sábado, 11 de junio de 2016

AGATHA CHRISTIE - CAFÉ SOLO







Hoy leemos "Café solo" un encantador texto que vale la pena leer una y otra vez.








Novelización de la célebre pieza teatral por Charles Osborne.




Cuando un hombre muere tras tomar un café es obvio que alguien ha envenenado previamente la infusión. Lo que no es tan obvio es quien pudo haberlo hecho, pero si los sospechosos pertenecen a la familia de la víctima da para suponer que datrás del crimen hay móviles muy pero que muy turbios... Una apasionante versión de uno de los argumentos más sagaces del género policial clásico.


Hércules Poirot estaba sentado a la mesa del desayuno en su pequeño y acogedor apartamento de Whitehall Mansions, un elegante edificio de Mayfair, el barrio residencial más elegante de Londres. Había saboreado su bollo y su taza de chocolate caliente. Extraordinariamente, pues era una criatura de costumbres y rara vez variaba el contenido de su desayuno, había pedido a George, su ayuda de cámara, que le preparara una segunda taza de chocolate. Mientras la esperaba, Poirot contempló su reflejo en el espejo de cuerpo entero situado en el otro extremo de la habitación. Era un hombre pequeño de sesenta y tantos años, con cabeza en forma de huevo y figura esbelta, aunque su estómago lucía la curva de la felicidad y su cuidado bigote se curvaba hacia arriba en una extravagante floritura. Asintió con la cabeza, en apariencia satisfecho con lo que vio, y volvió a concentrar su atención en la correspondencia, que ya había abierto y estaba sobre la mesa.
Meticulosamente ordenado, como de costumbre, había apilado los sobres que pensaba desechar.
Antes los había abierto con cuidado, usando el abrecartas con forma de espada que su amigo el capitán Hastings le había regalado para su cumpleaños, varios años atrás. Una segunda pila contenía las cartas que no interesaban a Poirot —en su mayor parte circulares— y que dentro de un momento indicaría a George que arrojara a la basura. La tercera pila estaba formada por aquellas que requerían respuesta o al menos acuse de recibo. Se ocuparía de ellas después del desayuno, y en ningún caso antes de las diez. A Poirot no le parecía profesional comenzar una rutinaria jornada de trabajo antes de esa hora. Si estaba trabajando en un caso era distinto, naturalmente. Recordaba que en una ocasión él y Hastings se habían levantado antes del amanecer para...
Pero no; Poirot no quería pensar en el pasado. ¡El glorioso pasado! Una vez aclarado el misterio de la organización criminal internacional conocida como The Big Four, el último caso de Poirot, Hastings había regresado con su esposa a su hacienda en Argentina, y aunque ahora estaba otra vez en Londres, donde permanecería varias semanas para ocuparse de algún asunto relacionado con su hacienda, su colaboración con Hércules Poirot en apasionantes casos criminales era cosa del pasado. En los viejos tiempos nos divertíamos, pensó Poirot. Pero ¿qué hacemos ahora Hastings y yo? Hemos comido juntos en varias ocasiones en el Ritz. Han sido encuentros agradables, al igual que el par de obras de teatro que fuimos a ver juntos. Pero, ah, los maravillosos días en que... No, debía procurar no rumiar el pasado, si bien era difícil no pensar en esos tiempos ahora que Hastings había regresado a Londres por una breve temporada.
¿Acaso ésa era la razón de que Poirot se sintiera inquieto en esa agradable mañana de un miércoles de 1934? Una mañana en que, por fin, la primavera se dignaba hacer su tardía aparición. Pese a estar oficialmente retirado, Poirot había salido de su retiro en más de una ocasión, tentado por algún caso especialmente interesante. Había disfrutado volviendo al trabajo, con Hastings a su lado actuando como una especie de caja de resonancia para sus ideas e hipótesis. Sin embargo, en la actualidad Hastings pasaba la mayor parte del tiempo en el otro extremo del mundo, y de cualquier modo hacía varios meses que a Poirot no se le presentaba un caso de interés. ¿Es que ya no había crímenes y criminales imaginativos? ¿Ahora todo se reducía a estúpida violencia y brutalidad, a esa clase de asesinatos o robos sórdidos que no estaban a la altura de su dignidad?
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada silenciosa de George con una segunda y grata taza de chocolate. Grata no sólo porque Poirot degustaría su sabor intenso y dulce, sino también porque le permitiría postergar, por unos minutos, la idea de que el día, esa agradable mañana soleada, se extendía ante él sin otra perspectiva más emocionante que el paseo de rigor por el parque y la caminata por Mayfair hasta su restaurante favorito en el Soho, donde comería solo. ¿Qué exactamente? Quizá un poco de paté como entrante, seguido de lenguado bonne femme y...
Cayó en la cuenta de que George, tras dejar el chocolate en la mesa, se dirigía a él. El elegante e imperturbable George, un individuo de expresión impasible, inglés hasta la médula, llevaba bastante tiempo a las órdenes de Poirot, y aún era todo lo que el detective podía desear como ayuda de cámara. A pesar de su absoluta falta de curiosidad y de su reticencia a expresar su opinión personal sobre cualquier asunto, George era una mina de información sobre la aristocracia inglesa, y su afición por el orden era equiparable a la del propio detective. En más de una ocasión Poirot le había dicho: «Plancha los pantalones de manera admirable, George, aunque adolece por completo de imaginación.» Sin embargo, a Hércules Poirot le sobraba imaginación. En su opinión, la habilidad para planchar bien un par de pantalones era una cualidad mucho más rara. Sí; sin lugar a dudas era muy afortunado de tener a George a su servicio.
 —...y por lo tanto me tomé la libertad, señor, de prometer que usted devolvería la llamada esta mañana —decía George.
 —Le ruego me disculpe, querido George —repuso Poirot—. Estaba distraído. ¿Ha dicho que alguien ha telefoneado?
 —Sí, señor. Anoche, mientras usted estaba en el teatro con Mrs. Oliver. Me acosté antes de que usted regresara y me pareció innecesario dejar una nota a esas horas.
 —¿Quién llamó?
 —El caballero dijo llamarse Claud Amory, señor. Dejó un número de teléfono, al parecer de Surrey. Dijo que el motivo de su llamada era muy delicado, y que cuando usted telefoneara no diera su nombre a nadie, sino que insistiera en hablar con el propio sir Claud.
 —Gracias, George. Deja el número sobre mi escritorio —dijo Poirot—. Llamaré a sir Claud después de leer el Times. Aún es pronto para telefonear, sobre todo si se trata de un asunto delicado.
George hizo una reverencia y se marchó. Poirot bebió el chocolate a pequeños sorbos. Recordó la obra que había visto la noche anterior con su gran amiga, Ariadne Oliver, a quien le gustaba considerarse una detective aficionada. La obra, titulada Alibi, trataba de un crimen, y el actor Charles Laughton interpretaba al detective que resolvía el caso. A Mrs. Oliver no le había gustado que Poirot descubriera la identidad del asesino antes que ella.
 —No entiendo cómo lo adivinó tan pronto —había protestado.
Pero Poirot la había interrumpido como si lo hubiera insultado:
 —Yo nunca adivino, mi querida Mrs. Oliver. Uso el intelecto. Las pequeñas células grises de mi cerebro...
No había podido continuar, pues Mrs. Oliver, que le había oído hablar de aquellas pequeñas células grises en innumerables ocasiones, lo había interrumpido en seco:
 —¡No! No vuelva a mencionar esas malditas células grises. Vayamos al Café Royal, que está a la vuelta de la esquina. Así podrá invitarme a una copa antes de cenar.
Mientras terminaba su taza de chocolate, Poirot sonrió y cabeceó. ¡La querida Ariadne Oliver! Sentía un gran aprecio por ella. Riendo en voz baja mientras recordaba la agradable velada en el teatro, salió al balcón con el periódico de la mañana.
Unos minutos después, había dejado el Times. Las noticias internacionales eran deprimentes, como de costumbre. Ese horrible Hitler había convertido los tribunales alemanes en delegaciones del partido nazi, los fascistas habían tomado el poder en Bulgaria y, para colmo, en la patria de Poirot, Bélgica, cuarenta y dos mineros habían muerto a causa de una explosión en una mina cercana a Mons. Las noticias nacionales no eran más alentadoras. Pese a los reparos de las autoridades, ese verano en Wimbledon se permitiría usar pantalones cortos a las tenistas. Las necrológicas no eran más agradables, pues personas de la edad de Poirot, e incluso más jóvenes, parecían empeñadas en morirse.
Poirot se reclinó en su cómoda silla de mimbre y apoyó los pies sobre un banco pequeño. Sir Claud Amory, pensó. El nombre le sonaba; estaba seguro de haberlo oído en algún sitio. Sí; sir Claud Amory era conocido en algún ambiente. Pero ¿en cuál? ¿Era político? ¿Abogado? ¿Un funcionario retirado? Sir Claud Amory. Amory.
El sol de la mañana daba sobre el balcón, lo bastante cálido para que Poirot disfrutara de él durante unos minutos. Pronto tendría calor, pues no era un amante del sol. Cuando el sol me empuje al interior de la casa, pensó, consultaré el Quién es quién. Si el tal sir Claud es una persona distinguida, sin duda aparecerá en ese admirable libro. ¿Y si no era así? El pequeño detective se encogió de hombros. Como buen esnob, ya sentía simpatía por sir Claud a causa de su título. Si éste se encontraba en el Quién es quién, un libro en el que también se detallaban las actividades de Hércules Poirot, seguramente sería alguien merecedor de su tiempo y su atención.
Una punzada de curiosidad y una súbita brisa fresca se aliaron para enviarlo al interior. Al entrar en la biblioteca, fue al estante de libros de consulta y cogió el grueso volumen rojo con letras doradas en el lomo. Lo hojeó hasta encontrar la entrada que buscaba y leyó:
«Amory. Sir Claud (Herbert); nombrado caballero en 1927; nacido el 24 de noviembre de 1878; casado en 1907 con Helen Graham (fallecida en 1929); estudios secundarios en Weymouth Grammar School y universitarios en Kings College, Londres. Físico investigador de los laboratorios GEC, 1905; RAE Farnborough (Dep. Radio), 1916; Instituto de Investigaciones del Ministerio del Aire, Swanage, 1921; demostró un nuevo principio sobre la aceleración de partículas: la aceleración lineal de ondas, 1924. Se le concedió la medalla Monroe de la Sociedad de Física. Publicaciones: monografías en revistas especializadas. Dirección: Abbot's Cleve, Market Cleve, Surrey. Tel.: Market Cleve 304. Club: Ateneo.»
Claro, se dijo Poirot. El famoso científico.
Recordó una conversación que había mantenido varios meses antes con un miembro del servicio de su majestad, después de que Poirot recuperara unos documentos perdidos que podrían haber puesto en apuros a las autoridades. Habían hablado de seguridad, y el político había admitido que las medidas de seguridad no eran lo bastante estrictas.
 —Por ejemplo —le había dicho a Poirot—, las actuales investigaciones de sir Claud Amory podrían ser de vital importancia en caso de guerra. Sin embargo, se niega a experimentar en un laboratorio donde él y su invento estarían protegidos. Insiste en trabajar solo en su casa de campo, sin ninguna medida de seguridad. Es aterrador.
Mientras reponía el Quién es quién en la estantería, Poirot pensó: Acaso sir Claud quiere contratarme porque me considera un viejo y cansado perro guardián. Las invenciones de la guerra, las armas secretas, no son lo mío. Si sir Claud...
El teléfono sonó en la habitación contigua y Poirot oyó responder a George. Un momento después, el ayuda de cámara entró en la biblioteca:
 —Es sir Claud Amory otra vez, señor —anunció.
Poirot entró en la habitación y cogió el auricular.
 —Alo. Aquí Hércules Poirot —dijo.
 —¿Monsieur Poirot? No nos conocemos, aunque tenemos amigos comunes. Me llamo Amory, Claud Amory...
  —He oído hablar de usted, sir Claud.
—Mire, tengo un problema muy serio entre manos. O puede que lo tenga. No estoy seguro. He de advertirle que lo que voy a contarle es estrictamente confidencial. Si esta información llegara a oídos del público...
 —Distinguido sir Claud —interrumpió Poirot— puedo asegurarle que yo soy... ¿cómo se dice? Sí; la discreción en persona. Todo lo que diga quedará entre nosotros.    
 —Gracias. Naturalmente, sé que puedo confiar en usted. Bien, mi problema es el siguiente: he estado trabajando en una fórmula para bombardear el átomo. No entraré en detalles, pero el Ministerio de Defensa la considera de vital importancia. Ya he concluido mis investigaciones y con mi fórmula puede fabricarse un explosivo nuevo y letal. Tengo razones para sospechar que una persona de mi entorno quiere robar esta fórmula. De momento no puedo decirle nada más, pero le estaría muy agradecido si viniera a Abbot's Cleve este fin de semana. Quiero que lleve la fórmula con usted cuando regrese a Londres y se la entregue a cierta persona del ministerio. Tengo buenas razones para creer que no debe hacerlo un mensajero del ministerio. Necesito a una persona discreta y ajena al mundo científico, pero que también sea lo bastante astuta para...
Mientras sir Claud hablaba, Hércules Poirot miró en el espejo su cabeza calva con forma de huevo y su bigote cuidadosamente engomado, además de sus elegantes pantalones de rayas y su batín. Se dijo que nadie, en toda su trayectoria profesional, lo había considerado discreto, y lo cierto era que él tampoco se habría definido con ese término. Pero la oportunidad de pasar un fin de semana en el campo y de conocer a un distinguido científico lo tentaba. Además, sin duda recibiría una recompensa apropiada de parte del gobierno, y sólo por llevar en el bolsillo, desde Surrey a Whitehall, una inextricable, aunque letal, fórmula científica.
 —Estaré encantado de complacerlo, distinguido sir Claud —dijo Poirot—. Veamos. Hoy es miércoles, n'est ce pas? Si le parece conveniente, llegaré allí el sábado por la tarde, y regresaré a Londres, con lo que desea que traiga, el lunes por la mañana. Estoy deseando conocerlo.
Es curioso, pensó Poirot mientras colgaba el auricular. Parecía lógico que los agentes extranjeros estuvieran interesados en la fórmula de sir Claud, pero ¿sería verdad que alguien de su propio entorno...? Bueno, sin duda obtendría más información durante el fin de semana.
 —George —llamó—. Por favor, lleve mi traje de sarga y mi esmoquin a la tintorería. Debe tenerlos para el viernes, ya que el fin de semana me voy al campo.—Lo dijo como si se marchara por el resto de su vida a las estepas de Asia Central.
Entonces, volviendo al teléfono, marcó un número y esperó unos minutos antes de decir:
 —Mi querido Hastings, ¿le agradaría liberarse de sus asuntos de negocios en Londres por unos días? Surrey es muy agradable en esta época del año, y...

2



La casa de sir Claud Amory, Abbot's Cleve, estaba situada en las afueras de la pequeña ciudad —o más bien el pueblo grande— de Market Cleve, Surrey, a unos cuarenta kilómetros al sudeste de Londres. Era una amplia mansión victoriana, arquitectónicamente anodina, rodeada de un atractivo terreno con ondulaciones y arboledas aquí y allá. El camino de grava que conducía de la caseta de guardia (ahora convertida en cobertizo para las herramientas de jardinería) hasta la puerta principal serpeaba entre los árboles y los densos arbustos. Una galería rodeaba la parte trasera de la casa, desde donde descendía una cuesta cubierta de césped hasta un jardín ornamental razonablemente cuidado.
La noche del viernes, dos días después de su conversación telefónica con Poirot, sir Claud estaba sentado en su estudio, abstraído en sus pensamientos. Sólo podía accederse al estudio —una pequeña aunque acogedora habitación de la planta baja, ubicada en el ala este— a través de la estancia más amplia destinada a biblioteca. Sir Claud se alegraba de ello, pues le gustaba trabajar aislado y sin que nadie le molestara durante el día, cuando los demás miembros de la familia sabían que debían evitar la biblioteca y permanecer en la otra ala de la casa. Sólo después de cenar, la familia, incluido sir Claud, se reunía en la biblioteca para tomar café o licores.
Sentado a su escritorio, estaba de frente a la puerta de la biblioteca, y detrás de él había una puertaventana con vistas al jardín, que el eminente científico rara vez se molestaba en contemplar. Fuera comenzaba a oscurecer. El mayordomo de sir Claud, Tredwell, había hecho sonar la campanilla para anunciar la cena dos o tres minutos antes, y por el otro extremo de la casa la familia comenzaba a llegar al comedor.
Sir Claud tamborileó con los dedos sobre el escritorio, como hacía habitualmente cuando se sentía obligado a tomar una decisión. Era un hombre de cincuenta y tantos años, de estatura y constitución media, cabello gris peinado hacia atrás, y ojos de un intenso y frío azul. En esos momentos su expresión reflejaba una mezcla de ansiedad y desconcierto.
Se oyó un discreto golpe en la puerta del estudio, y Tredwell, un individuo alto, de aspecto algo siniestro y modales exquisitos, apareció en el umbral.
 —Disculpe, sir Claud, pero he pensado que quizá no hubiera oído la campana...
 —Sí, sí, Tredwell, la he oído. Por favor, di a los demás que iré dentro de un momento. Explícales que estoy ocupado con una llamada telefónica. De hecho, estaba a punto de hacer una llamada rápida. Puedes comenzar a servir la cena.
Tredwell se retiró en silencio. Sir Claud respiró hondo y se acercó al teléfono. Sacó una pequeña agenda de direcciones del cajón de su escritorio, la consultó brevemente y levantó el auricular. Escuchó un momento antes de hablar:
 —Aquí Market Cleve 304. Quiero que me ponga con un número de Londres.                    —Dio el número y se reclinó en la silla, a la espera. Los dedos de su mano derecha comenzaron a tamborilear con nerviosismo sobre el escritorio.
Unos minutos después, sir Claud Amory salió de su estudio, cruzó la biblioteca en dirección al pasillo y se reunió con los demás en el comedor, situado en el ala oeste. Ocupó su sitio en la cabecera de la mesa, alrededor de la cual ya estaban sentados los demás miembros de su familia. A la derecha de sir Claud estaba su sobrina, Barbara Amory. Junto a ésta, su primo Richard Amory, el único hijo de sir Claud. A la derecha de Richard se sentaba un invitado, un médico italiano llamado Carelli. A la derecha del doctor Carelli, en el extremo opuesto de la mesa con relación a sir Claud, estaba Caroline Amory, su hermana. Puesto que la esposa de sir Claud había muerto vanos años antes, Caroline, una solterona de poco más de sesenta años, dirigía la casa. Edward Raynor, el secretario de sir Claud, estaba sentado a la derecha de miss Amory y, a su derecha y junto a sir Claud, estaba Lucia, la esposa de Richard Amory.
La cena, en esta ocasión, no fue en absoluto animada. Caroline Amory, una dama de la vieja escuela con modales algo remilgados, hizo varios intentos por entablar conversación con el doctor Carelli, que le respondió con cortesía, aunque sin mayor locuacidad. Cuando miss Amory se giró para hacer un comentario a Edward Raynor, un joven habitualmente cordial y sociable, éste se sobresaltó y susurró una disculpa con aire avergonzado. Sir Claud estaba tan taciturno como siempre durante las comidas, o acaso más. Su hijo, Richard Amory, dirigía ocasionales miradas nerviosas a su esposa Lucia, sentada al otro lado de la mesa. La joven Barbara Amory era la única que parecía de buen humor e intercambiaba comentarios triviales con su tía Caroline.
 —Este lenguado está exquisito, tía Caroline —dijo Barbara mientras atacaba la comida con entusiasmo—. Me alegro de que compres al nuevo pescadero del pueblo. Es más fiable que el viejo Hobbs.
Su tía murmuró una respuesta apropiada.
Cuando Tredwell comenzó a servir el postre, una macedonia de frutas, sir Claud se dirigió súbitamente a él, hablando en voz lo bastante alta para que lo oyeran todos los comensales.
 —Tredwell —dijo—, llama al garaje de Market Cleve y pide que envíen un coche con chófer a la estación para recoger a dos pasajeros del tren de las ocho cincuenta, procedente de Londres. He invitado a dos caballeros que llegarán en ese tren, y se reunirán con nosotros después de cenar.
 —Muy bien, sir Claud —respondió Tredwell y se marchó.

Cuando el mayordomo hubo cerrado la puerta tras de sí, Richard fue el primero en hablar:
 —¿Qué caballeros, padre? ¿A quién esperas después de la cena? ¿A alguien de Londres?
Su padre alzó una mano, pidiendo silencio.
 —Lo sabréis muy pronto. Anunciaré algo en la biblioteca después de cenar. Hasta entonces no diré nada más.
Antes de que sir Claud terminara de hablar, Lucia Amory murmuró una disculpa, se levantó bruscamente y se marchó del comedor. Cruzó el pasillo a toda prisa y se dirigió a la biblioteca. Pese a su amplitud, ésta era una estancia más acogedora que elegante, y también hacía las veces de sala de estar. Unas puertas de cristal comunicaban con la galería del frente de la casa, con vistas a una parte del jardín, mientras que otra puerta en el extremo de la habitación comunicaba con el estudio de sir Claud. A la izquierda de esta puerta había una gran chimenea en cuya repisa reposaba un reloj antiguo y algunos objetos decorativos, así como una vasija llena de largas tiras de papel grueso, usadas para encender el fuego. A la derecha estaba la puerta que comunicaba con el resto de la casa, el vestíbulo y las escaleras que conducían a los dormitorios de la primera planta y a las habitaciones de servicio.
Los muebles de la biblioteca consistían en un escritorio, donde estaba el teléfono, situado a la izquierda de la entrada principal; una alta y bien surtida estantería a la derecha de la puerta de la galería; una mesa pequeña con un gramófono y discos, y un sofá al lado del cual había una mesita auxiliar. Junto a la mesa redonda situada en el centro de la habitación había una silla y un cómodo sillón, mientras que en una pequeña mesa colocada contra la pared había una planta de interior en una maceta de cobre. Todos los muebles eran de estilo tradicional, aunque no lo bastante viejos o elegantes para ser admirados como antigüedades.

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Lucia Amory, una hermosa joven de veinticinco años, con una cascada de brillante cabello moreno sobre los hombros y unos ojos castaños que solían destellar de emoción, aunque ahora reflejaban un sentimiento reprimido difícil de definir, titubeó en medio de la habitación. Luego se dirigió a la puerta de la galería, apartó las cortinas y contempló la noche. Con un suspiro apenas audible, apretó la frente contra el frío cristal de la ventana y permaneció inmóvil, abstraída en sus pensamientos.
La voz de miss Amory se oyó desde el pasillo, llamando:
 —Lucia, Lucia, ¿dónde estás?
Un instante después, Caroline Amory entró en la biblioteca. Se acercó a Lucia, la cogió del brazo y la condujo al sofá.
 —Ven, querida. Siéntate —dijo señalando un extremo del sofá. Estudió la cara de Lucia durante unos instantes y luego formuló su diagnóstico—: Dentro de unos minutos te encontrarás mejor.
Lucia esbozó una sonrisa de gratitud.
 —Sí, desde luego —asintió—. De hecho, ya estoy mejor. —Aunque hablaba un inglés perfecto (quizá demasiado perfecto), de vez en cuando una de sus expresiones delataba que no era su lengua materna—.  Sólo ha sido un pequeño mareo. ¡Qué tontería! Nunca había hecho nada semejante. No sé qué me ha ocurrido. Por favor, tía Caroline, vuelve al comedor. Yo estaré bien aquí. —Bajo la mirada solícita de Caroline Amory, sacó un pañuelo de su bolso de mano, se secó los ojos, y volvió a guardarlo. Luego sonrió una vez más—. Estaré bien. De veras.
Miss Amory no parecía convencida.
 —No tienes buen aspecto, querida; ni lo has tenido en toda la tarde, ¿sabes?             —observó, estudiando a Lucia con manifiesta preocupación.
 —¿De veras?
 —Así es —respondió miss Amory. Se sentó en el sofá—. Quizá hayas cogido frío, cariño —dijo con solicitud—. Ya sabes que los veranos ingleses pueden ser muy traicioneros. Nada que ver con el caluroso sol de Italia al que estás acostumbrada. Ah, siempre digo que Italia es un país encantador.
 —Italia —murmuró Lucia con mirada ausente mientras dejaba el bolso junto a ella, en el sofá—. Italia...
 —Lo sé, pequeña. Echas mucho de menos tu país. Es un contraste tan espantoso... El clima, las costumbres... Y sin duda te pareceremos muy fríos comparados con los italianos, quienes...
 —No, de ninguna manera —repuso Lucia con una vehemencia que sorprendió a miss Amory—. No echo de menos Italia. ¡En absoluto!
 —Oh, vamos, pequeña. No es nada vergonzante sentir añoranza por...
 —¡En absoluto! —repitió Lucia—. Detesto Italia. Siempre la he detestado. Para mí, rodeada como estoy de gente amable, Inglaterra es un paraíso. ¡Un auténtico paraíso!
—Eres muy amable al decir eso, querida —repuso Caroline Amory—, aunque estoy segura de que sólo intentas ser cortés. Todos hemos procurado hacerte sentir feliz y cómoda, pero es natural que de vez en cuando añores tu país. Y puesto que no tienes madre...
 —Por favor... —interrumpió Lucia—, no me recuerdes a mi madre.
 —No, claro que no, cariño. No era mi intención afligirte. —Oh, cielos; ¡estos extranjeros!, pensó—. ¿Quieres que te traiga sales aromáticas? Las tengo en mi habitación.
 —No, gracias. Ya me encuentro bien; de verdad.
 —No es ninguna molestia, ¿sabes? —insistió tía Caroline—. Tengo unas sales muy fragantes, de un bonito color rosado, y en un frasco precioso. Y son muy fuertes. De sal amoníaco, ¿o es sal amoniacal? Nunca lo recuerdo. Pero no es el mismo producto que se usa para limpiar la bañera.
Lucia esbozó una débil sonrisa, pero no respondió. Miss Amory se había puesto de pie, y no se decidía a ir a buscar las sales aromáticas. Se dirigió con aire vacilante a la parte posterior del sofá y comenzó a redistribuir los cojines.
 —Sí, sin duda ha sido un enfriamiento —prosiguió—. Esta mañana eras la viva imagen de la salud. O quizá fuera la emoción de ver a este viejo amigo italiano, el doctor Carelli. Su visita fue tan inesperada, ¿verdad? Debe de haber sido toda una sorpresa para ti.
Sin que miss Amory lo notara, el marido de Lucia, Richard Amory, acababa de entrar en la habitación. Las palabras de Caroline parecían afectar a Lucia, que se reclinó en el sofá, cerró los ojos y tembló.
 —¡Ay, querida! ¿Qué te ocurre? —preguntó miss Amory—. ¿Has vuelto a marearte?
Richard Amory cerró la puerta y se acercó a las dos mujeres. Con un atractivo típicamente inglés, rondaba los treinta, tenía estatura media y una figura ligeramente gruesa y musculosa.
 —Ve a terminar de cenar, tía Caroline —dijo—. Lucia estará bien conmigo. Yo la cuidaré.
Miss Amory aún parecía indecisa.
 —Bueno, Richard, quizá sea mejor que me marche —convino a regañadientes, dando un paso en dirección a la puerta que conducía al pasillo—. Ya sabes que tu padre detesta los imprevistos de cualquier clase, sobre todo cuando hay visitas. Y no es precisamente un amigo íntimo de la familia.
Se volvió hacia Lucia.
 —Como te decía, cariño, es muy extraño que el doctor Carelli apareciera de esa manera, ignorando que vivías en este rincón del mundo. Te encontraste con él en el pueblo y lo invitaste a tomar el té. Debe de haber sido toda una sorpresa para ti, ¿verdad?
 —Lo fue —respondió Lucia con aire ausente.
 —El mundo es tan pequeño... Siempre lo digo —continuó miss Amory—. Tu amigo es un hombre muy apuesto, Lucia.
 —¿Te parece?
 —Tiene aspecto extranjero, claro —admitió miss Amory—, pero decididamente apuesto. Y habla un inglés excelente.
 —Supongo que sí.
Miss Amory no parecía dispuesta a cambiar de tema.
 —¿De verdad no tenías idea de que estaba por aquí? —preguntó.
 —Ni la menor idea —enfatizó Lucia.
Richard Amory, que había estado mirando a su esposa con atención, volvió a hablar:
 —Ha de haber sido una sorpresa muy agradable para ti, Lucia.
Ella alzó rápidamente la vista hacia él, pero no respondió.
Miss Amory sonrió.
 —Desde luego —continuó—. ¿Lo conocías bien en Italia, querida? ¿Era un buen amigo tuyo? Supongo que sí.
La voz de Lucia se llenó de amargura cuando respondió:
 —Nunca fue un amigo.
 —Ah, ya veo. Sólo un conocido. Sin embargo, aceptó de inmediato mi invitación para cenar. Siempre he dicho que los extranjeros son un poco atrevidos. Ay, naturalmente no lo digo por ti, querida. —Miss Amory tuvo el detalle de hacer una pausa y ruborizarse—. Al fin y al cabo, tú eres medio inglesa. —Miró con picardía a su sobrino y añadió—. De hecho, ahora es totalmente inglesa, ¿verdad, Richard?
El joven Amory no respondió al grotesco humor de su tía. En su lugar, fue hasta la puerta y la abrió, como invitándola a reunirse con los demás.
 —En fin —dijo la mujer mientras se dirigía de mala gana a la puerta—, si estás seguro de que no puedo hacer nada más...
—No, gracias. —El tono de Richard fue seco mientras sujetaba la puerta abierta para su tía.
Con expresión titubeante, y tras dirigir una última sonrisa nerviosa a Lucia, miss Amory salió de la habitación.
Richard suspiró aliviado, cerró la puerta y regresó junto a su esposa.
 —Caramba —protestó—, pensé que no se marcharía nunca.
 —Sólo intentaba ser amable, Richard.
 —Ya; y lo es. Pero se empeña demasiado.
 —Creo que me tiene afecto.
 —¿Qué? Ah, sí, desde luego —respondió él con tono distraído. Hubo un breve silencio incómodo. Luego el joven se acercó a su esposa y la miró—. ¿Estás segura de que no necesitas nada?
Lucia alzó la vista y forzó una sonrisa.
 —Nada, de veras. Gracias, Richard. Vuelve al comedor. Ya me encuentro perfectamente.
 —No. Me quedaré aquí contigo.
 —Pero preferiría estar sola.
Richard se dirigió a la parte posterior del sofá y volvió a hablar:
 —¿Los cojines están bien? ¿No quieres otro detrás de la cabeza?
 —Estoy cómoda así. Aunque no me vendría mal un poco de aire fresco. ¿Puedes abrir una ventana?
Richard se dirigió a una puertaventana y manipuló con torpeza la cerradura.
 —¡Maldita sea! —exclamó—. El viejo la ha cerrado con uno de esos ingeniosos candados suyos. No puede abrirse sin una llave.
Lucia se encogió de hombros.
—Es igual —dijo—. No tiene importancia.
Richard regresó al centro de la habitación y se sentó en una silla, junto a la mesa redonda. Se inclinó, apoyando los codos sobre sus muslos.
—El viejo es un hombre maravilloso. Siempre está inventando un chisme u otro.
—Sí —respondió Lucia—. Debe de haber ganado mucho dinero con sus inventos.
—Toneladas —declaró Richard con aire melancólico—. Pero el dinero le trae sin cuidado. Estos malditos científicos son todos iguales. Siempre van detrás de algo totalmente inútil, sin interés práctico para nadie, excepto para ellos. ¡Por el amor de Dios! ¡Ahora pretende bombardear el átomo!
 —De todos modos tu padre es un gran hombre.
 —Sí, supongo que es uno de los científicos más importantes de nuestra época         —admitió él a regañadientes—. Al menos eso dice todo el mundo. Sin embargo, es incapaz de aceptar el punto de vista ajeno. —Hablaba con creciente irritación—. Y a mí nunca me ha tratado bien.
 —Lo sé. Te tiene aquí, encadenado a esta casa como si fueras su prisionero. ¿Por qué te obligó a abandonar tu carrera en el ejército y volver a vivir aquí?
 —Supongo que pensó que podía ayudarle en sus investigaciones científicas. Pero debería haber sabido que yo no podía colaborar con él. Sencillamente, no tengo la inteligencia necesaria. Por lo menos Raynor tiene alguna instrucción científica. Es algo más que un secretario. Realmente le resulta muy útil al viejo para sus experimentos.
Richard acercó su silla al sofá y volvió a reclinarse.
—Santo cielo, Lucia, a veces me siento desesperado. Ahí está mi padre, nadando en dinero y gastando hasta el último penique en sus malditos experimentos. Debería darme parte de lo que de cualquier modo heredaré algún día y permitirme salir de esta casa ahora, mientras soy joven y puedo hacer algo con mi vida.
Lucia se incorporó en su asiento.
—¡Dinero! —exclamó con amargura—. Todo se reduce a lo mismo. ¡Dinero!
—Soy como una mosca atrapada en una telaraña —prosiguió Richard—. Me siento impotente, absolutamente impotente.
Lucia lo miró con expresión seria y suplicante.
—Ay, Richard —gimió—. Yo también. ¿No lo entiendes ?
Su marido la miró, alarmado. Estaba a punto de responder, cuando Lucia repitió:
 —Yo también estoy indefensa. Y quiero marcharme. —Se levantó súbitamente y se aproximó a él, hablando con vehemencia—: Richard, por el amor de Dios, sácame de aquí antes de que sea demasiado tarde.
—¿Que te saque de aquí? —repuso Richard con voz trémula—. ¿Y adonde quieres que te lleve? ¿Adonde demonios podemos ir?
 —A cualquier parte —exclamó ella con creciente excitación—. ¡A cualquier parte del mundo! Pero lejos de esta casa. Eso es lo más importante: que nos alejemos de esta casa. Tengo miedo, Richard. Te juro que tengo miedo. Hay sombras... —Miró por encima del hombro, como si las viera en ese mismo momento—. Hay sombras por todas partes.
Richard permaneció sentado.
—¿Cómo íbamos a marcharnos sin dinero? —preguntó. Miró a su esposa y continuó con amargura—: Un hombre sin dinero no sirve de nada a una mujer, ¿verdad, Lucia?
La joven titubeó.
—¿Por qué dices eso? ¿Qué has querido decir, Richard?
Él siguió mirándola en silencio, con expresión tensa y al mismo tiempo curiosamente impasible.
—¿Qué te ocurre esta noche, Richard? Estás raro...
—¿De veras? —repuso él levantándose de la silla.
—Sí; ¿qué te pasa?
—Bien... —comenzó Richard, pero se interrumpió—. Nada no es nada. De veras. Iba a volverse, pero Lucia tiró de él y le apoyó las manos en los hombros.
—Richard, cariño... —El le retiró las manos de los hombros y la miró con expresión inquisitiva—. Richard —repitió ella con un dejo suplicante en la voz.
Él se llevó las manos a la espalda y la miró.
—¿Me tomas por idiota? —gruñó—. ¿Crees que no he visto cómo tu viejo amigo te pasó una nota esta noche? —Puso especial énfasis en las palabras «viejo amigo».
—¿Acaso has pensado que...?
Richard la interrumpió con furia.
—¿Por qué saliste del comedor antes de terminar la cena? No te mareaste; sólo fingías. Querías estar sola para leer tu preciosa nota. No podías esperar. Estabas muerta de impaciencia porque no podías deshacerte de nosotros. Primero la tía Caroline, que estaba preocupada por ti, y ahora yo. —La miró con ojos llenos de dolor e ira.
—¡Estás loco, Richard! —exclamó la joven—. Es absurdo. ¿No sospecharás que siento algún interés por Carelli? ¿Cómo has podido pensar algo así? ¿Cómo? De veras, Richard, cariño. No me importa nadie salvo tú. Te quiero. Debes saberlo.
Richard no le quitaba los ojos de encima.
—¿Qué dice la nota que te pasó Carelli?
—Nada... nada en absoluto.
—Entonces enséñamela.
—No... no puedo. —Su voz era apenas un murmullo—. La he destruido.
Los labios de Richard esbozaron una sonrisa fría que desapareció con la misma rapidez con que había aparecido.
—No es verdad —insistió—. Enséñamela.
Lucia guardó silencio durante unos instantes, mirando a su marido con expresión de súplica.
—Richard —murmuró por fin—, ¿no confías en mí?
—Podría quitártela por la fuerza —dijo él con los dientes apretados mientras daba un paso hacia ella—. Y estoy casi decidido a hacerlo... —Lucia se apartó con un gntito débil, aunque no desvió los ojos de los de él, como suplicándole que la creyera—. No —dijo como para sí—. Supongo que hay ciertas cosas que uno no puede hacer. —Se volvió a mirar a su esposa—. Pero te aseguro que me enfrentaré a Carelli.
Lucia lo cogió del brazo y respiró hondo.
—No, Richard, no debes hacerlo. No lo hagas, te lo ruego. No lo hagas.
—Te preocupa tu amante, ¿no es cierto? —dijo Richard con tono burlón.
—No seas ridículo. No es mi amante —replicó ella con furia.
Él la cogió de los hombros.
—Tal vez no lo sea... todavía —dijo—. Puede que...
Se interrumpió al oír voces en el pasillo. Haciendo un esfuerzo para controlarse, se dirigió a la chimenea, cogió una pitillera y un encendedor y encendió un cigarrillo. Cuando se abrió la puerta y las voces se hicieron más fuertes, Lucia se pasó a la silla donde había estado sentado Richard. Con el semblante pálido y las manos apretadas con nerviosismo, parecía muy afligida.
Miss Amory entró en la biblioteca acompañada de su sobrina, Barbara Amory, una joven de veintiún años, de modales modernos e informales, rubia, atractiva y vivaz. Balanceando su bolso con alegría, Barbara cruzó la estancia en dirección a Lucia.
 —Hola, Lucia, cielito. ¿Ya te encuentras mejor? —preguntó con un tono de jovial solicitud.



