DESPUÉS DE LA TORMENTA


Hubo un día
en que el cielo se cerró sin aviso,
y el viento habló un idioma
que nadie entendía.

Las hojas volaron sin rumbo,
las puertas temblaron en sus bisagras,
y el corazón —ese pequeño tambor—
latía con miedo
como si presintiera
que algo estaba por romperse.

Y se rompió.

No siempre son los cristales los que se quiebran.
A veces es la certeza.
A veces es la confianza.
A veces es el sueño
que habíamos cuidado
como quien protege una lámpara
en medio del vendaval.

La lluvia cayó con fuerza.
Golpeó los techos,
empañó las ventanas,
borró caminos.

Hubo silencio después del estruendo.
Un silencio espeso,
cargado de preguntas.

“¿Y ahora qué?”

El suelo estaba cubierto de restos:
ramas partidas,
huellas desdibujadas,
planes suspendidos en el aire.

Parecía el final.

Pero nadie nos enseña
que después de la tormenta
la tierra respira distinto.

El barro,
aunque incomode los pasos,
es señal de que la lluvia tocó profundo.
Y lo que toca profundo,
transforma.

El cielo, poco a poco,
abre una herida de luz
entre las nubes cansadas.
Un hilo dorado
que atraviesa la grisura
como una promesa discreta.

No es un milagro ruidoso.
No hay trompetas.
No hay aplausos.

Solo claridad.

Los árboles,
aunque inclinados,
siguen en pie.
Las raíces, invisibles,
hicieron su trabajo en la oscuridad.

Y tú también.

Porque mientras afuera rugía el viento,
adentro algo se fortalecía.
Algo aprendía a resistir,
a doblarse sin quebrarse,
a confiar sin ver.

Las pérdidas duelen,
sí.
Las ausencias pesan.
Las heridas tardan.

Pero la tormenta no es eterna.

Hay un momento —siempre lo hay—
en que el cielo se cansa de llorar
y permite que el sol
acaricie lo que quedó.

Entonces descubres
que no todo se perdió.

Descubres que sigues respirando.
Que tus manos aún pueden construir.
Que tus ojos aún pueden mirar horizonte.
Que tu voz aún puede pronunciar
palabras nuevas.

Y algo en ti decide
no definirse por el desastre
sino por la reconstrucción.

Porque hay una belleza
que solo nace después del caos:
la belleza de quien ha sido probado
y no se volvió amargo,
la belleza de quien cayó
y aprendió a levantarse
con más compasión que antes.

Las cicatrices no son derrota;
son memoria de supervivencia.
Son mapas de batallas superadas.
Son recordatorios
de que el dolor no tuvo la última palabra.



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