ratchett en alguna ocasión?
—Ni siquiera hablé nunca con ese hombre.
—¿Ni le habló... ni le asesinó?
Las cejas del coronel volvieron a elevarse sardónicamente.
—Si lo hubiese hecho, no es probable que se lo confesase a usted. Pero puede usted estar tranquilo: no lo asesiné.
—Muy bien —murmuró Poirot—. Carece de importancia.
—¿Cómo dice?
—Que carece de importancia.
—¡Oh! —exclamó el coronel, desconcertado, pues no esperaba aquella salida.
—Comprenderá usted —continuó diciendo Poirot— que lo del limpiapipas carece de importancia. Puedo discurrir otras once excelentes explicaciones de su presencia en la cabina de mister Ratchett.
Arbuthnot le miró, asombrado.
—Yo, realmente, deseaba verle a usted para otro asunto —continuó Poirot—. Miss Debenham quizá le haya dicho que yo sorprendí algunas palabras que cambiaron ustedes en la estación de Konya.
Arbuthnot no contestó.
—Ella decía: «Ahora no. Cuando todo termine. Cuando todo quede atrás». ¿Sabe usted a qué se referían aquellas palabras?
—Lo siento, monsieur Poirot, pero debo negarme a contestar a esa pregunta.
Pourquoi?
—Porque prefiero que se la dirija usted antes a la misma miss Debenham.
—Ya lo he hecho.
—¿Y se negó a explicarlo?
—Sí.
—Entonces creo que debería estar perfectamente claro... aun para usted... que mis labios deben permanecer callados.
—¿No quiere usted revelar el secreto de una dama?
—Puede usted interpretarlo de ese modo, si gusta.
—Miss Debenham me dijo que las palabras se referían a un asunto particular.
—Entonces, ¿por qué no acepta usted esa explicación?
—Porque miss Debenham es lo que podríamos llamar una persona altamente sospechosa.
—Tonterías...
—Nada de tonterías.
—Usted no tiene ninguna prueba contra ella.
—¿No es suficiente el hecho de que miss Debenham fuese institutriz de la familia Armstrong en la época del secuestro de la pequeña Daisy?
Hubo un minuto de mortal silencio. Poirot movió la cabeza lentamente.
—Ya ve usted —añadió— que sabemos más de lo que cree. Si miss Debenham es inocente, ¿por qué ocultó ese hecho? ¿Y por qué me dijo que no había estado nunca en Estados Unidos?
El coronel se aclaró la garganta.
—¿No cree posible que esté usted equivocado?
—No estoy equivocado. ¿Por qué mintió, pues, miss Debenham?
El coronel se encogió de hombros.
—Será mejor que se lo pregunte a ella. Yo sigo creyendo que se equivoca usted.
Poirot levantó la voz y llamó. Uno de los camareros acudió desde el otro extremo del coche.
—Vaya y diga a la dama inglesa del número once que tenga la bondad de venir.
—Bien, señor.
El camarero se alejó. Los cuatro hombres permanecieron en silencio. El rostro del coronel Arbuthnot parecía como tallado en madera, rígido e impasible.
Volvió el camarero.
—La señorita viene ahora mismo, señor.
—Gracias.
Unos minutos más tarde, Mary Debenham entró en el coche comedor.

VII

La identidad de Mary Debenham


No llevaba sombrero. Entró con la cabeza echada hacia atrás, como en un desafío. La curva de su nariz recordaba una nave surcando valiente un mar embravecido. En aquel momento, Mary Debenham estaba hermosísima.
Su mirada se posó en Arbuthnot un instante..., sólo un instante.
—Deseaba preguntarle, señorita, por qué nos mintió usted esta mañana.
—¿Mentirle yo? No sé a lo que se refiere.
—Ocultó usted el hecho de que en la época de la tragedia de Armstrong habitaba usted en aquella casa. Me dijo que no había estado nunca en Estados Unidos.
Se la vio palidecer un instante, pero se rehizo en seguida.
—Sí —dijo—. Es cierto.
—No, señorita, es falso.
—No me comprende usted. Quiero decir que es cierto, que le mentí a usted.
—¡Ah! ¿Lo confiesa?
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Ciertamente, puesto que usted me ha descubierto.
—Por lo menos es usted franca, señorita.
—No creo que me quede otro remedio que serlo.
—Es cierto. Y ahora, señorita, ¿puedo preguntarle la razón de sus evasivas?
—¿No lo adivina usted, señor Poirot?
—No, por cierto.
—Tengo que ganarme la vida —dijo ella con un tono de dureza en la voz.
—¿Lo que significa...?
La joven levantó los ojos y le miró fijamente a la cara.
—¿Sabe usted, monsieur Poirot, lo que hay que luchar para conseguir y conservar una colocación decente? ¿Cree usted que alguna familia inglesa, por modesta que sea, se atrevería a admitir como institutriz de sus hijas a una joven que fue detenida como implicada en un caso de asesinato y cuyo nombre y fotografía reprodujeron todos los periódicos ingleses?
—No veo por qué no —replicó Poirot—, si nadie tiene nada que censurarle.
—No se trata de censura, monsieur Poirot, ¡es la publicidad! Hasta ahora he logrado triunfar en la vida. He tenido puestos agradables y bien retribuidos. No iba a arriesgar la posición alcanzada, ¡y todo para no poder servir a un fin práctico!
—Permítame que le sugiera, señorita, que yo y no usted habría sido el mejor juez en esta cuestión.
La joven se encogió de hombros.
—Usted, por ejemplo, podría haberme ayudado en la identificación.
—No sé a qué se refiere.
—¿Es posible, señorita, que no haya usted reconocido en la condesa Andrenyi a la hija de mistress Armstrong que estuvo a su cuidado en Nueva York?
—¿La condesa Andrenyi? ¡No! Le parecerá extraño, pero no la reconocí. Cuando me separé de ella estaba todavía poco desarrollada. De eso hace más de trece años. Es cierto que la condesa me recordaba a alguien... y me tenía intrigada. Pero está tan cambiada que nunca la relacioné con mi pequeña discípula norteamericana. Bien es verdad que sólo la miré casualmente cuando entró en el comedor. Me fijé más en su traje que en su cara. ¡Somos así las mujeres! Y luego... yo tenía mis preocupaciones.
