EL ARTE DE PERDERSE PARA VOLVER A ENCONTRARSE

Hay días en los que todo parece exigir dirección, propósito y velocidad. La agenda se llena de compromisos, los mapas digitales prometen rutas óptimas y las redes sociales nos recuerdan, a cada minuto, lo que supuestamente deberíamos estar haciendo. En medio de ese ruido, perderse suena a fracaso. Sin embargo, hay una forma distinta de entender la pérdida del rumbo: como una pausa necesaria, una grieta por donde entra aire nuevo.

Perderse no siempre implica estar lejos de casa o tomar el camino equivocado. A veces ocurre en la rutina más estricta, cuando repetimos los mismos gestos sin preguntarnos por qué. Es entonces cuando la brújula interna se desajusta y sentimos que avanzamos, sí, pero hacia ningún lugar. Curiosamente, ese desajuste suele ser el primer aviso de que algo necesita cambiar.

En los viajes, perderse tiene fama de aventura. Te equivocas de calle, descubres un café escondido, escuchas una historia que no estaba en el plan. En la vida cotidiana, perderse también puede abrir puertas invisibles. Una conversación inesperada en una fila, una idea que aparece mientras caminas sin destino, una decisión pequeña que rompe la inercia. Nada grandioso a primera vista, pero suficiente para mover el eje.

La obsesión por controlar cada paso nace del miedo a fallar. Nos enseñaron a optimizar, a medir, a llegar rápido. Poco se habla del valor de demorarse, de dudar, de caminar en círculos. Sin embargo, muchas respuestas no llegan cuando las perseguimos, sino cuando bajamos la guardia. Hay pensamientos que solo aparecen en el silencio de una tarde sin planes.

Perderse también implica aceptar que no todo depende de nosotros. Esa aceptación, lejos de debilitarnos, nos vuelve más atentos. Cuando no sabemos exactamente a dónde vamos, miramos mejor alrededor. Escuchamos con más cuidado. Preguntamos. Y al preguntar, reconocemos que el mundo es más amplio que nuestra propia ruta.

No se trata de romantizar el caos ni de abandonar la responsabilidad. Perderse no es huir, es explorar. Es permitirnos cambiar de opinión sin sentir culpa. Es admitir que el mapa que nos funcionó ayer puede no servir hoy. La flexibilidad, al final, es una forma de inteligencia emocional.

Hay quienes temen perderse porque creen que el tiempo se desperdicia. Pero el tiempo no siempre se mide en resultados visibles. Hay aprendizajes que se gestan lento, como raíces. Nadie aplaude una raíz creciendo, pero sin ella el árbol cae. Los momentos de aparente estancamiento suelen sostener los saltos futuros.

En una cultura que premia la certeza, declarar “no sé” es un acto valiente. Ese “no sé” abre espacio a la curiosidad. Y la curiosidad, a diferencia de la presión, invita. Invita a probar, a equivocarse, a ajustar. Es un motor más amable y, muchas veces, más efectivo.

Volver a encontrarse después de haberse perdido no significa regresar al punto de partida. Significa llegar a un lugar nuevo con una mirada distinta. Lo que cambia no siempre es el camino, sino quien lo recorre. De pronto, lo que antes parecía un obstáculo se vuelve referencia; lo que parecía urgente pierde peso.

Quizá por eso conviene, de vez en cuando, soltar el GPS. Caminar sin música. Escribir sin saber el final. Decir que sí a un plan improvisado o que no a uno que ya no resuena. Pequeños actos de desobediencia al automatismo. No para vivir a la deriva, sino para recordar que la vida no es una línea recta.

Perderse, en el fondo, es un recordatorio de humanidad. Nadie tiene todo claro todo el tiempo. Y está bien. Hay belleza en la incertidumbre cuando la miramos de frente. Hay descanso en aceptar que no necesitamos tener todas las respuestas hoy. Mañana, con suerte, el camino se dibujará solo. Y si no, siempre podemos volver a perdernos un poco más.




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