3




Mientras Barbara se aproximaba, Lucia esbozó una sonrisa forzada.
—Sí, gracias, querida —respondió—. Estoy perfectamente. De veras.
Barbara miró a la morena y preciosa esposa de su primo Richard.
—¿No le habrás dado una buena noticia a Richard? —preguntó con picardía—. ¿Es eso?
—¿Una buena noticia? ¿Qué buena noticia? No sé de qué hablas —respondió Lucia, perpleja.
Barbara cruzó los brazos e hizo un movimiento hacia los lados, como si estuviera acunando a un niño. Lucia respondió a la pantomima con una sonrisa triste y un cabeceo. Miss Amory, sin embargo, se dejó caer en una silla, aparentemente escandalizada.
—¡Barbara! —exclamó con horror—. ¡Qué cosas dices!
—Bueno —declaró la joven sin inmutarse—, los accidentes ocurren. Es perfectamente posible que Lucia y Richard tengan un bebé sin haberlo planeado con antelación.
Su tía sacudió la cabeza.
—No sé a dónde van a llegar las jóvenes de esta generación —dijo a nadie en particular—. En mis tiempos no hablábamos con tanta ligereza de la maternidad, y jamás me habrían permitido... —Se interrumpió al oír abrirse la puerta y miró a tiempo de ver a Richard salir de la biblioteca—. ¿Lo ves? ¡Has avergonzado a Richard! Y no me sorprende en absoluto.
—Vamos, tía Caroline —respondió Barbara—, después de todo tú perteneces a la época victoriana. Naciste cuando a la vieja reina aún le quedaban veinte años de vida. Eres un prototipo de tu generación y me atrevo a decir que yo lo soy de la mía.
—No tengo la menor duda de cuál de las dos prefiero —repuso su tía con irritación.
Barbara soltó una risita.
—Creo que los Victorianos eran maravillosos. ¡Decirle a los niños que los bebés se encontraban en los groselleros! Me parece encantador. A veces desearía vivir en esa época exótica. Pero el tiempo no se detiene, tía Caroline. Es imposible detener el progreso, y no puedes pretender que los jóvenes de hoy día ignoren lo que ocurre en el mundo real.
Barbara rebuscó en su bolso, sacó un cigarrillo y lo encendió con un mechero. Iba a continuar su discurso, pero miss Amory la detuvo con un gesto.
—Déjate de tonterías, Barbara. Estoy preocupada por esta pobre criatura, y no me gusta que me tomes a broma.
De repente, Lucia rompió a llorar. Mientras se enjugaba las lágrimas, murmuró entre sollozos:
—¡Sois todos tan buenos conmigo! Nadie se había portado tan bien conmigo hasta que vine aquí, hasta que me casé con Richard. Ha sido maravilloso convivir con vosotros. No puedo evitarlo, estoy...
—Tranquila, tranquila —murmuró miss Amory mientras se levantaba para acercarse a Lucia. Le dio una palmadita en el hombro—. Tranquila, querida. Te entiendo. Al fin y al cabo, vivir en el extranjero toda una vida no es lo más apropiado para una joven. No es la mejor manera de criarse, y para colmo los europeos tienen unas ideas muy peculiares sobre la educación.
Barbara las miró con expresión de aburrimiento.
—Lucia, cielo, no deberías ser tan sentimental —señaló mientras le volvía la espalda.
Lucia se puso en pie y miró alrededor con aire indeciso. Permitió que miss Amory la condujera al sofá y se sentó en un extremo. Caroline ahuecó los cojines que rodeaban a la joven antes de sentarse a su lado.
—Es natural que estés afligida, querida —dijo—. Pero debes procurar olvidarte de Italia. Claro que los lagos italianos son preciosos en primavera. Siempre lo digo. Un sitio perfecto para pasar las vacaciones, aunque no para vivir allí, desde luego. Vaya vaya, no llores, cariño.
—Creo que más que una lección turística sobre los lagos italianos, lo que necesita Lucia es una buena copa —sugirió Barbara sentándose en el borde de la mesa auxiliar y mirándola con expresión critica, aunque no sin simpatía—. ¿Sabes, tía Caroline? Esta casa es horrible. Aquí vivís en el pasado. Nunca bebéis cócteles. Sólo jerez o whisky antes de cenar y coñac después. Richard no sabe preparar un Manhattan decente, y pídele a Edward Raynor que te prepare un destornillador. Lo que necesitaría Lucia para animarse de inmediato es un Satán Whisker.
La señorita Amory miró a su sobrina con expresión de horror.
—¿Qué demonios es un Satán Whisker?
—Es muy fácil de preparar si tienes los ingredientes —respondió Barbara—. Consiste en partes iguales de coñac y licor de menta, aunque no hay que olvidar una pizca de pimentón. Es genial, y te garantizo que le levanta el ánimo a cualquiera.
—Barbara, sabes que no me gustan esos estimulantes alcohólicos —exclamó miss Amory estremeciéndose—. Mi pobre y querido padre siempre decía...
—No sé lo que diría —interrumpió Barbara—, pero toda la familia sabe que el querido tío abuelo Algernon sentía debilidad por la bebida.
Pareció que miss Amory iba a estallar, pero luego una media sonrisa se dibujó en sus labios y se limitó a decir:
 —Bueno, debo admitir que los hombres son diferentes.
Pero Barbara no estaba dispuesta a aceptar esa idea.
—No son diferentes en absoluto —dijo—. O si lo son, no creo que debamos permitírselo. Sencillamente, en aquellos tiempos se les consentían las diferencias.                 —Sacó del bolso un espejito, una borla para polvos y un lápiz de labios—. En fin, veamos qué aspecto tengo. ¡Ay, cielos! —Con una cómica expresión de horror, comenzó a aplicarse vigorosamente carmín en los labios.
 —Vaya, Barbara —protestó su tía—, preferiría que no te pusieras tanto carmín en los labios. Es un rojo demasiado intenso.
—Eso espero —respondió Barbara mientras continuaba maquillándose—. Al fin y al cabo me costó siete chelines y seis peniques.
—¡Siete chelines y seis peniques! Qué forma de derrochar el dinero, sólo por... por...
—Por Besos Indelebles, tía Caroline.
—¿Cómo dices?
—El carmín se llama Besos Indelebles.
Su tía frunció la nariz con aire de desaprobación.
—Desde luego —dijo—, admito que con el viento los labios se agrietan y que es conveniente hidratarlos un poco. Pero podrías usar lanolina, por ejemplo. Yo siempre me pongo...
—Mi querida tía, créeme: una chica nunca lleva demasiado carmín. Al fin y al cabo, no puede saber cuánto perderá en el taxi de regreso a casa —añadió mientras guardaba en el bolso el espejo, la borla para polvos y el lápiz de labios.
Miss Amory parecía desconcertada.
 —¿Qué quieres decir? No entiendo.
Barbara se incorporó, se acercó al sofá y se inclinó sobre Lucia.
 —Olvídalo. Lucia me entiende, ¿verdad, cielo? —preguntó rozándole la barbilla.
Lucia miró alrededor con aire distraído.
—Lo siento —dijo a Barbara—. No estaba escuchando. ¿Qué decías?
Miss Amory volvió a centrar su atención en Lucia y una vez más sacó el tema de su salud.
—¿Sabes, querida? —dijo—. Me tienes muy preocupada. —Se volvió hacia Barbara—. No se encuentra bien, y creo que debería tomar algo. ¿Qué podemos ofrecerle? Naturalmente, las sales aromáticas serían la solución ideal. Por desgracia, la muy torpe de Ellen rompió mi frasco esta mañana mientras limpiaba mi habitación.
Barbara apretó los labios y reflexionó unos instantes.
—¡Ya lo tengo! —exclamó—. ¡Las reservas del hospital!
—¿Las reservas del hospital? ¿De qué hablas? —preguntó miss Amory.
Barbara se sentó en una silla, cerca de su tía.
—Sin duda lo recuerdas —dijo—. Las cosas de Edna.
La cara de miss Amory se iluminó.
—¡ Ah, sí, desde luego! —Se volvió hacia Lucia y explicó—: Ojalá hubieras conocido a Edna, mi sobrina mayor, la hermana de Barbara. Se marchó a la India con su marido unos seis meses antes de que tú vinieras aquí con Richard. Edna es una mujer muy inteligente.
—Más que inteligente —afirmó Barbara—. Acaba de tener gemelos, y en la India no hay groselleros. Supongo que los habrá encontrado debajo de un árbol de mangos.
Caroline Amory se permitió una pequeña sonrisa.
—Calla, Barbara. —Luego, volviéndose una vez más hacia Lucia, prosiguió—: Como te decía, querida, Edna estudió para boticaria durante la guerra. Trabajaba en el hospital local. Sabes, durante la guerra convertimos el ayuntamiento en hospital. Y en los años siguientes, concretamente hasta que se casó, Edna siguió trabajando en la farmacia del hospital del condado. Lo sabía todo acerca de medicamentos, pildoras y esas cosas. Y seguramente aún lo sabe. Sin duda esos conocimientos le serán de gran utilidad en la India. Pero ¿a qué venía todo esto? Ah, sí. Cuando se marchó... ¿qué hicimos con todos esos frasquitos que dejó?
—Lo recuerdo perfectamente —dijo Barbara—. Hace años, Edna guardó los fármacos en una caja. En teoría, debíamos revisarlos y enviarlos a los hospitales, pero todos lo olvidamos, o al menos nadie hizo nada al respecto. La caja quedó en el desván y no volvimos a verla hasta que Edna preparó su equipaje para irse a la India. Está en lo alto de aquella estantería —señaló un estante—, y todavía nadie ha revisado los medicamentos ni los ha enviado a ningún sitio.
Se puso en pie y cruzó la estancia arrastrando una silla. Colocó la silla delante de la estantería, se subió a ella y se estiró para coger una caja negra de metal.
—Por favor, querida, no te molestes —dijo Lucia.
Pero Barbara no le hizo caso y llevó la caja hasta la mesa.
—Bien —dijo—. Ya que la he bajado, al menos echémosle un vistazo.                               —La abrió—. ¡Vaya! Aquí hay de todo —exclamó mientras sacaba varios frascos—. Yodo, tintura de benjuí, una solución medicinal que no conozco, aceite de ricino. —Hizo una mueca de asco—. Ah, y aquí viene lo más fuerte —anunció mientras sacaba varios frasquitos marrones de la caja—. Atropina, morfina, estricnina —recitó leyendo las etiquetas—. Ten cuidado, tía Caroline. Si me contrarías, podría ponerte un poco de estricnina en el café y morirías tras una horrible agonía —dijo con fingida expresión de amenaza, a lo que su tía respondió con un gesto displicente y un gruñido.
En fin, aquí no hay nada que pueda servir de tónico a Lucia. De eso estoy segura—declaró Barbara con una risita mientras devolvía los frascos y ampollas a la caja.
Mientras la joven cogía un frasco de morfina, se abrió la puerta y Tredwell hizo pasar a Edward Raynor, el doctor Carelli y sir Claud Amory. El primero en entrar fue Edward Raynor, el secretario de sir Claud, un hombre de poco menos de treinta años, rubio y con expresión solemne. Raynor se acercó a Barbara y miró la caja de medicamentos.
—Hola, Mr. Raynor. ¿Le interesan los venenos? —preguntó Barbara mientras continuaba guardando los frascos en la caja de metal.
El doctor Carelli también se aproximó a la mesa. Carelli, un hombre de unos cuarenta años, cabello moreno y tez aceitunada, vestía un elegante traje de noche. Sus modales eran impecables, y cuando hablaba apenas se adivinaba su acento italiano.
—¿Qué tenemos aquí, miss Amory? —preguntó.
Antes de entrar en la habitación, sir Claud hizo una pausa para hablar con Tredwell.
—¿Has entendido mis instrucciones? —preguntó.
—Perfectamente, señor —respondió el mayordomo.
Tredwell se marchó y sir Claud cruzó la biblioteca en dirección a su invitado.
—Doctor Carelli, le ruego me disculpe si me encierro en mi estudio —dijo con tono formal y cortés—. He de escribir varías cartas para enviarías esta misma noche.
—Creí que tenías que hacer un anuncio importante sobre los misteriosos invitados que están a punto de llegar —dijo Richard, aparentemente molesto.
—Más tarde. Me reuniré con vosotros dentro de unos momentos. ¿Me acompaña, Raynor?
El secretario se reunió con él y ambos se dirigieron a la puerta que conducía al estudio de sir Claud. Cuando la puerta se cerraba tras ellos, Barbara soltó un súbito gritito y dejó caer el frasco que tenía en la mano.




4



El doctor Carelli dio un paso al frente y se apresuró a recoger el frasco que había arrojado Barbara. Le echó un vistazo antes de devolvérselo a la joven con una amable reverencia.
 —¡Vaya! ¿Qué es esto? ¡Morfina! —Cogió otro frasco de la mesa—. ¡Y estricnina! Señorita, ¿me permite que le pregunte de dónde ha sacado estas sustancias letales?                 —Comenzó a estudiar el contenido de la caja metálica con interés.
Barbara miró con hostilidad al atento médico italiano.
—Despojos de guerra —respondió con una sonrisa forzada. Luego se volvió hacia su tía y continuó con tono más cordial—: No esperaba encontrar estricnina aquí, por eso me asusté y se me cayó. Qué tonta.
Caroline Amory se levantó con nerviosismo y se aproximó a Carelli.
—No son venenos auténticos, ¿verdad, doctor? Quiero decir que no podrían hacer daño, ¿no? —preguntó—. Esta vieja caja ha estado en la casa durante años. Sin duda los medicamentos que contiene son inofensivos, ¿verdad?
—Mi querida señora, ignoro cuál es su idea de una sustancia dañina —respondió Carelli con sequedad—, pero yo diría que con este pequeño botiquín podría matar por lo menos a una docena de hombres.
—¡Santo cielo! —exclamó miss Amory. Retrocedió hasta su silla y se sentó pesadamente.
—Por ejemplo —prosiguió el doctor Carelli—, aquí tenemos algo muy interesante. —Levantó un frasco y leyó lentamente la etiqueta—: «Clorhidrato de estricnina; decimosexta parte de un gramo.» Seis o siete de estas pequeñas tabletas bastan para provocar una muerte muy desagradable. Un tránsito extremadamente doloroso al más allá; nada recomendable. —Cogió otro frasco—. «Sulfato de atropina.» El envenenamiento por atropina en ocasiones es difícil de distinguir del producido por la tomaina. También es una muerte dolorosa.
Tras dejar los dos frascos en la caja, cogió un tercero.
—Pero qué tenemos aquí... —prosiguió con deliberada lentitud—: «Bromhidrato de hioscina»; una centésima de gramo. No parece muy concentrado, ¿verdad? Sin embargo, os aseguro que cualquiera que tragara la mitad de uno de estos minúsculos comprimidos... —hizo un ademán muy gráfico— no sentiría el más mínimo dolor; nada en absoluto. Sólo se sumiría en un rápido sueño sin sueños, del que no despertaría nunca.
Se aproximó a Lucia y le ofreció el frasco, como si la invitara a examinarlo. Sus labios dibujaron una sonrisa, pero sus ojos permanecieron serios.

Lucia miró el frasco con fascinación. Extendió el brazo y habló como en trance.
—Un sueño rápido y sin sueños —murmuró, haciendo amago de coger el frasco.
Pero en lugar de entregárselo, el doctor Carelli miró a Caroline Amory con expresión inquisitiva. La mujer tembló, aparentemente consternada, pero no dijo nada. Carelli se encogió de hombros y se volvió de espaldas a Lucia, siempre con el frasco en la mano.
Se abrió la puerta del pasillo y entró Richard Amory. Sin decir palabra, el joven se dirigió al escritorio y se sentó frente a él, en un banco. Tredwell entró tras él, llevando una bandeja con una cafetera y varias tazas. Tras dejarla sobre la mesa auxiliar, Tredwell salió de la habitación. Lucia se sentó en el sofá y comenzó a servir el café.
Barbara se acercó a Lucia, cogió las dos tazas de café que había servido, le pasó una a Richard y se quedó con la otra. Entretanto, Carelli volvió a poner los frascos en la caja metálica, que estaba sobre la mesa redonda, en el centro de la habitación.
Miss Amory se dirigió al doctor:
—¿Sabe, doctor? Sus comentarios sobre muertes dolorosas y sueños rápidos y sin sueños me han puesto la carne de gallina. Supongo que siendo italiano sabrá mucho de venenos.
—Mi querida señora —repuso Carelli con una sonrisa—. Eso sí es una conclusión injusta y completamente errónea. ¿Por qué cree que un italiano debería saber más de venenos que un inglés? De hecho, siempre se ha dicho que el veneno es un arma femenina, más que masculina —bromeó—, así que quizá usted sepa más que yo al respecto. Aunque es probable que usted pensara en una mujer italiana, concretamente en una de la familia Borgia. ¿Me equivoco? —Cogió una taza de café de la mesa auxiliar, se la entregó a miss Amory y se volvió para coger otra para él.
—Sí, Lucrecia Borgia, esa horrible mujer. Supongo que estaba pensando en ella—admitió miss Amory—. Cuando era niña solía tener pesadillas con ella. La imaginaba muy pálida, alta, hermosa y con el cabello negro azabache, como el de nuestra querida Lucia.
El doctor Carelli le ofreció azúcar, que ella rehusó con la cabeza y depositó el azucarero en la bandeja. Richard Amory dejó su café, cogió una revista del escritorio y comenzó a hojearla mientras su tía continuaba hablando de Lucrecia Borgia.
—Sí, tenía unas pesadillas espantosas —decía—. Soñaba con que era la única niña en una habitación llena de adultos que bebían en copas muy elegantes y decoradas. Entonces una mujer hermosa... ahora que lo pienso, se parecía mucho a ti, Lucia... Bueno, la mujer se acercaba y me obligaba a beber de una copa. Por la forma en que ella sonreía, yo sabía que no debía beber, pero no podía negarme. Era como si me hipnotizara para forzarme a beber. Luego me quemaba la garganta y me ahogaba. Era horrible. Naturalmente, en ese momento me despertaba.
El doctor Carelh se acercó a Lucia y, de pie frente a ella, hizo una reverencia burlona.
—Mi querida Lucrecia Borgia —suplicó—, tenga compasión de nosotros.
Lucia no reaccionó a la broma. Cualquiera hubiera dicho que no la había oído, pues permaneció sentada mirando al frente, abstraída en sus pensamientos. Tras una pausa incómoda, el doctor Carelli se volvió de espaldas a Lucia, sonriendo para sí, bebió su café y dejó la taza en la mesa redonda. Barbara apuró el suyo, como si cayera en la cuenta de que debía cambiar el ánimo de los presentes.
—¿Qué tal si ponemos música? —sugirió yendo hacia el gramófono—. ¿Qué puedo poner? Aquí hay un disco estupendo que compré el otro día en la ciudad.                      —Empezó a tararear, acompañando la canción con unos pasos de jazz—. Ikey, oh, crikey, what have you got on? ¿Qué más tenemos?
—Ay, Barbara, cariño, te ruego que no pongas esa canción tan vulgar —suplicó su tía acercándose a mirar los discos—. Hay discos mucho mejores. Si quieres música popular, tenemos unas canciones muy bonitas de John McCormack. ¿O prefieres La ciudad santa? No recuerdo el nombre de la soprano. ¿Y por qué no ese espléndido disco de Melba? Ah... sí, aquí está el Largo de Haendel.
—Vamos, tía Caroline, el Largo de Haendel no puede animar a nadie —protestó Barbara—. Si es imprescindible que escuchemos música clásica, aquí tenemos ópera italiana. Acerqúese, doctor. Esta debe de ser su especialidad. Ayúdenos a escoger.
Carelli se reunió con Barbara y miss Amory en torno al gramófono, y entre los tres examinaron la pila de discos. Richard parecía enfrascado en la lectura de la revista.
—Sí, la ópera es una modalidad artística esencialmente italiana. Casi como el envenenamiento —observó Carelli con una sonrisa—. Vaya, ¿qué tenemos aquí? Verdi es mi compositor de ópera favorito. Fue el italiano más admirable del siglo diecinueve, más que cualquier político o estadista. Aida es una ópera maravillosa. En mi opinión, la mejor de Verdi. ¿Tienen algo de Aida? Por ejemplo, la maravillosa aria O patria mia, que Aída canta al comienzo del acto tercero, a la orilla del Nilo y a la luz de la luna. —Entonó una frase con una agradable voz de tenor—: O patria mia, non ti vedró maipiu. «Oh, patria mía, nunca volveré a verte», dice Aída. Una música preciosa. Y cuánto sentimiento. ¿Y qué me dicen de Rigoletto? —Comenzó a cantar otra vez—: La donna é mobile, qualpiuma al vento...
Barbara lo interrumpió con brusquedad:
—No, nada de música solemne. Busquemos algo bailable. ¿Qué tal un charlestón?
—Mi querida joven, le aseguro que se puede bailar perfectamente al ritmo de la música de Rigoletto —dijo Carelli—. El aria del tenor del primer acto, Questa o quella, es un ejemplo temprano de lo que los norteamericanos llaman swing. —Comenzó a cantar los primeros compases del aria, pero desistió, riendo, cuando Barbara se tapó los oídos e hizo una cómica mueca de horror. 
Mientras continuaba la discusión sobre la música, Lucia se levantó, caminó lenta y al parecer ociosamente hacia la mesa principal y miró la caja metálica. Luego, tras asegurarse de que los demás no la miraban, cogió un frasco y leyó la etiqueta:
«Bromhidrato de hioscina.»
Abrió el frasco y dejó caer casi todos los comprimidos en la palma de su mano. Mientras lo hacía, se abrió la puerta del estudio de sir Claud y el secretario, Edward Raynor, apareció en el umbral. Raynor se detuvo y la miró guardar el frasco en la caja metálica antes de dirigirse a la mesa auxiliar.
En ese momento se oyó la voz de sir Claud procedente del estudio. Sus palabras fueron ininteligibles, pero Raynor se volvió y dijo:
—Sí, desde luego, sir Claud. Le llevaré el café ahora mismo.
El secretario se dirigía a la mesa auxiliar cuando la voz de sir Claud lo detuvo:
—¿Y qué hay de la carta a Marshall?
—Salió en el correo de la tarde, sir Claud —respondió el secretario.
—Pero Raynor, le dije que... Oh, vuelva aquí —gritó sir Claud en el estudio.
—Lo siento, señor —dijo Raynor mientras regresaba al estudio.
Lucia, que se había vuelto al oír su voz, no pareció notar que el secretario había estado observando sus movimientos. Dándole la espalda a su marido, puso los comprimidos que tenía en la mano en una de las tazas de café y se sentó en el borde del sofá.
De repente, el gramófono cobró vida con un rápido fox trot, y Barbara comenzó a bailar sola. Richard Amory dejó la revista que estaba leyendo, apuró el resto de su café y luego se acercó a su esposa.
—Te tomo la palabra —le dijo—. Lo tengo decidido. Nos iremos a cualquier sitio.
Sorprendida, Lucia alzó la vista.
—Richard —murmuró—, ¿lo dices en serio? ¿Quieres decir que podemos marcharnos de aquí? Pero antes has dicho que... ¿De dónde sacaremos dinero?
—Siempre hay formas de conseguir dinero —respondió él con aire sombrío.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lucia con un dejo de alarma.
—Quiero decir —respondió su marido— que cuando un hombre quiere a una mujer como yo te quiero a ti, es capaz de cualquier cosa. ¡De cualquier cosa! ¿Lo entiendes?
—Esas palabras no me halagan —replicó Lucia—. Sólo me dicen que aún no confías en mí, que crees que debes comprar mi amor con...
Se interrumpió al ver que Raynor regresaba a la biblioteca. Éste se acercó a la mesa auxiliar y cogió una taza de café, mientras Lucia se movía hacia el extremo del sofá. Richard cruzó la habitación con aire malhumorado en dirección a la chimenea y se quedó mirando los leños apagados.
Barbara, que todavía bailaba sola al son del fox trot, miró a su primo como si quisiera invitarlo a bailar. Sin embargo, la expresión sombría de Richard la disuadió y la joven se volvió hacia Raynor.
—¿Quiere bailar, Raynor? —preguntó.
—Oh... Me gustaría mucho, miss Amory  —respondió el secretario—. Dentro de un momento, en cuanto le haya llevado el café a sir Claud.
Lucia se levantó del sofá.
—Mr. Raynor —dijo con tono solícito—, ése no es el café de sir Claud. Ha cogido la taza equivocada.
—¿Ah, sí? —preguntó Raynor—. Lo siento.
Lucia cogió otra taza de la mesa auxiliar y se la entregó a Raynor. Intercambiaron tazas.
—Éste es el café de sir Claud. —Lucia esbozó una sonrisa enigmática, dejó la taza que le había dado Raynor en la mesa y regresó al sofá.
El secretario se volvió de espaldas a Lucia y enfiló hacia la puerta del estudio, sujetando con cuidado la taza de café. Pero Barbara le cerró el paso.
—Venga a bailar conmigo, Raynor —rogó con la más encantadora de las  sonrisas—. Podría obligar al doctor Carelli, pero es evidente que se muere por bailar con Lucia.
Mientras Raynor titubeaba, indeciso, Richard Amory se acercó a ellos.
—Hágale caso, Raynor —aconsejó—. Todo el mundo lo hace, tarde o temprano. Déme la taza. Yo se la llevaré a mi padre.
Raynor le entregó la taza. Richard se volvió, hizo una breve pausa y luego se dirigió al estudio de su padre. Tras dar la vuelta al disco del gramófono, Barbara y Edward bailaron lentamente un vals. El doctor Carelli los observó con una sonrisa indulgente y se acercó a Lucia, que seguía sentada en un extremo del sofá con expresión de abatimiento.
 —Miss Amory fue muy amable al invitarme a cenar —dijo.
Lucia alzó la vista. Por unos instantes guardó silencio, pero finalmente respondió:
—Es una mujer muy cortés.
—Y la casa es muy bonita —prosiguió Carelli, situándose detrás del sofá—. Debería enseñármela. Me interesa mucho la arquitectura doméstica de la época.
Mientras Carelli hablaba, Richard Amory regresó del estudio. Haciendo caso omiso de su esposa y el médico, se dirigió hacia la caja de medicamentos y comenzó a ordenar su contenido.
—Miss Amory tiene mucha más información que yo sobre la casa —respondió Lucia al doctor Carelli—. Yo no sé mucho de arquitectura.
Tras echar un vistazo alrededor, como para asegurarse de que Richard Amory estaba ocupado con la caja de medicamentos, que Edward Raynor y Barbara seguían bailando en un extremo de la habitación y que Caroline Amory parecía dormida, Carelli rodeó el sofá y se sentó junto a Lucia.
—¿Ha hecho lo que le he pedido? —preguntó en voz baja y apremiante.
Lucia respondió con voz aún más baja, casi inaudible y cargada de desesperación:
—¿Es que no tiene compasión?
—¿Ha hecho lo que le he pedido?—insistió Carelli.
—Yo... yo... —comenzó ella, pero su voz se quebró. La joven se levantó con brusquedad y caminó rápidamente hacia la puerta que conducía al pasillo. Al girar el pomo, descubrió que estaba cerrada.
—No sé qué pasa con la puerta —exclamó, volviéndose hacia los demás—. No puedo abrir.
—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó Barbara, que seguía bailando con Raynor.
—No puedo abrir la puerta.
Barbara y Raynor se acercaron a la puerta. Richard Amory apagó el gramófono y se unió a ellos. Los cuatro intentaron infructuosamente abrirla, observados por miss Amory, que estaba despierta aunque seguía sentada, y el doctor Carelli, que se encontraba junto a una estantería.
Sir Claud salió de su estudio sin que nadie reparara en su presencia. Con expresión sombría y decidida, se detuvo a mirar al grupo reunido junto a la puerta.
—¡Qué extraño! —exclamó Raynor, renunciando a sus esfuerzos por abrir la puerta y volviéndose hacia los demás—. Parece atascada.
—No —dijo sir Claud desde el otro extremo de la biblioteca, sobresaltándolos a todos—. No está atascada. Está cerrada con llave por fuera.
Su hermana se levantó y fue hacia él. Iba a hablar, pero sir Claud la detuvo.
—Yo di órdenes de que la cerraran, Caroline —dijo.
Con todos los ojos fijos en él, sir Claud se dirigió a la mesa auxiliar, cogió un terrón de azúcar del azucarero y lo echó en su taza.
—Tengo algo que deciros —anunció—. Richard, ¿serías tan amable de llamar a Tredwell?
Su hijo pareció a punto de protestar. Sin embargo, fue hasta la chimenea y apretó un timbre situado en la pared.
—Sugiero que os sentéis —dijo sir Claud señalando las sillas.
Carelli arqueó las cejas y cruzó la estancia para sentarse en el banco. Edward Raynor y Lucia Cogieron un par de sillas, mientras que Richard Amory, con expresión de perplejidad, prefirió quedarse de pie frente a la chimenea. Caroline y su sobrina Barbara se acomodaron en el sofá.
Cuando todos estuvieron sentados, sir Claud puso el sillón detrás de la mesa redonda, desde donde podía ver a todos los presentes, y se sentó.
La puerta del pasillo se abrió y entró Tredwell.
—¿Ha llamado, sir Claud? —preguntó el mayordomo.
—Sí, Tredwell. ¿Ha telefoneado al número que le di?
—Sí, señor.
—¿Y la respuesta fue satisfactoria?
—Perfectamente satisfactoria, señor.
—¿Y han enviado un coche a la estación?
—Sí, señor. El coche estará allí cuando llegue el tren.
—Muy bien, Tredwell. Puede volver a cerrar.
—Sí, señor —respondió el mayordomo mientras se retiraba.
—Claud —dijo miss Amory—, ¿qué demonios se ha creído Tredwell... ?
—Tredwell no hace más que obedecer mis órdenes, Caroline —interrumpió sir Claud con brusquedad.
—¿ Y podemos preguntar cuál es el significado de todo esto? —terció Richard con frialdad.
—Iba a explicarlo ahora mismo. Por favor, os ruego que me escuchéis con atención. Como ya os habréis dado cuenta, estas dos puertas —señaló las que daban al pasillo— están cerradas por fuera. Y la única forma de acceder a mi estudio es pasando por esta habitación. La puerta de la galería está cerrada. —Hizo un paréntesis y miró al doctor Carelli—. De hecho, está cerrada con un candado inventado por mí. Un invento que mi familia conoce, pero no sabe abrir. —Sir Claud prosiguió, esta vez dirigiéndose a todos—: Este sitio es una ratonera. —Consultó su reloj—. Ahora son las nueve menos diez. Poco después de las nueve llegará el cazador de ratas.
—¿El cazador de ratas? —La expresión de Richard Amory reflejaba perplejidad y furia—. ¿Qué cazador de ratas?
—Un detective —respondió con sequedad el célebre científico mientras sorbía su café.