—¿No quiere usted revelarme su secreto, señorita?
La voz de Poirot era suave y persuasiva.
—No puedo... no puedo —contestó ella en voz baja.
Y de pronto, sin que nadie pudiera esperarlo, hundió el rostro entre los brazos y rompió a llorar amargamente, con desesperación. El coronel se puso en pie y corrió a su lado.
—Por Dios...
Calló y se encaró fieramente con Poirot.
—¡No dejaré un hueso sano en su cuerpo, miserable! —le amenazó.
—¡Señor! —protestó monsieur Poirot.
Arbuthnot se volvió a la joven.
—Mary..., por amor de Dios.
La joven se puso en pie.
—No es nada. Me siento bien. ¿Me necesita usted para algo más, monsieur Poirot? Si me necesita, vaya a verme. ¡Oh, qué tonterías..., qué tonterías estoy haciendo!
Salió apresuradamente del coche. Arbuthnot, antes de seguirla, se encaró una vez más con Poirot.
—Miss Debenham no tiene nada que ver con este asunto..., ¡nada! ¿Lo oye usted? Si vuelve a molestarla, tendrá que entendérselas conmigo.
Dicho esto, salió del salón.
—Me gusta ver a un inglés enfadado —dijo Poirot—. Son muy divertidos. Cuanto más emocionados están, menos dominan la lengua.
Pero a monsieur Bouc no le interesaban las reacciones emocionales de los ingleses. Se sentía abrumado de admiración hacia su amigo.
Mon cher, vous etes épatant! —exclamó—. ¡Otra suposición acertada! C'est formidable.
Es increíble con qué facilidad averigua usted las cosas —dijo el doctor Constantine no menos admirado.
—¡Oh! Esta vez no ha tenido mérito. La condesa Andrenyi me lo dijo todo en realidad.
Comment? Yo no me di cuenta.
—¿Recuerdan ustedes que le pregunté por su institutriz o señorita de compañía? Yo ya había decidido en mi imaginación que si Mary Debenham estaba complicada en el asunto, tenía que haber vivido con la familia Armstrong, desempeñando semejantes cargos.
—Sí, pero la condesa Andrenyi describió una persona completamente diferente.
—Es cierto. Dijo que era una mujer alta, de mediana edad, con cabellos rojos..., algo, en fin, completamente opuesto en todos los aspectos a miss Debenham. Pero después tuvo que inventar rápidamente un nombre para tal mujer, y la inconsciente asociación de ideas la delató. Dijo que se llamaba miss Freebody, ¿recuerdan?
—Sí.
Eh bien, no sé si la conocerán ustedes, pero hay una tienda en Londres que se llamaba hasta hace poco Debenham y Freebody. Con el nombre de Debenham en la cabeza, la condesa buscó otro rápidamente, y el primero que se le ocurrió fue Freebody. Yo me di cuenta de ello en seguida.
—Otra mentira —refunfuñó monsieur Bouc—. ¿Qué necesidad tuvo de mentir?
—Posiblemente también por lealtad. Lo cual dificulta un poco las cosas.
Ma foi! —dijo monsieur Bouc, indignado—. Pero, ¿es que en este tren miente todo el mundo?
—Eso —contestó Poirot— es lo que vamos a averiguar.


VIII

Más revelaciones sorprendentes


No me sorprendería ahora —dijo monsieur Bouc—, que todos los viajeros confesasen que han estado al servicio de la familia Armstrong.
—He aquí una observación profunda —dijo Poirot—. ¿Le agradaría escuchar lo que tiene que decir su sospechoso favorito, el italiano?
—¿Va usted a comprobar otra de sus ya famosas suposiciones?
—Precisamente.
—El suyo es realmente un caso extraordinario —dijo el doctor Constantine.
—Nada de eso, es de lo más natural —repuso Poirot.
Monsieur Bouc agitó los brazos con cómica desesperación.
—Si a eso lo llama usted natural, mon ami...
Le faltaron las palabras.
Poirot, entretanto, había llamado a un empleado del comedor para que fuese a buscar a Antonio Foscarelli.
El corpulento italiano tenía al entrar una expresión de cansancio. Sus nerviosas miradas se pasearon de un lado a otro, como un animal atrapado.
—¿Qué desean ustedes? —preguntó—. ¡No tengo nada que decir..., nada absolutamente! Per Dio... —Sacudió un puñetazo sobre la mesa.
—Sí, tiene usted algo más que decirnos —replicó Poirot con firmeza— ¡La verdad!
—¿La verdad?
Disparó una mirada de zozobra a Poirot. Había desaparecido la campechana afabilidad de sus modales.
Mais oui. Es posible que yo ya la sepa. Pero será un punto a su favor si sale de su boca espontáneamente.
—Habla usted como la policía norteamericana. «Canta claro», es lo que acostumbra a decir.
—¡Ah! ¿Tiene usted experiencia de lo que es la policía de Nueva York?
—Nunca pudo probar nada contra mí..., pero no fue por no intentarlo.
—Eso fue en el caso de Armstrong, ¿no es cierto? —preguntó Poirot— ¿Era usted el chófer?
Su mirada se encontró con la del italiano. Desapareció como por encanto la jactancia del corpulento individuo, cual si se tratase de un globo pinchado.
—Si lo sabe, ¿por qué me lo pregunta?
—¿Por qué mintió usted esta mañana?
—Por razones del negocio. Además, no confío en la policía yugoslava. Odia a los italianos. No me habría hecho justicia.
—¡Quizá fuese exactamente justicia lo que le habría hecho a usted!
—No, no; yo no tengo nada que ver con lo ocurrido anoche. No abandoné mi cabina un momento. El inglés puede decirlo. No fui yo quien mató a ese cerdo..., a Ratchett. No podrá probar nada contra mí.
