MIS APRECIACIONES DESPUÉS DE TERMINAR LA LECTURA COMPLETA DE EL CORÁN

El 11 de agosto de 2026 terminé de leer el Corán, libro sagrado por excelencia para los musulmanes alrededor del mundo y un texto moral que estructura sus prácticas, tradiciones, cosmogonía y, en general, su forma de ver y entender la vida. Lo he leído con el respeto y detenimiento que merece, sabiendo bien la importancia de releer lo que no me quedaba aclarado y ayudándome de una versión comentada en español que facilita el entendimiento de mucha terminología y contexto. He aprendido de la gran y vasta riqueza del idioma árabe y de cómo una sola palabra puede tener múltiples definiciones que contribuyen al conocimiento y reconocimiento de este texto sagrado y, por supuesto, sus diversas interpretaciones.

Si algo me ha quedado claro es que el Corán está pensado para recitarse, para apreciarse y para tener cumplimiento en el día a día de los profesantes de la fe musulmana. Los cinco pilares del Islam se estructuran de forma clara en esta palabra que es concebida como una revelación de Alá, a través del arcángel Gabriel, otorgada directamente a Mahoma. Es gracias a esta transferencia de saberes que Mahoma se convierte en el Mensajero por antonomasia de los designios celestiales de esta fe y alcanza un estatus de liderazgo religioso de gran influencia para el mundo árabe.

En ese sentido, es imperativo ahondar en esos cinco pilares, los cuales son:

1. Shahada (Testimonio de fe): Declarar de forma pública que solo hay un Dios y que Mahoma es su profeta.

2. Salat (Oración): Realizar las cinco oraciones diarias obligatorias orientadas hacia La Meca.

3. Zakat (Limosna): Donar el 2,5 % de los ahorros anuales a los más necesitados si se supera el umbral mínimo.

4. Sawm (Ayuno): Abstenerse de comer, beber y tener relaciones desde el amanecer hasta el anochecer durante el mes de Ramadán.

5. Hajj (Peregrinación): Viajar a la ciudad santa de La Meca al menos una vez en la vida, si se tiene salud y medios económicos.

Hasta ahora sabemos con claridad que el Corán es un texto sagrado revelado en lengua árabe a Mahoma, quien se convierte en profeta al recibir dicha palabra y difundirla a su pueblo. Sin embargo, su labor de difusión tenía como deseo llegar, además, a más pueblos en el mundo, traspasando la barrera del idioma para dar a conocer el mensaje. Algo que, como hoy apreciamos, se ha hecho realidad, ya que el Islam es la segunda religión más grande del planeta y, ojo a lo siguiente: la que más rápidamente crece a fecha del año 2026.

Hay que resaltar que el Corán tiene unidades de organización que se dividen en suras y ayas. Las suras equivalen a capítulos y las ayas (o aleyas) equivalen a lo que en la Biblia llamamos versículos. En total, este texto sagrado tiene 114 suras y se organizan no de forma cronológica, sino por su longitud aproximada (de la más larga a la más corta, con excepción de la primera). Cada sura tiene un nombre propio, mientras que las ayas son 6236 y están diseñadas para facilitar su búsqueda, recitación y lectura, como sucede con la ya mencionada Biblia. Desde esa perspectiva, el Corán se reveló y registró de forma fragmentaria a lo largo de un período de aproximadamente 23 años, en contraste con la Biblia, que se escribió durante 1500 años aproximadamente. Asimismo, el Corán tiene como único autor a Alá, siendo Mahoma el receptor y transmisor de la palabra (que posteriormente fue  recopilada y fijada por escrito por sus seguidores) a diferencia de los más de 40 autores que registra la Biblia que también es reconocida como palabra revelada de un único Dios. Eso hace también que el texto musulmán sea mucho más corto que las Sagradas Escrituras; para ser algo más ilustrativo, el Corán tiene una extensión total muy similar a la del Nuevo Testamento por sí solo.

Ahondando en el contenido del Corán, hallamos con precisión que es un texto que se enfoca en la absoluta unicidad de Dios, su misericordia, su poder creador, su soberanía y su justicia. El texto es enfático en reconocer que Dios no tiene hijo alguno (como Jesús en la Biblia) y que no acepta que se le vincule con ninguna otra deidad. Además, se reitera con mucha frecuencia que Dios no necesita de la humanidad para absolutamente nada y podría cambiarla en su totalidad sin que esto le suponga ningún problema; en cambio, el ser humano sí le necesita a él desde lo más primigenio y elemental de su existencia pasajera. En esa misma dirección, el texto reconoce a Dios como un juez por excelencia que detesta el pecado y ha creado un Infierno para el sufrimiento eterno de quienes le hayan rechazado.

El texto no es una narración lineal y, por ello, muestra un descendimiento constante de la palabra de Alá a Mahoma con la finalidad de hacerle ver con claridad al profeta los designios, postulados y, en general, el mensaje cuidadosamente decretado para la humanidad. Es por tales motivos que en diversas suras se trae a colación a personajes emblemáticos que ya conocemos de la Biblia, como Adán, Noé, Abraham, Moisés y Jesús. En ese sentido, Jesús no tiene la misma relevancia que en el texto cristiano, ya que en el Corán es percibido como un profeta más, hijo de María, que no murió en una cruz ni mucho menos resucitó, ya que Dios lo ascendió directamente al cielo en cuerpo y alma para salvarlo. Lo que sí se establece en el Corán es que nació de manera virginal, hizo milagros y fue el Mesías (Al-Masih) para los hijos de Israel. Sin embargo, en el Corán este término no implica divinidad ni redención de pecados, sino su rol como un profeta ungido por Dios, no su hijo ni una encarnación divina.

