CUANDO EL SILENCIO TAMBIÉN HABLA

Vivimos en una época ruidosa. No solo por los sonidos que nos rodean, sino por la constante avalancha de palabras, opiniones, notificaciones y urgencias que reclaman nuestra atención. El silencio, en contraste, suele percibirse como incómodo, sospechoso o incluso improductivo. Sin embargo, el silencio no es vacío: es un lenguaje en sí mismo, uno que hemos desaprendido a escuchar.

Desde pequeños se nos enseña a hablar, a responder, a explicar, a justificar. Rara vez se nos enseña a callar con intención. El silencio termina siendo asociado con debilidad, con falta de argumentos o con indiferencia. Pero hay silencios que pesan más que cualquier discurso. Silencios que contienen respeto, duelo, reflexión, sabiduría y hasta amor. Callar no siempre es huir; muchas veces es una forma de quedarse.

El silencio tiene la capacidad de revelar lo que el ruido esconde. Cuando todo se detiene, aparecen pensamientos que habían sido tapados por la prisa. Preguntas incómodas emergen, emociones sin nombre piden atención, recuerdos olvidados vuelven a la superficie. Por eso a muchos les cuesta estar en silencio: porque obliga a enfrentarse con uno mismo. No hay distracción que amortigüe lo que sentimos o pensamos.

En las relaciones humanas, el silencio también cumple un papel profundo. No todo necesita ser explicado. A veces, una presencia silenciosa acompaña mejor que mil palabras mal dichas. El problema surge cuando confundimos el silencio sano con el silencio que hiere. No es lo mismo callar para escuchar que callar para castigar. No es lo mismo guardar silencio por prudencia que hacerlo por miedo. El silencio, como el lenguaje, tiene intención.

En lo espiritual, el silencio ha sido históricamente un espacio de encuentro. Profetas, monjes, sabios y buscadores de todas las épocas se retiraron del ruido para escuchar algo más profundo. No porque despreciaran la palabra, sino porque entendieron que hay verdades que no gritan. En el silencio se afina la percepción, se aprende a discernir y se reconoce la propia pequeñez. El silencio nos recuerda que no somos el centro de todo.

La sociedad actual, sin embargo, parece temerle al silencio. Lo llena con música constante, con pantallas encendidas, con conversaciones superficiales. El silencio se convierte en un espacio que hay que ocupar rápidamente, como si fuera peligroso dejarlo intacto. Pero quizá el verdadero peligro sea no permitirnos nunca estar en silencio, porque sin él perdemos profundidad.

Aprender a convivir con el silencio es un acto de madurez. Implica aceptar que no siempre tenemos respuestas inmediatas, que no todo se resuelve hablando y que algunas cosas necesitan tiempo. El silencio enseña paciencia en un mundo obsesionado con la inmediatez. Enseña humildad en una cultura que premia la opinión constante.

Esto no significa glorificar el silencio absoluto ni despreciar la palabra. La palabra construye, comunica y sana. Pero sin silencio, la palabra se desgasta. Se vuelve ruido. El equilibrio entre ambos es lo que da sentido. El silencio prepara el terreno; la palabra siembra.

Quizá por eso, cuando todo se apaga y quedamos a solas con nosotros mismos, algo dentro se ordena. No siempre es cómodo, pero suele ser necesario. El silencio no viene a quitarnos nada, sino a mostrarnos lo que ya estaba ahí. Nos confronta, sí, pero también nos reconcilia.

En un mundo que habla sin parar, elegir el silencio de vez en cuando es un acto casi revolucionario. Es decidir escuchar más, reaccionar menos y comprender mejor. Es reconocer que no todo lo valioso necesita ser dicho en voz alta. A veces, lo más importante ocurre justo cuando dejamos de hablar.




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