Poirot escribió algo sobre una hoja de papel. Luego dijo tranquilamente:
—Muy bien. Puede usted retirarse.
Foscarelli no se decidió a hacerlo.
—¿Se da usted cuenta de que no fui yo quien..., de que no tengo nada que ver con este asunto? —insistió.
—He dicho que puede retirarse.
—Esto es una conspiración. ¿Quieren ustedes perderme? ¡Y todo por un cerdo que debió ir a la silla eléctrica! ¡Fue una infamia que lo absolviesen! Si hubiese sido yo... me habrían detenido y...
—Pero no fue usted. Usted no tuvo nada que ver con el secuestro de la chiquilla.
—¿Qué está usted diciendo? ¡Si aquella chiquilla era el encanto de la casa! Tonio, me llamaba. Y se metía en el coche y fingía manejar el volante. ¡Todos la adorábamos! Hasta la policía llegó a comprenderlo. ¡Oh, la pobre pequeña!
Se había suavizado su voz. Se le arrasaron los ojos de lágrimas. De pronto giró bruscamente y salió del coche comedor.
—¡Pietro! —llamó Poirot.
Acudió apresuradamente el empleado del coche comedor.
—Avise a la número diez..., a la señora sueca.
—Bien, monsieur.
—¿Otro? —exclamó monsieur Bouc—. ¡ Ah, no, no es posible! Le digo a usted que no es posible.
Mon cher, tenemos que indagar. Aunque al final todos los viajeros prueben que tenían un motivo para matar a Ratchett, tenemos que averiguarlo. Y una vez que lo averigüemos, determinaremos de una vez para siempre quién es el culpable.
—La cabeza me da vueltas —gimió monsieur Bouc.
Greta Ohlsson llegó acompañada del empleado. Lloraba amargamente.
Se dejó caer en una silla frente a Poirot y se secó el llanto con un gran pañuelo.
—No se aflija usted, señorita; no se aflija usted —le dijo Poirot, palmeteándole un hombro—. Unas pocas palabras de verdad, eso es todo. ¿Era usted la niñera encargada de la pequeña Daisy Armstrong?
—Es cierto... es cierto —gimió la infeliz mujer—. ¡Oh, era un ángel... un verdadero ángel! No conocía otra cosa que la bondad y el amor... y nos la arrebató aquel malvado. ¡Pobre madre, que ya no volvió a ver más que su cuerpecillo destrozado! Ustedes no pueden comprender, porque no estuvieron allí como yo, porque no presenciaron la terrible tragedia, por qué no dije la verdad esta mañana. Pero tuve miedo..., miedo de comprometerme. ¡Tanta alegría me dio que el malvado hubiese muerto... que ya no pudiese torturar y asesinar a inocentes criaturas! ¡Ah, no puedo hablar..., no tengo palabras para...!
Poirot volvió a repetir sus palmaditas en el hombro.
—Vamos, vamos..., lo comprendo..., lo comprendo todo. No le haré más preguntas. Basta con que haya usted confesado la verdad.
Greta Ohlsson se puso en pie, entre inarticulados sollozos, y se dirigió a ciegas hacia la puerta. Al llegar a ella tropezó con un individuo que entraba. Era el criado: Masterman. Éste se dirigió directamente a Poirot y empezó a hablar con su acostumbrado tono frío e indiferente.
—Espero que no seré inoportuno, señor. Creí mejor venir en seguida y decirle la verdad. Fui asistente del coronel Armstrong durante la guerra y luego me convertí en criado suyo en Nueva York. Me temo que le ocultase a usted este hecho esta mañana, señor. Hice muy mal y por eso he creído conveniente venir a sincerarme. Pero espero, señor, que no sospechará usted de Tonio. El viejo Tonio no es capaz de hacer daño a una mosca. Y yo puedo jurar positivamente que no abandonó la cabina la noche pasada. Como ve, señor, Tonio no pudo hacerlo. Tonio es un extranjero, sí, pero muy honrado...
Se calló. Poirot le miró fijamente.
—¿Es eso lo que tiene usted que decir?
—Eso es todo, señor.
Calló, y como Poirot no habló, tras un pequeño titubeo, hizo una reverencia y abandonó el coche comedor del mismo modo silencioso e inesperado como había llegado.
—Esto —comentó el doctor Constantine— es más absurdo que ninguna de las muchas novelas policíacas que he leído.
—Opino lo mismo que usted —dijo monsieur Bouc—. De los doce viajeros de este coche, nueve han demostrado que tenían alguna relación con el caso Armstrong. ¿A quién llamamos ahora?
—Casi puedo darle la contestación a su pregunta —respondió Poirot— Aquí viene nuestro sabueso norteamericano mister Hardman.
—¿Vendrá también a confesar?
Antes de que Poirot pudiera contestar, el norteamericano llegó junto a la mesa y, sin más preámbulos, se sentó frente a ellos y empezó a hablar.
—Pero, ¿qué pasa en el tren? Parece una casa de locos.
Poirot le hizo un guiño y le preguntó de sopetón:
—¿Está usted completamente seguro, mister Hardman, de que no era usted el jardinero de la familia Armstrong?
—No tenían jardinero —contestó mister Hardman.
—¿O el mayordomo?
—No reúno condiciones para un puesto como éste. No, nunca tuve relación con la casa Armstrong... ¡pero empiezo a creer que soy el único viajero de este intrigante tren que no la tuvo!
—Es ciertamente, algo sorprendente —dijo Poirot con algo de ironía.
C'est rigolo —intervino monsieur Bouc.
—¿Tiene usted algunas ideas propias sobre el crimen, mister Hardman? —inquirió Poirot.
—No, señor. Me confieso vencido. Todos los viajeros no pueden estar complicados, pero descubrir quién es el culpable es superior a mis fuerzas. Me gustaría saber cómo logró usted averiguar lo que sabe.
—Por simples conjeturas, amigo mío.
—Entonces hay que convenir que es usted un estupendo conjeturador. Se lo diré a todo el mundo.
Mister Hardman se retrepó en su asiento y miró a Poirot con admiración.