5



El anuncio de sir Claud fue recibido con consternación. Lucia dejó escapar un gritito, que provocó una mirada curiosa de su marido. Barbara exclamó «¡Caray!», y Edward Raynor contribuyó con un inútil «¡Vaya, sir Claud!». Sólo el doctor Carelli permaneció imperturbable.
Sir Claud se reclinó en el sillón, con la taza en la mano derecha y el platillo en la izquierda.
—Parece que he conseguido impresionaros —observó con satisfacción. Terminó su café y dejó la taza sobre la mesa con una mueca de disgusto—. Esta noche el café está muy amargo —protestó.
El rostro de su hermana reflejó disgusto ante ese comentario, que ella tomó como una crítica directa a su competencia como ama de casa. Fue a decir algo, pero Richard Amory se adelantó.
—¿Qué detective? —preguntó a; su padre.
—Se llama Hércules Poirot. Es belga.
—He oído hablar de él —dijo Carelli—. Es muy famoso.
—Pero ¿por qué? —insistió Richard—. ¿Por qué has llamado a un detective?
—Buena pregunta —respondió su padre con una sonrisa maliciosa—. Ésa es la cuestión. Como todos sabéis, desde hace un tiempo vengo realizando investigaciones con el átomo y he descubierto un nuevo explosivo. Es tan potente que, en comparación, todo lo que se ha conseguido hasta la fecha en este campo es un juego de niños. La mayoría de vosotros sabe...
Carelli se puso de pie con rapidez.
—¡Yo no lo sabía! —exclamó—. Pero el tema me interesa sobremanera.
—¿De veras, doctor Carelli? —Sir Claud invistió esta expresión vacía y convencional con una curiosa intencionalidad, y Carelli, avergonzado, volvió a sentarse.
«Como decía —prosiguió sir Claud—, la potencia de la «amorita», como he decidido llamar a mi invento, es tal que si los explosivos convencionales permitían matar a miles de personas, éste matará a centenares de miles.
—¡Qué horrible! —exclamó Lucia estremeciéndose.
—Mi querida Lucia —replicó su suegro con una sonrisa—, la verdad nunca es horrible, sólo interesante.
—Pero ¿por qué nos cuentas todo esto? —preguntó Richard.
—Porque tengo razones para creer que alguien de esta casa pretende robar la fórmula de la amorita. Había pedido a monsieur Poirot que viniera mañana a pasar el fin de semana con nosotros para que el lunes regresara a Londres con la fórmula y la entregara personalmente a un funcionario del Ministerio de Defensa.
—Pero eso es absurdo, Claud. De hecho, es insultante para todos nosotros                  —protestó miss Amory—. No sospecharás que un miembro de la familia...
—Aún no he terminado, Caroline —interrumpió su hermano—. Y te aseguro que lo que digo no tiene nada de absurdo. Como ya he dicho, había pedido a Poirot que viniera mañana, pero me he visto obligado a cambiar de planes y rogarle que viajara esta misma noche. He dado este paso porque...
Hizo una pausa. Cuando volvió a hablar, lo hizo despacio, subrayando deliberadamente cada palabra.
—Porque —repitió mientras miraba a todos, que estaban pendientes de su explicación— la fórmula, escrita en un papel corriente y guardada en un sobre largo, ha sido robada de mi estudio esta misma tarde, poco antes de la cena. ¡Y es evidente que el autor del robo se encuentra en esta habitación!
El anuncio del eminente científico desató un coro de protestas. Luego todos comenzaron a hablar al unísono:
—¿Que alguien ha robado la fórmula? ¿Qué dices, Claud? —dijo miss Amory.
—¿De la caja fuerte? ¡Imposible! —exclamó Edward Raynor.
Entre el bullicio de voces no se oyó la del doctor Carelli, que permaneció sentado, con aire pensativo. Sin embargo, los demás sólo callaron cuando sir Claud alzó la voz para continuar.
—No tengo por costumbre falsear los hechos —aseguró el científico—. Exactamente a las siete me nos veinte puse la fórmula en la caja de caudales. Cuando salí del estudio, entró Raynor.
El secretario se ruborizó, ya fuera debido a la vergüenza o a la furia, e interrumpió:
—Sir Claud, debo protestar...
Sir Claud lo atajó levantando una mano.
—Déjeme continuar. Raynor permaneció en el estudio —prosiguió— y seguía allí cuando el doctor Carelli apareció en la puerta. Después de saludarlo, Raynor dejó a Carelli solo en el estudio mientras iba a decirle a Lucia que...
—Un momento. Yo... —terció Carelli, pero una vez más sir Claud levantó la mano pidiendo silencio y continuó:
—Raynor, sin embargo, no cruzó la puerta de esta habitación, donde se encontró con mi hermana Caroline y Barbara. Los tres permanecieron en la biblioteca, y el doctor se reunió con ellos poco después. Caroline y Barbara fueron las únicas personas que no entraron en el estudio en ningún momento.
Barbara miró a su tía y se dirigió a sir Claud:
—Me temo que tu información sobre nuestros movimientos no es del todo correcta, tío Claud —dijo—. No puedes excluirme del grupo de sospechosos. ¿Recuerdas, tía Caroline? Me enviaste al estudio a buscar una aguja de hacer punto que habías perdido. Creías que podía estar allí.
El científico hizo caso omiso de la interrupción de su sobrina y prosiguió:
—Luego vino Richard. Entró en el estudio y permaneció allí solo durante unos minutos.
—¡Dios santo! —exclamó Richard—. Padre, no creerás que he robado tu maldita fórmula, ¿verdad?
Sir Claud miró fijamente a su hijo y respondió con voz cargada de intención:
—Ese papel vale mucho dinero.
—Ya veo. —Richard le sostuvo la mirada—. Y yo tengo deudas. Eso sugieres, ¿no?
Sir Claud no respondió.
—Como decía —prosiguió, mirando a los demás—, Richard permaneció en el estudio unos minutos y regresó a la biblioteca en el preciso momento en que entraba Lucia. Unos instantes después, cuando llamaron a cenar, Lucia ya no estaba entre nosotros. La encontré en el estudio, de pie junto a la caja fuerte.
—¡Padre! —exclamó Richard. Se acercó a su esposa y le rodeó los hombros con aire protector—. ¡Estás yendo demasiado lejos!
—Repito que encontré a Lucia de pie junto a la caja fuerte —continuó sir                Claud—. Parecía muy nerviosa, y cuando le pregunté qué le pasaba, respondió que no se encontraba bien. Le sugerí que bebiera un vaso de vino. Sin embargo, ella me aseguró que estaba mejor y se marchó con los demás. En lugar de seguir a Lucia al comedor de inmediato, me quedé en el estudio. No sé por qué, pero algo me impulsó a mirar en la caja fuerte. La abrí y descubrí que el sobre con la fórmula había desaparecido.
Sobrevino un silencio. Todos parecieron tomar conciencia de la seriedad de la situación.
—¿Y cómo has reunido esa información sobre maestros movimientos, padre?              —preguntó Richard.
—Reflexionando, desde luego, de manera científoca y metódica. En otras palabras, mediante un proceso de observación y deducción. Por lo que vi con mis propios ojos y por lo que averigüé tras interrogar a Tredwell.
—He notado que no incluyes entre los sospechosos a Tredwell, ni a nuestra cocinera, la señora Farrow; ni a las dos doncellas; ni a Thomson, el jardinero —observó miss Amory con ironía—. Sólo a tu familia, a tus seres más cercanos y queridos.
—A mi familia y, naturalmente, a nuestro invitado —corrigió su hermano—. Sí, así es, Caroline. He podido comprobar con absoluta certeza que ni Tredwell ni ninguno de los criados entraron en el estudio en el intervalo comprendido entre el momento en que guardé la fórmula en la caja fuerte y el momento en que volví a abrirla y descubrí su desaparición.
Sir Claud miró a cada uno de los presentes antes de añadir:
—Espero que la situación haya quedado clara para todos. Quienquiera que haya robado la fórmula todavía ha de tenerla encima. Después de la cena hice registrar minuciosamente el comedor. Tredwell me habría avisado si hubiera encontrado algún papel escondido allí. Y como ya sabéis, me he asegurado de que nadie pudiera salir de esta habitación.
Por unos instantes reinó un silencio incómodo, que rompió el doctor Carelli para preguntar con cortesía:
—¿Sugiere, acaso, sir Claud, que va a registrarnos?
—No sugiero nada semejante —respondió, consultando su reloj—. Ahora son las nueve menos dos minutos. Monsieur Poirot y su acompañante, el capitán Hastings, ya deben de haber llegado a Market Cleve, donde los espera un coche. A las nueve en punto, Tredwell tiene órdenes de cortar la luz, pulsando el interruptor general del sótano. Durante un minuto, y sólo un minuto, permaneceremos en la más absoluta oscuridad. Cuando las luces vuelvan a encenderse, el asunto ya no estará en mis manos. Hércules Poirot llegará poco después y se hará cargo del caso. Sin embargo, si al abrigo de la oscuridad, alguien deja la fórmula aquí —dio una palmada en la mesa—, informaré a monsieur Poirot que he cometido un error y que no necesito sus servicios.
—Es una sugerencia ridicula —declaró Richard con vehemencia. Miró a los demás—. Propongo que nos registren. Yo no tengo ninguna objeción.
—Ni yo —se apresuró a decir Edward Raynor.
Richard Amory miró con malicia al doctor Carelli. El italiano sonrió y se encogió de hombros.
—Ni yo, desde luego —dijo.
Richard miró a su tía.
—En fin, si es preciso, estoy de acuerdo —gruñó miss Amory.
—¿Lucia? —preguntó Richard, volviéndose hacia su esposa.
—No, no, Richard —respondió ella, agitada—. Por favor. El plan de tu padre me parece mejor.
Richard la miró en silencio, estudiando su cara y su cuerpo súbitamente tenso.
—¿Y bien, Richard? —preguntó sir Claud.   
Richard Amory dejó escapar un profundo suspiro.
—Muy bien, de acuerdo —asintió por fin. Miró a su prima Barbara, que hizo un indiferente gesto afirmativo.
Con aire cansino, sir Claud se reclinó en el sillón y habló con voz lenta y perezosa.
—Todavía tengo el sabor del café en la boca —dijo con un bostezo.
El reloj situado sobre la repisa comenzó a dar las nueve, y todos se volvieron a mirarlo en silencio. Sir Claud giró lentamente la cabeza y miró fijamente a su hijo. Al dar la última campanada de las nueve, las luces se apagaron y la habitación quedó sumida en la oscuridad.
Se oyeron varios suspiros y algunas exclamaciones ahogadas de las mujeres. Luego la voz de miss Amory resonó con claridad:
—Esto no me gusta nada, de verdad.
—Calla, tía Caroline —ordenó Barbara—. Procuro escuchar.
Por unos segundos reinó un silencio absoluto, seguido de respiraciones agitadas y el crujido de un papel o algún material frágil al estrujarse. Después de otro instante de silencio se oyó un sonido metálico, luego el rasguido de un papel o una tela y el ruido de una silla al caer.
De repente, Lucia gritó:
—¡Sir Claud! ¡Sir Claud! No puedo soportarlo. Necesito luz. ¡Por favor! ¡Que alguien encienda las luces!
La habitación permaneció a oscuras. Se oyó una respiración profunda y un golpe fuerte en la puerta. Lucia volvió a gritar, y a modo de respuesta las luces de la biblioteca se encendieron.
Richard estaba junto a la puerta, al parecer incapaz de decidir si debía intentar abrirla. Edward Raynor estaba de pie junto a su silla, que había caído al suelo. Lucia estaba reclinada en su asiento, como a punto de desmayarse.
Sir Claud seguía sentado en el sillón, inmóvil y con los ojos cerrados. Raynor señaló la mesa que estaba delante de su jefe.
—¡Miren! —exclamó el secretario—. ¡Ahí está la fórmula!
—Sobre la mesa había un sobre largo, como el descrito por sir Claud.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Lucia—. ¡Gracias a Dios!
Se oyó otro golpe en la puerta, que se abrió lentamente. Todos los ojos permanecieron fijos en la puerta mientras Tredwell hizo pasar a un desconocido y se marchó.
Los presentes miraron al recién llegado y vieron un hombrecillo de aspecto singular y elegante, de poco más de un metro sesenta de estatura, que se movía con dignidad. Su cabeza tenía forma de huevo y la inclinaba ligeramente, como si fuera un terrier de expresión inquisitiva. El detective vestía un elegante traje cruzado gris oscuro, tenía el bigote engomado curiosamente rígido, y el cabello sospechosamente negro para sus años maduros. Detrás de él entró un hombre más alto, de mediana edad y porte militar, vestido con un traje pardusco. Su cara amistosa y risueña lucía un bigote corto que recordaba las cerdas de un cepillo de dientes.
—Hércules Poirot, a su servicio —dijo el desconocido con una reverencia y añadió —: Y éste es mi colega, el capitán Hastings, que amablemente ha aceptado acompañarme desde Londres.
Richard Amory tendió una mano.
—Monsieur Poirot, capitán Hastings —dijo mientras les estrechaba las manos.
—¿Sir Claud? —preguntó Poirot—. No; claro que no. Es demasiado joven, desde luego. ¿Acaso es su hijo?
Pasó junto a Richard en dirección al centro de la estancia, seguido por Hastings, que señaló con amabilidad:
—Una habitación muy bonita.
Richard cogió al detective del brazo.
—En efecto, soy el hijo de sir Claud —dijo y añadió—: Lo lamento, monsieur Poirot, pero me temo que lo hemos hecho venir inútilmente. Ya no necesitamos de sus servicios.
—¿De veras?—preguntó Poirot con cortesía.
—Sí, lo siento mucho —prosiguió Richard—. Es una pena que haya tenido que venir desde Londres. Naturalmente, nos haremos cargo de sus honorarios y de eh... Bueno ya me entiende, y de sus gastos...
—Lo comprendo perfectamente —repuso Poirot—, pero en este momento no me preocupa ni mis honorarios ni mis gastos.
—¿No? ¿Entonces...?
—¿Qué me preocupa, Mr. Amory? Se lo diré. Es un detalle sin importancia, desde luego, pero fue su padre quien me pidió que viniera. ¿Por qué no me dice él que me marche?
—Ah, por supuesto. Lo lamento —dijo Richard volviéndose hacia sir Claud—. Padre, por favor, dile a monsieur Poirot que ya no necesitamos de sus servicios.
Sir Claud no respondió ni se movió. Permaneció inmóvil en el sillón, con los ojos cerrados.
—¡Padre! —exclamó Richard aproximándose al sillón. Se inclinó sobre su padre y luego se volvió con expresión de alarma—. Doctor Carelli —dijo.
Miss Amory se levantó, con la cara blanca como un papel. Carelli se acercó a sir Claud y le tomó el pulso. Arrugó la frente, colocó una mano sobre el pecho del científico y la mantuvo ahí durante unos segundos. Luego alzó la vista, miró a Richard Amory con expresión grave y cabeceó.
Poirot fue hasta el sillón y miró el cuerpo inmóvil del científico.
—Sí... me temo... —murmuró como para sí—. Mucho me temo que...
—¿Qué se teme, monsieur Poirot? —preguntó Barbara yendo a su encuentro.
Poirot la miró con fijeza.
—Me temo que sir Claud me ha enviado a buscar demasiado tarde, mademoiselle.




6



Las palabras de Hércules Poirot fueron recibidas con consternación. El doctor Carelli continuó examinando a sir Claud durante unos minutos, antes de incorporarse y mirar a los demás.
—Me temo que su padre ha muerto —anunció a Richard.
Éste lo miró con incredulidad, como incapaz de asimilar las palabras del médico italiano.
 —Dios mío —dijo por fin—. ¿Cómo ha sido? ¿Un ataque cardíaco?
 —Yo... no lo sé. Supongo que sí —respondió Carelli sin convicción.
Barbara se acercó a su tía para consolarla, pues miss Amory parecía a punto de desmayarse. Edward Raynor ayudó a sostener a Caroline, mientras murmuraba al oído de Barbara:
—Supongo que ese hombre es un médico auténtico, ¿verdad?
—Sí, aunque italiano —respondió Barbara también en susurros mientras entre los dos ayudaban a sentarse a miss Amory.
Al oír este comentario, Poirot cabeceó con vehemencia. Luego, acariciando con delicadeza su vistoso bigote, comentó en voz baja:
—Yo soy detective, aunque belga. Sin embargo, señorita, de vez en cuando los extranjeros llegamos a conclusiones correctas.
Barbara tuvo el detalle de mostrarse levemente avergonzada. Ella y Raynor siguieron hablando, pero entonces Lucia se acercó a Poirot, lo cogió del brazo y lo llevó aparte.
—Monsieur Poirot —dijo, visiblemente agitada—, debe quedarse aquí. No permita que lo echen.
Poirot la miró fijamente con expresión imperturbable.
—¿Desea que me quede, madame?
—Sí, sí —respondió Lucia, mirando con nerviosismo el cuerpo de sir Claud, todavía sentado en el sillón—. Aquí pasa algo raro. El corazón de mi suegro funcionaba perfectamente. Se lo aseguro. Por favor, monsieur Poirot, debe descubrir qué ha ocurrido. 
El doctor Carelli y Richard Amory seguían inclinados sobre sir Claud. Richard, atormentado por la indecisión, parecía haberse quedado petrificado.
—Mr. Amory —dijo Carelli con tono apremiante—, sugiero que envíe a buscar al médico de su padre. Supongo que tendría uno.
Richard hizo un esfuerzo para recuperar la compostura.
—¿Qué? Ah, sí —respondió—. El doctor Graham. Tiene la consulta en el pueblo. De hecho, está prendado de mi prima Barbara. Quiero decir... Bueno, lo siento. Supongo que es un detalle irrelevante, ¿no? —Miró hacia ei otro extremo de la estancia y se dirigió a su prima—: ¿Cuál es el número de teléfono de Kenneth Graham?
 —El cinco de Market Cleve —respondió Barbara.
Richard fue hasta el teléfono, levantó el auricular y pidió el número. Edward Raynor, recordando sus obligaciones de secretario, preguntó a Richard:
—¿Cree que debo enviar a buscar un coche para monsieur Poirot?
Poirot abrió las manos con expresión culpable. Iba a responder, pero Lucia se le adelantó.
—Monsieur Poirot se queda a petición mía —anunció.
Sin soltar el teléfono, Richard se volvió, sobresaltado.
—¿Qué quieres decir? —preguntó con severidad a su esposa.
—Sí, sí, Richard, debe quedarse —insistió Lucia con un dejo casi histérico en la voz.
Miss Amory alzó la vista con expresión afligida, Barbara y Edward Raynor cambiaron una mirada de preocupación, el doctor Carelli siguió mirando el cuerpo sin vida del gran científico y Hastings, que había estado examinando los libros de la estantería con aire distraído, se volvió para estudiar a los presentes.
Richard estaba a punto de responder al pedido de Lucia, cuando una voz en el teléfono acaparó su atención.
—Eh, hola, ¿doctor Graham? —preguntó—. Kenneth, soy Richard Amory. Mi padre ha tenido un ataque de corazón. ¿Puede venir de inmediato?... Bueno, en realidad, me temo que ya no hay nada que hacer... Sí, ha muerto... No... Me temo que sí... Gracias.
Dejó el auricular y cruzó la biblioteca en dirección a su esposa.
—¿Estás loca, Lucia? —murmuró con nerviosismo—. ¿Qué has hecho? ¿No te das cuenta de que debemos librarnos del detective?
Atónita, ella se levantó de la silla.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
Continuaron hablando en voz baja y tensa.
—¿No oíste lo que dijo mi padre? —preguntó Richard con intención—. Dijo que el café estaba muy amargo.
Al principio, Lucia no pareció comprender.
—El café está muy amargo —repitió. Miró a Richard con expresión incrédula y dejó escapar un gritito de horror, que se apresuró a sofocar.
—¿Lo ves? ¿Lo entiendes ahora? —repuso él. Bajó la voz y añadió—: Lo han envenenado. Y es obvio que lo ha hecho un miembro de la familia. No querrás que haya un escándalo, ¿verdad?
—Dios mío... —murmuró Lucia mirando al vacío—. Dios bendito.
Richard se volvió y se acercó a Poirot.
 —Monsieur Poirot... —comenzó, pero titubeó.
 —¿Sí, m'sieu? —preguntó Poirot con cortesía.
Richard hizo acopio de valor y prosiguió:
 —Monsieur Poirot, me temo que no comprendo qué le ha pedido que investigue mi esposa.
Poirot reflexionó antes de responder.
—Digamos que... el robo de un documento —respondió con una sonrisa amistosa—. La señorita —añadió señalando a Barbara— me ha dicho que ése era el motivo de mi presencia aquí.
Richard dirigió una mirada de reproche a su prima.
—El documento en cuestión ha sido devuelto —informó a Poirot.
—¿De veras?—replicó Poirot con una sonrisa enigmática. Todos los ojos lo siguieron mientras iba a la mesa del centro y examinaba el sobre, olvidado en la conmoción causada por la muerte de sir Claud.
 —¿Qué quiere decir? —preguntó Richard.
Poirot se retorció el bigote y sacudió con cuidado una imaginaria mota de polvo de su manga.
—Quizá sea sólo una idea tonta... Sí; seguramente —dijo el pequeño detective —. Verá; el otro día alguien me contó una historia muy divertida. La historia de una botella vacía, en la que no había nada.
—Lo siento pero no le entiendo —declaró Richard Amory.
Poirot cogió el sobre de la mesa y murmuró:
—Me preguntaba si...
Richard le arrebató el sobre y miró su interior.
—¡Está vacío! —exclamó. Lo arrugó, lo arrojó sobre la mesa y miró a Lucia, que se apartó de él—. En consecuencia —prosiguió con un titubeo—, supongo que deberían registrarnos...
La voz de Richard se quebró, y el joven miró alrededor como si buscara consejo. Barbara y su tía lo miraron con perplejidad, Edward Raynor con indignación y el doctor Carelli con indiferencia. Lucia volvió a rehuir su mirada.
—¿Por qué no sigue mi consejo, monsieur? —sugirió Poirot—. No haga nada hasta que venga el doctor. Dígame —añadió señalando la puerta del estudio—, ¿adonde conduce esa puerta?
 —Al estudio de mi padre.
Poirot cruzó la biblioteca hasta la puerta, asomó la cabeza por el umbral, y se volvió asintiendo con aire satisfecho.
 —Ya veo —murmuró. A continuación se dirigió a Richard—: Et bien, monsieur, no veo razón alguna para que permanezcan en esta habitación si no lo desean.
Se oyó un suspiro colectivo de alivio. Carelli fue el primero en moverse.
 —Naturalmente, supongo que comprenderán que nadie debe abandonar la casa—anunció Poirot mirando al médico italiano.
 —Yo me hago responsable de que así sea —declaró Richard mientras Barbara y Raynor se marchaban, seguidos por Carelli.
Caroline Amory se detuvo junto al sillón de su hermano.
 —Mi pobre y querido Claud... —murmuró para sí—. Mi pobre y querido Claud...
Poirot se aproximó a ella.
—Ha de tener valor, mademoiselle —dijo—. Sé que ha sufrido una terrible impresión.
Miss Amory lo miró con lágrimas en los ojos.
—Me alegro tanto de haber ordenado a la cocinera que preparara lenguado frito para cenar... —dijo—. Era uno de los platos favoritos de mi hermano.
Poirot hizo un esfuerzo para permanecer serio, como correspondía a la solemnidad del comentario.
—Sí, sí, debe de ser un consuelo para usted —respondió, y acompañó a miss Amory a la puerta de la biblioteca.
Richard la siguió y, tras un momento de titubeo, Lucia salió rápidamente. Poirot y Hastings se quedaron solos con el cadáver de sir Claud.