Un término muy usado en el texto es el de la «Gente del Libro» (Ahl al-Kitab en árabe). El mismo se refiere a los creyentes de las religiones monoteístas que recibieron una revelación divina escrita antes de la llegada del Islam. Este concepto incluye principalmente a los judíos y a los cristianos, y en menor medida a los sabeos y a los zoroastrianos (según algunas interpretaciones históricas). Otros dos términos muy presentes aluden a las personas que se han de situar a la derecha o la izquierda en el final de los tiempos. En el Corán, la Gente de la Derecha y la Gente de la Izquierda representan una clasificación espiritual para el Día del Juicio Final [56:8-9]. La Gente de la Derecha (As-hab al-Yamin) son los creyentes piadosos que reciben el registro de sus buenas obras en la mano derecha y obtienen como recompensa el Paraíso [56:27, 56:38]. En contraste, la Gente de la Izquierda (As-hab al-Shimal) son quienes rechazaron la fe y vivieron en la arrogancia, por lo que reciben su registro en la mano izquierda y son condenados al Infierno [56:41-44].

Otro punto muy notable es el ligado al tiempo en que se reveló y registró cada parte del Corán; es por ello que las suras tradicionalmente asociadas con el período de La Meca suelen tener un tono muy intenso, poético y escatológico: Dios, la creación, la resurrección y el juicio. Las asociadas con Medina contienen mucho más material jurídico y comunitario. Leerlo entero permite notar ese cambio de carácter.

Otro aspecto de gran relevancia es el rol de la mujer en el Corán. Sobre esto hay que decir que es un tema sumamente denso que para nada podría explicarse en su totalidad en pocas palabras. A lo anterior se suman las interpretaciones que se pueden tener sobre un mismo término o de una aya o sura. Lo que sí es claro en el texto es que la mujer y el hombre no son iguales en sus funciones y razón innata de existencia. Ambos desempeñan un papel distinto en la sociedad. Los hombres tienen la responsabilidad de responder económicamente por sus familias y se les permite tener varias esposas si pueden mantenerlas y darles una buena vida en general (es decir, no solo en lo económico). La mujer, por su parte, debe estar sujeta a su esposo y aceptar la protección que ha de recibir por el mismo. Sucede que en algunas ayas del Corán (como el 4:34) se presentan terminologías que, al traducirse, pueden tener diversos significados, llegando a entenderse en algunas de dichas acepciones que les es lícito golpear a sus mujeres. La interpretación musulmana de hoy referente a estas palabras es muy dispar, habiendo quienes lo aceptan como una forma correcta de disciplinar a la mujer, mientras que otros afirman que no es una autorización para la violencia física.

En esa misma línea, es usual escuchar que el Islam es una religión violenta y de guerra. Se trata de otro discurso complejo que poco podría explicarse con solo algunas palabras. Lo que sí se menciona en el Corán al respecto es que la guerra y el combate deben darse solo si están justificados. Sin embargo, también se establece que deben darse límites a la violencia y dar preponderancia al perdón, la misericordia y la paz. Son las interpretaciones de algunos musulmanes extremistas las que promueven la guerra y violencia automática como una forma de combatir a pueblos «infieles» que consideran enemigos por contrarrestar sus intereses y no seguir su fe. Los expertos dan mucha cabida a la mesura y a la correcta interpretación de los textos coránicos para no caer en movimientos extremistas que usan la violencia como una estrategia que les lleva a la consecución de sus planes terroristas. Lo que sí es claro afirmar es que millones de musulmanes viven su religión de manera pacífica y rechazan la violencia.

En retrospectiva y a modo de un resumen extremo, se puede afirmar que el Corán es un texto sagrado en el Islam que enseña la unicidad absoluta de Dios, creador y soberano de todo. El texto promueve la sumisión total del ser humano a Dios y un sometimiento completo en el que debe arrepentirse, adorarlo solo a Él y vivir con justicia, obediencia y misericordia, rigiéndose por el mensaje revelado al profeta Mahoma. La necesidad de la conversión al Islam incluye no solo a los árabes, sino que además se hace imperativa para cristianos y judíos, además de todos los pueblos de la tierra. El Corán destaca que, antes de Mahoma, Alá envió profetas que llegaron a todos los pueblos con el mismo mensaje monoteísta, pero Mahoma es el último de ellos.

Asimismo, el texto enseña sobre la resurrección y el Día del Juicio, en que cada persona deberá responder por sus obras ante Dios. De acuerdo a las mismas, recibirá una recompensa o un castigo. La recompensa se define como la entrada al Paraíso, que es descrito como un lugar lleno de jardines, ríos, paz, seguridad y una existencia eterna junto a Dios. Entre tanto, el castigo se define por la entrada al Infierno, que es descrito como un lugar de fuego, sufrimiento y dolor sin fin.

En definitiva, el esquema coránico explica que después de la vida terrenal llega la muerte, luego la resurrección y después el Día del Juicio, que definirá quiénes van al Paraíso y quiénes al Infierno. Una particularidad importante es que el Corán también insiste en que Dios es misericordioso y perdona a quien se arrepiente sinceramente, por lo que no presenta el juicio únicamente como una cuestión de «buenas obras contra malas obras».

Hay mucho más que decir y aquí podría estar horas y horas señalando múltiples elementos importantes del Corán que merecen ser señalados. Se trata de un libro singular que fomenta conversaciones supremamente interesantes y reflexiones en torno a la vida misma y la escatología.

Gracias por llegar hasta aquí. Ahora dejo algunos datos técnicos que pueden ser de interés.

Versión del Corán que leí: El Corán. Traducción comentada. Traducción: Lic. M. Isa García. Bogotá, Abril de 2013.
ISBN: 978-000-000-000-00



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