—Me perdonará usted —dijo—, pero nadie lo diría por su aspecto. Me descubro ante usted, me descubro.
—Es usted muy bondadoso, mister Hardman.
—Nada de eso. Le hago mera justicia.
—De todos modos —añadió Poirot—, el problema no está todavía resuelto. ¿Podemos decir con seguridad que sabemos quién mató a Ratchett?
—Exclúyame a mí —dijo mister Hardman—. Yo no sé nada de nada. Pero reboso admiración. Lo único que me extraña es que no mencione usted a las dos personas que faltan: la doncella y la anciana norteamericana. ¿Es que debemos suponer que son las únicas inocentes del tren?
—A menos —repuso sonriendo Poirot— que podamos acoplarlas a nuestra pequeña colección como ama de llaves y cocinera de la familia Armstrong.
—Bien, nada en el mundo me sorprendería ahora —dijo mister Hardman con tranquila resignación—. Repito que este tren es una casa de locos.
—¡Ah, mon cher, eso sería forzar demasiado las coincidencias! —objetó monsieur Bouc—. Todos los viajeros no pueden estar comprometidos.
Poirot se le quedó mirando.
—No me comprende usted —dijo—. No me comprende en absoluto. Dígame, ¿sabe quién mató a Ratchett?
—¿Y usted? —repitió el otro.
—Yo sí—contestó Poirot—. Hace tiempo que lo sé. Está tan claro que me maravilla que no lo haya usted visto también. —Miró a Hardman y le preguntó—: ¿Y usted?
El detective movió la cabeza y miró a Poirot con curiosidad.
—Yo tampoco —contestó—. No tengo la menor idea. ¿Quién de ellos fue?
Poirot guardó silencio un momento. Luego dijo:
—¿Será usted tan amable, mister Hardman, de reunirlos a todos aquí? Hay dos soluciones posibles del caso y quiero exponerlas ante todos ustedes.


IX

Poirot propone dos soluciones


Los viajeros fueron llegando al coche comedor y tomaron asiento en torno a las mesas. Unos más y otros menos tenían la misma expresión: una mezcla de expectación y temor. La señora sueca gimoteaba y mistress Hubbard la consolaba.
—Debe usted tranquilizarse, querida. Todo marchará bien. No hay que perder la serenidad. Si uno de nosotros es un miserable asesino, todos sabemos perfectamente bien que no es usted. Se necesitaría estar loco para pensar siquiera en tal cosa. Siéntese aquí y estése tranquila.
Su voz se extinguió al ponerse Poirot en pie.
El encargado del coche cama se detuvo en la puerta.
—¿Permite usted que me quede, señor?
—Ciertamente, Michel.
Poirot se aclaró la garganta.
Messieurs et mesdames: Hablaré en inglés, puesto que creo que todos ustedes lo entienden. Estamos aquí para investigar la muerte de Samuel Edward Ratchett..., alias Cassetti. Hay dos posibles soluciones para el crimen. Las expondré ante todos, y preguntaré al doctor Constantine y a monsieur Bouc, aquí presentes, cuál de las dos es la verdadera.
»Todos ustedes conocen los hechos. Mister Ratchett fue encontrado muerto a puñaladas esta mañana. La última vez que se le vio fue anoche a las doce treinta y siete, en que habló con el encargado del coche cama a través de la puerta. Un reloj encontrado en su pijama estaba abollado y marcaba la una y cuarto. El doctor Constantine, que examinó el cadáver, fija la hora de la muerte entre la medianoche y las dos de la madrugada. Media hora después de la medianoche, como todos ustedes saben, se detuvo el tren a consecuencia de un alud de nieve. A partir de ese momento fue imposible que alguien abandonase el tren.
»El testimonio de mister Hardman, miembro de una agencia de detectives de Nueva York —varias cabezas se volvieron para mirar a mister Hardman— demuestra que nadie pudo pasar por delante de su compartimiento (número dieciséis, al final del pasillo), sin ser visto por él. Nos vemos, por tanto, obligados a admitir la conclusión de que el asesino tiene que encontrarse entre los ocupantes de un determinado coche... el Estambul-Calais. Pero expondré a ustedes una hipótesis alternativa. Es muy sencilla. Mister Ratchett tenía un cierto enemigo a quien temía. Dio a mister Hardman su descripción y le dijo que el atentado, de efectuarse, se realizaría con toda probabilidad, en la segunda noche de viaje.
»Pero tengan en cuenta, señoras y caballeros, que mister Ratchett sabía bastante más de lo que dijo. El enemigo, como mister Ratchett esperaba, subió al tren en Belgrado, o posiblemente en Vincovci, por la puerta que dejaron abierta el coronel Arbuthnot y mister MacQueen, cuando bajaron al andén. Iba provisto de un uniforme de empleado de coche cama, que llevaba sobre su traje ordinario, y de una llave maestra que le permitió el acceso al compartimiento de mister Ratchett a pesar de estar cerrada la puerta. Mister Ratchett estaba bajo la influencia de un somnífero. Aquel hombre apuñaló a su víctima con gran ferocidad y abandonó la cabina por la puerta de comunicación con el compartimiento de mistress Hubbard.
—Así fue —dijo mistress Hubbard con enérgicos movimientos de cabeza.
—Al pasar —continuó diciendo Poirot— arrojó la daga en la esponjera de mistress Hubbard. Sin darse cuenta, perdió un botón de su chaqueta. Después salió al pasillo, metió apresuradamente el uniforme en una maleta que encontró en un compartimiento momentáneamente desocupado, y unos instantes más tarde, vestido con sus ropas ordinarias, abandonó el tren poco antes de ponerse en marcha. Para bajar utilizó el mismo camino que antes: la puerta próxima al coche comedor.
Todo el mundo ahogó un suspiro.
—¿Qué hay de aquel reloj? —preguntó mister Hardman.
—Ahí va la explicación: mister Ratchett omitió retrasar el reloj una hora, como debió haberlo hecho en Tzaribrood. Su reloj marcaba todavía la hora de Europa oriental, que está una hora adelantada con respecto a la Europa central. Eran las doce y cuarto cuando mister Ratchett fue apuñalado..., no la una y cuarto.