7



En cuanto se marcharon todos, Hastings se dirigió a Poirot.
—¿Y bien? ¿Qué opina? —preguntó.
—Cierre la puerta, Hastings, por favor —respondió el detective.
Mientras Hastings lo hacía, Poirot meneó la cabeza y miró alrededor. Se paseó de un sitio a otro, mirando los muebles y ocasionalmente al suelo. De repente se detuvo a examinar la silla caída, en la que había estado sentado Edward Raynor en el momento del apagón. Poirot recogió un objeto pequeño de debajo de la silla.
 —¿Qué ha encontrado? —preguntó Hastings.
 —Una llave. Parece de una caja fuerte. He visto una caja fuerte en el estudio de sir Claud. Hastings, ¿sería tan amable de probarla y decirme si encaja en la cerradura?
Hastings cogió la llave y se dirigió al estudio. Entretanto, Poirot se acercó al cuerpo del científico, palpó el bolsillo de sus pantalones, sacó un llavero con varias llaves y las examinó con atención. Hastings regresó e informó que, en efecto, se trataba de la llave de la caja fuerte del estudio.
 —Creo que sé lo que sucedió —prosiguió Hastings—. Supongo que sir Claud la dejó caer y... eh...
Se interrumpió al ver que Poirot negaba lentamente con la cabeza.
 —No, no, mon ami, déme la llave, por favor —pidió con una mueca de perplejidad. La cogió de manos de Hastings y la comparó con una de las llaves del llavero de sir Claud. Luego, tras devolver el llavero a su sitio original, levantó la llave—. Es un duplicado. No es una copia muy fiel, pero es evidente que cumplió su cometido.
—Eso significa que... —comenzó Hastings con entusiasmo.
Pero Poirot lo atajó con un gesto de advertencia. Había oído el sonido de una llave en la cerradura de la puerta que conducía al vestíbulo y a las habitaciones de la planta alta. Mientras los dos hombres se volvían hacia la puerta, ésta se abrió despacio y Tredwell, el mayordomo, apareció en el umbral.
—Le ruego que me disculpe, señor —dijo Tredwell mientras entraba en la biblioteca y cerraba la puerta tras él—. El señor me dijo que cerrara con llave esta puerta y la otra que da al pasillo hasta que usted llegara. El señor...
Se detuvo al ver el cuerpo inmóvil de sir Claud en el sillón.
—Me temo que el señor ha muerto —dijo Poirot—. ¿Puedo preguntarle su nombre?
—Tredwell, señor. —El criado se situó delante del escritorio y miró el cuerpo de su amo—. ¡Cielos! ¡Pobre sir Claud! —murmuró. Se volvió hacia Poirot y añadió—: Perdóneme, señor, pero he sufrido una gran impresión. ¿Puedo preguntar qué ha ocurrido? ¿Ha sido un... crimen?
—¿Por qué lo pregunta? —repuso Poirot.
—Esta tarde han ocurrido cosas muy extrañas —respondió el mayordomo en voz baja.
—¿Ah, sí? Hábleme de esas cosas extrañas.
—Bueno; no sé por dónde empezar, señor. Yo... yo... creo que presentí que algo iba mal cuando ese caballero italiano vino a tomar el té.
—¿Caballero italiano?
—El doctor Carelli, señor.
—¿Vino a tomar el té inesperadamente? —preguntó Poirot.
—Sí, señor, y en vista de que era amigo de la esposa de Mr. Richard, miss Amory lo invitó a cenar. Pero en mi opinión, señor...
Se detuvo, pero Poirot lo animó a seguir:
—¿Sí?
—Espero que entienda, señor —dijo Tredwell—, que no tengo por costumbre cotillear sobre la familia. Pero puesto que el señor ha muerto...
Hizo otra pausa, y Poirot murmuró con tono comprensivo:
—Sí, sí, lo entiendo. Estoy seguro de que sentía un gran afecto por su amo.              —Tredwell asintió y Poirot prosiguió—: Sir Claud me envió a buscar para decirme algo. Y usted debe contarme todo lo que sepa.
—Bien —respondió el mayordomo con solemnidad—, no ha sido ninguno de nosotros.
Poirot, que no acabó de comprender las palabras de Tredwell, dirigió una mirada inquisitiva a Hastings, que giró la cabeza para esconder una sonrisa. Poirot lo miró con aire de reproche y se volvió nuevamente hacia Tredwell. La expresión del mayordomo permanecía imperturbable.
—¿Acaso le pareció extraño que el doctor Carelli se presentara de esa manera en la casa? —preguntó Poirot.
—Exactamente, señor. En cierto modo, no era normal. Y los problemas comenzaron después de su llegada. Fue entonces cuando el señor me ordenó que enviara un coche a buscarlo a usted y que cerrara las puertas con llave. La esposa de Mr. Richard tampoco ha sido la misma en toda la tarde. Se levantó de la mesa en la mitad de la cena. Mr. Richard estaba muy preocupado.
—Ah —dijo Poirot—. ¿Así que se levantó de la mesa? ¿Y vino a esta habitación?
—Así es, señor.
Poirot miró alrededor. Sus ojos se posaron en el bolso que Lucia había dejado sobre la mesa.
—Veo que una de las señoras se ha dejado el bolso —observó mientras lo cogía.
Tredwell se aproximó a examinarlo.
 —Es de la esposa de Mr. Richard, señor.
 —Sí —confirmó Hastings—. Noté que lo dejaba allí poco antes de salir de la habitación.
—Poco antes de salir de la habitación, ¿eh? —repitió Poirot—. Qué curioso.               —Dejó el bolso sobre el sofá, hizo una mueca de perplejidad y pareció abstraerse en sus pensamientos.
—En lo referente a las puertas—prosiguió Tredwell —, el señor me dijo que...
Poirot despertó súbitamente de su cavilación e interrumpió al mayordomo:
—Sí, sí, debe contármelo todo. Pero salgamos de aquí —sugirió señalando la puerta que conducía a la parte delantera de la casa.
Tredwell se dirigió a la puerta, seguido por Poirot. Hastings, sin embargo, declaró con voz pomposa:
—Me quedaré aquí.
Poirot le dirigió una mirada inquisitiva.
—No, no. Por favor, venga con nosotros —rogó a su colega.
—Pero no cree que es mejor que...
Poirot lo interrumpió con voz solemne y cargada de intención:
—Necesito su ayuda, amigo.
—Muy bien, en tal caso...
Los tres hombres salieron de la habitación y cerraron la puerta.
Unos segundos después, la puerta del pasillo se abrió y Lucia entró con aire furtivo. Después de echar un vistazo alrededor, como para asegurarse de que estaba sola, fue hasta la mesa redonda del centro de la habitación y cogió la taza de café de sir Claud. En sus ojos se reflejó una mirada astuta y dura que contradecía su habitual apariencia inocente, y súbitamente pareció mucho mayor.
Lucia seguía de pie con la taza en la mano, al parecer indecisa, cuando la puerta que conducía al frente de la casa se abrió y Poirot entró en la biblioteca.
—Permítame, madame —dijo Poirot, sobresaltando a la joven. Se acercó y le quitó la taza de las manos, como si fuera un simple gesto de cortesía.
—Yo... he vuelto a buscar mi bolso —murmuró Lucia.
—Claro —dijo Poirot—. A ver si lo recuerdo. ¿Dónde he visto yo un bolso de señora? Sí, allí. —Fue hasta el sofá, cogió el bolso y se lo entregó a Lucia.
—Muchas gracias —dijo la joven, mirando alrededor con aire distraído.
—De nada, madame.
Tras dedicar una sonrisa nerviosa a Poirot, Lucia salió rápidamente de la habitación. Cuando se hubo marchado, el detective permaneció inmóvil unos instantes y luego cogió la taza de café. La olió con cautela, sacó un tubo de ensayo del bolsillo, vertió la borra del café en el interior y tapó el tubo. Volvió a guardarlo en el bolsillo y echó un vistazo a la estancia, contando las tazas en voz alta:
—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Sí, seis tazas de café.
Frunció el entrecejo en expresión de perplejidad, pero de repente sus ojos destellaron con un fulgor verde, como siempre que sentía una intensa emoción. Se dirigió con paso presuroso a la puerta por la que acababa de entrar, la abrió, la cerró dando un portazo y corrió a esconderse detrás de las cortinas de una ventana. Unos instantes después volvió a abrirse la puerta del pasillo y entró Lucia, esta vez con mayor cautela que la anterior, aparentemente en guardia. Procurando no perder de vista ninguna de las dos puertas, cogió la taza de sir Claud y escudriñó la habitación con la vista.
Sus ojos se iluminaron al ver una maceta grande con una planta en la pequeña mesa situada junto a la puerta del pasillo. Lucia corrió hasta la mesa y puso la taza boca abajo dentro de la maceta. Luego, sin dejar de vigilar la puerta, cogió otra taza de café y la colocó junto al cuerpo de sir Claud. Después se dirigió rápidamente a la puerta, pero en ese momento, su marido entró acompañado de un hombre muy alto de poco más de treinta años, cabello color arena y expresión autoritaria, aunque amistosa. El recién llegado llevaba un maletín.
—¡Lucia! —exclamó Richard—. ¿Qué haces aquí?
—He... he venido a buscar mi bolso. Hola, doctor Graham. Discúlpeme, por favor —añadió yendo hacia la puerta.
Mientras Richard la miraba marchar, Poirot salió de su escondite y se acercó a los dos hombres como si acabara de entrar por la otra puerta.
—Ah, aquí está monsieur Poirot. Permítame que lo presente. Poirot, éste es el doctor Graham. Kenneth Graham. —El detective y el médico se saludaron con una inclinación de la cabeza, y de inmediato Graham se acercó a examinar el cuerpo del científico bajo la atenta mirada de Richard.
Cuando nadie lo miraba, Poirot volvió a pasearse por la habitación, contando nuevamente las tazas con una sonrisa en la boca.
—Una, dos, tres, cuatro, cinco —murmuró—. Exactamente cinco.
Una expresión divertida iluminó su cara y esbozó una sonrisa enigmática. Sacó el tubo de ensayo de su bolsillo, lo miró y asintió lentamente.
Entretanto, el doctor Graham concluyó su examen superficial del cadáver.
—Me temo que no podré firmar el certificado de defunción —dijo a Richard —. Sir Claud gozaba de un perfecto estado de salud y me parece improbable que haya sufrido un súbito ataque cardíaco. Tendremos que averiguar qué ha comido o bebido en las últimas horas.
 —¡Vaya! ¿Es realmente imprescindible? —preguntó Richard con tono de   alarma—. No comió ni bebió nada que no hayamos comido o bebido los demás. Sería absurdo sugerir que...
—Yo no sugiero nada —interrumpió el doctor Graham con voz firme—. Sólo digo que, según dicta la ley, tendrá que haber una investigación y el juez querrá conocer la causa de la muerte. De momento ignoro cuál ha sido. Haré que retiren el cuerpo y que le practiquen la autopsia a primera hora de mañana. Más tarde regresaré a informarles de los hallazgos.
El médico se marchó rápidamente, seguido por Richard, que no dejaba de protestar. Poirot los miró salir y luego volvió a mirar con expresión perpleja el cuerpo del hombre que con tanta insistencia le había pedido que se desplazara desde Londres.
—¿Qué quería decirme, amigo? —dijo para sí—. ¿Qué temía? ¿Le preocupaba sólo la fórmula, o también su vida? Depositó su confianza en Hércules Poirot, pero demasiado tarde. Sin embargo, intentaré descubrir la verdad.
Asintió con aire pensativo, y estaba a punto de salir de la biblioteca cuando entró Tredwell.
—He llevado al otro caballero a su habitación, señor —dijo—. ¿Me permite que lo acompañe a la suya, que es la contigua, en la planta alta? También me he tomado la libertad de prepararles una cena fría. Supongo que la necesitan después del viaje. De camino le indicaré dónde está el comedor.
Poirot aceptó la invitación con una reverencia cortés.
—Gracias, Tredwell —dijo—. A propósito, pensaba aconsejarle al señor Amory que mantuviera esta habitación cerrada con llave hasta mañana, cuando tendremos más información sobre los desgraciados acontecimientos de esta noche. ¿Sería tan amable de cerrarla ahora, en cuanto salgamos?
—Desde luego, señor —respondió Tredwell mientras Poirot lo precedía en dirección a la puerta.




8



A la mañana siguiente, cuando Hastings bajó a desayunar, después de haber dormido mucho y bien, se encontró solo en el comedor. Supo por Tredwell que Edward Raynor había desayunado más temprano y había regresado a su habitación a poner orden en los papeles de sir Claud, que Mr. y Mrs. Amory habían desayunado en sus aposentos y aún no habían bajado, y que Barbara Amory había bebido una taza de café en el jardín, donde al parecer estaba tomando el sol. Miss Caroline Amory había ordenado que le subieran el desayuno a su habitación, aduciendo que le dolía la cabeza, y Tredwell aún no la había visto.
 —¿Ha visto a monsieur Poirot esta mañana, Tredwell? —preguntó Hastings.
El mayordomo respondió que su amigo se había levantado temprano y había decidido dar un Paseo hasta el pueblo.
 —Monsieur Poirot dijo que tenía que hacer un recado —añadió Tredwell.
Tras terminar un suculento desayuno de beicon, salchichas, huevos, tostada y café, Hastings regresó a su cómoda habitación de la primera planta, con una espléndida vista al jardín y, durante unos minutos agradables, también a la figura de Barbara Amory tendida al sol. Sólo cuando Barbara regresó al interior de la casa, Hastings se sentó en un sillón a leer el Times de la mañana, que por lo visto había entrado en prensa demasiado pronto para mencionar la muerte de sir Claud Amory.
Hastings buscó el artículo de fondo y comenzó a leer. Media hora después, despertó de un ligero sopor y encontró a Poirot de pie ante él.
—Ah, mon cher, veo que está trabajando en el caso —dijo Poirot con una risita.
—Lo cierto, Poirot, es que he estado pensando en los sucesos de la noche pasada durante un buen rato —aseguró Hastings—. Debo de haberme quedado dormido.
—¿Y por qué no, amigo mío? —lo tranquilizó Poirot—. Yo también he estado pensando en la muerte de sir Claud y, naturalmente, en el robo de su importante fórmula. De hecho, ya he efectuado una gestión y espero una llamada telefónica para confirmar si cierta sospecha mía es acertada o no.
—¿Qué o de quién sospecha, Poirot? —preguntó Hastings.
Poirot miró por la ventana antes de contestar.
—No; creo que todavía no debo revelar mis sospechas, amigo. Sólo puedo decirle lo que suelen afirmar los magos en el escenario: que la rapidez de la mano engaña al ojo.
 —Vaya, Poirot —protestó Hastings—. A veces resulta usted exasperante. Creo que al menos debería decirme quién cree que ha robado la fórmula. Al fin y al cabo, yo podría ayudar...
Poirot interrumpió a su amigo con un ademán displicente. El pequeño detective lucía una expresión inocente y miraba por la ventana con aire pensativo y la vista perdida en la distancia.
—¿Está intrigado, Hastings? Se pregunta por qué no me arrojo en busca del sospechoso.
 —Bueno; algo así.
 —Sin duda es lo que haría usted de encontrarse en mi lugar —observó Poirot satisfecho de sí mismo—. Y lo comprendo. Pero no soy de la clase de hombre que se precipita a buscar una aguja en el pajar, para usar una expresión típicamente inglesa. Por el momento, me contento con esperar. ¿Y qué espero? Et bien, para la inteligencia de Hércules Poirot a veces hay cosas perfectamente claras que no están claras en absoluto para aquellos que carecen de tan gran talento.
—¡Caray, Poirot! ¿Sabe?, daría una importante suma de dinero con tal de verlo equivocarse... Aunque sólo fuera una vez. ¡Es tan vanidoso!
—No se enfade, mi querido Hastings —respondió Poirot con tono conciliador—. Ya he notado que por momentos parece detestarme. Pero qué le vamos a hacer; ¡soy una víctima de mi grandeza!
El hombrecillo sacó pecho y suspiró de manera tan cómica que Hastings no pudo contener la risa.
—Poirot, nunca he conocido a nadie con tan buena opinión de sí mismo.
—Naturalmente —observó Poirot con orgullo—. Cuando uno es único, lo sabe. Pero ahora hablemos de asuntos más serios, mi querido Hastings. Permita que le diga que he pedido al hijo de sir Claud, Richard Amory, que se reúna con nosotros en la biblioteca a mediodía. Y digo «nosotros», Hastings, porque necesito que usted esté presente y observe todo con atención.
—Como siempre, estaré encantado de ayudarlo —le aseguró su amigo.
A mediodía, Poirot, Hastings y Richard Amory se reunieron en la biblioteca, de donde habían retirado el cadáver de sir Claud a última hora de la noche anterior. Mientras Hastings escuchaba y observaba cómodamente sentado en el sofá, el detective pidió a Richard Amory que contara detalladamente todo lo sucedido el día anterior, antes de su llegada. Cuando Richard terminó su relato, sentado al escritorio que había ocupado su padre la noche anterior, añadió:
—Bien, creo que eso es todo. Espero haberle aclarado algo.
—Desde luego, monsieur Amory, desde luego —respondió Poirot sentándose en el brazo del único sillón de la estancia—. Ahora tengo una idea más precisa de lo sucedido. —Cerró los ojos e imaginó la escena—. Ahí estaba sentado sir Claud, dominando la situación. Luego la oscuridad, los golpes en la puerta. Sí, sin duda fue una puesta en escena muy dramática.
—Bien —dijo Richard haciendo ademán de levantarse—, si eso es todo...
—Sólo un momento—replicó Poirot haciendo un gesto para detenerlo.
A regañadientes, Richard volvió a sentarse en la silla.
—¿Sí?—preguntó.
—¿Qué pasó antes, monsieur Amory?
—¿Antes?
—Sí. Después de la cena.
—¡Ah, eso! En realidad, no hay nada que decir. Mi padre y su secretario, Raynor, Edward Raynor, se encerraron en el despacho. Los demás nos quedamos aquí.
Poirot lo animó a seguir.
—¿Haciendo qué?
—En fin, conversamos. El gramófono estuvo encendido la mayor parte del tiempo.
Poirot reflexionó.
—¿No ocurrió nada que merezca destacarse? —preguntó.
—Nada en absoluto —se apresuró a responder Richard.
El detective lo miró con atención e insistió:
—¿Cuándo sirvieron el café?
—Inmediatamente después de la cena.
Poirot hizo un movimiento circular con la mano.
—¿Lo sirvió el mayordomo, o lo dejó aquí para que lo sirvieran ustedes?
—La verdad es que no lo recuerdo.
Poirot dejó escapar un pequeño suspiro. Pensó por un instante y luego preguntó:
—¿Todos tomaron café?
—Sí, eso creo. Todos excepto Raynor. Él no bebe café.
—¿Y sir Claud tomó el café en su estudio?
—Supongo que sí —respondió Richard con una voz que comenzaba a delatar su irritación—. ¿Son necesarios todos estos detalles?
Poirot levantó los brazos en un ademán de disculpa.
—Lo siento mucho. Pero deseo hacerme una idea lo más precisa posible de lo sucedido. Al fin y al cabo, todos queremos recuperar esa valiosa fórmula, ¿no?
—Supongo que sí —admitió Richard con aire sombrío, ante lo cual Poirot arqueó las cejas en expresión de asombro—. Quiero decir, desde luego. Claro que sí —se apresuró a añadir el joven.
Poirot desvió la vista y preguntó:
—Ahora bien, ¿en qué momento salió sir Claud de su estudio para reunirse con los demás en esta habitación?
—Justo cuando intentaban abrir la puerta —respondió Amory.
—¿Intentaban? —preguntó Poirot, volviéndose a mirarlo.
—Sí. Raynor y el doctor Carelli.
—¿Y puedo preguntar quién quería abrirla?
—Mi esposa Lucia. Hacía varias horas que no se encontraba bien.
—La pauvre dame! —exclamó Poirot con tono compasivo—. Espero que esta mañana se sienta mejor. Necesito hacerle un par de preguntas con urgencia.
—Me temo que será imposible —dijo Richard—. No está en condiciones de ver a nadie ni de responder preguntas. De todos modos, ella no le diría nada que no pueda decirle yo.
—Claro, claro. Pero las mujeres, monsieur Amory, tienen una gran capacidad de observación. Sin embargo, supongo que su tía, mademoiselle Amory, podrá serme igual de útil.
—Está en cama —repuso Richard rápidamente—. La muerte de mi padre le ha producido una gran impresión.
—Sí, entiendo —murmuró Poirot con aire pensativo.
Tras una pequeña pausa, Richard, ostensiblemente incómodo, se levantó y se volvió hacia las ventanas.
—Abramos para que entre el aire —dijo—. Aquí hace mucho calor.
—Ah, es usted como todos los ingleses —señaló Poirot con una sonrisa—. No pueden permitir que el aire fresco permanezca fuera. ¡Tienen que hacerlo entrar en casa!
—Espero que no le importe.
—¿A mí? No; desde luego. He adoptado todas las costumbres inglesas. De hecho, en todas partes me toman por inglés. Pero perdone, monsieur Amory, ¿no es cierto que esa ventana está cerrada mediante un ingenioso artilugio?
 —Así es, pero la llave está en el llavero de mi padre, y aquí lo tengo.
Sacó un llavero del bolsillo, insertó una llave en la cerradura y abrió las ventanas de par en par.
Poirot retrocedió y se sentó, tembloroso, en un banco lejos de las ventanas y el aire fresco. Richard respiró hondo, contempló el jardín un par de segundos y luego regresó con el aspecto de alguien que acaba de tomar una decisión.
—Monsieur Poirot —declaró—, iré directo al grano. Sé que anoche mi esposa le rogó que se quedara, pero lo cierto es que la pobre estaba consternada e histérica y no sabía lo que hacía. Yo soy el principal interesado en este asunto, y le confieso con franqueza que la fórmula me importa un bledo. Mi padre era un hombre rico. Sin duda su descubrimiento valía mucho dinero, pero yo no necesito más del que poseo y no fingiré que comparto su interés por el invento. Ya hay suficientes explosivos en el mundo.
—Ya veo —dijo Poirot con aire pensativo.
—Lo que quiero decir es que deberíamos olvidar este asunto.
Poirot arqueó las cejas para hacer su característico gesto de sorpresa.
—¿Prefiere que me vaya? —preguntó—. ¿Que no investigue más?
—Así es. —Richard Amory parecía incómodo y rehuyó su mirada.
—Sin embargo —insistió el detective—, quienquiera que haya robado la fórmula sin duda la usará.
—Quizá —admitió Richard—, pero de todos modos...
Poirot prosiguió con voz pausada y cargada de intención:
—Entonces a usted no le preocupa el... ¿cómo lo diría? El estigma.
—¿Estigma? —repitió Richard con brusquedad.
—Cinco personas —explicó Poirot—, cinco personas tuvieron ocasión de robar la fórmula. Hasta que se demuestre la culpabilidad de una de ellas, los demás no podrán probar su inocencia.
Mientras Poirot hablaba, Tredwell había entrado en la habitación.
—Yo... es... —balbuceó Richard, pero el mayordomo lo interrumpió.
—Le ruego que me disculpe, señor —dijo Tredwell—, pero ha venido el doctor Graham y quiere verlo.
—Vuelvo enseguida —dijo Richard, claramente aliviado de poder escapar del interrogatorio de Poirot. Mientras se dirigía a la puerta, preguntó con cortesía—: ¿Me disculpan, por favor?
En cuanto salieron los dos hombres, Hastings, que parecía a punto de estallar de la emoción contenida, se levantó del sofá y se acercó a Poirot.
—¡Vaya! —exclamó—. Conque ha sido veneno, ¿eh?
—¿Qué, mi querido Hastings?
—¡Claro que sí! ¡Veneno! —repitió Hastings asintiendo enérgicamente con la cabeza.


9



Poirot miró a su amigo con un brillo divertido en los ojos.
—¡Qué dramático es usted, querido Hastings! —exclamó—. Con qué rapidez e inteligencia llega a una conclusión.
—Vamos, Poirot —protestó Hastings—. No pretenda despistarme con esos comentarios. No podrá convencerme de que el viejo murió de un ataque de corazón. Lo que pasó anoche salta a la vista. Aunque debo decir que Richard Amory no parece un joven muy listo. Por lo visto, la idea de un envenenamiento no le ha cruzado por la cabeza.
—¿Cree que no, amigo?
—Yo lo sospeché anoche, cuando Graham dijo que no podía firmar el certificado de defunción y que habría una autopsia.
Poirot dejó escapar un pequeño suspiro.
—Ya, ya —murmuró con tono conciliatorio—. Y ahora mismo el doctor Graham ha venido a anunciar los resultados de esa autopsia. Dentro de unos minutos sabremos si usted está en lo cierto. —Iba a decir algo más, pero se contuvo. Se dirigió a la repisa de la chimenea y movió el recipiente que contenía las tiras de papel usadas para encender el fuego.
Hastings lo miró con afecto.
—¡Caray, Poirot! —dijo con una risita—. ¡Qué manía tiene usted por el orden!
—¿No cree que ahora tiene un aspecto más estético? —preguntó Poirot mientras observaba la repisa de la chimenea con la cabeza inclinada hacia un lado.
—La verdad es que no puedo decir que antes me preocupara en absoluto —gruñó Hastings.
—¡Cuidado! —exclamó Poirot sacudiendo un dedo con aire de reprobación—. La simetría lo es todo. En todas partes debería haber orden y equilibrio, sobre todo en las pequeñas células grises del cerebro —añadió tocándose la cabeza.
—Oh, vamos, no empiece con su caballito de batalla. Limítese a decirme a qué conclusión han llegado sus preciosas células grises en este caso.
Poirot se sentó en el sofá antes de responder. Miró fijamente a Hastings y sus ojos se entornaron como los de un gato hasta que destellaron con un fulgor verde.
—Si usted usara sus células grises y procurara ver el caso con claridad, como hago yo, descubriría la verdad, amigo —declaró con arrogancia—. Sin embargo                          —prosiguió con un tono que sugería que creía comportarse con magnanimidad—, antes de que llegue el doctor Graham, oigamos las ideas de mi amigo Hastings.
—Bien —comenzó Hastings con entusiasmo—, la llave encontrada bajo la silla del secretario es sospechosa.
—¿Eso cree?
—Desde luego. Muy sospechosa. Pero de quien más desconfío es del italiano.
—¡Ah! —murmuró Poirot—. El misterioso doctor Carelli.
—Exactamente, misterioso —prosiguió Hastings—. Es la palabra exacta para definirlo. ¿Qué hace en el campo? Se lo diré: iba detrás de la fórmula de sir Claud. Es muy probable que sea agente de un gobierno extranjero. Ya sabe lo que quiero decir.
—Desde luego —respondió Poirot con una sonrisa—. Yo también voy al cine de vez en cuando, ¿sabe?
—Y si, en efecto, se prueba que sir Claud fue envenenado —continuó Hastings sin alterarse—, el doctor Carelli sería el principal sospechoso. ¿Recuerda a los Borgia? El veneno es un arma muy típica de los italianos. Pero lo que me temo es que Carelli podría escapar con la fórmula.
—No lo hará, amigo —dijo Poirot, negando con la cabeza.
—¿Cómo puede estar tan seguro? —preguntó Hastings.
Poirot se reclinó en el sofá y juntó la punta de los dedos en un ademán muy propio de él.
—Naturalmente, no puedo estar seguro. Pero lo sospecho.
—¿Qué quiere decir?
—¿Dónde cree que se encuentra la fórmula en estos momentos, mi astuto colaborador?
—¿Cómo quiere que lo sepa?
Poirot lo miró por unos instantes, como dándolé una oportunidad para reflexionar sobre su pregunta.
—Piense, amigo —lo animó—. Ordene sus ideas. Sea metódico y organizado. Ése es el secreto del éxito. —Cuando Hastings cabeceó con aire perplejo, el detective le dio una pista—: Sólo puede estar en un sitio.
—¿En qué sitio, por el amor de Dios? —preguntó Hastings con un dejo de irritación.
—En esta habitación, desde luego —anunció Poirot con una sonrisa triunfal.
—¿Qué demonios quiere decir?
—Es obvio, Hastings. Analice los hechos. Sabemos por el bueno de Tredwell que sir Claud tomó ciertas precauciones para evitar que la fórmula saliera de esta habitación. Está claro que cuando preparó su pequeña sorpresa y anunció nuestra llegada, el ladrón aún tenía la fórmula encima. ¿Y qué podía hacer? No podía arriesgarse a que yo la encontrara cuando llegara. En consecuencia, sólo podía hacer dos cosas: devolverla, tal como había sugerido sir Claud, o esconderla en alguna parte, amparándose en la oscuridad. Puesto que no hizo lo primero, debe de haber hecho lo segundo. Voila. Es evidente que la fórmula está escondida en esta estancia.
—¡Claro, Poirot! —exclamó Hastings con entusiasmo—. Tiene razón. Busquémosla. —Se levantó rápidamente y se dirigió al escritorio.
—Adelante, si eso le divierte. Pero hay alguien que podría encontrarla con mayor facilidad que usted.
—¿Quién?
Poirot se rizó el bigote con energía.
—¡La persona que la escondió,parbleu! —exclamó, acompañando sus palabras con un ademán propio de un mago que saca un conejo de su sombrero.
—Quiere decir que...
—Quiero decir —explicó Poirot con paciencia— que tarde o temprano el ladrón tratará de recuperar su botín. Por tanto, uno de nosotros debe estar siempre vigilando...—El detective oyó que la puerta se abría despacio y con cautela, e indicó a Hastings que lo siguiera hasta el gramófono, fuera de la vista de cualquiera que entrara en la biblioteca.



10



La puerta se abrió y Barbara Amory entró con sigilo. Cogió una silla situada junto a la pared, la puso delante de la estantería, se subió a ella y extendió el brazo para coger la caja de los medicamentos. En ese momento Hastings estornudó y Barbara, sobresaltada, dejó caer la caja.
—¡Ay! —exclamó, confundida—. No sabía que hubiera alguien aquí.
Hastings levantó la caja y se la entregó a Poirot.
—Permítame, mademoiselle —dijo el detective—. Esto es muy pesado para usted. —Dejó la caja metálica sobre la mesa—. ¿Es alguna colección suya? ¿Huevos de pájaros? ¿O quizá conchas marinas?
—Me temo que es algo más prosaico, monsieur Poirot —respondió Barbara con una risita nerviosa—. Sólo pildoras y polvos.
—Pero sin duda una persona tan joven, tan llena de salud, no necesita esas bagatelas —dijo Poirot.
—Oh, no son para mí, sino para Lucia. Esta mañana tiene una terrible jaqueca.
—La pauvre dame —murmuró Poirot con compasión—. Así pues, ¿ella la envió a buscar las pildoras?
—Sí. Le di un par de aspirinas, pero quería algo más fuerte. Le dije que le llevaría la caja... siempre que no encontrara a nadie aquí.
Poirot puso las manos sobre la caja y repitió con aire pensativo:
—Siempre que no hubiera nadie aquí... ¿Y qué importancia tenía ese detalle, mademoiselle?
—Bueno, ya sabe cómo es este sitio —explicó Barbara—. Todo el mundo se aflige por naderías. La tía Caroline, por ejemplo, es como una gallina clueca. Y Richard no hace más que dar la lata, además de ser un completo inútil, como todos los hombres cuando una está enferma.
Poirot asintió con aire comprensivo.
—Lo entiendo, lo entiendo —dijo asintiendo con la cabeza. Pasó las manos por la tapa de la caja y se miró los dedos. Tras una pequeña pausa, se aclaró la garganta con un sonido ligeramente afectado y prosiguió—: ¿Sabe, mademoiselle? Tienen ustedes mucha suerte con el servicio.
—¿Qué quiere decir?
Poirot señaló la caja.
 —Vea —dijo—. Esta caja no tiene ni una mota de polvo. No todos los criados son tan escrupulosos para subirse a una silla y quitar el polvo de los estantes más altos.
—Sí —asintió Barbara—. Anoche me llamó la atención que no tuviera polvo.
—¿Anoche bajó esta caja?
—Sí, después de cenar. Está llena de fármacos del viejo hospital, ¿sabe?
—Echemos un vistazo a esos fármacos—sugirió Poirot mientras la abría. Tras coger varios frasquitos y levantarlos a la luz, arqueó las cejas en una exagerada expresión de asombro—. Estricnina, atropina... ¡Vaya colección! ¡Ah! Y aquí tenemos un frasco de hioscina prácticamente vacío.
—¿Qué? —dijo Barbara—. Anoche todos estaban casi llenos. Estoy segura.
—Voila —Poirot le enseñó el frasco y volvió a guardarlo en la caja—. Es curioso. Usted dice que estos pequeños... ¿cómo los llama?, ¿frasquitos?... estaban llenos. ¿Dónde estaba exactamente esta caja anoche, mademoiselle?
—Cuando la bajamos, la dejamos sobre esta mesa. El doctor Carelli la examinó, hizo algunos comentarios y...
Se interrumpió al ver que Lucia entraba en la biblioteca. La esposa de Richard Amory pareció sorprenderse de encontrarlos allí. A la luz del día, su semblante pálido y arrogante se veía demacrado y la curva de sus labios reflejaba melancolía. Barbara acudió a su encuentro.
—Ay, cariño, no deberías haberte levantado —dijo—. Ahora mismo subía a verte.
—Ya no me duele tanto la cabeza —respondió Lucia con los ojos fijos en el detective—. He bajado porque quiero hablar con monsieur Poirot.
—Pero, querida, ¿no crees que deberías...?
—Por favor, Barbara.
—Ah, muy bien, tú sabrás —dijo Barbara enfilando hacia la puerta, que Hastings se apresuró a abrir para ella. Cuando se hubo marchado, Lucia se sentó en una silla.
—Monsieur Poirot —comenzó.
—Estoy a su servicio, madame —respondió él con cortesía.
Tras un pequeño titubeo, Lucia habló con voz temblorosa:
—Monsieur Poirot —repitió—, anoche le pedí que se quedara. Se lo supliqué. Pero esta mañana creo que cometí un error.
—¿Está segura, madame?
—Completamente. Anoche estaba nerviosa y sobrexcitada. Le estoy muy agradecida por haber accedido a mi solicitud, pero ahora creo que es mejor que se marche.
—Ah, c'est comme ga¡ —murmuró Poirot entre dientes, pero en voz alta respondió con una evasiva—: Ya veo, madame.
Lucia se incorporó y lo miró con nerviosismo.
—¿Entonces estamos de acuerdo?
—No exactamente, madame —respondió él dando un paso hacia ella—. Como recordará, usted expresó sus dudas sobre el hecho de que su suegro hubiera fallecido de muerte natural.
—Anoche estaba histérica —insistió Lucia—. No sabía lo que decía.
—¿Entonces ahora está convencida de que su muerte fue natural?
—Sin duda alguna —respondió Lucia. Poirot arqueó las cejas y la miró en silencio—. ¿Por qué me mira de ese modo?
—Porque, madame, a veces resulta difícil poner a un sabueso sobre la pista. Pero una vez que lo ha hecho, nada en el mundo lo hará abandonarla. Sobre todo si se trata de un buen sabueso. Y yo, madame, Hércules Poirot, soy un sabueso excelente.
—Pero tiene que irse, tiene que irse —insistió ella con ansiedad—. Se lo ruego. Se lo suplico. No imagina el daño que puede hacer si se queda.
—¿Daño? ¿A usted, madame?
—A todos nosotros, monsieur. No puedo darle más explicaciones, pero le ruego me crea. Confié en usted desde el momento en que lo vi. Por favor...
Se interrumpió al oír abrirse la puerta. Richard, con aspecto de consternación, entró acompañado del doctor Graham.
—¡Lucia! —exclamó al ver a su esposa.
—¿Qué ocurre, Richard? —preguntó ella con nerviosismo mientras iba al encuentro de su marido—. ¿Qué ha pasado? Porque ha pasado algo; lo veo en tu cara. ¿De qué se trata?
—No es nada, cariño —respondió él procurando dar un dejo de tranquilidad a su voz —. Por favor, ¿te importaría dejarnos solos un momento?
Lucia estudió el rostro de su marido.
—¿No puedo...? —comenzó, pero se interrumpió al ver que Richard le abría la puerta.
—Por favor—repitió él.
Con una última mirada llena de miedo, Lucia abandonó la biblioteca.