—Pero esa explicación es absurda —exclamó monsieur Bouc—. ¿Qué nos dice de la voz que habló desde la cabina a la una y veintitrés minutos? ¿Fue la voz de Ratchett o la de su asesino?
—No necesariamente. Pudo ser una tercera persona. Alguien que entró a hablar con Ratchett y lo encontró muerto. Tocó entonces el timbre para que acudiese el encargado, pero después tuvo miedo de que se le acusase del crimen y habló fingiendo que era Ratchett.
C'est possible —admitió monsieur Bouc de mala gana.
Poirot miró a mistress Hubbard.
—¿Qué iba usted a decir, madame?
—Pues... no lo sé exactamente. ¿Cree usted que yo también olvidé retrasar mi reloj?
—No, madame. Creo que oyó usted pasar al individuo..., pero inconscientemente; más tarde tuvo usted la pesadilla de que había un hombre en su cabina y se despertó sobresaltada y tocó el timbre para llamar al encargado.
La princesa Dragomiroff miraba a Poirot con un gesto de ironía.
—¿Cómo explica usted la declaración de mi doncella, señor? —preguntó.
—Muy sencillamente, madame. Su doncella reconoció como propiedad de usted el pañuelo que le enseñé. Y, aunque un poco torpemente, trató de disculparla. Luego tropezó con el asesino, pero más temprano, cuando el tren estaba en la estación de Vincovci, y fingió haberle visto una hora más tarde, con la vaga idea de proporcionarle a usted una coartada a prueba de bombas.
La princesa inclinó la cabeza.
—Ha pensado usted en todo, señor. Le admiro.
Reinó el silencio. De pronto, un puñetazo que el doctor Constantine descargó sobre la mesa sobresaltó a todos.
—¡No, no y no! —exclamó—. Ésa es una explicación que no resiste el menor análisis. El crimen no fue cometido así... y monsieur Poirot tiene que saberlo perfectamente.
Poirot le lanzó una significativa mirada.
—Creo —dijo— que tendré que darle mi segunda solución. Pero no abandone ésta demasiado bruscamente. Quizás esté de acuerdo con ella un poco más tarde.
Volvió a enfrentarse con los otros:
—Hay otra posible solución del crimen. He aquí cómo llegué a ella:
»Una vez que hube escuchado todas las declaraciones, me recosté, cerré los ojos y me puse a pensar. Se me presentaron ciertos puntos como dignos de atención. Enumeré esos puntos a mis dos colegas. Algunos los he aclarado ya, entre ellos una mancha de grasa en un pasaporte, etcétera. Recordaré ligeramente los demás. El primero y más importante es una observación que me hizo monsieur Bouc en el coche comedor, durante la comida, al día siguiente de nuestra salida de Estambul. En aquella observación me hizo notar que el aspecto del comedor era interesante, porque estaban reunidas en él todas las nacionalidades y clases sociales.
»Me mostré de acuerdo con él, pero cuando este detalle particular volvió a mi imaginación, me pregunté si tal mezcolanza habría sido posible en otras condiciones. Y me contesté... sólo en los Estados Unidos. En los Estados Unidos puede haber un hogar familiar compuesto por diversas nacionalidades: un chófer italiano, una institutriz inglesa, una niñera sueca, una doncella francesa, y así sucesivamente. Esto me condujo a mi sistema de «conjeturar»..., es decir, que atribuí a cada persona un determinado papel en el drama Armstrong, como un director a los actores de su compañía. Esto me dio un resultado extremadamente interesante, satisfactorio y con visos de realidad.
»Examiné también en mi imaginación la declaración de cada uno de ustedes y llegué a curiosas deducciones. Recordaré en primer lugar la declaración de monsieur MacQueen. En mi primera entrevista con él no hubo nada de particular. Pero en la segunda me hizo una extraña observación. Le había hablado yo del hallazgo de una nota en que se mencionaba el caso Armstrong y él me contestó: «Pero si debía...»; pero hizo una pausa y continuó: «Quiero decir que seguramente fue un descuido del viejo».
»En seguida me di cuenta de que aquello no era lo que había empezado a decir. Supongamos que lo que quiso decir fuese: «¡Pero si debió quemarse!». En este caso, MacQueen conocía la existencia de la nota y su destrucción. En otras palabras, era el asesino verdaderamente o un cómplice del asesino.
»Vamos ahora con el criado. Dijo que su amo tenía la costumbre de tomar un somnífero cuando viajaba en tren. Eso podía ser verdad, ¿pero se explica que lo tomase Ratchett anoche? La pistola automática guardada bajo su almohada desmiente esa afirmación. Ratchett se proponía estar alerta la pasada noche. Cualquiera que fuese el narcótico que se le administrara, tuvo que hacerse sin su conocimiento. ¿Por quién? Evidentemente, sin lugar a ninguna duda, por MacQueen o el criado.
»Llegamos ahora al testimonio de mister Hardman. Yo creí todo lo que dijo acerca de su identidad, pero cuando habló de los métodos que había empleado para cuidar a mister Ratchett, su historia me pareció absurda. El único medio eficaz de proteger a mister Ratchett habría sido pasar la noche en su compartimiento o en algún sitio desde donde pudiera vigilar la puerta. La única cosa que su declaración mostró claramente fue que ninguno de los viajeros de aquella parte del tren podía posiblemente haber asesinado a Ratchett. Ello trazaba un claro círculo en torno al coche Estambul-Calais, y como me pareció un hecho algo extraño e inexplicable, tomé nota de él para volverlo a examinar.
»Todos ustedes estarán probablemente enterados a estas horas de las palabras que sorprendí entre miss Debenham y el coronel Arbuthnot. Lo que más atrajo mi atención fue que el coronel la llamase Mary y que te tratase en términos de clara intimidad. Pero el coronel tenía que aparentar que la había conocido solamente unos días antes... y yo conozco a los ingleses del tipo del coronel. Aunque se hubiese enamorado de la joven a primera vista, habría avanzado lentamente y con decoro, sin precipitar las cosas. Por tanto, deduje que el coronel Arbuthnot y miss Debenham se conocían en realidad muy bien y fingían, por alguna razón, ser extraños. Otro pequeño detalle fue su fácil familiaridad con el término «larga distancia» aplicado a una llamada telefónica. Sin embargo, miss Debenham me había dicho que no había estado nunca en los Estados Unidos, donde tan corriente es aquella expresión.
»Pasemos a otro testigo. Mistress Hubbard nos había dicho que, tendida en la cama, no podía ver si la puerta de comunicación tenía o no echado el cerrojo, y por eso rogó a miss Ohlsson que lo mirase. Ahora bien, aunque su afirmación hubiese sido perfectamente cierta de haber ocupado uno de los compartimientos número dos, cuatro, doce o algún número par... donde el cerrojo está directamente colocado bajo el tirador de la puerta..., en los números impares, tales como el compartimiento número tres, el cerrojo está muy por encima del tirador y, por lo tanto, no podía haber sido tapado por la esponjera. Me vi, pues, obligado a llegar a la conclusión de que mistress Hubbard había inventado un incidente que jamás había ocurrido.
»Y permítame que diga ahora algunas palabras acerca del tiempo. A mi parecer, el punto realmente interesante sobre el reloj abollado fue el sitio en que lo encontramos: en un bolsillo del pijama de Ratchett, lugar incómodo y absurdo para guardar un reloj, especialmente cuando existe un gancho para colgarlo a la cabecera de la cama. Me sentí, por tanto, seguro de que el reloj había sido colocado deliberadamente en el bolsillo, y de que el crimen, por consiguiente, no se había cometido a la una y cuarto como todo daba a entender.
»¿Se cometió entonces más temprano? ¿A la una menos veintitrés minutos, para ser más exacto? Mi amigo monsieur Bouc avanzó como argumento en favor de tal hipótesis el grito que me despertó. Pero si Ratchett estaba fuertemente narcotizado, no pudo gritar. Si hubiese sido capaz de gritar, lo habría sido igualmente para intentar defenderse, y no había indicios de que se hubiese producido lucha alguna.
»Recordé que MacQueen me había llamado la atención... no una, sino dos veces (y la segunda de un modo ostensible)... sobre el hecho de que Ratchett no sabía hablar francés. ¡Llegué entonces a la conclusión de que todo lo sucedido entre la una y la una menos veintitrés minutos había sido una comedia representada en mi honor! Cualquiera podría haber comprendido lo del reloj; es un truco muy común en las historias de detectives. Con él se pretendía que yo fuese víctima de mi propia perspicacia y que llegase a suponer que, puesto que Ratchett no hablaba francés, la voz que oí a la una menos veintitrés minutos no podía ser la suya ya que tenía que estar muerto. Pero estoy seguro de que a la una menos veintitrés minutos Ratchett vivía todavía y dormía en su soporífero sueño.
»¡Pero el truco dio resultado! Abrí mi puerta y me asomé. Oí realmente la frase francesa utilizada. Por si yo fuese tan increíblemente torpe que no comprendiese el significado de esa frase, alguien se encargó de llamarme la atención. Mister MacQueen lo hizo abiertamente: «Perdóneme, monsieur Poirot —me dijo—, no pudo ser mister Ratchett quien habló; no sabe hablar francés».
»Veamos cuál fue la verdadera hora del crimen y quién mató a mister Ratchett.
»En mi opinión, y esto es solamente una opinión, mister Ratchett fue muerto en un momento muy próximo a las dos, hora máxima que el doctor nos da como posible.
»En cuanto a quien le mató...
Hizo una pausa, mirando a su auditorio. No podía quejarse de falta de atención. Todas las miradas estaban fijas en él. Tal era el silencio que podría haberse oído caer un alfiler.
Poirot prosiguió lentamente:
—Me llamó la atención particularmente la extraordinaria dificultad de probar algo contra cualquiera de los viajeros del tren y la curiosa coincidencia de que cada declaración proporcionaba la coartada a uno determinado... Así, mister MacQueen y el coronel Arbuthnot se proporcionaron coartadas uno a otro... ¡y se trataba de dos personas entre las que parecía muy improbable que hubiese existido anteriormente alguna amistad! Lo mismo ocurrió con el criado inglés y el viajero italiano, con la señora sueca y con la joven inglesa. Yo me dije: «¡Esto es extraordinario..., no pueden estar todos de acuerdo!».
»Y entonces, señores, vi todo claro. ¡Todos estaban de acuerdo, efectivamente! Una coincidencia de tantas personas relacionadas con el caso Armstrong viajando en el mismo tren era, no solamente improbable, era imposible. No podía ser una casualidad, sino un designio. Recuerdo una observación del coronel Arbuthnot acerca del juicio por jurados. Un jurado se compone de doce personas... Había doce viajeros... y Ratchett fue apuñalado doce veces. El detalle que siempre me preocupó, la extraordinaria afluencia de viajeros en el coche Estambul-Calais en una época tan intempestiva del año, quedaba explicado.
»Ratchett había escapado a la justicia en Estados Unidos. No había duda de su culpabilidad. Me imaginé un jurado de doce personas nombrado por ellas mismas, que le condenaron a muerte y se vieron obligadas por las exigencias del caso a ser sus propios ejecutores. E inmediatamente, basado en tal suposición, todo el asunto resultó de una claridad meridiana.
»Lo vi como un mosaico perfecto en el que cada persona desempeñaba la parte asignada. Estaba de tal modo dispuesto, que si sospechaba de una de ellas, el testimonio de una o más de las otras salvaría al acusado y demostraría la falsedad de la sospecha. La declaración de Hardman era necesaria para, en el caso de que algún extraño fuese sospechoso del crimen, poder proporcionarle una coartada. Los viajeros del coche de Estambul no corrían peligro alguno. Hasta el menor detalle fue revisado de antemano. Todo el asunto era un rompecabezas tan hábilmente planeado, de tal modo dispuesto, que cualquier nueva pieza que saliese a la luz haría la solución del conjunto más difícil. Como mi amigo monsieur Bouc observó, el caso parecía prácticamente imposible. Ésa era exactamente la impresión que se intentó producir.