11



El doctor Graham dejó su maletín sobre la mesita auxiliar y se sentó en el sofá.
—Me temo que tengo malas noticias, monsieur Poirot —anunció.
—¿Malas noticias? ¿Sí? ¿Ha descubierto la causa de la muerte de sir Claud?
—En efecto. Su muerte se debió a un envenenamiento con un poderoso alcaloide vegetal —declaró Graham.
—¿Como la hioscina? —sugirió Poirot levantando la caja de medicamentos de la mesa.
—Pues sí, exactamente.
La acertada conjetura del detective sorprendió al doctor Graham. Poirot llevó la caja al otro extre mo de la habitación y la dejó sobre la mesa del gramófono. Hastings lo siguió hasta allí.
Entretanto, Richard Amory se sentó en el sofá, junto al médico.
—¿Qué significa esto? —preguntó Richard al doctor Graham.
—Para empezar, significa que tendrá que intervenir la policía —respondió el médico.
—¡Dios mío! ¡Es terrible! ¿No puede hacer algo para encubrir este asunto?
Graham miró fijamente al joven Amory antes de responder con voz serena y pausada:
—Mi querido Richard, créame, nadie está tan afligido como yo por esta horrible calamidad. Sobre todo porque parece evidente que la víctima no tomó el veneno voluntariamente.
Richard guardó silencio durante unos segundos antes de preguntar con un hilo de voz:
—¿Quiere decir que ha sido un asesinato? —Graham asintió con aire solemne—. ¡Un asesinato! —exclamó Richard—. ¿Qué vamos a hacer?
Graham adoptó una actitud más expeditiva y explicó el procedimiento.
—Ya lo he notificado al juez. La investigación se llevará a cabo mañana en el King's Arms.
—¿Quiere decir que tendrá que intervenir la policía? ¿No hay más remedio?
—No. Y usted debería saberlo, Richard —respondió al doctor.
—Pero ¿por qué no me advirtió...? —comenzó Richard con furia.
—Vamos, Richard. Contrólese. Sabe perfectamente que sólo he dado los pasos que he considerado necesarios —interrumpió Graham—. Después de todo, en estos casos no hay que perder un minuto.
—¡Dios santo! —exclamó el joven Amory.
—Lo entiendo, Richard —dijo el médico con tono más amable—. Sé que ha sufrido una terrible impresión. Pero debo nacerle algunas preguntas. ¿Se siente en condiciones de responderlas?
Richard hizo un esfuerzo visible para recuperar la compostura.
—¿Qué quiere saber? —preguntó.
—En primer lugar, ¿qué comió y bebió su padre anoche durante la cena?
—Veamos, todos comimos lo mismo. Sopa, lenguado frito, costillas de cordero y macedonia de frutas.
—¿Y qué me dice de la bebida? —preguntó Graham.
Richard reflexionó antes de responder:
—Mi padre y mi tía bebieron vino tinto. Y si no me equivoco, Raynor también. Yo bebí whisky con soda, y el doctor Carelli... sí, Carelli bebió vino blanco.
—Ya. El misterioso doctor Carelli —murmuró Graham—. Perdone mi indiscreción, Richard, pero ¿conoce bien a ese hombre?
Hastings se acercó a los dos hombres para escuchar bien la respuesta de Richard Amory.
—No sé nada del doctor Carelli —respondió el joven—. Hasta ayer no lo conocía ni había oído hablar de él.
—Pero es amigo de su esposa, ¿no? —preguntó el médico.
—Eso parece.
—¿Ella lo conoce bien?
—Oh, no. No es más que un antiguo conocido.
Graham chasqueó la lengua y asintió.
—Supongo que no le habrán permitido salir de la casa —dijo.
—No —aseguró Richard—. Anoche le dije que hasta que se aclarara este asunto, y me refiero al robo de la fórmula, debía permanecer en la casa. Es más, envié a buscar sus cosas al hostal donde se alojaba.
—¿Y él no protestó? —repuso Graham, sorprendido.
—No. Al contrario, aceptó de buena gana.
—Mmm... —se limitó a responder el doctor. Luego miró alrededor y añadió—: ¿Y qué me dice de esta habitación?
Poirot se acercó a los hombres.
—Anoche el mayordomo, Tredwell, cerró las puertas con llave —le aseguró a Graham— y me entregó las llaves a mí. Todo está exactamente igual que antes, con la sola excepción de las sillas. Como verá, las hemos movido.
El doctor miró la taza de café que había sobre la mesa.
—¿Esa es la taza? —preguntó señalándola. Se acercó a la mesa, levantó la taza y la olió—. ¿Y bien, Richard? ¿Es la taza de su padre? Será mejor que me la lleve. Habrá que analizarla. —La llevó hasta la mesita auxiliar y abrió su maletín.
Richard se incorporó con brusquedad.
 —¿No pensará que...? —comenzó, pero no llegó a terminar la pregunta.
—Parece improbable que el veneno se administrara durante la cena —dijo Graham—. Es más lógico pensar que alguien añadió la hioscina al café de sir Claud.
—Yo... yo... —Richard se levantó y dio un paso hacia el médico, como si quisiera decir algo, pero hizo un gesto desesperado y se marchó de la biblioteca por la puertaventana que daba al jardín.
Graham sacó de su botiquín una caja pequeña de algodón y envolvió cuidadosamente la taza.
—Un asunto muy desagradable —dijo a Poirot—. No me sorprende que Richard Amory esté tan alterado. Los periódicos se cebarán con la relación de su esposa con el médico italiano. Y es muy difícil luchar contra las calumnias, monsieur Poirot. Muy difícil. ¡Pobre mujer! Sin duda es totalmente inocente. Está claro que ese hombre usó alguna táctica ingeniosa para relacionarse con ella. Estos extranjeros son asombrosamente astutos. Claro que quizá no debería hablar así; como si la conclusión fuera obvia. Pero ¿qué otra cosa puedo pensar?
—Cree que salta a la vista, ¿verdad? —preguntó Poirot mirando a Hastings.
—Bueno, después de todo, el invento de sir Claud era muy valioso —explicó el doctor Graham—. Llega un extranjero del que nadie sabe nada. Concretamente un italiano. Y luego sir Claud es envenenado en misteriosas circunstancias...
—¡Ah, sí! ¡Los Borgia! —exclamó Poirot.
—¿Cómo dice? —preguntó el médico.
—Nada, nada. No tiene importancia.
Graham cogió su maletín y tendió la mano a Poirot
—En fin; será mejor que me vaya.
—Adiós... O hasta pronto, monsieur le docteur —dijo Poirot mientras le estrechaba la mano.
El médico se detuvo junto a la puerta y se volvió.
—Adiós, monsieur Poirot. Doy por sentado que se ocupará de que nadie toque nada en esta habitación hasta que llegue la policía, ¿no? Es muy importante.
—Descuide, tiene mi palabra.
Cuando Graham se marchó, cerrando la puerta a su espalda, Hastings observó con sequedad:
—¿Sabe, Poirot? No me gustaría caer enfermo en esta casa. Para empezar, parece que anda suelto un envenenador, y no acabo de fiarme de ese joven médico.
Poirot lo miró con expresión inquisitiva.
 —Espero que no tengamos que permanecer aquí el tiempo suficiente para caer enfermos —dijo acercándose a la chimenea y llamando al timbre del servicio—. Y ahora, mi querido Hastings, pongamos manos a la obra —anunció mientras su colega miraba la mesita auxiliar con expresión de perplejidad.
 —¿Qué piensa hacer? —preguntó Hastings.
 —Usted y yo, querido amigo —respondió Poirot con los ojos brillantes—, vamos a entrevistar a César Borgia.
Tredwell entró en la biblioteca.
 —¿Ha llamado, señor? —preguntó a Poirot.
—Así es, Tredwell. Por favor, ¿puede pedirle al doctor Carelli que tenga la bondad de venir a vernos?
 —Muy bien, señor —respondió Tredwell y salió de la habitación.
Poirot se dirigió a la mesa para coger la caja de medicamentos.
 —Creo que deberíamos devolver a su sitio esta caja llena de fármacos peligrosos—dijo a Hastings—. El orden ante todo.
Le entregó la caja, puso una silla delante de la estantería y se subió a ella.
—La vieja historia del orden y la simetría —observó Hastings—. Aunque supongo que en este caso hay algo más.
—¿Qué quiere decir?
—Sé por qué lo hace. No quiere asustar al doctor Carelli. Al fin y al cabo, ¿quién estuvo revisando los medicamentos anoche? Él, entre otros. Si viera la caja sobre la mesa, se pondría en guardia, ¿verdad?
Poirot dio una palmadita en la cabeza de Hastings.
—¡Qué astuto es, amigo mío! —dijo cogiendo la caja de sus manos.
—Lo conozco muy bien —insistió Hastings—. No puede engañarme arrojando polvo sobre mis ojos.
Mientras Hastings hablaba, Poirot pasó un dedo por un estante y arrojó polvo sobre la cara de su amigo.
—Parece que es exactamente lo que acabo de hacer —exclamó Poirot mientras volvía a pasar el dedo por el estante con una mueca de disgusto—, creo que me he apresurado en alabar al servicio. Este estante está lleno de polvo. Ojalá tuviera un paño húmedo para limpiarlo.
—Mi querido Poirot—dijo Hastings con una risita—. Usted no es una doncella.
—Claro que no —respondió Poirot con tristeza—,  no soy más que un detective.
—Bueno, creo que no encontrará nada allí arriba, así que baje.
—Como ha dicho, aquí no hay nada... —comenzó Poirot, pero de repente se quedó como paralizado.
—¿Qué pasa? —preguntó Hastings—. Baje. El doctor Carelli llegará en cualquier momento. Y no querrá que lo encuentre ahí, ¿no?
—Tiene razón —respondió Poirot mientras bajaba lentamente de la silla con expresión solemne.
—¿Qué demonios le pasa?
—Estoy pensando —dijo Poirot con mirada ausente.
—¿En qué?
—En el polvo, mi querido Hastings. En el polvo —respondió con voz misteriosa.
Se abrió la puerta y entró el doctor Carelli. El y Poirot se saludaron con gran ceremonia y cada uno de ellos habló en el idioma del otro.
—Ah, monsieur Poirot —comenzó Carelli—. Vous voulez me questionner?
—Si, signor dottore, si lei permette —respondió Poirot.
—Ah, hiparla italiano?
—Si, ma preferisco parlare in francese.
—Alors —dijo Carelli ¿—, qu'est ce que vous vou lez me demander?
—Disculpen —terció Hastings con un matiz de irritación—. ¿Qué diablos están diciendo?
—Ah, al pobre Hastings no se le dan muy bien los idiomas. Lo había olvidado             —dijo Poirot con una sonrisa—. Será mejor que hablemos en inglés.
—Por supuesto. Le pido perdón. —Carelli se dirigió a Poirot con aparente franqueza—: Me alegro de que me haya llamado, monsieur. Si no lo hubiera hecho, yo le habría solicitado una entrevista.
—¿Ah sí? —preguntó el detective señalando una silla junto a la mesa.
Carelli se sentó, mientras Poirot hacía lo propio en el sillón y Hastings en el sofá.
—Sí —prosiguió el médico italiano—. Lo cierto es que debo atender un asunto urgente en Londres.
—Por favor, continúe —lo animó Poirot.
—Sí. Por supuesto, anoche comprendí la situación. Habían robado un documento valioso y yo era el único extraño en la casa. Naturalmente, me mostré dispuesto a quedarme y a que me registraran. De hecho, insistí en que me registraran. Como hombre honorable, no podía hacer otra cosa.
—Ya —convino Poirot—. Pero ¿hoy?
—Hoy es diferente. Como le he dicho, tengo que atender un asunto urgente en Londres.
—¿Y desea marcharse?
—Exactamente.
—Parece razonable —declaró Poirot—. ¿No está de acuerdo, Hastings?
Éste no respondió, pero por su expresión no parecía en absoluto de acuerdo.
—Quizá usted pueda interceder ante Mr. Amory, monsieur Poirot —sugirió Carelli—. Me gustaría evitar posibles malentendidos.
—Estoy a su entera disposición, monsieur le docteur —aseguró Poirot—. Y ahora, si no le importa, quizá pueda aclararme un par de detalles.
—Lo haré encantado.
Poirot reflexionó antes de preguntar:
—¿La esposa de Richard Amory es una antigua amiga suya?
—Una antigua y querida amiga —respondió Carelli con un suspiro—. Fue una auténtica sorpresa encontrarla inesperadamente en un sitio tan apartado.
—¿Inesperadamente ?
—Así es —respondió Carelli dirigiendo una mirada fugaz al detective.
—¡Vaya, inesperadamente! —repitió Poirot—. ¡Qué curioso!
Sobrevino un silencio tenso. Carelli miró a Poirot con frialdad, pero no dijo nada.
—¿Está usted interesado en los últimos descubrimientos de la ciencia?                          —preguntó Poirot.
—Naturalmente. Soy médico.
—Claro. Pero no me refería a eso. Supongo que sentirá curiosidad por una vacuna nueva, un tratamiento o un germen nuevo. Sin embargo, los explosivos no son la especialidad de un doctor en medicina, ¿verdad?
—La ciencia debería interesarnos a todos —insistió Carelli—. Representa el triunfo del hombre sobre la naturaleza. El hombre consigue desvelar los secretos de la naturaleza, a pesar de la firme oposición de ésta.
Poirot asintió con la cabeza.
—Lo que dice es admirable. Muy poético. Pero como acaba de recordarme mi amigo Hastings hace escasos segundos, yo no soy más que un detective. Veo las cosas desde un punto de vista mas práctico. El descubrimiento de sir Claud valía mucho dinero, ¿verdad?
—Es posible —respondió Carelli con indiferencia—. No he pensado en ese aspecto de la cuestión.
—Es obvio que usted es un hombre de nobles principios —observó el                 detective—, y también un hombre de fortuna, sin duda. Viajar, por ejemplo, es una afición cara.
—Uno debe conocer el mundo donde vive —replicó Carelli con sequedad.
—Por supuesto. Y también a la gente que vive en él. Algunos son muy extraños. El ladrón, por ejemplo, ha de tener una mentalidad muy curiosa.
—Usted lo ha dicho. Muy curiosa.
—Y también el chantajista —añadió Poirot.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Carelli con brusquedad.
—Lo que he dicho: el chantajista —repitió Poirot. Tras una incómoda pausa, continuó—: Pero nos estamos desviando del tema que nos interesa: la muerte de sir Claud.
—¿La muerte de sir Claud? ¿Por qué es el tema que nos interesa?
—Ah, desde luego, usted no está enterado. Me temo que sir Claud no murió de un ataque de corazón. Fue envenenado —añadió observando la reacción del médico italiano.
—Ya —dijo Carelli asintiendo con la cabeza.
—¿No le sorprende? —preguntó Poirot.
—Con franqueza, no. Ya lo sospeché anoche.
—Como verá —prosiguió Poirot—, ahora el caso es mucho más serio. —Y cambiando el tono añadió—: Hoy no podrá abandonar la casa, doctor Carelli.
El médico se inclinó hacia Poirot y preguntó:
—¿Cree que la muerte de sir Claud está relacionada con el robo de la fórmula?
—Desde luego. ¿Usted no?
Carelli respondió con rapidez y nerviosismo.
—¿Acaso no hay nadie en esta casa que pudiera desear la muerte de sir Claud, independientemente de su interés por la fórmula? ¿Qué significa su muerte para la mayoría de las personas que viven aquí? Se lo diré. Significa libertad, monsieur Poirot. Libertad y algo más que usted acaba de mencionar: dinero. Ese viejo era un tirano, y para cualquier cosa que no estuviera relacionada con su amado trabajo, también un tacaño.
—¿Tuvo ocasión de averiguar todo eso anoche, monsieur le docteur? —preguntó Poirot con aire inocente.
—¿Y qué si lo hice? Tengo ojos en la cara y veo muy bien. Por lo menos tres personas de esta casa querían deshacerse de sir Claud. —Se levantó y miró al reloj de la chimenea—. Aunque no es asunto mío. —Hastings se inclinó hacia adelante con curiosidad y Carelli prosiguió—: Estoy disgustado porque no podré llegar a mi cita en Londres.
—Lo lamento muchísimo, monsieur le docteur. Pero ¿qué puedo hacer yo?
—Muy bien. ¿Ya no me necesita?
—Por el momento, no —respondió el detective.
Carelli se dirigió a la puerta.
—Le diré otra cosa, monsieur Poirot —anunció mientras abría la puerta y se volvía para mirarlo—. Poner contra las cuerdas a ciertas mujeres puede resultar peligroso.
Poirot hizo una cortés reverencia. Carelli lo imitó con aire burlón y salió de la biblioteca.






12



Hastings siguió a Carelli con la vista durante unos instantes.
—¿Qué habrá querido decir con eso —preguntó finalmente.
Poirot se encogió de hombros.
—Ha sido un comentario sin importancia.
—Pero Poirot —insistió Hastings—, estoy seguro de que Carelli intentaba decirle algo.
—Llame otra vez al timbre —se limitó a responder el detective.
Hastings lo hizo, pero no pudo evitar preguntar otra vez.
—¿Qué va a hacer ahora?
—Ya lo verá, amigo —respondió Poirot, tan enigmático como siempre—. La paciencia es una gran virtud.
—¿Sí, señor? —preguntó ceremoniosamente Tredwell entrando en la biblioteca.
Poirot le sonrió con cordialidad.
—Ah, Tredwell. ¿Podría presentar mis respetos a miss Caroline Amory y preguntarle si tendría la bondad de concederme unos minutos de su tiempo?
—Muy bien, señor.
—Gracias, Tredwell.
—¡Pero la pobre mujer está en cama! —exclamó Hastings cuando Tredwell se hubo marchado—. No la obligará a levantarse si no se encuentra bien, ¿verdad?
—¡Mi querido amigo Hastings lo sabe todo! Así que está en cama, ¿eh?
—¿No es así?
Poirot le dio una palmada afectuosa en el hombro.
—Eso es precisamente lo que quiero averiguar.
—Pero sin duda... ¿No lo recuerda? Lo dijo Richard Amory.
El detective miró a su amigo.
—Hastings —dijo—, acaban de asesinar a un hombre. ¿Y cómo reacciona su familia? ¡Con mentiras, mentiras y más mentiras! ¿Por qué quiere madame Amory que me vaya? ¿Por qué monsieur Amory desea lo mismo? ¿Por qué quiere evitar que vea a su tía? ¿Qué puede decirme ella que él no quiere que yo sepa? Escuche lo que le digo, Hastings: estamos ante una tragedia. No un simple y sórdido crimen, sino una conmovedora tragedia humana.
Quizá se habría explayado en el tema si miss Amory no hubiera entrado en la biblioteca en ese preciso momento.
—Monsieur Poirot —dijo mientras cerraba la puerta—, Tredwell me ha dicho que quería verme.
—Ah, sí, mademoiselle —respondió Poirot yendo a su encuentro—. Me gustaría hacerle unas preguntas. ¿Por qué no se sienta? —La acompañó hasta una silla junto a la mesa, y la mujer se sentó, mirándolo con nerviosismo—. Tenía entendido que estaba en cama, enferma —prosiguió con expresión solícita mientras se sentaba al otro lado de la mesa.
—Ha sido una impresión terrible, desde luego —dijo Caroline Amory con un suspiro—. ¡Verdaderamente terrible! Pero, como siempre digo, alguien tiene que conservar la calma. Los criados están revolucionados. En fin —continuó, hablando más aprisa—, ya sabe cómo son los criados, monsieur Poirot. ¡Les encantan los funerales! Estoy convencida de que prefieren una muerte a una boda. ¡Y el pobre doctor Graham! Es tan amable... Resulta reconfortante. Es un médico muy brillante, y además siente un gran afecto por Barbara. Es una pena que Richard no lo tenga en alta estima, pero... ¿qué le decía? Ah, sí. Hablaba del doctor Graham. Es tan joven. Y el año pasado me curó una neuritis. No es que yo enferme a menudo. Nada que ver con los jóvenes de hoy día, tan débiles. La pobre Lucia, por ejemplo, anoche tuvo que levantarse de la mesa porque estaba mareada. Claro que la pobre chica es un manojo de nervios. ¿Qué otra cosa puede esperarse de una persona con sangre italiana en las venas? Recuerdo que estaba igual de nerviosa cuando le robaron el collar de diamantes...
Miss Amory hizo una pausa para respirar. Mientras hablaba, Poirot había sacado un cigarrillo de su pitillera y estaba a punto de encenderlo, pero aprovechó la oportunidad para interrogar a la mujer:
—¿Así que robaron el collar de diamantes de madame Amory? ¿Cuándo, mademoiselle?
—Deje que lo recuerde —dijo miss Amory con aire pensativo—. Debe de haber sido... sí, hace un par de meses. Poco después de que Richard tuviera una espantosa pelea con su padre.
Poirot miró el cigarrillo que sostenía.
—¿Le importa si fumo, madame? —preguntó, y tras recibir una sonrisa y un ceremonioso gesto de asentimiento, sacó una caja de cerillas del bolsillo, encendió el cigarrillo y miró a miss Amory con expresión alentadora. Al ver que la mujer no continuaba hablando, la animó a hacerlo—: Decía que monsieur Amory tuvo una pelea con su padre.
—Ah, sí. No fue nada serio —dijo ella—. Tuvo algo que ver con las deudas de Richard. ¡Claro que todos los jóvenes tienen deudas! Claud, sin embargo, nunca fue así. Incluso cuando era niño estaba siempre enfrascado en sus estudios. Naturalmente, más tarde debió invertir mucho dinero en sus experimentos. Pero sí, hace dos meses tuvieron una discusión bastante fuerte. En la misma época desapareció el collar de Lucia y ella se negó a informar a la policía. Fue un momento difícil. ¡Y también absurdo! ¡Nervios y más nervios!
—¿Está segura de que el humo no le molesta, mademoiselle? —preguntó Poirot levantando el cigarrillo.
—No, en absoluto —aseguró ella—. Yo creo que los hombres deben fumar.
Poirot reparó en que no había encendido bien el cigarrillo y cogió la caja de cerillas que había dejado sobre la mesa.
—Sin duda es extraño que una mujer joven y hermosa acepte con tanta serenidad el robo de sus joyas —dijo mientras volvía a encender el cigarrillo y guardaba cuidadosamente las dos cerillas usadas en la caja, que volvió a guardar en el bolsillo.
—Sí, es extraño. Estoy de acuerdo —convino miss Amory—. ¡Muy extraño! Pero a ella no pareció afectarle en absoluto. ¡Vaya! Soy incorregible. Aquí estoy, cotilleando sobre cosas que seguramente no le interesarán, monsieur Poirot.
—Nada de eso. Me interesan muchísimo, mademoiselle —le aseguró él—. Dígame, anoche, cuando madame Amory se sintió mareada y tuvo que levantarse de la mesa, ¿subió a su habitación?
—Oh, no —respondió miss Amory—. Vino a esta habitación. Yo la ayudé a ponerse cómoda en el sofá y luego regresé al comedor, dejándola con Richard. ¡Ya sabe cómo son los matrimonios jóvenes! Aunque los jóvenes de hoy no son tan románticos como en los viejos tiempos. ¡Cielos! Recuerdo a un joven llamado Aloysius Jones. Solíamos jugar al croquet juntos. ¡Qué muchacho más tonto! Vaya, ya me he ido por las ramas otra vez. Hablábamos de Richard y Lucia. Hacen una pareja perfecta, ¿no cree, monsieur Poirot? El la conoció en Italia, ¿sabe? Concretamente en los lagos italianos en noviembre del año pasado. Fue un flechazo y una semana después estaban casados. Ella es huérfana; está sola en el mundo. Es muy triste, aunque a veces pienso que no hay mal que por bien no venga. Si tuviera un montón de parientes extranjeros podría resultar exasperante, ¿no cree? ¡Ya sabe cómo son los extranjeros! Son... ¡Ay! —se interrumpió de repente y se volvió con aire avergonzado—. ¡Le ruego me disculpe!
—No se preocupe —murmuró Poirot dirigiendo una mirada divertida a Hastings.
—Soy una estúpida —se excusó miss Amory, visiblemente turbada—. No pretendía insinuar... Claro que en su caso es distinto. Les braves belges, como solíamos decir durante la guerra.
—Por favor, no se preocupe —la tranquilizó Poirot. Después de una pausa, prosiguió, como si la mención de la guerra le hubiera recordado algo—: Tengo entendido que la caja de medicamentos que está en la estantería es una reliquia de la guerra. Anoche la estuvieron examinando, ¿verdad?
—Sí, es verdad.
 —¿Y por qué motivo?
Miss Amory reflexionó antes de responder.
—¿Por qué? Ah, sí, ya lo recuerdo. Dije que quería sales aromáticas y Barbara bajó la caja para ver qué había en ella. Entonces entraron los caballeros, y el doctor Carelli me dio un susto de muerte con las cosas que dijo.
Hastings no disimuló su interés por el curso que tomaba la conversación y Poirot animó a miss Amory a que continuara.
—¿Se refiere a las cosas que dijo el doctor Carelli acerca de los medicamentos? Supongo que los habrá examinado con atención.
—Sí —confirmó Caroline Amory—. Levantó un frasco de cristal, algo con un nombre de lo más inocente (hidrato, creo), que yo siempre había tomado como un medicamento para los mareos en alta mar, y dijo que podía matar a una docena de hombres.
—¿Bromhidrato de hioscina? —repuso Poirot.
—¿Perdón?
—¿El doctor Carelli se refería al bromhidrato de hioscina?
—Sí, sí, eso —exclamó ella—. ¡Qué inteligente es usted! Lucia lo cogió y repitió algo que había dicho él... algo referente a un sueño sin sueños. Detesto esta poesía neurótica moderna. Siempre digo que desde que murió nuestro querido lord                       Tennyson nadie ha escrito poesía de...
—Oh, vaya —murmuró Poirot.
—¿Cómo ha dicho? —preguntó miss Amory.
—Sólo estaba pensando en el querido lord Tennyson. Por favor, continúe. ¿Qué pasó después?
—¿Después?
—Estaba contándonos lo que sucedió anoche. Aquí, en esta misma habitación...
—Ah, sí. Bien, Barbara quería poner una canción muy vulgar en el gramófono. Por fortuna se lo impedí.
—Ya veo —murmuró Poirot—. Pero dígame, el frasquito que levantó el doctor, ¿estaba lleno?
—Sí, desde luego —respondió ella sin vacilar—. Porque cuando el doctor dijo lo del sueño sin sueños, añadió que bastaría con la mitad de las tabletas del frasco para matar a una docena de hombres.
Miss Amory se levantó de la silla y se apartó de la mesa.
—¿Sabe, monsieur Poirot? —prosiguió mientras él se levantaba para ir a su encuentro—. Desde el principio dije que no me gustaba ese hombre. Me refiero al doctor Carelli. No parece del todo sincero y es tan zalamero... Claro que no podía decir nada delante de Lucia, pues en teoría es amigo suyo, pero no me cayó bien ¡Lucia es tan ingenua! Estoy segura de que ese hombre se ganó su confianza para entrar en la casa y robar la fórmula.
—¿Entonces está convencida de que fue el doctor Carelli quien robó la fórmula de sir Claud? —preguntó Poirot con expresión inquisitiva.
Caroline Amory lo miró, atónita.
—¡Querido monsieur Poirot! —exclamó—. ¿Quién si no? Era el único extraño en la casa. Naturalmente, mi hermano no quiso acusar a un invitado, y por eso le dio la oportunidad de devolver el documento. Creo que se comportó con gran delicadeza. En efecto, con mucha delicadeza.
 —Así es —asintió Poirot con tacto, rodeando amistosamente los hombros de miss Amory con un brazo, pese al evidente disgusto de la mujer—. Ahora, mademoiselle, me gustaría llevar a cabo un pequeño experimento y necesito su cooperación —dijo apartando el brazo—. ¿Dónde estaba sentada anoche, cuando se apagaron las luces?
 —Ahí —dij0 ella señalando el sofá.
 —Entonces, ¿le importaría sentarse ahí otra vez?
Caroline Amory se sentó en el sofá.
 —Bien, mademoiselle, ahora quiero que use su imaginación. Cierre los ojos, por favor. Eso es. Imagine que vuelve a la noche anterior. No ve nada, pero puede oír. Ahora, atrás.
Miss Amory interpretó sus palabras literalmente y se reclinó en el sofá.
 —No, no —dijo él—. Quiero decir que vuelva atrás con la mente. ¿Qué oye? Regrese atrás en el tiempo y dígame qué oye en la oscuridad.
Impresionada por la seriedad del detective, Caroline Amory procuró hacer lo que le pedía. Tras una pausa, comenzó a hablar con lentitud, intermitentemente.
—Respiraciones ruidosas —dijo—. Varias respiraciones... Luego el ruido de una silla al caer... Un ruido metálico.
—¿Algo así? —preguntó Poirot sacando una llave del bolsillo y arrojándola al suelo. Pero la llave no hizo ruido, y después de unos segundos de espera, miss Amory dijo que no había oído nada—. Bien, ¿quizá así? —Volvió a intentarlo, cogiendo la llave del suelo y golpeándola contra la mesita auxiliar.
—¡Sí! Ése es exactamente el sonido que oí anoche —exclamó Caroline Amory—. ¡Qué curioso!
—Por favor, le ruego que continúe.
—De acuerdo. Lucia gritó, llamando a sir Claud. Luego se oyeron golpes en la puerta.
—¿Eso es todo? ¿Está segura?
—Sí, creo que sí. ¡Ah! ¡Un momento! Al principio hubo otro sonido extraño, como el de la seda al rasgarse. Supongo que sería un vestido.
—¿Qué vestido?
—Debe de haber sido el de Lucia. No puede haber sido el de Barbara, porque estaba sentada junto a mí, aquí.
—Es curioso —murmuró Poirot con aire pensativo.
—Y eso es todo —concluyó miss Amory—. ¿Puedo abrirlos ojos?
—Sí; desde luego, mademoiselle. —Mientras lo hacía, Poirot le preguntó—: ¿Quién sirvió el café de Sir Claud? ¿Usted?
—No. Lucia sirvió el café.
—¿En qué momento, exactamente?
—Debe de haber sido mientras hablábamos de esos horribles fármacos.
—¿Y madame Amory llevó personalmente el café a sir Claud?
Caroline Amory hizo una pausa para pensar.
—No —respondió por fin.
—¿No? ¿Quién lo hizo, entonces?
—No lo sé... No estoy segura. Veamos... Ah, sí, ya lo recuerdo. La taza de sir Claud estaba en la mesa, junto a la de Lucia. Lo recuerdo porque cuando el señor Raynor llevaba el café al estudio de sir Claud, Lucia lo llamó y le dijo que había cogido la taza equivocada, lo que era una tontería, porque los dos lo tomaban exactamente igual: solo y sin azúcar.
—De modo que Raynor le llevó el café a sir Claud —dijo Poirot.
—Sí. O no. No; finalmente lo llevó Richard porque Barbara quería bailar con Raynor.
—¡Ah! Así que monsieur Amory llevó el café a su padre.
—Exactamente.
—Y dígame, ¿qué había estado haciendo monsieur Amory hasta ese momento? ¿Bailando?
—Oh, no. Estaba guardando los medicamentos en la caja. Ya sabe; ordenándolos.
—Ya veo, ya veo. ¿Y sir Claud tomó el café en su estudio?
—Supongo que habrá comenzado a beberlo allí —respondió miss Amory, recordando—, pero regresó con la taza en la mano. Recuerdo que se quejo de su sabor; dijo que estaba amargo. Y le aseguro, monsieur Poirot, que era un café excelente. Una mezcla especial que encargué en los Army and Navy Stores de Londres. Ya sabe, esos maravillosos grandes almacenes de Victoria Street. Están a un paso de la estación y...
Calló al ver que se abría la puerta y entraba Edward Raynor.
—¿Interrumpo? —preguntó el secretario—. Lo lamento. Quería hablar con monsieur Poirot, pero volveré más tarde.
—No, no —dijo el detective—. Ya he terminado de torturar a esta pobre dama.
Caroline Amory se puso en pie.
—Me temo que no le he sido de gran ayuda —se disculpó mientras se dirigía a la puerta.
Poirot también se levantó y la precedió.
—Me ha ayudado mucho, mademoiselle. Mucho más de lo que imagina                          —aseguró mientras abría la puerta.



13



Después de acompañar a miss Amory a la puerta, Poirot centró su atención en Edward Raynor.
—Ahora, monsieur Raynor —dijo mientras le señalaba una silla—, oigamos lo que tiene que decirme.
Raynor se sentó y lo miró con seriedad.
—Mr. Amory acaba de darme la mala nueva sobre sir Claud. Me refiero a la causa de su muerte. Es increíble, monsieur.
—¿Le ha sorprendido?
—Desde luego. Nunca sospeché algo semejante.
Poirot se acercó al secretario y le entregó la llave que había encontrado, estudiando su reacción.
—¿Ha visto antes esta llave, monsieur Raynor?
Raynor dio vueltas a la llave en sus manos, airándola con perplejidad.
—Parece la de la caja fuerte de sir Claud —observo—. Pero Mr. Amory me dijo que ésta estaba en el llavero de sir Claud —añadió devolviéndole la llave.
—Sí, es la llave de la caja fuerte del estudio de sir Claud. Pero se trata de una copia —dijo Poirot y enseguida añadió con voz pausada y cargada de intención—: estaba en el suelo, junto a la silla que usted ocupó anoche.
Raynor lo miró con expresión imperturbable.
—Si cree que se me cayó a mí, se equivoca —declaró.
Poirot lo escrutó con la mirada y luego hizo un gesto de asentimiento, como si estuviera satisfecho.
—Le creo —dijo. Se sentó en el sofá y se restregó las manos—. Ahora, a lo nuestro, monsieur Raynor. Usted era el secretario personal de sir Claud, ¿no?
—Así es.
—Y en consecuencia conocía bien su trabajo.
—Sí. Tengo conocimientos de ciencia y en ocasiones lo ayudaba con sus experimentos.
—¿Y tiene alguna información que pudiera arrojar luz sobre este desafortunado asunto?
Raynor sacó una carta de su bolsillo.
—Sólo esto —respondió mientras se levantaba para entregar la carta al                   detective—. Una de mis tareas era abrir y clasificar la correspondencia de sir Claud. Esto llegó hace un par de días.
Poirot cogió la carta y leyó en voz alta:
—«Está alimentando una víbora en su seno.» ¿Seno? —preguntó mirando a Hastings antes de continuar—: «Tenga cuidado con Selma Goetz y su prole. Conocen su secreto. Manténgase alerta.» Firma «Un observador». Mmm... Muy pintoresco y dramático. Le gustará, Hastings  —señaló pasándole la carta a su amigo.
—Lo que me gustaría saber —dijo Edward Raynor— es quién es Selma Goetz.
Poirot se reclinó y juntó los dedos de las manos.
—Creo que puedo satisfacer su curiosidad, monsieur —anunció—. Selma Goetz fue la más famosa espía internacional. También era una mujer muy hermosa. Trabajó para Italia, Francia, Alemania y, finalmente, creo que también para Rusia. Sí, Selma Goetz era una mujer extraordinaria.
Raynor dio un paso atrás y preguntó con asombro:
—¿Era?
—Ha muerto —dijo Poirot—. Murió en Genova, el pasado mes de noviembre.                 —Cogió la carta de manos de Hastings, que meneaba la cabeza con expresión de perplejidad.
—¡Entonces esta carta es una farsa! —exclamó Raynor.
—No estoy seguro —murmuró Poirot—. Dice «Selma Goetz y su prole». Selma Goetz dejó una hija, monsieur, una joven muy hermosa que desapareció después de la muerte de su madre.
Poirot se guardó la carta en el bolsillo.
—¿Es posible que...? —comenzó Raynor, pero se interrumpió.
—¿Sí? ¿Qué iba a decir, monsieur? —lo animó Poirot.
Raynor se acercó al detective.
—Mrs. Amory tiene una doncella italiana —dijo con nerviosismo—. La trajo consigo de Italia y es una joven muy bonita. Se llama Vittoria Muzio. ¿Es posible que sea la hija de Selma Goetz?
—Ah, ha tenido una gran idea —dijo Poirot, aparentemente impresionado.
—Permita que la llame —sugirió Raynor mientras enfilaba hacia la puerta.
Poirot se levantó.
—No, un momento. No debemos alarmarla. Déjeme hablar con madame Amory primero. Ella podrá darme información sobre esa joven.
—Tal vez tenga razón —asintió Raynor—. Iré a avisar a Mrs. Amory.
El secretario salió de la biblioteca con aire decidido y Hastings se acercó al detective.
—¡Eso es, Poirot! —exclamó con entusiasmo—. Carelli y la doncella italiana trabajan juntos para un gobierno extranjero. ¿No le parece? —Abstraído en sus pensamientos, Poirot no prestó atención a su amigo—. ¿No lo cree, Poirot? He dicho que seguramente Carelli y la doncella trabajan juntos.
—Ah, sí. Es exactamente lo que esperaba que dijera, amigo.
—¿Y bien? ¿Qué piensa usted? —preguntó, ofendido.
—Aún quedan varias preguntas por responder, mi querido Hastings. ¿Por qué robaron el collar de madame Amory hace un par de meses? ¿Por qué ella se negó a llamar a la policía? ¿Por qué...?
Se interrumpió cuando Lucia Amory entró en la habitación, llevando su bolso consigo.
—Tengo entendido que quería verme, monsieur Poirot. ¿Es así? —preguntó.
—Sí, madame. Me gustaría hacerle unas preguntas. —Le señaló una silla junto a la mesa—. ¿No se sienta?
Lucia se sentó y Poirot se volvió hacia Hastings.
—Amigo, el jardín es muy bonito —observó llevándolo hacia las puertas de la galería. Era evidente que Hastings no quería salir, pero Poirot insistió con firmeza—. Sí, amigo. Contemple las bellezas naturales. Nunca pierda una oportunidad de contemplar la naturaleza.
Aunque a regañadientes, Hastings cedió. Luego, al comprobar que el día era cálido y soleado, decidió sacar provecho de la situación y explorar el jardín de los Amory. Bajó por la cuesta cubierta de césped hasta llegar a un seto, detrás del cual había un precioso jardín ornamental.
Mientras caminaba a lo largo del seto, Hastings oyó unas voces que, al aproximarse, reconoció como las de Barbara Amory y el doctor Graham. Era evidente que los dos jóvenes mantenían un téte-a-téte al otro lado del seto. Hastings se detuvo a escuchar, con la esperanza de oír algún dato importante sobre la muerte de sir Claud o sobre la desaparición de la fórmula.
—...muy claro que piensa que su preciosa y joven prima puede aspirar a un candidato mejor que un médico rural. Ésa parece ser la causa de sus reparos ante nuestra relación —decía Graham.
—Ay, ya sé que a veces Richard es muy obcecado y se comporta como alguien que le dobla la edad —respondió Barbara—. Pero no debes permitir que eso te afecte, Kenny. Yo no le hago el menor caso.
—Bueno, yo tampoco se lo haré —dijo él—. Pero, mira, Barbara, te he citado aquí porque quería hablar contigo en privado, sin que ningún miembro de la familia nos viera u oyera. En primer lugar, tengo que decirte que tu tío fue envenenado. No hay ninguna duda al respecto.
—¿Ah, sí? —Barbara parecía aburrida.
—No pareces sorprendida.
—Oh, supongo que lo estoy. Al fin y al cabo, no envenenan a un miembro de mi familia todos los días, ¿no? Sin embargo, debo admitir que su muerte no me ha afectado mucho. En realidad, me ha alegrado.
—¡Barbara!
—Bueno, ahora no finjas sorprenderte, Kenny. Me has oído criticar a ese viejo avaro en innumerables ocasiones. No se preocupaba por ninguno de nosotros. Lo único que le importaba eran sus malditos experimentos. Trataba muy mal a Richard y no fue particularmente amable con Lucia cuando Richard la trajo de Italia después de casarse con ella. ¡Y Lucia es tan encantadora! ¡Tan perfecta para Richard!
—Barbara, cariño, tengo que hacerte una pregunta. Te prometo que lo que digas quedará entre nosotros. Te protegeré si fuera necesario. Pero dime, ¿sabes algo, cualquier cosa, sobre la muerte de tu tío? ¿Tienes algún motivo para sospechar que Richard, por ejemplo, desesperado por su situación económica, pudiera haber llegado al extremo de asesinarlo para heredar su dinero ?
—No quiero continuar esta conversación, Kenny. Pensé que me habías traído aquí para decirme cosas bonitas y románticas, no para acusar a mi primo de asesinato.
—Cariño, no estoy acusando a Richard. Pero debes admitir que aquí hay gato encerrado. Richard no quiere que la policía investigue la muerte de su padre. Es como si temiera que pudieran descubrir algo. Naturalmente, no hay forma de impedir que la policía intervenga, pero dejó claro que está furioso conmigo por haber instigado una investigación oficial. Después de todo, yo sólo cumplía con mi obligación. ¿Cómo iba a firmar un certificado de defunción declarando que sir Claud murió de un ataque de corazón? ¡Caray! Hace apenas unas semanas, cuando le hice una revisión de rutina, su corazón estaba en perfecto estado.
—Kenny, no quiero oír una palabra más al respecto. Me voy dentro. Tú sabes salir del jardín, ¿verdad? Hasta la vista.
—Barbara, sólo quiero...
Pero la joven ya se había marchado, y el doctor Graham dejó escapar un profundo suspiro que sonó casi como un gemido. En ese momento, Hastings consideró oportuno regresar rápidamente a la casa sin que ninguno de los dos lo viera.


14



En la biblioteca, cuando Hastings salió involuntariamente al jardín, llevado por Hércules Poirot, el pequeño detective cerró las puertas de la galería y centró su atención en Lucia Amory.
La joven miró a Poirot con ansiedad.
—Tengo entendido que quiere interrogarme acerca de mi doncella, monsieur Poirot. Eso me ha dicho Raynor. Es una chica muy buena. Estoy segura de que no hay motivo para preocuparse por ella.
—Madame —respondió Poirot—, en realidad no quería hablarle de su doncella.
Lucia pareció sorprendida.
—Pero Raynor me dijo... —comenzó.
—Me temo que, por motivos personales, permití que monsieur Raynor se hiciera esa idea.
—Bien, ¿qué desea entonces? —preguntó Lucia a la defensiva.
—Madame —dijo Poirot—, ayer usted me hizo un gran cumplido. Me dijo que había confiado en mí desde el momento en que me había visto.
—¿Y?
—Y bien, madame, le ruego que ahora también confíe en mí.
—¿Qué quiere decir?
Él miró con solemnidad.
—Usted tiene juventud, belleza, admiración, amor... todas las cosas que puede desear una mujer. Pero le falta algo, madame, ¡un padre confesor! Permita que papá Poirot ocupe ese puesto.
Lucia iba a hablar, pero él se lo impidió.
—Piénselo bien antes de rechazar mi oferta, madame. He permanecido aquí por pedido suyo. Me quedé para servirla y todavía deseo hacerlo.
—La mejor manera de servirme es marcharse, monsieur —exclamó Lucia en un súbito arranque de mal genio.
—Madam —continuó Poirot, imperturbable—, ¿sabe que han avisado a la policía?
—¿A la policía?
—Sí.
—¿Quién? ¿Y por qué?
—El doctor Graham y los demás médicos, sus colegas, han descubierto que sir Claud Amory fue envenenado.
—¡Ah, no! ¡Eso no! —Lucia parecía más horrorizada que sorprendida.
—Sí. Por lo tanto, madame, tiene poco tiempo para tomar recaudos. Por el momento, estoy a su servicio. Pero es posible que más tarde deba ponerme al servicio de la justicia.
Lucia escrutó la cara de Poirot, como si no acabara de decidirse a confiar en él.
—¿Qué quiere que haga? —preguntó con voz titubeante.
Poirot se sentó y la miró a los ojos.
—¿Qué pensaba hacer? —murmuró para sí. Luego, dirigiéndose a Lucia, sugirió con delicadeza—: .por qué no empieza por contarme toda la verdad, madame?
Ella guardó silencio por unos instantes.
—Yo... yo... —dijo por fin tendiendo una mano al detective—. Lo siento, monsieur Poirot, pero creo que no le entiendo.
Poirot la miró fijamente.
—Conque ésas tenemos, ¿eh? Lo siento mucho.
Lucia recuperó la compostura y habló con frialdad:
—Si me dice lo que desea de mí, responderé a cualquier pregunta que me haga.
—¡Así que se propone rivalizar con la inteligencia de Hércules Poirot!, ¿eh?                —exclamó el pequeño detective—. Muy bien. Pero tenga en cuenta, madame, que la verdad saldrá a la luz de todos modos. —Dio un golpe en la mesa—. Aunque mediante un procedimiento menos agradable.
—¡No tengo nada que ocultar! —dijo Lucia con voz desafiante.
El sacó del bolsillo la carta que le había entregado Edward Raynor y se la tendió a Lucia.
—Hace unos días, sir Claud recibió este anónimo —informó.
Lucia leyó la carta, aparentemente impasible.
—¿Y qué? —preguntó mientras se la devolvía a Poirot.
—¿Ha oído antes el nombre de Selma Goetz?
—¡Nunca! ¿Quién es?
—Murió en Genova en noviembre del año pasado.
—¿Ah sí?
—Es posible que la conociera allí —señaló Poirot mientras se guardaba la carta en el bolsillo—. En realidad, creo que lo hizo.
—Jamás he estado en Génova —repuso Lucia con brusquedad.
—¿Y si alguien hubiera dicho que la vio allí?
—Estaría... estaría equivocado.
Poirot insistió.
—Sin embargo, madame, tengo entendido que usted conoció a su marido en Génova.
—¿Se lo ha dicho Richard? ¡Qué estupidez! Nos conocimos en Milán.
—Entonces la mujer que estuvo con usted en Genova...
Lucia lo interrumpió, enfadada:
—¡Le he dicho que nunca estuve en Génova!
—¡Ah, perdón! Es cierto, acaba de decirlo. Sin embargo, es muy extraño.
—¿Qué le parece extraño?
Poirot cerró los ojos y se reclinó en la silla.
—Le contaré una pequeña historia, madame —dijo con una voz que parecía un ronroneo mientras sacaba una libretita—. Tengo un amigo que vende sus fotografías a varias revistas londinenses. Hace fotos de las condesas y demás damas elegantes que veranean en el Lido. Ya me entiende. —Consultó su libretita antes de continuar—. En noviembre del año pasado, este amigo mío viajo a Génova y allí vio a una mujer muy famosa. En ese entonces, ella se hacía llamar baronesa de Giers y era la chére amie de un célebre diplomático francés  —La gente cotilleaba, pero a la dama eso no le importaba, porque el diplomático también hablaba y eso era lo que ella quería. Era más romántico que discreto, como comprenderá. —Se interrumpió con aire inocente—. Espero no estar aburriéndola, madame.
—En absoluto. Aunque no entiendo adonde quiere ir a parar con esta historia.
Poirot volvió a consultar la libreta y prosiguió:
—Le aseguro que ya estoy cerca de donde quiero ir a parar, madame. Mi amigo me enseñó una foto que había tomado. Ambos coincidimos en que la baronesa era une tres belle femme y en consecuencia no nos sorprendió la actitud del diplomático.
—¿Eso es todo?
—No, madame. Verá, la señora en cuestión no estaba sola. Mi amigo la fotografió paseando con su hija, y esa hija tenía una cara tan hermosa que era imposible de olvidar. —Se puso de pie, hizo una galante reverencia y cerró su libretita—. Desde luego, reconocí esa cara en cuanto llegué aquí.
Ella lo miró y exclamó:
—¡Ah! —Tras un instante recuperó la compostura y rió—. Mi querido monsieur Poirot, qué curioso malentendido. Ahora comprendo el motivo de su interrogatorio. Recuerdo perfectamente a la baronesa de Giers y también a su hija. La joven era bastante aburrida, pero la madre me fascinaba. Me caía muy bien y salí a pasear con ella en varias ocasiones. Creo que mi devoción la divertía. Sin duda ése fue el origen origen de la confusión. Alguien debe de haber pensado que yo era su hija —concluyó reclinándose en su asiento.
Poirot hizo un gesto de asentimiento y Lucia pareció relajarse. De repente, inclinándose sobre la mesa, él señaló:
—Pensé que nunca había estado en Génova.
Pillada por sorpresa, ella dejó escapar una pequeña exclamación. Miró a Poirot, que guardaba la libretita en el bolsillo interior de su chaqueta.
—No hay ninguna fotografía —dijo—. Intentaba sacarme verdad por mentira.
—Así es —confesó Poirot—. No he visto ninguna fotografía. Sólo conocía el nombre que usaba Selma Goetz en Génova. El resto, lo de mi amigo y sus fotografías, fue una pequeña e inofensiva mentira.
Lucia se puso de pie, con los ojos brillantes de furia.
—¡Me ha tendido una trampa! —exclamó.
Poirot se encogió de hombros.
—Sí, madame —admitió—. Me temo que no me dejó alternativa.
—¿Y qué tiene que ver todo esto con la muerte de sir Claud? —murmuró ella como para sí, mirando con nerviosismo alrededor.
Poirot adoptó un aire de indiferencia, y en lugar de responder formuló otra pregunta.
 —Madame —comenzó sacudiendo una imaginaria mota de polvo de su chaqueta—, ¿es verdad que hace poco tiempo perdió un valioso collar de diamantes?
Ella lo fulminó con la mirada.
—Una vez más pregunto —dijo con los dientes apretados— qué tiene que ver esto con la muerte de sir Claud.
—Primero el robo de un collar —respondió Poirot con voz pausada y cargada de dramatismo—, luego el robo de una fórmula. Ambas cosas podrían sumar una importante cantidad de dinero.
—¿Qué quiere decir? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Lo que quiero, madame, es que me responda una pregunta: ¿cuánto dinero le pidió el doctor Carelli... esta vez?
Lucia se volvió de espaldas.
—No... no pienso responder a ninguna pregunta más —murmuró.
—¿Porque tiene miedo? —preguntó él acercándose a ella.
Lucia se volvió a mirarlo y echó la cabeza atrás en un gesto desafiante.
—No —aseguró—. No tengo miedo. Sencillamente, no sé de qué habla. ¿Por qué iba a pedirme dinero el doctor Carelli?
—A cambio de su silencio. Los Amory son una familia orgullosa y usted no habría querido que se enteraran de que es... la hija de Selma Goetz.
Lucia lo miró con furia y en silencio. Luego encorvó los hombros y se dejó caer en un banco, cubriéndose la cara con las manos. Después de un minuto, alzó la vista y suspiró.
—¿Lo sabe Richard? —murmuró.
—Todavía no, madame.
—¡No se lo diga, monsieur Poirot! ¡No se lo diga, por favor! Está tan orgulloso del nombre de su familia, tan orgulloso de su honor. Pero yo era muy infeliz. Detestaba la vida que me veía obligaba a vivir con mi madre. Me sentía degradada por ella. Pero ¿qué podía hacer? Cuando mi madre murió, ¡por fin me sentí libre! Libre para escapar de una vida de mentiras e intrigas. Conocí a Richard, y fue lo más hermoso que me había pasado en mi vida. Él entró en mi vida, yo lo amaba, y él quería casarse conmigo. ¿Cómo iba a decirle quién era? ¿Por qué debía decírselo?
—Entonces —añadió Poirot con delicadeza—, Carelli la vio en algún sitio con monsieur Amory y comenzó a chantajearla.
—Sí; pero yo no tenía dinero —gimió Lucia—. Vendí el collar y le pagué. Pensé que ése sería el fin de la cuestión. Pero ayer se presentó aquí. Había oído hablar del invento de sir Claud.
—¿Y quería que usted lo robara para él?
—Sí —respondió ella con un suspiro.
—¿Y lo hizo? —preguntó él, acercándose.
—No me creerá —murmuró Lucia, meneando la cabeza con tristeza.
Poirot miró a aquella hermosa joven con expresión compasiva.
—Sí, querida —le aseguró—. Le creeré. Tenga valor y confíe en papá Poirot, ¿de acuerdo? Dígame la verdad: ¿cogió la fórmula secreta de sir Claud?
—¡No! ¡No lo hice! —exclamó Lucia con vehemencia—. Pero me proponía hacerlo. Carelli hizo una copia de la llave de la caja fuerte basándose en una estampa grabada hecha por mí.
Poirot sacó una llave del bolsillo y se la enseñó.
—¿Es ésta?
Lucia la miró.
—Sí. Fue muy sencillo. Carelli me dio la llave. Yo estaba en el estudio, armándome de valor para abrir la caja fuerte, cuando sir Claud entró y me encontró. Es la verdad. ¡Lo juro!
—Le creo, madame. —Se guardó la llave en el bolsillo, se sentó en el sillón y juntó los dedos de las manos, reflexionando—. Sin embargo, usted aceptó rápidamente el plan de sir Claud de apagar las luces.
—No quería que me registraran. Carelli me había pasado una nota junto con la llave, y tenía las dos cosas encima.
—¿Qué hizo con ellas?
—Cuando se apagaron las luces, arrojé la llave lejos de mí. Hacia allí. —Señaló la silla que había ocupado Edward Raynor la noche anterior.
—¿Y la nota que le había entregado Carelli?
—No sabía qué hacer con ella. —Lucia se levantó y fue hasta la mesa—. Así que la dejé entre las hojas de un libro. —Cogió un libro de la mesa y lo examinó—. Sí, sigue aquí —dijo sacando un papel de entre las páginas—. ¿Quiere verla?
—No, madame. Es suya.
Lucia se sentó a la mesa, rompió la nota en trocitos y los guardó en su bolso. Poirot la miró, pero hizo una pausa antes de preguntar:
—Algo más, madame. Por casualidad, ¿anoche se desgarró el vestido?
—¿Yo? ¡No! —Parecía sorprendida.
—Durante el momento de oscuridad, ¿oyó el ruido de un vestido al rasgarse?
Lucia reflexionó.
—Sí; ahora que lo menciona, lo recuerdo —dijo—. Creo que oí algo así. Pero no fue mi vestido. Debe de haber sido el de miss Amory o el de Barbara.
—Bien; no nos preocuparemos por eso —dijo Poirot restando importancia al asunto—. Ahora pasemos a otra cosa. ¿Quién sirvió el café de sir Claud anoche?
—Yo.
—¿Y lo dejó en la mesa, junto a su taza?
—Sí.
Poirot se puso en pie, se inclinó sobre la mesa en dirección a Lucia y repentinamente formuló la pregunta siguiente:
—¿En qué taza puso la hioscina?
Ella lo miró con horror.
—¿Cómo lo ha sabido? —preguntó.
—Es mi deber enterarme de estas cosas. ¿En qué taza, madame?
Lucia suspiró.
—En la mía.
—¿Por qué?
—Porque quería... quería morir. Richard sospechaba que había algo entre Carelli y yo. Creía que teníamos una aventura. Nada más lejos de la verdad. Yo odiaba a Carelli. ¡Y ahora también lo odio! Pero como no había podido robar la fórmula para él, estaba segura de que me delataría a Richard. Matarme era una forma de escapar... la única forma. Un sueño rápido, sin sueños y sin despertar. Es lo que dijo él.
—¿Quién dijo eso?
—Carelli.
—Empiezo a comprender... —murmuró Poirot. Señaló la taza que había sobre la mesa—. Así pues, ¿ésta es su taza? ¿Una taza llena, sin probar?
—Sí.
—¿Qué le hizo cambiar de opinión?
—Richard se acercó a mí y me dijo que me sacaría de aquí, que me llevaría al extranjero. Me aseguró que conseguiría el dinero necesario y me devolvió la esperanza.
—Ahora escúcheme con atención, madame —dijo Poirot con seriedad—. Esta mañana el doctor Graham cogió la taza que estaba junto al sillón de sir Claud.
—¿Sí?
—Sus colegas no encontrarán nada más que borra de café en ella...
—Desde luego —respondió Lucia sin mirarlo.
—¿Correcto? —insistió él.
Ella miró al frente sin responder. Luego fijó los ojos en Poirot y exclamó:
—¿Por qué me mira así? ¡Me asusta!
—He dicho —repitió Poirot— que esta mañana se llevaron la taza que estaba junto al sillón de sir Claud. Ahora supongamos que hubieran cogido la que estaba allí anoche. —Fue hasta la mesa situada junto a la puerta y cogió la taza de la maceta—. ¡Supongamos que hubieran cogido esta taza!
Lucia se levantó de un brinco y se llevó las manos a la cara.
—¡Lo sabe! —exclamó.
Poirot se acercó a ella.
—¡Madame! —dijo con voz severa—. Analizarán la taza, si es que aún no lo han hecho, y no encontrarán nada. Pero anoche yo tomé una muestra de la verdadera taza. ¿Qué diría si le dijera que había hioscina en la de sir Claud?
Lucia parecía consternada. Se tambaleó, pero enseguida se recuperó. Por un instante guardó silencio.
—Tiene razón —murmuró por fin—. Tiene razón. Yo lo maté. ¡Yo lo maté! Puse hioscina en su taza. —Cogió la taza llena de la mesita auxiliar—. Aquí sólo hay café.
Se llevó la taza a los labios, pero Poirot se lanzó sobre ella, evitando que bebiera. Por unos instantes se miraron fijamente, y luego Lucia rompió a llorar. Poirot cogió la taza y la dejó sobre la mesa.
—¡Madame! —exclamó.
—¿Por qué me ha detenido? —murmuró ella.
—Madame, el mundo es muy bello. ¿Por qué desea abandonarlo?
—Yo... ¡Oh! —Se dejó caer en el sofá, llorando con amargura.
—Me ha dicho la verdad —dijo Poirot con voz dulce y cálida—. Puso la hioscina en su propia taza. Le creo. Pero también había hioscina en la otra taza. Ahora confíe en mí nuevamente. ¿Quién envenenó la taza de sir Claud?
Lucia lo miró con horror.
—¡No! ¡No! Se equivoca. ¡No fue él! ¡Yo lo maté! —gritó con histerismo.
—¿Quién no lo hizo? ¿A quién quiere encubrir? Dígamelo —exigió él.
—Le digo que él no lo hizo —sollozó Lucia.
Se oyó un golpe en la puerta.
—Debe de ser la policía —dijo Poirot—. Tenemos poco tiempo. Le haré dos promesas, madame. La primera es que la salvaré...
—Pero lo maté yo, se lo aseguro —dijo ella casi gritando.
—Y  la  segunda —prosiguió él, imperturbable— es que salvaré a su marido.
—¡Ah! —exclamó Lucia, mirándolo con estupefacción.
Tredwell, el mayordomo, entró en la biblioteca y se dirigió a Poirot.
—El inspector Japp, de Scotland Yard —anunció.