»¿Lo explica todo esta solución? Sí, lo explica. La naturaleza de las heridas... infligidas cada una por una persona diferente. Las falsas cartas amenazadoras... falsas, puesto que eran irreales, escritas solamente para ser presentadas como pruebas. (Indudablemente hubo cartas verdaderas, advirtiendo a Ratchett de su muerte, que MacQueen destruyó, sustituyéndolas por las otras.) La historia de Hardman de haber sido llamado por Ratchett..., mentira todo desde el principio hasta el fin...; la descripción del mítico «hombre bajo y moreno con voz afeminada», descripción conveniente, puesto que tenía el mérito de no acusar a ninguno de los verdaderos encargados del coche cama, y podía aplicarse igualmente a un hombre que a una mujer.
»La idea de matar a puñaladas es, a primera vista, curiosa, pero si se reflexiona, nada se acomodaba a las circunstancias tan bien. Una daga era un arma que podía ser utilizada por cualquiera, débil o fuerte, y que no hacía ruido. Me imagino, aunque quizá me equivoque, que cada persona entró por turno en el compartimiento de mister Ratchett, que se hallaba a oscuras, a través del de mistress Hubbard, ¡y descargó su golpe! De este modo ninguna persona sabrá jamás quién le mató verdaderamente.
»La carta final, que Ratchett encontró probablemente sobre su almohada, fue cuidadosamente quemada. Sin ningún indicio que insinuase el caso Armstrong, no había absolutamente razón alguna para sospechar de ninguno de los viajeros del tren. Se atribuía el crimen a un extraño, y el «hombre bajo y moreno de voz afeminada» habría sido realmente visto por uno o más de los viajeros que abandonarían el tren en Brod.
»No sé exactamente lo que sucedió cuando los conspiradores descubrieron que parte de su plan era imposible, debido al accidente de la nieve. Hubo, me imagino, una apresurada consulta y en ella se decidió seguir adelante. Era cierto que ahora todos y cada uno de los viajeros podrían resultar sospechosos, pero esa posibilidad ya había sido prevista y remediada. Lo único que había que hacer era procurar aumentar la confusión. Para ello se dejaron caer en el compartimiento del muerto dos pistas: una que acusaba al coronel Arbuthnot (que tenía la coartada más firme y cuya relación con la familia Armstrong era probablemente la más difícil de probar), y otro, el pañuelo que acusaba a la princesa Dragomiroff, quien, en virtud de su posición social, su particular debilidad física y su coartada, atestiguada por la doncella y el encargado, se encontraba prácticamente en una situación inexpugnable. Y para embrollar más el asunto se puso un nuevo obstáculo: la mítica mujer del quimono escarlata. Yo mismo tenía que ser testigo de la existencia de esa mujer. Alguien descargó un fuerte golpe en mi puerta. Me levanté y asomé al pasillo... y vi que el quimono escarlata desaparecía a lo lejos. Una acertada selección de personas... el encargado, miss Debenham y MacQueen..., también la habían visto. Alguien colocó después el quimono en mi maleta mientras yo realizaba mis interrogatorios en el coche comedor. No sé de dónde pudo venir la prenda. Sospecho que era propiedad de la condesa Andrenyi, puesto que su equipaje contenía solamente una bata muy vaporosa, más apropiada para tomar el té que para mostrarse en público.
»Cuando MacQueen se enteró de que la carta por él tan cuidadosamente quemada había escapado en parte a la destrucción, y que la palabra Armstrong era una de las que habían quedado, debió comunicárselo inmediatamente a los otros. Fue en este momento cuando la situación de la condesa Andrenyi se hizo crítica, y su marido se dispuso inmediatamente a alterar el pasaporte. ¡Pero tuvieron mala suerte por segunda vez!
»Todos y cada uno se pusieron de acuerdo para negar toda relación con la familia Armstrong. Sabían que yo no tenía medios inmediatos para descubrir la verdad, y no creían que profundizara en el asunto, a menos que se despertasen mis sospechas sobre determinada persona.
»Hay ahora otro punto más que considerar. Admitiendo que mi hipótesis del crimen es la correcta, y yo entiendo que tiene que serlo... el mismo encargado del coche cama tenía que adherirse al complot. Pero si es así, tenemos trece personas, no doce. En lugar de la acostumbrada fórmula: «de tantas personas una es culpable», me vi enfrentado con el problema de que, entre trece personas, una y sólo una era inocente. ¿Quién?
»Llegué a una extraña conclusión: La de que la persona que no había tomado parte en el crimen era la que con mayor probabilidad lo hubiera cometido. Me refiero a la condesa Andrenyi. Me impresionó la ansiedad de su esposo cuando me juró solemnemente por su honor que su esposa no abandonó su cabina aquella noche. Decidí entonces que el conde Andrenyi había ocupado, por decirlo así, el puesto de su mujer.
»Admitido esto, Pierre Michel era definitivamente uno de los doce. ¿Pero cómo explicar su complicidad? Era un hombre honrado, que llevaba muchos años al servicio de la Compañía..., no uno de esos hombres que pueden ser sobornados para ayudar a la comisión de un delito. Luego Pierre Michel tenía que estar también relacionado con el caso Armstrong. Pero eso parecía muy improbable. Entonces recordé que la niñera que se suicidó era francesa y, suponiendo que la desgraciada muchacha fuera hija de Pierre Michel, quedaría todo explicado, como explicaría también el lugar elegido como escenario del crimen. ¿Hay alguno más cuya participación en el drama no está clara? Al coronel Arbuthnot le supongo amigo de los Armstrong. Probablemente estuvieron juntos en la guerra. Respecto a la doncella, Hildegarde Schmidt, casi me atrevería a indicar el lugar que ocupó en la casa. Quizá sea demasiado goloso, pero olfateo a las buenas cocineras instintivamente. Le puse una trampa y cayó en ella. Le dije que sabía que era una buena cocinera. Y ella contestó: «Sí, ciertamente todas mis señoras opinaron así». Ahora bien, si una mujer está empleada como doncella, los amos rara vez tienen ocasión de saber si es o no buena cocinera.