15

Quince minutos después, el inspector Japp y su joven ayudante, Johnson, habían terminado la inspección preliminar de la sala de estar. Japp, un hombre de mediana edad, fanfarrón, robusto y rubicundo, conversaba con Poirot y Hastings, que había regresado de su paseo por el jardín.
—Sí  —decía Japp al agente Johnson—, Mr. Poirot y yo nos conocemos desde hace tiempo. Me ha oído hablar de él a menudo. La primera vez que trabajamos juntos, todavía era miembro de la policía belga, ¿no es así, Poirot? Lo conocimos en Bruselas. Ah, qué tiempos aquellos. ¿Recuerda al «barón» Altara? Estupenda presa. Había conseguido escapar de las garras de toda la policía europea. Pero lo detuvimos en Antwerp, gracias a Mr. Poirot.
Japp se volvió hacia Poirot.
—Y luego volvimos a encontrarnos en este país, ¿verdad? Claro que entonces ya se había retirado. Resolvió el misterioso caso de Styles, ¿recuerda? La última vez que colaboramos en un caso fue hace un par de años, ¿no? Aquel asunto en Londres, en el que estaba involucrado un noble italiano. Bueno, me alegro mucho de volver a verlo, Poirot. Hace un momento estuve a punto de caerme de espaldas cuando entré y vi su gracioso careto.
—¿Mi careto?  —repuso Poirot, intrigado.
—Quiero decir su cara  —explicó Japp, risueño—. Bien, parece que otra vez trabajaremos juntos, ¿eh?
—Mi querido Japp, usted ya conoce mis debilidades  —dijo Poirot con una sonrisa.
—Sigue tan reservado como siempre, ¿eh?  —señaló Japp, dándole una palmada en el hombro—. Esa señora con la que hablaba cuando he entrado es muy bonita. Supongo que será la esposa de Richard Amory, ¿no? Sospecho que se lo estaba pasando en grande, ¿no es cierto, viejo sabueso?
El inspector soltó una ronca carcajada y se sentó en una silla junto a la mesa.
—En fin  —prosiguió—, ésta es la clase de caso que le viene como anillo al dedo. Ideal para su mente retorcida. Yo, en cambio, detesto los envenenamientos. No hay por dónde empezar. Es preciso averiguar qué comió y bebió la víctima, quién se lo dio y hasta quién le echó el aliento en la cara. Aunque parece que el doctor Graham lo tiene muy claro. Dice que el veneno estaba en el café. Según él, una dosis tan grande produce un efecto casi instantáneo. Naturalmente, lo sabremos tan pronto como tengamos los resultados del análisis. Pero mientras tanto tenemos con qué entretenernos.
Japp se puso en pie.
—Bien, ya he terminado con esta habitación  —declaró—. Ahora hablaré con Richard Amory y luego iré a ver al doctor Carelli. Todo parece indicar que es nuestro hombre. Pero hay que mantenerse abierto a cualquier posibilidad; siempre lo digo.  —Se dirigió a la puerta—. ¿Me acompaña, Poirot?
—Por supuesto.
—Y el capitán Hastings también, sin lugar a dudas  —sonrió Japp—. Siempre pegado a usted como si fuera su sombra, ¿no, Poirot?
Poirot miró a su amigo.
—Quizá Hastings prefiera quedarse aquí  —dijo.
Hastings cogió la insinuación al vuelo y repuso:
—Sí, me quedaré aquí.
—Bueno, como guste  —dijo Japp, sorprendido.
Poirot y Japp se marcharon, seguidos por el joven agente, y un instante después Barbara Amory entró por la puerta de la galería, vestida con unos pantalones claros y una blusa rosada.
—Ah, aquí está. ¿A qué viene tanto jaleo?  —preguntó—. ¿Ha llegado la policía?
—Sí  —respondió Hastings, sentándose junto a ella en el sofá—. Es el inspector Japp, de Scotland Yard. Ha ido a hacerle algunas preguntas a su primo.
—¿Y cree que también querrá interrogarme a mí?
—No lo creo, pero aunque fuera así no hay razón para alarmarse.
—Oh, no me alarmo  —dijo Barbara—. Al contrario, tengo la sensación de que sería una experiencia fascinante. Claro que quizá caiga en la tentación de adornar un poco las cosas, sólo para causar sensación. Me encanta causar sensación, ¿a usted no?
Hastings la miró perplejo.
—No... no lo sé. Pero creo que no.
Barbara Amory lo miró con expresión inquisitiva.
—¿Sabe? Usted me intriga. ¿Dónde ha estado toda su vida?
—Bueno, he pasado unos cuantos años en América del Sur.
—¡Lo sabía!  —exclamó Barbara e hizo un ademán con la mano por encima de sus ojos—. Grandes espacios abiertos. Por eso es tan deliciosamente anticuado.
Hastings lo tomó como una ofensa.
—Lo siento  —dijo.
—¡Oh, si me encanta!  —se apresuró a explicar Barbara—. Creo que usted es un cielo, un verdadero cielo.
—¿Por qué ha dicho que soy anticuado?
—Bueno  —explicó ella—, estoy segura de que cree en un montón de ideas obsoletas, como la decencia, la importancia de no decir mentiras sin una buena razón y la necesidad de mirar la vida con optimismo.
—Ha acertado  —dijo él, sorprendido—. ¿Y usted no comparte esas ideas?
—¿Yo? En fin... Por ejemplo, ¿pretende que finja que la muerte del tío Claud fue un desafortunado incidente?
—¿No lo fue?  —preguntó Hastings, escandalizado.
—¡Caray!  —exclamó Barbara apoyándose contra el borde de la mesita               auxiliar—. En lo que a mí concierne, es lo más maravilloso que me ha pasado en la vida. No se imagina lo tacaño que era el viejo. ¡No sabe cuánto nos deprimía a todos!  —Se ínterrumpió, abrumada por la intensidad de sus propios sentimientos.
—Yo... preferiría que no...  —comenzó Hastings, avergonzado.
Pero Barbara lo interrumpió:
—¿No le gusta la sinceridad? Me lo imaginaba. Preferiría verme vestida de luto y hablando en susurros sobre «el pobre tío Claud, que tan bueno fue con nosotros».
—¡Vaya!  —exclamó Hastings.
—Oh, no necesita fingir  —prosiguió ella—. Estoy segura de que, si tuviera ocasión de conocerlo mejor, descubriría que es usted realmente así. Pero yo creo que la vida es demasiado corta para tantas mentiras y farsas. Tío Claud no se portó bien con ninguno de nosotros. Estoy segura de que, en el fondo de nuestros corazones, todos nos alegramos de que haya muerto. Sí, incluso tía Caroline. Pobrecilla, ella tuvo que soportarlo mucho más tiempo que los demás.
Barbara se tranquilizó repentinamente, y cuando volvió a hablar lo hizo con tono más sereno:
—He estado pensando, ¿sabe? Y he llegado a la conclusión científica de que tía Caroline envenenó a tío Claud. Ese ataque de corazón fue muy raro. De hecho, no creo que fuera un ataque de corazón. Supongamos que después de reprimir sus sentimientos durante tantos años, tía Caroline adquirió un profundo complejo...
—Supongo que, desde un punto de vista teórico, es posible  —murmuró Hastings con cautela.
—Sin embargo, me pregunto quién robó la fórmula  —continuó ella—. Todo el mundo cree que fue el italiano, pero yo sospecho de Tredwell.
—¿Del mayordomo? ¡Santo cielo! ¿Por qué?
—¡Porque en ningún momento se acercó al estudio!
Él la miró con expresión de perplejidad.
—Pero entonces...
—En ciertos aspectos, soy una persona muy ortodoxa  —señaló Barbara—. Y me educaron para sospechar de la persona menos verosímil. En las novelas de misterio suele ser el culpable. Y sin duda Tredwell es la persona menos verosímil.
—Aparte de usted, supongo  —repuso Hastings con una risita.
—¡Ah, yo!  —Esbozó una sonrisa mientras se levantaba y le daba la espalda al capitán—. Qué curioso...  —murmuró para sí.
—¿Qué le parece curioso?  —preguntó Hastings, poniéndose en pie.
—Algo que acaba de ocurrírseme. Salgamos al jardín. Detesto este sitio.  —Se dirigió hacia las puertas de la galería.
—Me temo que tengo que quedarme aquí —dijo él.
—¿Por qué?
—No puedo salir de esta habitación.
—¿Sabe?  —observó ella—, tiene un complejo con esta habitación. ¿Se acuerda de anoche? Todos estábamos aquí, asombrados por la desaparición de la fórmula, y usted entró y produjo el más maravilloso anticlímax diciendo con tono instrascendente: «Qué bonita habitación, miss Amory.» ¡Fue tan gracioso verlos entrar! Allí estaba ese pequeño hombrecillo, de apenas un metro sesenta de estatura, pero con un aire de extraordinaria solemnidad. Y usted, tan atento...
—Admito que Poirot puede parecer extraño a primera vista  —asintió                   Hastings—. Tiene unas cuantas manías. Por ejemplo, siente una enfermiza pasión por el orden. Ver un adorno torcido, una mota de polvo, o incluso alguna muestra de desaliño en el vestido de una persona, es una tortura para él.
—¡Hacen un magnífico contraste!  —exclamó ella riendo.
—Los métodos deductivos de Poirot son muy singulares, ¿sabe?  —prosiguió              él—. El orden y el método son sus dioses. Desdeña las pruebas tangibles, cosas como huellas o ceniza de cigarrillo. De hecho, sostiene que esas cosas por sí solas nunca permiten resolver un misterio. Asegura que el verdadero trabajo se lleva a cabo en la mente. Entonces se toca su cabeza con forma de huevo, y dice con gran satisfacción: «Las pequeñas células grises del cerebro. Siempre recuerde las pequeñas células grises, mon ami.»
—Oh, es un encanto  —dijo Barbara—. Aunque no tanto como usted, con su «¡qué bonita habitación!».
—Pero es una habitación muy bonita  —insistió Hastings, algo picado.
—No estoy de acuerdo  —dijo ella. Le cogió la mano e intentó arrastrarlo hacia las puertas del balcón—. Vamos. Ya ha pasado bastante tiempo aquí.
—¡No lo entiende!  —exclamó él, soltándole la mano—. Le he prometido a Poirot que permanecería aquí.
—¿Le ha prometido a monsieur Poirot que no abandonaría la biblioteca? ¿Por qué?
—No puedo decírselo.
—Ah.  —Barbara guardó silencio y luego cambió de actitud. Se movió detrás de Hastings y comenzó a recitar, con exagerado dramatismo—: «El niño permaneció en la cubierta en llamas...»
—¿Cómo dice?
—«Aunque todos, salvo él, habían huido.» ¿Y bien, cielo?
—No la entiendo  —declaró Hastings con exasperación.
—¿Y por qué quiere entenderme? ¡Oh, de verdad es un encanto!  —dijo ella enlazando su brazo en el de él—. Venga y déjese seducir. ¿Sabe? Es usted adorable.
—Me está tomando el pelo.
—En absoluto. Estoy loca por usted. Es como una reliquia de antes de la guerra.
Tiró de él hacia la ventana de la galería y esta vez Hastings se dejó llevar.
—Es usted una persona extraordinaria  —dijo—. No conozco a ninguna mujer como usted.
—Me alegra oír eso. Es una buena señal  —dijo Barbara. Ahora los dos estaban cara a cara bajo el dintel de la puerta de la galería.
—¿Una buena señal?
—Sí; hace que una abrigue esperanzas.
Hastings se ruborizó y Barbara rió con alegría mientras tiraba de él en dirección al jardín.



16

Después de que Barbara y Hastings salieran al jardín, la biblioteca permaneció vacía un par de minutos. Luego se abrió la puerta del pasillo y entró miss Amory, con un cesto de costura en la mano. Caroline se acercó al sofá, dejó el cesto en el suelo, se arrodilló y palpó el respaldo del sofá. En ese momento entró el doctor Carelli, llevando un sombrero y una maleta pequeña. Al verla, murmuró una disculpa por haber irrumpido sin llamar.
Miss Amory encontró su aguja de hacer punto y se incorporó, algo turbada.
—Buscaba mi aguja  —explicó innecesariamente—. Estaba detrás del asiento.           —Después, reparando en la maleta, preguntó—: ¿Se marcha, doctor Carelli?
El dejó el sombrero y la maleta sobre una silla.
—No quiero seguir abusando de su hospitalidad  —dijo.
Aunque era evidente que estaba encantada, miss Amory tuvo la delicadeza de responder con cortesía:
—Desde luego; si así lo desea...  —Luego, recordando la situación en que se encontraban, añadió—: Sin embargo, pensé que había que cumplir con algunas formalidades...
—Oh, ya está todo arreglado  —aseguró él.
—Bueno, si cree que debe marcharse...
—Sí, así lo creo.
—Entonces le pediré un coche  —repuso rápidamente miss Amory, llamando al timbre del servicio.
—No, no. Eso también está arreglado.
—¡Pero ha tenido que bajarse la maleta usted mismo! ¡Vaya! ¡Estos criados! ¡Están desmoralizados! ¡Completamente desmoralizados!  —Regresó al sofá, se sentó y sacó la aguja del cesto—. No se pueden concentrar, doctor Carelli. Son incapaces de mantener la calma. Es curioso, ¿verdad?
—Muy curioso  —repuso él con expresión de impaciencia y miró el teléfono.
Ella comenzó a tejer mientras conversaba animadamente de trivialidades.
—Supongo que cogerá el tren de las doce y cuarto. No debe retrasarse. No es que quiera meterle prisa. Siempre digo que las prisas...
—Sí, lo sé, pero creo que tengo tiempo de sobra. Me preguntaba si podría usar el teléfono.
Miss Amory alzó la vista.
—Sí, por supuesto  —dijo mientras continuaba tejiendo. Al parecer, no se le ocurrió pensar que Carelli quisiera hacer su llamada en privado.
—Gracias  —murmuró él. Se acercó al escritorio y fingió buscar un número en el listín. Luego miró con impaciencia a miss Amory—. Creo que su sobrina la estaba buscando  —dijo.
Caroline Amory siguió tejiendo, imperturbable, aunque comenzó a hablar de su sobrina.
—La querida Barbara  —dijo—. Es una criatura encantadora. ¿Sabe?, lleva una vida bastante triste aquí, demasiado aburrida para alguien de su edad. En fin, me atrevo a pensar que las cosas cambiarán pronto.  —Saboreó esta idea unos instantes antes de continuar—: Yo hice todo lo que pude. Pero una chica joven necesita alegría. No es posible reemplazar la alegría ni con toda la cera de abeja del mundo.
La cara de Carelli era el vivo retrato de la confusión, mezclada con una buena dosis de ira.
—¿Cera de abeja?  —se vio obligado a preguntar.
—Sí, cera de abeja... ¿o es polen de abejas? Ya sabe, eso que contiene vitaminas. O por lo menos eso pone en la caja. A, B, C y D. Todas, excepto la que evita el beriberi. Yo creo que, viviendo en Inglaterra, no es necesaria. No es una enfermedad que pueda pillarse aquí. Según creo, se contrae al descascarar el arroz en los países productores. Es muy interesante. Le dije a Raynor que la tomara... Me refiero a la cera de abeja. El pobrecillo estaba muy pálido. También se la recomendé a Lucia, pero no me hizo caso.  —Meneó la cabeza con aire de desaprobación—. Y pensar que cuando yo era una niña me tenían prohibido comer caramelos por la cera de abeja... o por el polen de abejas. Los tiempos cambian, ¿sabe? Sí señor.
Aunque intentaba disimularlo, Carelli echaba humo por las orejas.
—Sí, claro, miss Amory  —respondió con toda la amabilidad de que era capaz. Luego se acercó a ella Y probó una táctica más directa—. Creo que su sobrina la está llamando.
—¿De veras?
—Sí. ¿No la oye?
Miss Amory aguzó el oído.
—No, la verdad es que no  —admitió—. Qué curioso.  —Enrolló el tejido—. Tiene un oído muy bueno, doctor Carelli. No es que yo oiga mal. De hecho, me han dicho que...  —Se le cayó un ovillo de lana y él lo recogió—. Muchas gracias. Los Amory siempre han tenido buen oído, ¿sabe?  —Se levantó del sofá—. Mi padre conservó sus facultades hasta el último momento. Podía leer sin gafas cuando tenía ochenta años.
Se le volvió a caer el ovillo y Carelli lo recogió otra vez.
—Oh, muchas gracias. Mi padre era un hombre admirable, doctor Carelli. Siempre dormía en una cama con dosel y jamás abría la ventana de su dormitorio. Solía decir que el aire de la noche es muy dañino. Por desgracia, cuando enfermó de gota lo atendió una joven enfermera que insistía en abrir las ventanas de par en par, y por eso murió mi padre.
Una vez más se le cayó el ovillo. En esta ocasión Carelli se lo puso con firmeza en la mano y la acompañó a la puerta. Miss Amory andaba despacio, sin parar de hablar.
—No me gustan nada las enfermeras, doctor  —informó—. Se pasan el día cotilleando sobre sus enfermos, toman demasiado té y siempre acaban revolucionando al servicio.
—Es muy cierto, señorita, muy cierto  —asintió Carelli apresuradamente mientras le abría la puerta.
—Muchas gracias  —repitió Caroline Amory y salió de la biblioteca.
Carelli cerró la puerta, corrió hacia el escritorio y levantó el auricular del teléfono. Después de un instante, habló en voz baja pero ansiosa:
—Aquí Market Cleve uno, cinco, tres. Quiero hablar con Londres, Soho, ocho, ocho, cinco, tres... No; cinco, tres. Correcto... ¿Qué? ¿Que me llamará?... De acuerdo.
Colgó el auricular y comenzó a morderse las uñas con impaciencia. Después de un momento, fue hasta la puerta del despacho, la abrió y entró. Casi de inmediato, Edward Raynor entró en la biblioteca por la puerta del pasillo. Echó un vistazo alrededor, se acercó a la repisa de la chimenea y examinó el recipiente con los papeles para encender el fuego. Entonces Carelli regresó del despacho. Raynor se volvió al oír la puerta.
—No sabía que estaba ahí dentro  —dijo el secretario.
—Espero una llamada telefónica.
—¡Ah!
—¿Cuándo llegó el inspector de policía?  —preguntó Carelli.
—Creo que hace unos veinte minutos. ¿Lo ha visto?
—Sólo de lejos.
—Es de Scotland Yard  —informó el secretario—. Por lo visto, estaba trabajando en otro caso en los alrededores, y la policía local lo mandó llamar.
—Ha sido una afortunada casualidad ¿no?  —observó Carelli.
—Sí, ¿verdad?
Sonó el teléfono y Raynor hizo ademán de cogerlo, pero Carelli se adelantó.
—Debe de ser mi llamada  —dijo mirándolo—. ¿ Le importaría... ?
—En absoluto  —respondió el secretario—. Lo dejaré solo.
Raynor salió de la habitación y Carelli levantó el auricular.
—¿Sí? ¿Miguel?  —dijo en voz baja—. No, maldita sea, no he podido... Ha sido imposible... No; no lo entiende. El viejo murió anoche... Me marcho de inmediato... Japp está aquí... Sí; Japp, el de Scotland Yard... No, todavía no me ha visto... Eso espero... Esta noche a las nueve y media en el sitio de costumbre... De acuerdo.
Colgó el auricular, cogió su maleta, se puso el sombrero y se dirigió a la puerta de la galería. En ese momento, Poirot entraba desde el jardín, y él y Carelli chocaron.
—Perdón  —dijo el italiano.
—No es nada  —respondió Poirot con cortesía, aunque cerrándole el paso.
—Si me permite...
—Imposible  —dijo Poirot con serenidad—. Completamente imposible.
—Insisto.
—No debería  —murmuró Poirot con una sonrisa amistosa.
 De repente, Carelli se lanzó sobre Poirot. El detective se hizo rápidamente a un lado, haciéndole una zancadilla y cogiéndole la maleta al mismo tiempo. En ese momento Japp entró en la habitación, detrás de Poirot, y Carelli cayó en sus brazos.
—¡Vaya! ¿A quién tenemos aquí?  —exclamó el inspector—. Pero si es Tonio.
—Ah, mi querido Japp  —dijo Poirot con una risita mientras se apartaba de los dos hombres—. Suponía que usted sabría el nombre del caballero.
—Claro; lo sé todo sobre él. Tonio es un personaje célebre, ¿verdad, Tonio? Apuesto a que le sorprendió el movimiento de monsieur Poirot, ¿eh? Fue un pase de          jiu-jitsu o algo por el estilo, ¿no? Pobre Tonio.
Mientras Poirot abría la maleta del italiano sobre la mesa, Carelli gritó a Japp:
—No tiene nada contra mí. No puede retenerme.
—No sé; no sé. Creo que no tendremos que buscar mucho para encontrar al hombre que robó la fórmula y mató al anciano.  —Se volvió hacia Poirot y añadió—: El robo de una fórmula está muy en la línea de Tonio, y puesto que lo hemos encontrado tratando de huir, no me sorprendería que llevara el botín encima.
—Coincido con usted  —dijo Poirot.
Japp registró a Carelli mientras Poirot examinaba su equipaje.
—¿Y bien?  —preguntó Japp.
—Nada  —respondió el detective cerrando la maleta—. Me ha decepcionado.
—Se creen muy listos, ¿eh?  —dijo Carelli—. Pues yo podría haberles dicho que..
—Quizá  —interrumpió Poirot en voz baja y pausada—, pero sería muy imprudente de su parte.
—¿Qué quiere decir?  —exclamó Carelli, sorprendido.
—Monsieur Poirot tiene razón  —dijo Japp—. Será mejor que mantenga la boca cerrada.  —Abrió la puerta del pasillo y llamó—: ¡Johnson!  —El joven agente asomó la cabeza por la puerta—. Reúna a toda la familia. Quiero verlos a todos aquí.
 —Sí, señor  —dijo Johnson mientras se retiraba.
 —¡Protesto!  —exclamó Carelli—. Yo...  —De repente cogió su maleta y corrió hacia la puerta de la galería.
Japp corrió tras él, lo cogió y lo arrojó sobre el sofá, quitándole la maleta en el proceso.
 —¡No grite, que nadie le ha hecho daño todavía!  —gritó Japp al acobardado italiano.
Poirot se dirigió a las puertas de la galería.
  —Por favor, no se marche ahora  —dijo Japp dejando la maleta de Carelli sobre la mesita auxiliar —. Esto se pone interesante.
 —No, mi querido Japp. No me marcho  —le aseguró el detective—. Permaneceré aquí. Como dice, esta reunión familiar será muy interesante.




17

Unos minutos después, cuando la familia Amory comenzó a congregarse en la biblioteca, Carelli seguía sentado en el sofá con expresión sombría, mientras Poirot permanecía en la puerta de la galería. Barbara Amory regresó del jardín con Hastings y se sentó junto a Carelli, mientras el capitán se reunía con su amigo.
 —Sería útil  —murmuró Poirot a su colega— que tomara nota mentalmente de dónde decide sentarse cada uno.
 —¿Útil? ¿En qué sentido?
 —Psicológicamente, querido amigo.
 Cuando Lucia entró en la biblioteca, Hastings notó que se sentaba en una silla junto a la mesa. Richard llegó junto a su tía, miss Amory, que se sentó en el banco, mientras el joven se situaba junto a la mesa, desde donde podía proteger a su esposa. Edward Raynor fue el último en llegar y se quedó de pie, detrás del sillón. Lo siguió el agente Johnson, que permaneció haciendo guardia en la puerta.
Richard Amory presentó al inspector Japp a los miembros de la familia que aún no lo conocían.
 —Mi tía, Caroline Amory  —anunció—, y mi prima Barbara.
 —¿A qué viene tanto jaleo, inspector?  —preguntó Barbara.
Japp no respondió.
 —Creo que ya estamos todos, ¿no?  —dijo acercándose a la chimenea.
Miss Amory parecía sorprendida y algo asustada.
 —No entiendo nada  —le dijo a Richard—. ¿Qué hace aquí este caballero?
 —Quizá debería decirte algo, tía Caroline  —respondió Richard—; y también a todos los demás  —añadió mirando alrededor—. El doctor Graham ha descubierto que mi padre fue... envenenado.
 —¿Qué?  —exclamó Raynor.
 Miss Amory dejó escapar una exclamación de horror.
 —Fue envenenado con hioscina  —puntualizó Richard.
Raynor se sobresaltó.
 —¿Con hioscina? Vaya. Yo vi...  —Se interrumpió, mirando a Lucia.
Japp dio un paso hacia él y dijo:
—¿Qué vio, Mr. Raynor?
El secretario parecía incómodo.
—Nada... Al menos...  —titubeó.
—Lo siento, Mr. Raynor  —insistió Japp—, pero debo saber la verdad. Vamos, todo el mundo se ha dado cuenta de que oculta algo.
—No es nada, de veras  —dijo el secretario—. Seguramente habrá una explicación razonable.
—¿Una explicación para qué?  —preguntó Japp. El secretario volvió a            titubear—. ¿Y bien?  —lo apremió el inspector.
—Es sólo que...  —Raynor hizo una pausa y luego decidió continuar—: Vi a Mrs. Amory cogiendo algunas de esas pastillas.
—¿Cuándo?  —preguntó Japp.
—Anoche, cuando salí del estudio de sir Claud. Los demás estaban distraídos con el gramófono, reunidos alrededor del aparato. Noté que abría el frasco de hioscina y ponía casi todas las pastillas en la palma de su mano. En ese momento sir Claud me llamó desde el estudio.
—¿Por qué no mencionó esto antes?  —preguntó Japp. Lucia comenzó a hablar, pero el inspector la hizo callar—. Un momento, por favor, Mrs. Amory. Primero me gustaría oír a Mr. Raynor.
—No volví a pensar en ello  —dijo el secretario—. Sólo lo recordé cuando Mr. Amory dijo que sir Claud había sido envenenado con hioscina. Supongo que no tiene importancia. Simplemente me sorprendió la coincidencia. Puede que las pastillas no fueran de hioscina, sino de cualquiera de los otros medicamentos.
Japp se volvió hacia Lucia.
—¿Y bien, señora?  —preguntó—. ¿Qué tiene que decir al respecto?
—Quería algo para dormir  —respondió ella con aparente serenidad.
—¿Dice que prácticamente vació el frasco?  —preguntó el inspector a Raynor.
—Eso me pareció  —respondió éste.
—No necesitaba tantas pildoras para dormir —dijo Japp volviéndose hacia                   Lucia—. Habría bastado con un par. ¿Qué hizo con el resto?
Lucia reflexionó antes de responder:
—No lo recuerdo...  —iba a continuar, cuando Carelli se levantó del sofá y dijo con malicia:
—Ya ve, inspector. Aquí tiene a la asesina.
Barbara se levantó rápidamente para alejarse de Carelli y Hastings se acercó a ella.
—Si quiere la verdad, la tendrá, inspector  —prosiguió el médico italiano—. Vine aquí especialmente para ver a esta mujer. Ella me mandó llamar. Se ofreció a venderme la fórmula de sir Claud. Reconozco que he estado involucrado en asuntos semejantes en el pasado.
—No es preciso que lo jure  —dio Japp interponiéndose entre Lucia y Carelli—. Ya lo sabemos.  —Se volvió hacia Lucia—: ¿Qué tiene que decir al respecto, señora?
Ella se puso en pie, blanca como un papel, y Richard se acercó a ella.
—No permitiré que...
—Por favor, señor  —interrumpió Japp.
—¡Miren a esa mujer!  —exclamó Carelli—. Ninguno de los presentes sabe quién es, pero yo sí. Es la hija de Selma Goetz. La hija de una de las mujeres más infames que ha pisado este mundo.
—¡No es verdad, Richard!  —exclamó Lucia—. No le hagas caso. ¡No es cierto!
—Le romperé todos los huesos  —amenazó Richard a Carelli.
Japp dio un paso hacia él.
—Tranquilícese, por favor, señor  —pidió—. Tenemos que llegar al fondo de la cuestión.  —Se volvió hacia Lucia—. ¿Y bien, Mrs. Amory?
Se hizo un silencio incomodo.
—Yo...  —comenzó ella por fin. Miró a su esposo y luego a Poirot, tendiendo una mano al detective, como buscando su ayuda.
—Tenga valor, madame  —le aconsejó Poirot—. Confíe en mí. Cuénteles la verdad. Hemos llegado a un punto en que las mentiras son inútiles. La verdad tendrá que salir a la luz.  —Lucia lo miró con expresión suplicante, pero él se limitó a repetir—: Tenga valor. Sí, sí. Hable.  —Y volvió a situarse junto a la puerta de la galería.
Después de un largo silencio, Lucia habló con voz baja y ahogada:
—Es cierto que soy la hija de Selma Goetz. Pero no es verdad que haya llamado a este hombre ni que haya ofrecido venderle la fórmula de sir Claud. ¡Vino aquí para chantajearme!
—¡Chantaje!  —murmuró Richard acercándose a su esposa.
Lucia se volvió hacia él.
—Me amenazó con contarte lo de mi madre si no le daba la fórmula  —dijo con desesperación—, pero no lo hice. Creo que la ha robado. Tuvo la oportunidad. Estuvo solo en el estudio. Y ahora comprendo que quería que me suicidara con hioscina para que todos creyeran que yo había robado la fórmula. Prácticamente me hipnotizó para que lo hiciera...  —Se desmoronó y rompió a llorar en el hombro de Richard.
—¡Oh, Lucia, cariño!  —exclamó él y la abrazó. Después de dejar a su desconsolada esposa en brazos de miss Amory, que se había puesto de pie, se dirigió a Japp—: Inspector, quiero hablar con usted a solas.
Japp lo miró y luego hizo una señal a Johnson.
—Muy bien  —dijo mientras el agente abría la puerta para dejar pasar a Lucia y miss Amory.
Barbara y Hastings aprovecharon la oportunidad para volver al jardín, mientras Edward Raynor, de camino a la salida, murmuraba a Richard:
—Lo siento, Mr. Amory. Lo siento mucho.
Mientras Carelli cogía su maleta para seguir a Raynor, Japp ordenó al agente:
—No pierda de vista a la señora... ni al doctor Carelli.  —El médico se volvió al llegar a la puerta y Japp siguió hablando a su agente—: Que nadie haga ningún movimiento extraño, ¿entendido?
—Entendido, señor  —respondió Johnson mientras salía de la biblioteca detrás de Carelli.
—Lo lamento, Mr. Amory  —dijo Japp a Richard—, pero después de lo que acaba de decir Mr. Raynor, debo tomar precauciones. Y quiero que Poirot permanezca aquí, para que sea testigo de lo que tenga que decir.
Richard se acercó a Japp con el aspecto de una persona que acaba de tomar una decisión importante. Respiró hondo y habló con determinación:
—Inspector.
—¿Sí, señor?  —preguntó Japp.
—Creo que es hora de que confiese  —dijo Richard con voz pausada—. He matado a mi padre.
Japp sonrió.
—Me temo que eso no cuela, señor.
—¿Qué quiere decir?  —repuso Richard, atónito.
—No, señor  —prosiguió Japp—. En otras palabras, no me dará gato por liebre. Comprendo que está muy enamorado de su esposa y es natural, teniendo en cuenta que están recién casados. Pero, con franqueza, no debería poner el cuello en la picota por una mala mujer. Aunque debo admitir que es muy guapa, de eso no cabe duda.
—¡Inspector Japp!  —exclamó Richard con furia.
—No tiene sentido que se enfade conmigo, señor  —prosiguió Japp, imperturbable—. Le he dicho la pura verdad, sin rodeos, y sin duda Poirot le dirá lo mismo. Lo lamento, señor, pero el deber es el deber; y el asesinato, asesinato. Eso es todo.  —Asintió enérgicamente con la cabeza y salió de la habitación.
Richard se volvió hacia el detective, que había estado observando la escena desde el sofá.
—¿Y bien? ¿Va a decirme lo mismo, monsieur Poirot?
Éste se incorporó, sacó la pitillera del bolsillo y extrajo un cigarrillo. Pero en lugar de responder a la pregunta de Richard, formuló otra:
—Monsieur Amory, ¿cuándo sospechó de su esposa por primera vez?
—Yo nunca...
Poirot lo interrumpió, cogiendo una caja de cerillas de la mesa mientras hablaba.
—Por favor, le ruego que diga la verdad, monsieur Amory. Sé que sospechó de ella, incluso antes de que yo llegara. Por eso estaba tan ansioso por deshacerse de mí. No lo niegue. Es imposible engañar a Hércules Poirot.
Encendió el cigarrillo, dejó la caja de cerillas sobre la mesa y sonrió al hombre alto que se alzaba sobre él. Hacían una pareja ridicula.
—Está equivocado  —dijo Richard con firmeza—. Muy equivocado. ¿Cómo iba a sospechar de Lucia?
—Claro que también sería lógico sospechar de usted  —prosiguió Poirot con aire pensativo—. Usted tuvo acceso a los fármacos y al café, necesitaba dinero y estaba desesperado por conseguirlo. Sí, desde luego. Oh, sí, cualquiera podría sospechar de usted.
—El inspector Japp no parece estar de acuerdo con usted  —observó Richard.
—¡Ah, Japp! Tiene sentido común  —repuso Poirot con una sonrisa—. No es una mujer enamorada.
—¿Una mujer enamorada?  —repitió Richard, desconcertado.
—Permita que le dé una lección de psicología, monsieur  —ofreció Poirot—. Cuando llegué aquí, su esposa me rogó que me quedara y descubriera al asesino. ¿Cree que una mujer culpable habría hecho algo semejante?
—¿Quiere decir...?  —comenzó Richard.
—Quiero decir que hoy mismo, antes de que se ponga el sol, usted le pedirá perdón de rodillas.
—¿Qué dice?
—Demasiado, quizá  —admitió Poirot poniéndose en pie—. Ahora, monsieur, póngase en mis manos. En las manos de Hércules Poirot.
—¿Usted puede salvarla?  —preguntó Richard con voz desesperada.
Poirot lo miró con solemnidad.
—He dado mi palabra, aunque cuando lo hice no sabía lo difícil que resultaría. Verá, queda poco tiempo y debemos hacer algo rápidamente. Debe prometerme que hará exactamente lo que le diga, sin hacer preguntas o poner obstáculos. ¿Me lo promete?
—Muy bien  —aceptó Richard a regañadientes.
—Estupendo. Ahora escuche. Lo que sugiero no es difícil ni imposible. De hecho es una cuestión de sentido común. Pronto esta casa se llenará de policías. Estarán por todas partes y lo removerán todo. Puede ser una experiencia muy desagradable para usted y su familia, así que le aconsejo que se vaya.
—¿Quiere que deje la casa en manos de la policía?  —preguntó Richard con incredulidad.
—Ése es mi consejo. Claro que tendrá que permanecer en los alrededores. Pero el hotel local es bastante cómodo. Alquile habitaciones allí. Así estarán cerca cuando la policía necesite interrogarlos.
—¿Y cuándo sugiere que nos marchemos?
—Yo diría que... de inmediato  —respondió Poirot con una sonrisa.
—¿No cree que parecerá extraño?
 —En absoluto, en absoluto  —aseguró el detective con otra sonrisa—. Parecerá una acción muy... ¿cómo dirían ustedes? Muy sensata. No puede tolerar ciertas insinuaciones, no desea permanecer ni un momento aquí... Le aseguro que quedará muy bien.
—¿Y qué pasa con el inspector?
—Yo lo arreglaré personalmente con él.
—Todavía no entiendo de qué servirá  —insistió Richard.
—Claro que no lo entiende  —dijo Poirot con arrogancia y se encogió de hombros—. No es preciso que lo haga. Basta con que lo entienda yo, Hércules Poirot.           —Cogió a Richard por los hombros—. Haga las gestiones oportunas. O permita que las haga Raynor. ¡Márchese!  —Prácticamente lo empujó hacia la puerta.
Richard se volvió a mirar a Poirot por última vez y salió de la habitación.
—¡Vaya con los ingleses!  —murmuró Poirot—. ¡Qué obstinados son!  —Fue a la puerta de la galería y llamó—: ¡Mademoiselle Barbara!



18


Barbara apareció en la puerta de la galería.
—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?
Poirot le dedicó su sonrisa más encantadora.
—Ah, mademoiselle  —dijo—. Me preguntaba si le importaría que le robara a mi amigo por un par de minutos.
Ella lo miró con picardía.
—Así que quiere separarme de él, ¿eh?
—Sólo será un momento, mademoiselle. Se lo prometo.
—De acuerdo, monsieur Poirot.  —Se volvió hacia el jardín y gritó—: ¡Cielito, lo buscan!
—Gracias  —dijo Poirot con una reverencia.
Barbara regresó al jardín, y unos minutos después Hastings entró por la puerta de la galería. Parecía algo avergonzado.
—¿Qué puede decir en su defensa?  —preguntó Poirot con tono burlón.
Hastings esbozó una sonrisa culpable.
—Ah, es muy fácil poner cara de carnero degollado  —lo riñó Poirot—. Lo dejo aquí, de guardia, y luego me entero de que está paseando por el jardín con una jovencita encantadora. Usted es un hombre de confianza, mon cher, pero en cuanto una mujer joven y hermosa hace su aparición, pierde la cabeza. Zut alors!
La sonrisa culpable de Hastings se desvaneció, reemplazada por el rubor de la vergüenza.
—Lo lamento, Poirot. Sólo salí un segundo, y enseguida lo vi entrar en la biblioteca, así que supuse que no tenía importancia.
—Quiere decir que prefirió no venir a enfrentarse conmigo. Bueno, mi querido Hastings, es probable que haya hecho un daño irreparable. Encontré aquí a Carelli, y sólo Dios sabe qué hacía o qué pruebas manipulaba.
—¡Vaya, Poirot! Lo lamento mucho  —se disculpó Hastings por segunda vez—. Lo siento de veras.
—Y si no ha hecho un daño irreparable será gracias a la buena suerte. Pero ahora, mon ami, ha llegado el momento de usar nuestras pequeñas células grises.                 —Fingió abofetear a Hastings, pero en realidad le dio una palmadita afectuosa en la mejilla.
—¡Muy bien! ¡Manos a la obra!  —exclamó Hastings.
—No, no. Nada va bien. Todo va mal. Está oscuro  —añadió con cara de preocupación—. Tan oscuro como si fuera de noche.  —Reflexionó y luego continuó—: Pero sí... creo que tengo una idea. Un esbozo de idea. Sí, comenzaremos por ahí.
—¿De qué demonios habla?  —preguntó Hastings, atónito.
Poirot cambió el tono y habló con expresión grave y pensativa.
—¿Por qué murió sir Claud, Hastings? Responda. ¿Por qué murió?
—Eso ya lo sabemos  —respondió Hastings mirándolo fijamente.
—¿De veras? ¿Está seguro?
—Eh... sí —dijo Hastings sin demasiada convicción—. Murió porque... porque lo envenenaron.
Poirot hizo un ademán de impaciencia.
—Sí, pero ¿por qué lo envenenaron?
Hastings se concentró antes de responder:
—Seguramente porque el ladrón sospechó que...  —Poirot negó lentamente con la cabeza mientras su amigo proseguía—: Porque el ladrón sospechó que lo había descubierto...  —Se interrumpió otra vez al ver que Poirot seguía negando con la cabeza.
—Suponga, Hastings, sólo suponga que el ladrón no sospechaba nada.
—No entiendo.
Poirot se alejó unos pasos y luego se volvió con el brazo levantado en un ademán que parecía querer captar la atención de su amigo. Hizo una pausa y se aclaró la garganta.
—Permita que le haga una reseña de los acontecimientos según sucedieron, o según creo que sucedieron.
Hastings se sentó a la mesa y Poirot prosiguió:
—Una noche sir Claud muere en su sillón.  —Fue al sillón, se sentó e hizo una pausa antes de repetir con aire pensativo—: Sí, sir Claud muere en su sillón. Su muerte no despierta sospechas y seguramente la atribuirán a un ataque de corazón. Pasarán varios días antes de que se examinen sus papeles y sólo buscarán su testamento. Después del funeral se descubrirá que sus notas sobre el nuevo explosivo están incompletas. Incluso es posible que nunca se descubra que existía una fórmula. ¿Comprende lo que esto da al ladrón, Hastings?
—Sí.
—¿Qué?
Hastings parecía desconcertado.
—¿Qué?  —repitió.
—Seguridad. Eso es lo que da al ladrón. Puede deshacerse de su botín sin problemas, cuando lo desee. Nadie lo presiona. Incluso si se conoce la existencia de la fórmula, tendrá tiempo de sobra para cubrir su rastro.
—Sí, es una posibilidad  —dijo Hastings sin convicción.
—¡Claro que es una posibilidad! ¿No está hablando con Hércules Poirot? Pero veamos adonde nos conduce esta idea. Sugiere que el asesinato de sir Claud no fue un acto impulsivo, sino planeado con antelación. ¿Sabe dónde nos encontramos ahora?
—No  —confesó Hastings con conmovedora ingenuidad—. Sabe muy bien que nunca lo entiendo. Sé que estamos en la biblioteca de la casa de sir Claud. Eso es todo.
—Sí, mi querido amigo, tiene razón. Estamos en la biblioteca de la casa de sir Claud. Pero no es la mañana, sino la noche. Las luces se han apagado. Los planes del ladrón se han trastocado.
Poirot se irguió en su asiento y sacudió enérgicamente el dedo índice para subrayar sus comentarios.
—Sir Claud, que en circunstancias normales no habría revisado su caja fuerte hasta el día siguiente, ha descubierto el robo por casualidad. Y, como dijo el propio científico, el ladrón está atrapado en una ratonera. Sin embargo, el ladrón, que también es el asesino, sabe algo que sir Claud ignora. El ladrón sabe que en cuestión de minutos sir Claud callará para siempre. Él (o ella) tiene un solo y único problema: debe esconder la fórmula en un sitio seguro mientras dure la oscuridad. Cierre los ojos, Hastings, igual que yo. Las luces se han apagado y no vemos nada. Pero podemos oír. Ahora repita con la mayor precisión las palabras con que miss Amory describió la escena.
Hastings cerró los ojos. Hizo un esfuerzo para recordar y comenzó a hablar, haciendo pequeñas pausas.
—Respiraciones ruidosas  —murmuró. Poirot asintió—. Varias respiraciones            —Poirot volvió a asentir. Hastings se concentró y prosiguió—: El ruido de una silla al caer... un sonido metálico... Debió de ser la llave.
—Exactamente. Continúe.
—Un grito. El grito de Lucia llamando a sir Claud. Y por fin los golpes en la puerta. ¡Ah! Un momento. Al principio hubo un ruido similar al de la seda al rasgarse.
Hastings abrió los ojos.
—Sí, el rasguido de la seda  —exclamó Poirot. Se levantó, fue al escritorio y luego cruzó la habitación hasta la chimenea—. Todo está ahí, Hastings. En esos minutos de oscuridad. Todo está ahí. Sin embargo, nuestros oídos no nos dicen nada.  —Se detuvo junto a la chimenea y movió el recipiente que contenía los papeles para encender el fuego.
—¡Oh, deje de poner orden!  —protestó Hastings—. Siempre está igual.
Poirot retiró la mano del recipiente.
—¿Qué ha dicho? Sí; tiene razón  —dijo mirando fijamente la vasija—. Recuerdo haber movido este recipiente hace menos de una hora. Y ahora tengo que hacerlo de nuevo. ¿Por qué, Hastings?
—Porque está torcido, supongo  —respondió Hastings con tono de  aburrimiento—. Es su eterna manía por el orden.
—¡El rasguido de la seda! ¡No, Hastings! El sonido es el mismo.  —Miró fijamente las tiras de papel y cogió la vasija que las contenía—. El rasguido del papel...  —prosiguió mientras se apartaba de la chimenea.
Contagió su entusiasmo a Hastings.
—¿Qué pasa?  —preguntó éste poniéndose en pie de un brinco.
Poirot vació el recipiente sobre el sofá y examinó las tiras de papel. De vez en cuando le entregaba una a Hastings, murmurando:
—Aquí hay una. Aquí, otra. Y otra...
Hastings desplegó los papeles y los examinó.
—«C 19, N 23»  —comenzó a leer.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Es la fórmula!
—Es maravilloso  —dijo Hastings.
—Rápido. Doble los papeles otra vez  —ordenó Poirot, y Hastings comenzó a hacerlo—. ¡Oh, qué lento es! ¡Rápido! ¡Rápido!  —Cogió las tiras de papel, las metió en la vasija y devolvió ésta a su sitio sobre la estantería de la chimenea.
Hastings, atónito, se acercó a él.
Poirot sonrió de oreja a oreja.
—Le intrigan mis movimientos, ¿verdad? Dígame, Hastings, ¿qué tenemos en este recipiente?
—Pues tiras de papel, naturalmente  —respondió con tono burlón.
—No, mon ami, queso.
—¿Queso?
—Exactamente, amigo. Queso.
—Dígame, Poirot, ¿se encuentra bien?  —preguntó Hastings con sarcasmo—. ¿O acaso le duele la cabeza?
Poirot hizo caso omiso de la frivola pregunta de su amigo.
—¿Para qué se usa el queso, Hastings? Se lo diré, mon ami. Se usa como señuelo en una ratonera. Ahora sólo tenemos que esperar al ratón.
—Y el ratón...
—El ratón vendrá, amigo  —aseguró Poirot—. Quédese tranquilo. Le he enviado un mensaje y no tardará en comparecer.
Antes de que Hastings pudiera responder al críptico comentario del detective, Edward Raynor entró en la biblioteca.
—Ah, aquí está, monsieur Poirot  —dijo el secretario—. Y también el capitán Hastings. El inspector Japp quiere hablar con los dos en la planta alta.

19

—Iremos enseguida  —respondió Poirot, y se dirigió a la puerta seguido por Hastings. Raynor cruzó la estancia en dirección a la chimenea. Al llegar a la puerta, Poirot se volvió para mirar al secretario—. A propósito, monsieur Raynor, ¿por casualidad sabe si el doctor Carelli estuvo en la biblioteca esta mañana?
—Sí. Lo encontré aquí.
—¡Ah!  —Poirot pareció satisfecho con la noticia—. ¿Y qué hacía?
—Hablar por teléfono, según creo.
—¿Estaba hablando por teléfono cuando usted entró?
—No; acababa de regresar a la habitación. Había ido al estudio de sir Claud.
Poirot reflexionó y luego preguntó:
—¿Dónde estaba usted exactamente entonces? ¿Lo recuerda?
—Oh, creo que por aquí  —respondió Raynor, que seguía junto a la chimenea.
—Ya veo.  —Poirot titubeó y luego sacó una libretita y un lápiz del bolsillo. Escribió unas palabras en una página y la arrancó—. ¡Hastings!  —llamó.
El capitán, que aguardaba junto a la puerta, se acercó y Poirot le entregó la página de la libreta.
—¿Tendría la bondad de entregar esto al inspector Japp?
Raynor siguió a Hastings con la mirada y preguntó:
—¿A qué venía eso?
—Le he enviado un mensaje a Japp  —respondió Poirot mientras guardaba el lápiz y la libreta en el bolsillo—, diciendo que iré a verlo dentro de unos minutos y que quizá entonces pueda darle el nombre del asesino.
—¿De veras? ¿Sabe quién es?  —preguntó Raynor con visible emoción.
Hubo una pausa durante la cual Poirot pareció cautivar al secretario con su personalidad subyugante. Raynor lo miraba fascinado.
—Sí, creo que sé quién es el asesino... por fin  —anunció Poirot—. Me recuerda a otro caso no muy lejano. Nunca olvidaré el asesinato de lord Edgware. Estuve a punto de ser derrotado... sí, yo, Hércules Poirot... por las estúpidas maquinaciones de una mente vacía. Verá, monsieur Raynor, a menudo las personas más necias poseen el talento necesario para cometer un crimen sin complicaciones y dejar que las cosas sigan su curso. Esperemos que el asesino de sir Claud sea una persona inteligente y orgullosa de sí misma, para que no resista la tentación de poner... ¿cómo dicen ustedes? Sí, la guinda al pastel.
—No le entiendo ¿Quiere decir que no ha sido Mrs. Amory?
—No, no fue madame Amory. Por eso escribí esa nota. Esa pobre dama ya ha sufrido demasiado y debemos ahorrarle otro interrogatorio.
Raynor adoptó un aire pensativo.
—Entonces apuesto a que ha sido Carelli —exclamó—. ¿Estoy en lo cierto?
Poirot sacudió un dedo con expresión burlona.
—Monsieur Raynor, permita que guarde mi secreto hasta el último momento.  —Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente—. Mon Dieu! ¡Qué calor hace hoy!
—¿Quiere una copa? Perdone, debería habérsela ofrecido antes.
Poirot sonrió.
—Es muy amable. Tomaré un whisky, por favor.
—Muy bien. Volveré en un momento.
Raynor salió de la habitación y Poirot se acercó a la puerta de la galería a mirar el jardín. Luego se dirigió al sofá, ahuecó los cojines y fue hasta la chimenea a examinar los objetos decorativos. Un instante después, Raynor regresó con dos whiskys con soda en una bandeja. Poirot levantó una estatuilla de la repisa de la chimenea.
—Creo que esta pieza es antigua y valiosa  —dijo.
—¿De veras?  —preguntó Raynor con indiferencia—. Yo no sé nada al respecto. Venga a beber su copa  —sugirió dejando la bandeja sobre la mesita auxiliar.
—Gracias  —murmuró Poirot y se acercó a él.
—Bien; suerte  —brindó Raynor. Levantó el vaso y bebió.
Poirot alzó el suyo y se lo llevó a los labios.
—Por usted, amigo mío. Y ahora deje que le cuente mis sospechas. Caí en la cuenta de que...
De repente se detuvo y giró la cabeza, como si hubiera oído un ruido. Mirando primero a la puerta y luego a Raynor, se llevó un dedo a los labios, insinuando que alguien estaba escuchando.
Raynor hizo un gesto de asentimiento. Los dos hombres se dirigieron con sigilo a la puerta y Poirot hizo una señal al secretario para que permaneciera en la habitación. El detective abrió la puerta con brusquedad, pero regresó de inmediato, de capa caída.
—Es curioso  —dijo—. Habría jurado que oí a alguien. Bueno, me he equivocado. No sucede muy a menudo. A votre santé, amigo  —dijo apurando el contenido del vaso.
—¡Ah!  —exclamó Raynor y también bebió.
—¿Qué ha dicho?
—Nada. Ha sido una pequeña exclamación de alivio.
Poirot se acercó a la mesa y dejó el vaso.
—¿Sabe, monsieur Raynor? Francamente, no acabo de acostumbrarme a la bebida nacional inglesa, el whisky. Su sabor no termina de gustarme. Es amargo                       —añadió sentándose en el sillón.
—¿De veras? Lo lamento. A mí no me parece amargo.  —Raynor dejó su vaso sobre la mesita auxiliar y prosiguió—: Hace un momento iba a decirme algo, ¿no?
—¿Sí?  —Poirot parecía sorprendido—. ¿De veras? ¿Qué sería? ¿Es posible que ya lo haya olvidado? Quizá quisiera explicarle cómo procedo en una investigación. Voyons. Un hecho conduce a otro, y entonces observamos si el primero coincide con el segundo. ¿Es así? A merveille! Bien. Entonces podemos seguir adelante. El pequeño detalle que sigue... ¡Es curioso! Falta algo, un eslabón en la cadena. Entonces examinamos, buscamos, y por fin conseguimos encajar ese pequeño detalle en su sitio.  —Hizo un ademán exagerado —. ¡Y es significativo! ¡Importantísimo!
—Ya veo  —murmuró Raynor con tono dubitativo.
Poirot sacudió el dedo con tanta energía delante de la cara de Raynor, que el secretario casi se encogió.
—¡Ah! ¡Cuidado! ¡Ay del detective que piensa que un detalle es tan pequeño que carece de importancia! «No encaja, de modo que lo olvido.» ¡De ahí surge la confusión! ¡Todo tiene importancia!  —Se interrumpió y se dio una palmada en la cabeza—. ¡Ah! Ahora recuerdo de qué quería hablarle. Precisamente de uno de esos pequeños detalles sin importancia. Quería hablarle del polvo, monsieur Raynor.
—¿Del polvo?  —repitió Raynor con una sonrisa cortés.
—Exactamente, del polvo. Mi amigo Hastings acaba de recordarme que soy un detective y no una criada. Quizá creyera que era un comentario ingenioso, pero yo no estoy tan seguro. Al fin y al cabo, un detective y una criada tienen algo en común. ¿Qué hace la criada? Explora los rincones oscuros con su escoba. Saca a la luz del día cosas ocultas. ¿Y acaso el detective no hace lo mismo?
—Muy interesante, monsieur Poirot  —dijo Raynor, aunque era evidente que se aburría. Se sentó en una silla junto a la mesa y preguntó—: Pero... ¿eso era todo lo que quería decirme?
—No, no  —respondió Poirot inclinándose hacia adelante—. Usted no arrojó polvo en mis ojos, monsieur Raynor, porque no había polvo. ¿Lo entiende?
El secretario lo miró fijamente.
—No, me temo que no.
—En la caja de medicamentos no había polvo. Mademoiselle Barbara también reparó en ese hecho. Pero debería haberlo habido. El estante donde se encuentra  —lo señaló— está cubierto de una gruesa capa de polvo. Entonces supe que...
—¿Qué?
—Supe que alguien había bajado la caja recientemente. Que la persona que envenenó a sir Claud no tuvo necesidad de acercarse a la caja anoche, pues previamente había cogido todo el veneno que necesitaba, escogiendo un momento en que nadie lo molestara. Usted no se acercó a la caja de medicamentos anoche porque ya tenía la hioscina que necesitaba. Sin embargo, tuvo ocasión de ponerla en el café.
Raynor esbozó una sonrisa de impaciencia.
—¡Vaya! ¿Me está acusando del asesinato de sir Claud?
—¿Lo niega usted?
Raynor hizo una pausa antes de responder.
—No  —declaró con tono más grave—. ¿Por qué iba a negarlo? De hecho, me siento muy orgulloso de mi plan. Todo debería haber salido a la perfección. Fue un golpe de mala suerte que anoche sir Claud abriera la caja fuerte por segunda vez. Nunca lo había hecho antes.
—¿Por qué me cuenta todo esto?  —preguntó Poirot con voz cansina.
—¿Por qué no? Es usted tan comprensivo.  —Rió y prosiguió—: Sí, las cosas estuvieron a punto de torcerse. Pero precisamente me enorgullezco de haber convertido el fracaso en éxito  —añadió con expresión triunfal—. De haber encontrado un escondite seguro. ¿Quiere que le diga dónde está la fórmula?
Poirot parecía tener dificultades para hablar con claridad.
—No... no le entiendo  —murmuró.
—Cometió un pequeño error, monsieur Poirot  —dijo Raynor con una risita burlona—. Subestimó mi inteligencia. No consiguió engañarme con su pista falsa sobre el pobre Carelli. Un hombre de su inteligencia no podía creer que Carelli... Bueno, jamás se le habría ocurrido. Verá, he apostado fuerte. Ese trozo de papel, una vez entregado a las manos adecuadas, me proporcionará cincuenta mil libras.  —Se reclinó en la silla—. Piense lo que puede hacer un hombre tan hábil como yo con tanto dinero.
—No... no quiero ni imaginarlo  —consiguió articular Poirot con voz soñolienta.
—Bien, lo entiendo. Uno debe aceptar otros puntos de vista.
Poirot se inclinó hacia adelante, haciendo un esfuerzo para levantarse.
—No lo conseguirá  —exclamó—. Lo denunciaré. Yo, Hércules Poirot...
—Hércules Poirot no hará nada  —concluyó el secretario mientras el detective se hundía en el sillón. Con una sonrisa burlona añadió—: No lo sospechó en ningún momento, ¿eh? Ni siquiera cuando dijo que el whisky era amargo. Verá, mi querido monsieur Poirot, no cogí sólo uno sino varios frascos de hioscina de la caja. Y creo que le he dado una dosis superior a la de sir Claud.
—Ah, mon Dieu!  —exclamó Poirot intentando levantarse. Luego llamó con voz débil—: ¡Hastings! ¡Hast...!  —Su voz se quebró y volvió a hundirse en el sillón con los ojos cerrados.
Raynor se levantó, apartó su silla y se inclinó sobre Poirot.
—Procure mantenerse despierto, monsieur Poirot  —dijo—. Sin duda querrá saber dónde escondí la fórmula, ¿verdad?
Aguardó un momento, pero Poirot siguió con los ojos cerrados.
—Un sueño rápido, sin sueños y sin despertar, como dice nuestro querido doctor Carelli  —observó Raynor con sequedad mientras se dirigía a la chimenea. Cogió las tiras de papel, las dobló y se las guardó en el bolsillo. Luego fue hacia la puerta de la galería, girando la cabeza, para decir por encima de su hombro—: Adiós, monsieur Poirot.
Iba a salir de la habitación, cuando lo detuvo la voz de Poirot, tan alegre y natural como de costumbre:
—¿No quiere también el sobre?
Raynor se volvió en el mismo momento en que el inspector Japp entraba desde el jardín. El secretario retrocedió unos pasos, titubeó y por fin decidió huir. Corrió hacia la puerta de la galería, donde Japp y Johnson lo cogieron.
Poirot se levantó del sillón y se estiró.
—Bien, Japp, ¿lo ha oído todo?
—Hasta la última palabra, y todo gracias a su nota  —respondió Japp mientras, con la ayuda del agente, arrastraba a Raynor hasta el centro de la habitación—. Desde la galería se oye todo perfectamente. Ahora registrémoslo y veamos qué encontramos.               —Sacó las tiras de papel del bolsillo de Raynor y las dejó sobre la mesita auxiliar. Luego extrajo un tubo de hioscina—. ¡Ah! ¡Hioscina! Y el frasco está vacío.
 —Hola, Hastings  —saludó Poirot a su amigo, que entró en la habitación con un vaso de whisky con soda y se lo entregó al detective.
 —¿Lo ve?  —dijo Poirot a Raynor—. Me negué a intervenir en su comedia e hice que usted actuara en la mía. En mi nota di instrucciones a Japp y Hastings. Luego le facilité las cosas quejándome del calor. Sabía que me ofrecería una copa. Al fin y al cabo, sólo necesitaba un preámbulo. Lo demás vino rodado. Cuando fui a la puerta, mi querido Hastings me esperaba con otro whisky con soda. Cambié los vasos, volví a entrar y continuamos con su comedia.
Poirot devolvió el vaso a Hastings.
—Creo que hice mi papel bastante bien  —señaló.
Raynor y Poirot se miraron.
—Le tuve miedo desde que entró en esta casa  —dijo Raynor por fin—. De no ser por usted, mi plan habría funcionado. Yo habría empezado una nueva vida con las cincuenta mil libras que habría conseguido por esa maldita fórmula. Pero desde que usted llegó, perdí la confianza de salir impune del crimen de ese viejo pomposo y del robo de su precioso invento.
—Ya me había percatado de que era usted un hombre inteligente  —dijo Poirot mientras se sentaba en el sofá, visiblemente satisfecho de sí mismo.
—Edward Raynor  —comenzó a recitar Japp con rapidez—, queda arrestado por el asesinato de sir Claud Amory, y le advierto que cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra.  —Luego hizo una señal al agente para que se lo llevara.



20


Cuando Raynor salía bajo la custodia del agente Johnson, los dos hombres se cruzaron con miss Amory, que entraba en la biblioteca en ese momento. La mujer los miró con nerviosismo y fue al encuentro de Poirot.
—Monsieur Poirot  —dijo sin aliento mientras éste se levantaba a recibirla—, ¿es verdad que Raynor mató a mi pobre hermano?
—Eso me temo, mademoiselle.
Miss Amory estaba atónita.
—¡Ay!  —exclamó—. ¡No puedo creerlo! ¡Qué hombre perverso! Siempre lo hemos tratado como si fuera de la familia. Hasta le ofrecí cera de abeja...  —Se volvió precipitadamente y estaba a punto de salir cuando Richard entró y le sostuvo la puerta. Mientras la mujer salía casi corriendo de la biblioteca, Barbara entró desde el jardín.
—¡Esto es tan increíble que no se puede describir con palabras!  —exclamó Barbara—. Edward Raynor; nada más y nada menos. ¿Quién lo hubiera pensado? La persona que lo descubrió tiene que ser extraordinariamente inteligente.
Dirigió una mirada significativa a Poirot, pero éste hizo una reverencia y señaló al inspector de policía:
—El inspector Japp resolvió el caso, mademoiselle.
Japp sonrió de oreja a oreja.
—Tengo que decir que es usted todo un gran hombre, monsieur Poirot. Y también todo un caballero.  —Japp saludó a los presentes con una inclinación de la cabeza y se marchó, cogiendo a su paso el vaso de whisky que Hastings sostenía—. Si no le importa, yo me haré cargo de las pruebas, capitán Hastings.
—¿De verdad fue el inspector Japp quien descubrió al asesino de tío Claud?  —preguntó Barbara con tono zalamero aproximándose a Poirot—. ¿O fue usted, monsieur?
Poirot se acercó a Hastings y le rodeó los hombros con un brazo.
—Mademoiselle  —informó a Barbara—, en realidad todo el mérito es de Hastings. Él hizo un comentario sorprendentemente astuto que me puso sobre la pista. Llévelo al jardín y pídale que se lo cuente.
Empujó a Hastings hacia Barbara y acompañó a los dos hasta la puerta de la galería.
—¡Ah, mi cielo!  —dijo Barbara a Hastings con un cómico suspiro mientras salían al jardín.
Richard Amory iba a decir algo a Poirot cuando se abrió la puerta del pasillo y entró Lucia. La joven se sobresaltó al ver a su marido.
—Richard  —murmuró.
—¡Lucia!  —exclamó él.
La joven avanzó en su dirección.
—Yo...  —empezó, pero su voz se quebró.
Richard se acercó a ella.
—Tú...
Los dos parecían nerviosos e incómodos. De repente, Lucia vio a Hércules Poirot y se dirigió a él, tendiéndole las manos.
—¡Monsieur Poirot! ¿Cómo podré darle las gracias?
Poirot le cogió las manos.
—Ah, madame, sus problemas han terminado —anunció.
—Han cogido al asesino  —dijo ella—. Pero ¿mis problemas han terminado de verdad?
—Es cierto que aún no se la ve muy feliz, mi pobre niña  —observó Poirot.
—Me pregunto si volveré a ser feliz algún día.
—Yo creo que sí  —replicó Poirot con un brillo en los ojos—. Confíe en su amigo Poirot.
Después de acompañar a la joven a una silla, recogió las tiras de papel de la mesita auxiliar y se dirigió a Richard.
—Monsieur Amory  —declaró—, tengo el placer de devolverle la fórmula de sir Claud. Puede pegarse y... ¿cómo dicen ustedes?... Ah, sí. Quedará como nueva.
—¡Dios mío, la fórmula!  —exclamó Richard—. La había olvidado. Creo que no podré volver a mirarla. Piense en lo que nos ha hecho. Le costó la vida a mi padre y estuvo a punto de fastidiar la de todos los demás.
—¿Qué harás con ella, Richard?  —preguntó Lucia.
—No lo sé. ¿Qué harías tú?
Ella se acercó a él.
—¿Me dejarías decidir?  —murmuró.
—Sí. Es tuya  —dijo su esposo, entregándole las tiras de papel—. Haz con ella lo que quieras.
—Gracias, Richard.  —Fue hasta la chimenea, cogió una cerilla de la repisa y encendió las tiras de papel, arrojándolas una a una a la chimenea—. Ya hay demasiado sufrimiento en el mundo. No quiero que haya más.
—Madame  —dijo Poirot—, admiro la forma en que quema miles de libras con tanta indiferencia como si se tratara de unos peniques.
—Sólo son cenizas  —suspiró Lucia—. Como mi vida.
Poirot dejó escapar un gruñido.
—Oh, la, la! Encarguemos nuestros ataúdes  —dijo con humor negro—. ¡No! Yo quiero ser feliz, disfrutar, bailar, cantar. Adiós, jovencitos  —añadió volviéndose para dirigirse también a Richard—. Si me lo permiten, me tomaré una libertad con ambos. Madame agacha la cabeza y piensa: «He engañado a mi marido.» Monsieur agacha la cabeza y piensa: «He sospechado de mi esposa.» Sin embargo, lo que ambos desean es correr a los brazos del otro. ¿Me equivoco?
Lucia se acercó a su marido.
—Richard...  —musitó.
—Madame  —interrumpió Poirot—. Me temo que sir Claud sospechó que usted planeaba robar la fórmula porque hace unas semanas alguien (sin duda un ex colega de Carelli, pues la gente de su calaña  siempre  acaba  enfrentándose),  alguien, como decía, envió una carta anónima a sir Claud mencionando el nombre de su madre. Pero ¿sabía usted, querida niña, que su marido confesó ser el asesino de su padre ante el inspector Japp, sólo para salvarla?
Lucia dejó escapar un gritito y miró a su marido con adoración.
—Y usted, monsieur  —prosiguió Poirot—, piense que hace menos de una hora su esposa me dijo que había matado a sir Ciaud porque temía que lo hubiera hecho usted.
—Lucia  —murmuró Richard con ternura, dando un paso hacia ella.
—Supongo que, siendo ingleses, no se abrazarán en mi presencia.
Lucia se acercó al detective y le estrechó la mano.
—Monsieur Poirot, nunca lo olvidaré... Nunca.
—Yo tampoco la olvidaré, madame  —declaró Poirot con galantería inclinándose para besarle la mano.
—Poirot  —dijo Richard Amory—, no sé qué decirle, salvo que ha salvado mi vida y mi matrimonio. No puedo expresarle lo que siento...
—No se esfuerce, amigo. Me alegro de haberles servido.
Richard rodeó los hombros de Lucia con un brazo y ambos salieron al jardín, mirándose a los ojos.
Poirot los siguió hasta la puerta y exclamó:
—Que Dios los bendiga, mes enfants. Ah, y si se encuentran con Barbara en el jardín, por favor pídanle que me devuelva a Hastings. Debemos volver a Londres.  —Regresó a la habitación y miró la chimenea—. ¡ Ah!  —exclamó mientras se dirigía a la repisa y movía el recipiente de las tiras de papel—. Voila! Todo en orden                            —murmuró caminando hacia la puerta con aire de inmensa satisfacción.


                                             Fin






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