»Vamos ahora con Hardman. Definitivamente parecía no haber estado relacionado con la casa Armstrong. Yo solamente pude imaginar que había estado enamorado de la muchacha francesa. Le hablé del encanto de las mujeres extranjeras... y una vez más obtuve la reacción que buscaba. Los ojos se le empañaron de lágrimas que él fingió atribuir al deslumbramiento producido por la nieve.
»Queda mistress Hubbard. A mi parecer, mistress Hubbard desempeñó el papel más importante del drama. Como ocupante del compartimiento inmediato a Ratchett estaba más expuesta a las sospechas que ninguna otra persona. Las circunstancias no le permitían tampoco contar con una sólida coartada. Para desempeñar el papel que desempeñó, una perfectamente natural y ligeramente ridícula madre norteamericana, se necesitaba una artista. Pero había una artista relacionada con la familia Armstrong, la madre de mistress Armstrong, Linda Arden, la actriz...
Guardó silencio por unos momentos.
Y entonces, con una voz rica, y armoniosa, completamente diferente de la que había utilizado durante todo el viaje, mistress Hubbard exclamó:
—¡Siempre procuré desempeñar bien mis papeles! —y prosiguió con voz tranquila y soñadora—. El tropiezo de la esponjera fue estúpido. Ello demuestra que se debe ensayar siempre concienzudamente. Si lo hubiera hecho así, me habría dado cuenta de que los cerrojos ocupaban lugar diferente en las cabinas pares que en las impares.
La actriz cambió ligeramente de posición y miró a Poirot.
—Lo sabe usted ya todo, monsieur Poirot. Es usted un hombre maravilloso. Pero ni aun así puede imaginarse lo que fue aquel espantoso día en Nueva York. Yo estaba loca de dolor... y lo mismo los criados, y hasta el coronel Arbuthnot, que se encontraba con nosotros. Era el mejor amigo de John Armstrong.
—Me salvó la vida en la guerra —dijo Arbuthnot.
—Decidimos entonces..., quizás estábamos realmente locos..., que la sentencia de muerte a la que Cassetti había escapado había que ejecutarla fuera como fuese.
»Éramos doce... o más bien once... pues el padre de Susanne se encontraba en Francia. Lo primero que se nos ocurrió fue echar a suertes para ver quién debía actuar, pero al final acordamos poner en práctica lo que hemos hecho. Fue el chófer, Antonio, quien lo sugirió. Mary coordinó después todos los detalles con Héctor MacQueen. Este siempre adoró a Sonia, mi hija, y fue él quien nos explicó exactamente cómo el dinero de Cassetti había por fin conseguido salvarle de la silla eléctrica.
»Nos llevó mucho tiempo perfeccionar nuestro plan. Teníamos primero que localizar a Ratchett. Hardman lo logró al fin. Luego tuvimos que conseguir que Masterman y Héctor consiguieran sus empleos... o al menos uno de, ellos. Lo logramos también. A continuación nos pusimos en contacto con el padre de Susanne. El coronel Arbuthnot tuvo la feliz ocurrencia de que nos juramentásemos los doce. No le agradaba la idea de que apuñalásemos a Ratchett, pero se mostró muy de acuerdo en que resolvería la mayor parte de nuestras dificultades. El padre de Susanne accedió a secundar nuestros planes. Susanne era su única hija. Sabíamos por Héctor que Ratchett regresaría del Este en el Orient Express, y como Pierre Michel prestaba sus servicios en aquel tren, la ocasión era demasiado buena para ser desaprovechada. Además, sería un buen procedimiento para no comprometer en este delicado asunto a ningún extraño.
»El marido de mi hija conocía, naturalmente, nuestro proyecto, e insistió en acompañarla en el tren. Héctor, entretanto, se las arregló para que Ratchett eligiese para viajar el día en que Michel estuviese de servicio. Nos proponíamos ocupar todo el coche Estambul-Calais, pero desgraciadamente no pudimos conseguir una de las cabinas. Estaba reservada desde hacía tiempo para un director de la Compañía. Mister Harris, por supuesto, era un mito. Pero habría sido tan terrible tropiezo que algún extraño compartiese la cabina de Héctor. Y entonces, casualmente, en el último momento se presentó usted...
Hizo una pausa.
—Bien —continuó—; ya lo sabe usted todo, monsieur Poirot. ¿Qué va usted a hacer ahora? ¿No podría usted conseguir que toda la culpa recaiga sobre mí? Habría apuñalado voluntariamente doce veces a aquel canalla. No sólo era responsable de la muerte de mi hija y de mi nietecita, sino también de otra criatura que podía vivir feliz ahora. Y no solamente eso. Murieron otros niños antes que Daisy... podían morir muchos más en el futuro. La sociedad le había condenado; nosotros no hicimos más que ejecutar la sentencia. Pero es innecesario mencionar a mis compañeros. Son personas buenas y fieles... El pobre Michel... Mary y el coronel Arbuthnot, que se quieren tanto...
Su voz cargada de emoción, que tantas veces había hecho vibrar a los auditorios de Nueva York, se extinguió en un sollozo.
Poirot miró a su amigo.
—Usted es un director de la Compañía, monsieur Bouc. ¿Qué dice usted?
—En mi opinión, monsieur Poirot —dijo—, la primera hipótesis que nos expuso usted es la verdadera... decididamente la verdadera. Sugiero que sea ésa la solución que ofrezcamos a la policía yugoslava cuando se presente. ¿De acuerdo, doctor Constantine?
—Totalmente de acuerdo —contestó el doctor—. Y con respecto al testimonio médico... creo que el mío era algo fantástico. Lo estudiaré mejor.
—Entonces —dijo Poirot—, como ya he expuesto mi solución ante todos ustedes, tengo el honor de retirarme completamente del caso...








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